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Entender el capital para enfrentar lo que nos viene

2 de junio, 2020 · Marxismo> Fundamentos

Trabajadores de Alcoa, España, exigiendo una rebaja de precios de la energía para la empresa que les despide.

Mientras en España sigue la conmoción por el cierre de Nissan, en Francia Macron se reúne con patronal y sindicatos para «ofrecer» un «nuevo contrato social» basado en la precarización rápida y masiva de fuerza de trabajo. La alternativa que plantea es «salarios o trabajo». Los medios machacan como si fuera inapelable la lógica del capital: «sin beneficios no hay salarios». Extienden la idea de que vendrán más cierres y que nada podremos hacer frente a ellos salvo bajar aun más nuestros ingresos y aceptar peores condiciones de trabajo en el conjunto del sistema productivo. ¿Pero es verdad? ¿De verdad no hay opción? ¿No vale de nada luchar? Para saber qué funciona y qué no, hay que entender algunas cosas sobre qué es y cómo funciona hoy el capital.

Lo que el capital fue

Manchester en la primera mitad del siglo XIX.

Allá por el siglo XIX la mayoría de los capitalistas eran individuos que invertían capital de su propiedad personal o familiar en una fábrica o taller. Eran dueños y patrones. Cuando se enfrentaban a una huelga sabían que cuanto más durara más se devaluaría la empresa, que era su patrimonio. En un primer momento una huelga se reducía para ellos a un cálculo de rentas: se trataba de comparar cuánto se reducirían sus beneficios futuros por mejorar condiciones de trabajo y aumentar salarios, frente a cuánto perdería por efecto del parón en la producción. Si la huelga duraba lo suficiente y mostraba fortaleza, lo «racional» desde el punto de vista del capital, era ceder.

La gran huelga de estivadores de Londres de 1889.

De ahí las «cajas de resistencia» y las huelgas interminables en una sola empresa. Los trabajadores daban forma a su lucha de acuerdo al funcionamiento del capital. En ese momento, la mayoría de los capitales eran «individuales» y la gran mayoría de los intereses de los trabajadores se dirimían en huelgas «individuales» de empresa. La clase trabajadora aparecía como tal para los capitalistas, pendientes de los salarios medios y de la presión agregada de las huelgas individuales. El proletariado aparece entonces, dice Marx, como clase «en sí».

Solo en algunas luchas «políticas», como la batalla por las 40 horas semanales o el sufragio universal, tenían sentido consignas, movilizaciones y huelgas del conjunto de la clase. En ellas los trabajadores luchan juntos por encima de las divisiones de empresa porque atacan condiciones generales de explotación, apareciendo como «clase para sí», es decir, ante sí mismos. Esta última era la lucha de clases en su plena expresión.

La diferencia entre unas luchas y otras no expresaba dos «niveles de consciencia», el «sindicalista» al que supuestamente podrían llegar los trabajadores por sí mismos, frente al «político» o «socialista», para el que necesitaban un partido que organizara grandes movilizaciones a escala nacional. Expresaba los planos y las formas en los que se organizaba el capital frente al que tenían que imponer la lógica de las necesidades humanas. En un plano se enfrentaban a capitales individuales, en otro al aparato del estado que regulaba las condiciones generales de su explotación.

Ferrocarriles británicos en India.

Por otro lado, en un mundo en el que los mercados solo dejaban de crecer en breves periodos de crisis, las concesiones a los trabajadores podían compensarse a medio y largo plazo con nuevas inversiones para comprar máquinas más avanzadas que permitieran producir más con el mismo número de trabajadores. Por supuesto, la ganancia unitaria se reduciría, pero la perdida de margen en cada venta se vería compensada por más ventas. A largo plazo y de manera agregada, la lucha de los trabajadores impulsaba que las cosas fueran «más baratas» y asequibles y que los salarios dieran más de sí.

Esa necesidad de más capitales y más mercados fue el motor del capitalismo ascendente, la era dorada y progresiva del capital. Pero también modificó la organización del capital. Al subir la cantidad de capital necesaria para abrir una fábrica o una mina, se extendió en el mundo industrial el modelo de las sociedades por acciones (las sociedades anónimas) que hasta entonces se había concentrado en las grandes obras públicas, los transportes y las comunicaciones (ferrocarril, telégrafo, etc.). Por otro lado, al expandirse, el capitalismo fue implantándose y creando nuevos competidores en todos los continentes, los mercados empezaron a no crecer tan rápido siempre como los capitales necesitaban. Los capitalistas individuales empezaron a sentir más riesgos y en ese marco, las huelgas como un peligro mucho más acuciante. El resultado fue un paso adelante en lo que los marxistas de la época (Lenin, Rosa Luxemburgo, etc.) llamaban «la socialización de la burguesía». En trazo grueso y por hacerlo corto: los dueños de las fábricas cambiaron sus empresas por acciones de los bancos, convirtiéndose los consejos de administración de estos en verdaderos centros de planificación del capital. Empezaba la fase imperialista y despuntaban todas las tendencias que dan forma a etapa histórica actual.

Lo que el capital es

El capital prosiguió su socialización. El capital financiero, el gran capital que da forma y tono a toda la producción, es ahora un conjunto de fondos de tamaño inmenso que se mueven continuamente especulando con los resultados de cualquier aplicación de capital y sus consecuencias. Las empresas, las fábricas, se han reducido a «aplicaciones» a las que el capital acude, o de las que se retira, a velocidad asombrosa ante cualquier cambio en las expectativas de resultados. El capitalista individual ya no es relevante y en todo caso prefiere asociarse a esos flujos agregados gestionados por cientos de funcionarios de la especulación que miman sus movimientos para poder «garantizar» estadísticamente rentabilidades.

El entonces presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, saluda al presidente del Banco Santander, Emilio Botín, durante el posado para la fotografía de familia con los grandes directivos españoles que integran el Consejo Empresarial por la Competitividad (CEC) en Moncloa en 2014. Todos son gestores, ninguno propietario en grado significativo de las empresas que representan.

Al frente de las empresas y las fábricas ya no están los propietarios, sino gestores que administran los intereses del capital en esa aplicación concreta. Estos gestores forman una capa específica: la gran burguesía corporativa. Sería imposible para ellos conocer a todos los propietarios legales del capital que administran. ¿Cuántas veces al día cambian de manos las acciones de Volkswagen o de Santander? ¿Cuantos miles de rentistas hay bajo cada fondo? Esta nueva forma de la burguesía, heredera de las viejas clases dominantes, se relaciona con otros como ellos que a su vez gestionan macro-fondos y bancos, accionistas «estratégicos» que esperan perdurar más en el accionariado y que buscan por ello obtener «sinergias», es decir, beneficios más allá del dividendo, para el conjunto de los capitales que gestionan. Y todos ellos se relacionan intimamente con el estado a través de la alta burocracia y los dirigentes políticos. Porque el «negocio», cuando los capitales se mueven tan rápido y a golpe de expectativas que varían con cada noticia, depende directamente de las condiciones generales de explotación.

Luchas y lucha de clases

Exigirle «carga de trabajo» al capital es aceptar que nuestro bienestar depende de él y que luchar no tiene sentido porque no hay intereses de los trabajadores distintos de los del capital.

Si el capitalismo se ha reorganizado así es, ante todo, como una forma de blindarse ante la tendencia permanente a la crisis, pero también ha cambiado su capacidad de respuesta frente a las huelgas y luchas de los trabajadores. Y ambas cosas se unen en cada batalla concreta. Si en una empresa, las exigencias de los trabajadores obligan a modificar las condiciones amenazando con reducir las ganancias por debajo de la media regional o sectorial, los gestores saben que el capital marchará inmediatamente y que posiblemente eso haga que las posibilidades de recuperar o ganar nueva rentabilidad capitalizándose sean menores. Por otro, la demanda global tiene dificultades crónicas. No basta con «ponerse al día» comprando nueva tecnología que permita producir más con la misma cantidad de trabajo porque… es posible que no haya a quién venderle la producción extra obtenida.

¿Qué hacen los sindicatos? Primero aceptan la lógica de los gestores -no dejan de serlo ellos mismos- y nos dicen que «sin rentabilidad no hay empleo». Y con la rentabilidad del capital como bandera hacen suyas las reivindicaciones de los gestores frente al estado, es decir, piden un «tratamiento especial» para los capitales invertidos en la empresa: sea pidiendo al estado que venda los productos de la fábrica, como en Navantia o privilegios en el coste de materias primas, como en Alcoa. Los trabajadores se convierten así en una mera herramienta de presión de los gestores para sobrevivir en la competencia por atraer capitales.

Tienen razón cuando dicen que sin rentabilidad el capital tarda segundos -a veces menos- en marchar a otra aplicación más productiva. Pero no es verdad que la consecuencia de eso deba ser aceptar la supeditación de los trabajadores al beneficio y el éxito de los gestores. De hecho, desde principios del siglo XX, cuando el capital empezó a tomar cada vez más la forma que conocemos actualmente, comenzó a emerger una nueva forma de lucha en la que ya no se distinguía la reivindicación de empresa de la lucha por transformar las condiciones generales de explotación. Una nueva forma de lucha que respondía a una situación -la nuestra- en que con un capital cada vez más «líquido», las condiciones de trabajo de cada grupo de trabajadores dependía cada vez más de las condiciones generales que aplican a todos los centros de trabajo.

Nantes durante la huelga de masas 1968 que se extendió por toda Francia

La nueva forma de lucha, la huelga de masas, no era más que dar respuesta planteando una escala más cercana a aquella en la que el capital jugaba. La huelga en vez de eternizarse, se expandía «horizontalmente» de una empresa a otra en el territorio. Desde el primer momento se visibilizaba así que era una respuesta de clase, no de un grupo concreto de trabajadores a la situación en una empresa concreta. De hecho las huelgas se extendían y organizaban no solo en fábricas o empresas, sino en los barrios, agrupando a todos los trabajadores dispersos en las pequeñas empresas, la precariedad, el desempleo y la informalidad. La organización, por tanto, aun si hubiera seguido teniendo sindicalistas entre sus animadores ya no podía ser sindical tampoco: solo eran funcionales asambleas coordinadas por comités de delegados elegidos por ellas.

Delegados del comité de delegados (soviet) de Shush, Irán, dirigiéndose a la asamblea en la calle en noviembre de 2018.

Miremos dónde estamos ahora: los trabajadores de cada empresa se enfrentan a un capital global que no está atado por lo que ocurra en ella y que exige ciertas condiciones de rentabilidad para mantener los puestos de trabajo. La rentabilidad es la pelota que los sindicatos toman y ponen en nuestro tejado, plantilla a plantilla, para que demos apoyo a los intereses particulares de los gestores del capital en tal o cual empresa.

Miremos adónde lleva la extensión de la huelga sobre el territorio: el capital no tiene donde ir dentro de él, teme que el ejemplo se expanda saltando fronteras; las condiciones generales de explotación son ahora su problema y el del estado. La huelga pone al capital en su conjunto donde en otro tiempo puso al capitalista particular.

Las consecuencias no paran ahí. En primer lugar esa diferencia, típica del siglo XIX, entre luchas «sindicales» y luchas «políticas» ha desaparecido, se ha hecho imposible de repente. O se lucha como clase, por encima de las divisiones de plantillas, empresas, convenio, etc. o se estará siempre a merced de unas condiciones generales de explotación fijadas por la competencia entre capitales, en un marco en que al capital no le cuesta demasiado prescindir de las empresas -y trabajadores- que estén por debajo de la media de ganancias esperadas. En segundo lugar, el sindicato y su forma misma de organización ya no están alineados con las necesidades de las luchas concretas, son incapaces de sacarnos del atasco del aislamiento. Es más, hacen lo contrario: nos tiran la pelota de la rentabilidad de un capital que no es nuestro y que vive de nuestro trabajo. También hay qué pensar qué hacer cuando no se den condiciones inmediatamente para la extensión, entre otras cosas, cómo impulsarlas… Y podríamos seguir. Ese es el debate que toca.

La importancia de entender qué es hoy el capital

La lucha de clases es algo demasiado importante como para quedar atada en «tradiciones» o formas obsoletas. Nuestras vidas y el futuro de nuestras familias dependen de ella. Basta con la memoria de las generaciones que hoy están trabajando para darse cuenta de que la lucha aislada en la empresa, los paros sectoriales, el «diálogo social»… solo han conducido a una espiral de precarización y a la impotencia frente a los cierres de plantas y empresas. Para encontrar las formas de lucha alternativas que nos sirvan hoy para enfrentar la que está viniendo, necesitamos entender al menos en lo fundamental qué es y cómo funciona el capital. Y cuando lo hacemos no hay fantasía histórica que lo soporte. Tenemos que luchar de otra manera a la que nos proponen los sindicatos. Y desde ya, luchar por extender las luchas sobre el territorio.