Jurassic World: el reino caído

«Jurassic World: el mundo perdido». El slogan dice «se acabó el parque».
El primer taquillazo del verano es la nueva entrega, firmada por García Bayona, del universo «Jurassic Park» creado en 1990 por Michael Crichton y llevado al cine por primera vez por Steven Spielberg en 1993. Toda obra cinematrográfica es también un producto ideológico que encubre -y a su manera desvela- la realidad, aunque sea mediante metáforas involuntarias. En este caso estamos ante la enésima actualización de una vieja pesadilla que acompaña a la burguesía desde su juventud medieval: la del «Golem» y el aprendiz de brujo de Goethe. Un argumento que en el siglo XX perfeccionó Ĉapek en dos caminos: los robots y «Guerra de las Salamandras». Si los primeros son los ancestros directos del «Westworld» de HBO, los segundos lo son del «Jurassic Park» de Crichton y Spielberg.

La serie comienza cuando una empresa («Ingene») utiliza la experimentación genética para recrear dinosaurios con los que poblar un parque de atracciones. Con unas magníficas expectativas económicas, se comienza arrancando con grandes ilusiones y logros significativos, bellas imágenes de dinosaurios y visitantes impresionados. Pero pronto pierde el control de las criaturas y los experimentos acaban devorando a trabajadores y visitantes. La saga no acaba con la ruina del proyecto y la pérdida de la inversión, sino que en una entrega posterior la misma empresa decide reincidir en sus errores. Afirma nuevas expectativas de beneficios con los dinosaurios, decide volver a la isla con la misión de recuperar parte de la inversión original capturando animales libertos y abre un nuevo parque temático, esta vez en el continente. Nuevamente el proyecto es un total fracaso, y no solo porque se pierda la inversión sino porque acaba en un derroche de vidas humanas. Toda una expedición devorada y un colosal dinosaurio suelto por la ciudad.

Vamos por la quinta entrega y el ciclo se repite. La novedad: los políticos discuten si ha de dejarse que una erupción volcánica arrase la isla de los dinosaurios y estos se extingan o dejar que «la Naturaleza corrija» el error original de John Hammond, tomar el papel de una divinidad creadora. Para cuando se vienen a decidir, una nueva aventura empresarial ya ha rescatado a los monstruos -incluidos nuevos y terribles «híbridos» ahistóricos- y los ha sacado a mercado... lo que acaba de nuevo en catástrofe. En la escena final, en una audiencia en el Senado de los Estados Unidos, escuchamos el nuevo discurso oficial: los humanos deben aprender a convivir con los dinosaurios. En una escena extra durante los créditos, un pteranodón sobrevuela las Vegas.

¿Qué nos cuenta «Jurassic World: el reino caído»?

Aquellos parques temáticos de los noventa.
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El elemento central de la serie, evidente tras tanta secuela, es el ciclo histórico capitalista. La burguesía genera proyectos e inversiones con la perspectiva de reproducir beneficios. Esas inversiones impulsan avances científicos y tecnológicos fantásticos. Pero supeditados a las necesidades de la acumulación y el beneficio, acaban una y otra vez en destrucción de infraestructuras, edificios y finalmente de las propias personas. El conocimiento y la riqueza generadas son destruidos una y otra vez entre los dientes de la catástrofe. El horizonte de la guerra, repetido inevitablemente una y otra vez a lo largo de cinco entregas, es el desenlace esperado del capitalismo de nuestro tiempo. Su «normalidad».

Después de cinco entregas ¿qué otro mensaje hay que la «inevitabilidad» cíclica del desastre, de la guerra, de la destrucción de la riqueza y el avance científico creado?
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Pero ningún monstruo es inocente en los cuentos de la burguesía. Menos aun si es un monstruo creado por ella. La guerra contra los dinosaurios no es una guerra cualquiera. Es una guerra de la burguesía contra su propia creación social. Es inevitable recordar aquí uno de los párrafos más famosos de «El Manifiesto» de 1848:

La condición esencial de la existencia y de la dominación de la clase burguesa es la acumulación de la riqueza en manos de particulares, la formación y el acrecentamiento del capital. La condición de existencia del capital es el trabajo asalariado. El trabajo asalariado descansa exclusivamente sobre la competencia de los obreros entre sí. El progreso de la industria, del que la burguesía, incapaz de oponérsele, es agente involuntario, sustituye el aislamiento de los obreros, resultante de la competencia, por su unión revolucionaria mediante la asociación. Así, el desarrollo de la gran industria socava bajo los pies de la burguesía las bases sobre las que ésta produce y se apropia de lo producido. La burguesía produce, ante todo, sus propios sepultureros. Su hundimiento y la victoria del proletariado son igualmente inevitables.

Los temidos monstruos de «Jurassic World» son la creación inevitable de la propia burguesía. Son los trabajadores. Somos nosotros.
«Parque Jurásico» unía en una trama los miedos del «proyecto genoma» y los fantasmas de la campaña sobre «la desaparición de la clase obrera».
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No deja de ser significativo que la serie apareciera en 1990. No solo reflejaba los miedos del gran macro-proyecto científico de la época, el mapeo del genoma humano, respondía también a todas las teorías sobre el «fin de la Historia» y el «fin de la clase obrera» machaconas en aquellos años. La propaganda anticomunista había dado un giro entonces, cobrándose el último gran favor de la contrarrevolución stalinista: el comunismo, el horizonte revolucionario de la clase trabajadora, se había convertido según nos decían, en un atavismo. Los trabajadores eran ya dinosaurios aislados en un mundo que no les pertenecía y les superaba. Lo que Crichton advertía ya en la primera entrega es que los dinosaurios, por aislados que estén, no dejan de ser peligrosos.

El mensaje original de Crichton en los comienzos de la campaña del «fin de la clase obrera» es que seríamos un dinosaurio pero que los dinosaurios, por rentables que sean, no dejan de ser peligrosos para sus amos
Después de convertir el mundo en una catástrofe permanente, a la burguesía solo le falta que los dinosaurios revivan.
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No es casualidad que en estos años, el tono de aquel discurso triunfalista de los noventa se vuelva crispado. La condición del argumento de todo reaccionario actual es la asociación entre el stalinismo y el comunismo. Nunca Stalin, Mao, Castro y compañía tuvieron tantos y tan apasionados defensores como los «liberales» de hoy. Les necesitan y les reivindican como «verdaderos comunistas» todo el tiempo. Pero conforme el capitalismo se aboca a la guerra, aquí y allá reaparecen las cuestiones que quedaron abiertas en las luchas de entonces. Como reza el cartel de esta entrega «se acabó el parque [temático]».

Ahora, los señores propietarios de la saga jurásica llegan a la conclusión de que es mejor «aprender a convivir» con el monstruo, evitar o retrasar en lo posible que despierte de nuevo. El miedo que la burguesía siente por los trabajadores vuelve a sobrevolar su mundo. Esta vez el comunismo vuelve no como un fantasma, sino como un Pteranodon.

Se acabó el parque temático. El miedo que la burguesía siente por los trabajadores vuelve a sobrevolar su mundo. Esta vez el comunismo vuelve no como un fantasma, sino como un pteranodon.
 
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