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¿Están los humanos condenados a acabar con su medio natural?

28 de enero, 2020 · Marxismo> Crítica de la ideología

Vacas pastando en tierras comunales de los Picos de Europa, Asturias.

En estos últimos tiempos de emergencia climática y de retorno de Malthus y su legado, es bueno recordar las fuentes de las que bebe la versión más reciente de la ideología malthusiana, así como su validez.

Uno de los neo-malthusianos más influyentes de la segunda mitad del siglo XX fue Garrett Hardin. No se trataba de un economista, sino de un ecólogo, y es a partir de esta disciplina y su profundo amor por Malthus que publicó el famoso artículo «La tragedia de los comunes» en la revista Science:

La tragedia de los bienes comunales [«commons»] se desarrolla de la siguiente manera. Imagine un prado abierto a todos. Se prevé que cada pastor intentará mantener el máximo de vacas posible en el prado común. Un plan así pudo funcionar razonablemente bien porque las guerras tribales, caza furtiva y la enfermedad mantenían la población de animales y personas bien por debajo de la capacidad de carga de la tierra. […] Al final llega el día cuando la paz social se vuelve realidad. […] Llegados a este punto, la lógica inherente de los bienes comunales [«commons» en inglés] causa una tragedia.

Como ser racional, cada pastor busca maximizar su ganancia. […] El pastor racional concluye que la única estrategia racional que puede seguir es añadir otro animal al rebaño. Y otro; y otro… Pero esta es la conclusión alcanzada por cada pastor racional compartiendo un prado comunal. Aquí yace la tragedia. Cada hombre está atrapado en un sistema que le empuja a aumentar su rebaño sin límite… en un mundo limitado.

«The Tragedy of the Commons», Garrett Hardin, 1968

Se trata efectivamente de uno de los argumentos más usados por el ecologismo hoy en día. Siguiendo la pura «racionalidad económica», los seres humanos serían incapaces de explotar en común los recursos del planeta sin actuar como una especie depredadora que acaba con todo como una plaga de langostas. No es casualidad que Hardin usara como inspiración el ensayo de un economista inglés publicado en 1833, en plena campaña ideológica para acabar de expulsar a los campesinos del campo y hacer pasar las nuevas «Poor Laws» metiendo por la fuerza al nuevo proletariado británico en la manufactura.

Para el ideólogo decimonónico, si las tierras comunes del campesinado fueron cercadas en masa no fue debido a una inmensa campaña de privatización y expulsión forzosa empezada siglos atrás, sino por la misma naturaleza humana. ¿Pero es cierto que los pastores racionales son incapaces de mantener prados en común sin sobreexplotarlos?

La tragedia de los comunes aparece en incontables libros de ecología y ha influido muchas discusiones económicas y políticas, pero como era de esperar, un mero repaso al registro histórico y social de la humanidad basta para rechazar tales afirmaciones. Y esa fue la crítica que en 2009 le valió un Nobel a Elinor Ostrom. Sin embargo, aunque la falsedad histórica del supuesto dilema era claramente demostrable, las soluciones propuestas no superaban el horizonte capitalista ni de lejos. Para conseguir cuadrar el círculo de una gestión de los bienes comunes tradicional combinada con la misma economía capitalista que los había destruido, Ostrom y su escuela sólo podían sugerir pesados aparatos burocráticos. Todo ello con una salsa de intercambios comerciales con cláusulas por contaminación, así como mecanismos impositivos y financieros varios contra el cambio climático.

¿Pero cómo se mantenían y mantienen en realidad los «comunes» allí dónde aún queda propiedad colectiva en el campo? ¿Qué es lo que ocurrió con la propiedad colectiva a lo largo de la historia?

Los bienes comunes en la historia mundial

Rajastán, India. Campesinos reclaman la devolución de tierras comunales apropiadas.

En las sociedades agrarias de todo el mundo han existido durante siglos e incluso milenios mecanismos locales para impedir la sobreexplotación y para repartir las tierras y recursos comunes entre la colectividad. El mundo campesino siempre fue extremadamente variable en términos de propiedad y mecanismos, incluso entre provincias cercanas. En las tierras que fueron recientemente conquistadas en bloque generalmente se encuentran latifundios y colonos, ya sean en el sur de Europa, en Sudamérica o en África oriental. Sin embargo, en las tierras cultivadas establemente (aún teniendo en cuenta las migraciones) durante siglos por todo el mundo se encuentra generalmente un mecanismo local muy parecido, el del cultivo de las tierras por la comunidad con redistribución cíclica de los terrenos cultivables. El modelo se puede encontrar en la India del siglo XIX:

Las áreas a cultivar eran distribuidas al azar […] Si la tierra a distribuir era variable en cualidad, las autoridades del clan prepararían un número de círculos o series, consistiendo en tierras buenas, regulares o malas, o distinguibles de algún otro modo. Entonces los grupos de cultivadores tenían que tomar sus tierras equilibradamente en cada grupo de calidad. […] Pero en todo caso, incluso teniendo en cuenta la clasificación del suelo, la desigualdad en las propiedades no podía ser excluida, por lo que un sistema periódico de intercambio o redistribución se practicó durante un largo período.

El principio de tierras explotadas en común y combinadas con parcelas asignadas al azar y redistribuidas cíclicamente entre los diferentes miembros de la comunidad también se podía encontrar en la Escocia del XIX y gran parte de Europa antes de los grandes cercados de campos:

En vez de que cada arrendatario posea una casa en una granja distinta, un grupo de pequeñas chozas están apretadas juntas en una Township, como en un pueblo rústico. En esta residen arrendatarios y pequeños campesinos. La tierra alrededor del pueblo les pertenece a todos en común. Los prados son el campo común donde pacen todas sus vacas. La tierra arable a veces es cultivada y cosechada en común también, dividiendo los resultados de la cosecha entre ellos.

Esta es una de las más antiguas costumbres de nuestro país. Es una reliquia de la edad pastoral, o sistema feudal. Pero es ruinoso para el interés del terrateniente, el arrendatario y el público, según nuestra agricultura ilustrada de hoy en día. Donde las tierras no son la propiedad de Townships, lo son generalmente de Run-rigs.

Este modo de ocupar la tierra originó de la misma fuente. Es el resultado natural de la Township, y sin duda fue creado como una mejora del plan anterior. En lugar de que la tierra arable sea poseída, cultivada y cosechada en común, cada individuo tiene una parcela asignada. A veces, en lugar de una, tiene dos o más, especialmente si la tierra arable es de calidad desigual. En este caso los campesinos tienen una parcela en la mejor y otra en la peor parte.

En la era feudal, este tipo de propiedad prevalecía sobre Bretaña y quizás sobre Europa entera. César menciona que era la práctica tradicional entre los Galos.

«General report of the agricultural state of Scotland», Sir John Sinclair, 1816

Los ejemplos decimonónicos podrían dar la impresión de que estos sistemas desaparecieron por alguna «fuerza» inexorable, pero este tipo de sistema de redistribución no sólo se mantiene si no es activamente destruido, sino que reaparece en los campos cuando la dominación estatal se debilita o desaparece. Así ocurrió en Japón del siglo XVIII, cuando el debilitamiento del poder central permitió la reaparición de los Iriaichi (入会地), las tierras comunes cuya explotación se asignaba por lotes al azar y reasignaba regularmente. Algo parecido ocurre hoy en el sur de India, donde la debilidad del estado permite la existencia de pueblos con consejos electos que deciden la redistribución periódica de las tierras y mantenimiento común de los regadíos.

Sin embargo, si algo caracteriza al campo es su heterogeneidad. Los pueblos en India con consejos electos se encuentran rodeados de pueblos con pequeña propiedad privada sin rotaciones ni comunes. La escala local de las instituciones las hace inconexas y frágiles ante los ataques de una clase dominante. En Francia, aunque los señores feudales permitían la existencia de «comunidades» campesinas más o menos independientes y hasta muy tarde no se dedicaron a expropiar estas comunidades, algo distinto ocurría con la burguesía medieval. Las ciudades comerciales causaban un gran efecto en el campo que las rodeaba, los comerciantes compraban y expropiaban los campos circundantes para hacer pastar ganado. Este ganado servía no sólo para alimentar a la ciudad, servía sobre todo para proveer a la manufactura local con la lana para la principal industria de lujo del medievo, la pañería. Esto ponía en conflicto directo a los campesinos con los burgueses de las ciudades.

Los campesinos franceses tenían un ingenioso sistema para mantener sus campos en común: Los pequeños terrenos (generalmente la extensión rectangular que podía labrarse en un día con un arado tirado por bueyes) que se redistribuían entre los campesinos de la comunidad estaban entremezclados entre ellos y se cultivaban en común. Estos se cultivaban en la serie trigo de verano, trigo de invierno y barbecho (tierra sin cultivar) con una etapa por año y se repartían de modo que había campos en cada etapa en un año dado. El barbecho se mantenía para restaurar los nutrientes del suelo con el trabajo de las malas hierbas y los excrementos del rebaño común. No se restringía el acceso al rebaño común a ningún campo no cultivado, fertilizando con ello los campos de todos y asegurando que los animales de todos tenían suficiente comida. Nadie tenía incentivo alguno para aumentar el número de sus animales y entrar en conflicto con el resto de comunidad para vender en un mercado inexistente lejos de las ciudades.

Con el auge de la manufactura pañera, los burgueses empiezan a comprar y cercar los campos colindantes con las ciudades Normandas a partir del siglo XIV para hacer pacer rebaños cada vez mayores de ovejas. La situación es mucho peor en Provenza, donde las grandes trashumancias se aprovechan de los campos abiertos de los campesinos para pacer (con el permiso de los grandes señores) a lo largo de su recorrido. Son los estragos de la trashumancia los que obligaron a los campesinos provenzales a cercar sus campos para defenderlos de los ataques de las ovejas que propulsaban el comercio de las ciudades. Ni los prados comunes ni las tierras en barbecho estaban seguras. Sin embargo, la inmensa mayoría de la población de Francia seguía viviendo en el campo y manteniendo campos y propiedades en común, como indican los textos de la época de Luis XIV:

Cada poseedor de una parcela englobada en un «barrio» de parcelas igualmente orientadas cultiva -y no puede ser de otro modo- en las mismas fechas que sus vecinos, y practica el mismo ciclo de rotación. Cuando el campo estaba en barbecho o lleno de rastrojos, se abría – y aún es así hoy en día [1931]- a todo el ganado del pueblo sin distinción, como decía el jurisconsulto Laurière bajo Luís XIV: «cuando la cosecha ha sido recogida, la tierra, por una especie de derecho de la gente, se vuelve común a todos los hombres, sean ricos o pobres».

«Les caractères originaux de l’histoire rurale française», Marc Bloch, 1931

La situación fue mucho peor en Flandes, donde el cercado de campos alrededor de las ciudades comerciales fue mucho más extenso y los campesinos se vieron muchas veces reducidos a participar en la industria textil doméstica para abastecer a las ciudades. Y es de aquí a finales del siglo XVII de donde saldrá una de las principales fuentes de lo que más tarde se desarrollará como la ideología capitalista.

Las abejitas y el cercado de los campos

Justo después de la «Revolución Gloriosa» de Inglaterra, un joven médico holandés de inspiración cartesiana llamado Bernard Mandeville emigra a Inglaterra siguiendo al nuevo soberano de la casa de Orange. Años más tarde publicará uno de los textos morales y políticos más influyentes del siglo XVIII en forma de una fábula donde la sociedad humana es comparada a una colmena. Como vimos en la entrega anterior para los intelectuales del siglo XVIII la colmena es el modelo de la sociedad ideal a la que aspiran, el «buen gobierno al que se someten de su propio acuerdo hormigas y abejas» según DuPont de Nemours. O poniéndolo en términos más claros y refiriéndose a las abejas:

Pongan juntos, en la misma habitación, diez mil autómatas animados con una fuerza vital […] si admitimos el mínimo grado de sentimiento en estos autómatas, incluso si es sólo el necesario para que sean conscientes de su propia existencia, buscar su propia conservación, evitar cosas nocivas, preparar cosas útiles etcétera, su trabajo no sólo será regular, bien proporcionado, similar, igual, sino que también tendrá simetría, fuerza y conveniencia hasta el mayor grado de perfección

Charles Bonnet, 1764

Sin embargo, el texto de Mandeville es completamente distinto. En un tono satírico critica a la antigua moral ascética cristiana por lo que él califica como reglas absurdas y contrarias al bien común. No es la colmena que se guía según la virtud clásica cristiana la que se enriquece, sino aquella que promueve lo que según la moral feudalizante son vicios:

Los necios solo se esfuerzan
en construir una Gran y Honesta Colmena.
En disfrutar las Comodidades del Mundo,
Ser famoso en la Guerra, aún viviendo en la prosperidad,
sin grandes Vicios, es una vana
UTOPÍA asentada en el Cerebro.
El Fraude, el Lujo y el Orgullo deben vivir,
mientras recibamos sus beneficios…
Porque el Vicio es beneficioso,
Cuando a través de la Justicia está esmochado y atado;
Donde el Pueblo sea grande,
Tan necesario es [el vicio] para el Estado,
Como el Hambre lo es para hacerlos comer.

«The Fable of the Bees», Bernard Mandeville, 1714

Este planteamiento le es probablemente familiar al lector, parece calcado a Malthus en su ensayo y es una versión más descarada de la doctrina de Adam Smith según la cual los individuos promueven el bien común al seguir su interés propio. Y no es casualidad, Mandeville es discutido por ser inspiración de Smith, Malthus, Hume, Voltaire y muchos más.

Mandeville coge el calvinismo escéptico del hugonote exiliado Pierre Bayle, que acaba separando el funcionamiento racional de la Naturaleza de la gracia divina irracional, y lo combina con la visión del individuo social como suma de afectos y pasiones de Spinoza. Esto le permite afirmar la absurdez de unas virtudes morales tradicionales que perjudican a la prosperidad de la sociedad en el mundo material cuando las reglas para obtener la salvación en el más allá son incognoscibles. ¿A caso no es cierto que el orgullo y avaricia de un burgués para con su negocio le permiten emplear a más obreros? ¿No es cierto que el orgullo de los compradores de productos de lujo, siempre intentando estar a la última para impresionar a los demás, emplea a muchos más asalariados que el ascetismo y la penitencia? ¿Si esos supuestos vicios en realidad benefician a los demás, son aún vicios? Sus críticos aplaudirán la reducción al absurdo de la moral imperante, pero apuntarán que comete un gran salto lógico cuando pasa de afirmar que los vicios pueden en algunos casos beneficiar a la comunidad a insistir en que hay que fomentar específicamente los vicios para conseguir la prosperidad económica…

Porque este texto no era un tratado de filosofía moral abstracta, sino un panfleto político. Por si queda alguna duda de ello, una parte del texto se dedica a enseñarles a los ingleses la vía de la prosperidad económica holandesa, que según Mandeville se basa en:

El hombre nunca se esfuerza salvo si es animado por sus Deseos: mientras está adormecido, y no hay nada para levantarlo, su Excelencia y sus Habilidades se quedarán sin descubrir para siempre, y la Máquina torpe, sin la influencia de sus Pasiones, puede ser comparada a un molino enorme sin viento alguno. Si queréis volver vuestra sociedad fuerte y poderosa, debéis tocar las Pasiones de los hombres. Dividid la Tierra hasta que no quede un solo cacho libre y sus posesiones los harán Codiciosos: Despertadlos, aunque sea en broma, de su torpor con halagos, y el Orgullo los hará trabajar duro: Enseñadles artesanía y oficios, y causaréis Envidia y Emulación entre ellos: Para incrementar sus números, instalad una diversidad de manufacturas y no dejéis suelo alguno sin cultivar; Que la propiedad sea inviolable y asegurada y los privilegios iguales entre todos los hombres. […] Promoved la navegación, mimad al comerciante y animad el comercio en cada rama, esto traerá la riqueza, y donde sea que se encuentre esta riqueza, las artes y ciencias las seguirán.

Bernard Mandeville, The Fable of the Bees 1714

Contrariamente a la tragedia de los comunes y la teoría económica actual, aquí el estado natural de la humanidad no es del individuo buscando «racionalmente» su beneficio propio, sino el de la inmovilidad. Es para obligarlo a ponerse en movimiento y a que busque su beneficio propio (lo que beneficiaría indirectamente a la comunidad) que se debe llevar a cabo la privatización de todas las tierras y comunes. Mandeville está de hecho repitiendo las recomendaciones de Locke y la Royal Society:

Las provisiones que sirven para apoyar la vida humana, producidas por un acre de tierra cercada y cultivada, son (hablando con algo de margen) diez veces más que aquellas producidas por un acre de tierra de igual riqueza malgastada en común.

«Second Treatise of Civil Government», John Locke, 1690

Reduciendo la fricción de la máquina

Minas del Potosí en el siglo XVII.

Después del choque económico causado por la entrada de cantidades ingentes de metales preciosos de América, la inflación de precios causó una bajada en los ingresos de la nobleza, porque las rentas a pagar por parte del campesinado estaban establecidas por tratado y no por el mercado. Muchos aristócratas y no pocos burgueses empezaron a dedicarse a la mejora agrícola y adquisición de campos a partir del siglo XVII.

Los primeros tratados de agricultura salieron de las grandes ciudades comerciantes, primero de Venecia y luego de Flandes para luego extenderse desde Inglaterra hasta Francia. Los señores iniciaron mercados de alquileres para incrementar la productividad de sus arrendatarios y se aplicaron los descubrimientos de la nueva ciencia. Era posible aumentar la productividad de las parcelas haciendo rotaciones con tréboles (leguminosa que fija nitrógeno) y nabos, que podían venderse además en el mercado naciente como forraje para obtener dinero.

Los nuevos cultivos rompían el ciclo de la agricultura comunitaria. Ya no había campos en barbecho, sino que había que cercar los campos para que los rebaños comunales no se comiesen el forraje de los campos. En el XVIII, el nuevo movimiento de los fisiócratas en Francia haría el máximo de proselitismo para que los curas de cada parroquia rural anunciasen las bondades de la mejora agrícola y el cercado. Pero las inversiones para adquirir más hectáreas y emplear braceros no salían gratis, por lo que los fisiócratas impulsaron el endeudamiento de buena parte del campo. Todo esto mientras fisiócratas y economistas ingleses intentaban unificar el mercado nacional para permitir la circulación y acumulación del capital a nivel nacional.

Sin embargo, aún quedaban campesinos arrendatarios que defendían y usaban las tierras comunaless, como bien indica el texto de arriba sobre los «run-rigs» en 1816. La ola de expulsión final del campo en Gran Bretaña concuerda no por casualidad con el triunfo definitivo de la economía política. Para conseguir pagar sus deudas y rentas, gran parte del campo había pasado al monocultivo de trigo. Debido a ello, las malas cosechas y la volatilidad de precios durante las guerras napoleónicas arruinaron a millones de pequeños productores que se vieron obligados a vender sus campos a los grandes propietarios. Algo similar pasaría en el sur de Francia más tarde, cuando el monocultivo de viñedos fue arrasado por la filoxera. Pero los economistas Malthusianos tenían planes, grandes planes. Finalmente consiguieron la abolición de las ayudas al campesinado en 1834 para, abiertamente, proveer de fuerza de trabajo circulante a la industria. Todo en nombre de reducir la fricción y mejorar el funcionamiento de la «gran máquina social»:

La teoría pura nos inculca la tendencia natural y necesaria hacía un ajuste justo [de los precios], ignora las dificultades intermedias fuera de cuestión, como las fricciones un problema mecánico; y justamente condena la locura de intentar rectificar la desigualdad por la ley. Pero las leyes, aunque no puedan rectificar el problema, pueden empeorarlo. Esas mismas fricciones pueden ser resueltas con esmero y arte. […] Por lo tanto el trabajo de un obrero manufacturero es un bien transmisible comparado con el de un campesino. La competencia instruye al propietario sobre su valor y circula libremente por aquellos distritos por el cual se le necesita.

Edward Copleston, 1819

Aunque la burguesía, después de su victoria, pasaría a pretender que la tendencia a la privatización y sobreexplotación era parte de la naturaleza humana, lo que se estaba naturalizando era una victoria aplastante de la clase dominante sobre los explotados.

La ceremonia del salmón

Foto de canoas kwakiutl en 1914.

Las pequeñas comunidades campesinas eran locales, no estaban coordenadas entre sí y necesitaban soporte del exterior durante los años de mala cosecha (uno de cada cinco, como decía la tradición medieval). La generalización de un sistema de intercambio a gran escala acabó con ellas, pero…

¿Es cierto que todos los sistemas de intercambio efectivos necesitan dinero, acumulación de capital y/o una burocracia que las gestione en nombre del bien común? Si es así, cualquier intento de interconectar núcleos productivos entre sí se vería condenado a acumular capital y sobre-explotar los recursos y trabajadores. ¿Han existido sistemas más o menos extensos de intercambio que no fuesen basados en dinero o acumulación y que no sobre-explotasen el medio?

Como ejemplo ilustrativo, los Kwakiutl de la costa oeste de Canadá tenían un extenso sistema de intercambios establecido entre los siglos XVIII y XIX para mantener la estabilidad política en una confederación de cazadores recolectores que habían estado luchando entre ellos durante siglos para ocupar los mejores ríos donde pescar. Después de muchos combates se instauró el sistema moderno de potlatch, que permitía la redistribución de los bienes necesarios a todos los clanes de la confederación para evitar más luchas intestinas. Cada clan explotaba comúnmente entre sus miembros un afluente, excluyendo a los demás e intentaba traer un máximo de regalos a las ceremonias de potlatch para competir contra sus rivales. La lógica es inversa a un sistema de acumulación y aparentemente absurda a primera vista. Como vimos anteriormente, los miembros de una sociedad con potlatch no intentan maximizar su ganancia individual en contra de otros, sino que intentan intercambiar igual por igual… aunque ello parezca a primera vista nocivo para sus intereses.

¿Cómo funciona? En realidad, la productividad de los ríos y afluentes es variable cada año y cada clan intenta traer el máximo de regalos posible al potlatch. Existe una escala jerárquica ritual por la cual los clanes son clasificados según cuánta diferencia hay entre lo que regalan en contra de lo que regala de vuelta un clan rival. Cuánta más diferencia entre ambos, más sube el que regala más y más baja el que regala menos. Sólo se gana intentando regalar el máximo, y para mantener el estatus social hay que regalar la misma cantidad que el adversario. Naturalmente, bajar en la jerarquía incurre en deshonor y menos derechos rituales, empujando a los clanes a entregar el máximo de regalos… Lo que permite mover regalos de las unidades más productivas en ese período hacia las menos.

Los regalos en sí no eran comida, sino objetos (por ejemplo: mantas) que podían intercambiarse luego por la comida almacenada en fondos comunes por los clanes con mayores capturas. Esto equilibraba la variabilidad anual de capturas impidiendo que se rebelaran los clanes con menores capturas. Hasta que el sistema fue desmontado por el capitalismo, éste evitó la sobre-explotación del salmón en el Canadá occidental.

Obviamente, esto no era ni mucho menos una utopía, había clanes con localizaciones mucho más productivas en todos los años comparados con otros, y la organización no era precisamente igualitaria dentro de cada clan. Del mismo modo, las comunidades agrícolas tenían subdivisiones internas entre campesinos con ganado y braceros obligados a vender su mano de obra a los primeros, división consuetudinaria del trabajo, división sexual del trabajo e indefensión contra bandidos y extorsión de la clase dominante. Pero indican la posibilidad tanto como la pasada existencia de sistemas sociales que ni estaban basados en la sobreexplotación del medio ni necesitaban la acumulación de capital para la redistribución.

Y simplemente constatar que es posible crear un sistema productivo complejo y territorialmente extenso que no conduzca a la sobre-explotación del medio ni se base en la acumulación de capital, debería ser un aliciente y una fuente de auto-confianza para la clase trabajadora, pues crear un sistema desmercantilizado, sostenible y abundante es parte de sus tareas políticas de futuro.