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¿Está perdiendo EEUU su «poder blando»?

11 de junio, 2020 · Actualidad> Actualidad global

Cabecera de la manifestación en solidaridad con George Floyd en Buenos Aires.

Según los medios anglosajones las manifestaciones por la muerte de George Floyd se han extendido por el mundo creando una suerte de «movimiento global antiracista». China ha comprado la tesis e intenta utilizarlo como arma de la guerra ideológica entre ambas potencias. En principio parecería una paradoja: la influencia de EEUU sobre la cultura global, la capacidad del capital estadounidense para crear campañas globales, sería tal que hasta sus rivales acabarían jugando en el terreno ideológico de sus batallas internas. El «poder blando» del imperialismo estadounidenses estaría más lozano que nunca. Pero si miramos de cerca, está lejos de ser así.

¿Por qué las movilizaciones de EEUU no han creado un movimiento global?

No puede dejar de causar impresión ver a diputados coreanos de rodillas pidiendo perdón como los manifestantes cristianos estadounidenses, pero la verdad es que en la calle solo juntaron unas cuantas decenas de personas animadas por estrellas del K-Pop. Las consignas y los carteles no mostraban que lo interiorizaran como un problema coreano, simplemente participaban de un juego que estaba teniendo lugar en otro campo. En otros países como Turquía o Argentina las manifestaciones, vistas en general como extravagantes, no solo convocaron a grupos muy escasos sino que la «solidaridad» servía de base al viejo discurso anti-EEUU de izquierdas e islamistas. Una actitud que está muy lejos del catártico «mea culpa» que caracteriza al movimiento en América. En España, fueron unos escasos 3000 manifestantes los que se manifestaron frente a la embajada de EEUU, poquísimos para una capital donde todos los años hay media docena de manifestaciones de centenares de miles de personas y donde temas tan poco vibrantes para la mayoría como los niveles de protección del lobo ibérico convocan sin despeinarse a más de 10.000 personas. Aun así, manifestantes «en el espíritu» de las movilizaciones norteamericanas, con cartelitos en inglés y las consignas estadounidenses solo había unos pocos, en su mayoría muy jóvenes y de extracción acomodada. La mayoría de los que se manifestaron aprovechaban la atención mediática para protestar por temas solo secundariamente ligados al racismo: los CIEs, el tratamiento y la explotación de los migrantes, etc. Es decir, basicamente xenofobia y migraciones, no raza, que en los CIEs hay encerradas personas de todos los orígenes y fenotipos.

Otra cosa es Gran Bretaña o Alemania, es decir los países en los que por diferentes motivos y caminos, la burguesía creó históricamente la identidad de la nación desde una concepción racial, presentando el estado como expresión o materialización del «espíritu de un pueblo» y su «destino».

No es que en los países donde «el estado crea a la nación» -los de tradición republicana burguesa como Francia, pero también los «universalistas» católicos como España- el racismo no exista o sea algo menor y soportable. Existe y es, evidentemente, moralmente insoportable. Lo destila el sistema con todo su abanico de discriminaciones y se liga abiertamente a la etnificación de las clases sociales. Pero a pocos se le ocurre que la sobre-explotación y el abuso de los jornaleros «sin papeles» sea un producto del racismo. Más bien al revés, hasta el izquierdista más conservador entiende que es la consideración de «irregulares» la que viene a legalizar indirectamente la cuasi-esclavitud de miles de temporeros. Y que es esta situación de sobre-explotación, aislamiento y desamparo la que alimenta el racismo de una pequeña burguesía que les explota pero que también les niega. Lo mismo cabría decir en Turquía, donde los miles de refugiados y migrantes son explotados inmisericordemente y no faltan discriminaciones de origen étnico-lingüístico (kurdos, árabes) ni religioso (alevíes, sufíes) y, por si fuera poco, el antisemitismo es ideología oficial y moneda corriente.

¿Y entonces? Sencillamente el movimiento en EEUU está ligado tan directamente a las aspiraciones de la pequeña burguesía negra estadounidense que para «extenderse» tiene que encontrar sectores de la pequeña burguesía que puedan identificarse no solo con su situación y sus aspiraciones, sino también con su relato sobre lo que es el racismo. Es decir necesita toda una combinación de circunstancias históricas y de relaciones entre clases, que solo pueden darse en un puñado de países históricamente conectados entre sí.

¿El ocaso de la «fábrica de sueños»?

Actores de «La casa de papel», éxito global de Netflix.

Pero, ¿significa ésto que el poder de influencia ideológica de la burguesia estadounidense empieza a flojear? En sí mismo no. Son capitales estadounidenses los que controlan el ecosistema global de noticias. Con una crisis general de la prensa, las agencias y los ecos entre medios, son constantes, las notas de prensa se reciclan una y otra vez. Muchas veces, las noticias se calcan de la nota original y tenemos que leerla entera para descubrir que nos están hablando de algo que pasó en un pueblo de EEUU y no a la vuelta de la esquina. Los costosos intentos de imperialismos rivales por establecer agendas informativas propias, desde la TV internacional francesa al Telesur chavista o la AlJazeera qatarí, en el mejor de los casos han conseguido relevancia regional. Algunos, como el canal iraní, después de algunos grandes éxitos, enfrentan pura y simplemente la quiebra. Y ninguno de ellos ha conseguido ni siquiera entrar a disputar el práctico monopolio de las nuevas plataformas audiovisuales que monopolizan las series dramáticas: Netflix y Amazon Prime siguen controlando abrumadoramente el mercado.

Pero, no nos quedemos ahí. El confinamiento marcó un récord en conexiones a las plataformas. ¿Qué series, qué relatos se vieron durante en cada país? Prácticamente todos los estrenos promocionados por Netflix durante esta pandemia se alineaban con el discurso de la «identity politics»: desde la historia de la primera millonaria negra de EEUU a diversos dramas en los que las identidades de género juegan el papel central. Sin embargo, ninguno de ellos aparecen entre las historias más vistas en España, ni en Argentina, ni en Brasil… y podríamos seguir. Y no es un fenómeno limitado a los meses de pandemia y confinamiento aunque, como todo, se haya acelerado ahora. Lo que los listados de programas con más audiencia fuera de EEUU nos dicen cada vez más consistentemente es que:

  1. El peso del inglés como lengua de la ficción global está erosionándose, el usuario de Netflix prima los contenidos en su propio idioma o idiomas cercanos, independientemente de dónde estén realizados (España consume historias argentinas y mexicanas, Brasil y Argentina historias españolas, etc)
  2. Los espectadores prefieren argumentos en los que «los malos» son el estado, las mafias, los ricos… es decir, distintas formas de poder institucional y económico. Los argumentos recurrentes de la «identity politics» y la agenda política estadounidense, al parecer, les dicen más bien poco.

Es decir, EEUU aun controlando los grandes medios de distribución, está perdiendo capacidad para imponer enfoques ideológicos en varias regiones importantes del mundo. Lo que es más, parece que su lengua es cada vez menos un consumo de prestigio. Era previsible, la renacionalización de cadenas productivas es también renacionalización de agendas informativas y de imaginarios. Y la lógica de «desacomplamiento» no parece que vaya sino a acelerarlo.