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Hora de acumular fuerzas

11 de abril, 2020 · Actualidad> Actualidad global> Informe semanal

Trabajadores en huelga en frigoríficos Quilmes, Buenos Aires, siendo reprimidos por la policía.

Es imposible «quitar hierro» a la situación que estamos viviendo. Y a los retos y responsabilidades que la seguirán. Tras la matanza, viene el mayor ataque desde el fin de la guerra a las condiciones de vida y necesidades básicas de los trabajadores. La oleada mundial de huelgas y luchas que estamos viviendo tiene que servir de acumulación de fuerzas necesaria para enfrentar la post-epidemia.

Una epidemia que diezma a la clase trabajadora

El mapa de evolución de la pandemia es atroz. EEUU llegó ayer a los 2.000 muertos en un solo día, Gran Bretaña al millar, España sigue sumando más de 500 fallecidos cada día. Los debates en España y Alemania, como las correcciones al alza en Francia, no pueden aumentar la gravedad de lo que estamos viviendo.

Los que decían al principio que la epidemia era «democrática» no sabían hasta qué punto llevaban razón. A estas alturas es una obviedad que mata más donde las condiciones vitales y de trabajo son peores y a aquellos que cuando llegan a cierta edad acaban confinados en residencias que son hospicios modernos. Sea en EEUU, Gran Bretaña o España. Y es que, de una forma terrible, las diferencias de clase han demostrado estar, una vez más, por encima de las diferencias entre países. Eso sí, los medios y la selección de estadísticas no han parado en su constante esfuerzo por seguir invisibilizándolo. La última, contar la masacre de trabajadores y excluídos en EEUU, como resultado de la raza, evitando como la peste reconocer que las diferencias estadísticas no expresan otra cosa que la racialización de ciertos sectores de la clase trabajadora norteamericana.

La lucha de la clase por y durante el confinamiento



No es de extrañar que la clase trabajadora en todo el mundo haya reaccionado ante la amenaza global con un estallido simultáneo y masivo de huelgas cuyo objetivo es parar el contagio en los centros de trabajo de actividades no esenciales.

Luchas que están extendiéndose también a los servicios esenciales conforme las empresas empiezan a acumular retrasos de salarios. La respuesta, como vimos esta semana en los frigoríficos argentinos, ha sido instantánea: despidos, represión policial… y nuevas huelgas.

Es un dato significativo que nos da una clave de cómo será la post-epidemia. Desde Argentina a Armenia o Filipinas, la restricción de libertades y el incremento de la represión han venido muy posiblemente para quedarse. Las restricciones a la movilidad de los trabajadores –incluso dentro de la UE– también. Y especialmente la «guerra contra los refugiados y migrantes», como vemos ya en Italia o en Gran Bretaña, donde la política anti-migratoria sigue a la carga hasta contra el personal sanitario.

Una recesión imparable agravada por el conflicto imperialista y la revuelta de la pequeña burguesía

Mario Centeno, presidente del eurogrupo.

La recesión ya es un hecho desde Sudáfrica hasta EEUU, donde casi 18 millones de trabajadores han pedido ya coberturas por desempleo. Francia tuvo la mayor caída del PIB trimestral desde las huelgas de 1968, un 6%, Alemania prevé ya una caída del PIB del 4,2% para 2020 y España llegaría hasta el 9% y volvería a tener cuatro millones de parados más.

Y en ese marco, la cumbre de la UE de esta semana acabó, como era predecible, sentando las bases para un empeoramiento de la recesión ya en marcha en Europa. Esta vez, más que Alemania, fueron los imperialismos «pequeños» dentro de la unión -Holanda, Austria, Suecia y Dinamarca- los que presionaron hasta el final para convertir la financiación de la crisis en un arma contra sus vecinos del Sur. El acuerdo finalmente alcanzado, que pone un límite de prestamo del 2% de su PIB a cada país, es manifiestamente insuficiente para la financiación que Italia o España ya han comprometido, pero también para la que Francia había calculado como necesaria. El resultado previsible es una nueva crisis de deuda soberana.

Las burguesías nacionales del Sur de Europa no pueden dejar de darse cuenta. Lo que hay por delante es una reedición, en peores condiciones, de la crisis de 2008. En peores condiciones porque esta vez estarán en el papel de Grecia y porque la pérdida de soberanía y «campeones nacionales» a favor de sus rivales se dibuja ya en el horizonte. Pero sobre todo porque eso le conduce a redoblar en violencia el ataque contra una clase trabajadora que, como hemos visto, no está siendo encuadrada en la «unión sagrada antivirus» a pesar de las toneladas de propaganda por segundo de informativo y centímetro cuadrado de periódico que la bombardean cada día.

Está produciéndose en Europa además algo que habíamos señalado durante el último año en los países de la periferia capitalista: la fractalización. El grado de cohesión de la burguesía es tan precario que los conflictos externos del capital nacional se convierten casi automáticamente en disensos internos. Y al parecer, esto es lo que está sucediendo ya en la burguesía española a raíz de la batalla sobre los coronabonos.

El caso español es especialmente interesante porque está sirviendo de «laboratorio» global para las políticas económicas post-confinamiento. Sánchez ha sido el primero en promover un «Acuerdo Nacional para la Reconstrucción», presentados como unos nuevos «Pactos de la Moncloa», como forma de recomponer la unidad del aparato político. No oculta que el objetivo es poder emprender una ofensiva en toda regla -disfrazada eso sí, de «justicia social»- para poner en marcha la mayor transferencia de rentas del trabajo al capital desde los años de la contrarrevolución. Los sindicatos fueron los primeros en adherir, por supuesto. Y el PP está preparándose. Pero ahí empiezan los problemas. Vox, expresión electoral de la revuelta de la pequeña burguesía nacionalista española, se ha cerrado en banda. Y el PP no quiere dejarle el campo del descontento libre. El propio PSOE y Podemos sienten la tensión desde sus socios de gobierno, los nacionalistas regionales que expresan la dimensión centrífuga de la revuelta de la pequeña burguesía española. Ellos tampoco quieren a entrar porque significaría perder la oportunidad de capitalizar el descontento de sus bases -la pequeña burguesía regional- ante los ataques que vienen y que sin duda les afectarán.

Y si alguien piensa que la revuelta de la pequeña burguesía, que hasta ahora disputaba las rentas arrancadas a los trabajadores -desde el taxi al campo por no hablar del independentismo catalán-, puede tomar un significado favorable a los trabajadores aunque solo sea por debilitar la ofensiva que viene, está muy equivocado. Basta ver sus reacciones y demandas políticas ya hoy. Empezando por exigir subvenciones por destruir comida para producir escasez. No hay programas más incompatibles que el de los trabajadores y la pequeña burguesía.

¿Y ahora?

Las huelgas que vemos crecer y expandirse por el mundo en el mapa interactivo que actualizamos diariamente, marcan el comienzo de un periodo de acumulación de fuerzas. Es más importante que nunca parar la propagación imponiendo la necesidad básica de no contagiarse y no contagiar, al ansia del capital por retomar la producción. Son días en que es más importante que nunca organizar la solidaridad en nuestras redes con compañeros y familias. Y sobre todo tomar fuerza para responder a los ataques que vienen. Conforme pasan los días, más potentes suenan las palabras de nuestros compañeros argentinos:

Hoy las reivindicaciones las marca el coronavirus, pero si enfrentamos la pandemia como trabajadores, mañana, cuando la cuarentena y la epidemia acaben, en la batalla contra los ataques a nuestras condiciones de vida que la seguirá, seremos más fuertes.

Los trabajadores debemos derrotar lo que nos enferma y nos mata: igual que frenamos a nuestros patrones para defender la salud, derrotaremos el capital para salvar nuestra humanidad.