Elecciones en Chile

El mapa parlamentario chileno ha cambiado. La derecha y la izquierda se han dividido discursiva y electoralmente. Ahora el Congreso chileno tendrá unos 7 diputados de la extrema derecha más nostálgica del pinochetismo y unos 20 del «Frente Amplio» a la izquierda de los restos de la antigua «Concertación».

¿Qué ha cambiado?

El Frente Amplio centró su campaña en la reivindicación de un nuevo sistema de pensiones.
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Hay un desgaste de la capacidad de encuadramiento de la democracia chilena. La caída de la participación, a pesar de la «multiplicación de sabores» y de la presión agobiante para llevar a la gente a las urnas revela que la erosión de la capacidad de movilización del estado y la burguesía chilena sigue erosionándose. No importó el estreno de la representación proporcional, la aparición de nuevas fuerzas supuestamente más «radicales» ni las cuotas obligatorias de mujeres en las candidaturas. La máquina propagandística es cada vez menos convincente. La ilusión democrática ya no volverá a tener el peso que tuvo en los años de los primeros gobiernos de Concertación.

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Esta erosión del discurso democrático en general viene precedida y acompañada de un evidente desgaste de las fuerzas tradicionales que ha rebajado las previsiones triunfalistas de Piñera a la Presidencia, ha dado un castigo grave a la socialdemocracia tanto en el poderoso Senado -donde se renovaban 23 escaños- como en el Congreso y dado un golpe tal vez definitivo a la histórica centralidad de la Democracia Cristiana.

¿Qué no va a cambiar?

Luksic, la mayor fortuna de Chile, protegido y tironeado por dos «pacos». Una buena metáfora de la situación para la burguesía chilena.
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El modelo de acumulación chileno ya no funciona. Aunque el precio del cobre crece desde octubre de 2016, la CEPAL prevé solo un 1,5% de crecimiento en 2017. Aunque la previsión para 2018 está hoy en el 2,8% estaríamos muy lejos de los crecimientos del 5% anual que caracterizaron a Chile durante los años anteriores a la crisis.

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La pauperización de los trabajadores seguirá profundizándose. En el país que prometía ser el primero de América del Sur en alcanzar un PIB per cápita europeo más de la mitad de los trabajadores recibe salarios por debajo de los 350.000 pesos chilenos (menos de 500€), cuando la línea de la pobreza, para un hogar promedio, es de 413.000 pesos.

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Y desde luego la burguesía chilena, no está dispuesta a ceder terreno sin luchar con la ferocidad que le caracteriza. No solo el modelo de acumulación interno no le funciona ya. Además sus aventuras exteriores han sido cada vez más frustrantes. Para muestra el fallido intento de desembarco de Luksic en España, la bajada de exportaciones a Asia o los fiascos de Fallabela. Todo lo cual se proyecta y se alimenta en el retroceso de la influencia continental de la burguesía y el estado chileno como un todo.

¿Hacia dónde va Chile?

Chile se está acercando a un momento crítico. La burguesía chilena necesita cada vez más de la intervención directa del estado para evitar la quiebra y ceder más espacio al capital exterior, pero también para contener el conflicto social. Conflicto en el que hasta ahora el protagonismo ha sido de la pequeña burguesía. Esta, que está endeudada hasta las cejas, es cada vez más ajena al sistema político y es cada vez menos esa «base de estabilidad» que un día sirvió de base al mito de «la diferencia chilena».

Pero la clave está en los trabajadores. La banalidad de las promesas de recuperación y la presión abrumadora sobre los ingresos hacen muy posible que a lo largo de los próximos dos años veamos un renacer de la combatividad de los trabajadores en Chile. Es lo que prevé la burguesía chilena y para lo que se ha intentado preparar con estas elecciones.