El Valle de los Caídos

El siniestro perfil del Valle de los Caídos
El gobierno Sánchez no pierde oportunidad de intentar jugar la carta de la «memoria». Después de optar por convertir al Valle de los Caídos en un cementerio civil sacando, eso sí, el cadáver de Franco, se ha enlodazado con el Vaticano en una negociación para darle una tumba alternativa. La burguesía española de una manera u otra está atada a su pasado y precisamente por éso vuelve a vendernos la «reconciliación nacional», ahora bajo la forma de «centro de interpretación».

La burguesía española de una manera u otra está atada a su pasado y precisamente por éso vuelve a vendernos la «reconciliación nacional», ahora bajo la forma de «centro de interpretación»

El «significado» del Valle

Prisioneros políticos durante la construcción.
El «Valle de los Caídos» fue pensado por Franco en persona durante la guerra como su gran monumento triunfal y tumba colectiva de sus soldados. En él colaboraron los principales artistas del «estilo imperial» que en régimen comenzaba a promover. Nada más acabar la guerra, cuando todo eran ruinas, los escasos recursos de un estado y una economía quebrada se emplean masivamente en la obra. El principal, mano de obra esclava: 20.000 presos, represaliados de la guerra en su mayoría, conmutaron penas en su construcción, cavando y excavando la roca granítica a pico. Pero con escasa tecnología y maquinaria, las obras no acaban hasta 1957. En el camino las potencias del Eje han perdido la guerra mundial. Franco ha hecho pasar a segundo plano a los falangistas y, tras tiras y aflojas con la ONU, se prepara para convertirse en el puntal de Eisenhower en el Estrecho. Hay que resignificar el pasado… y el presente a toda velocidad. El Valle se redefine por orden ministerial como «monumento a todos los caídos» en aras del «sentido de unidad y hermandad entre los españoles» que convenía al nuevo encuadramiento en el bloque democrático americano. Para darle materialidad a la declaración se arrastran restos de fosas comunes de toda España. Ninguna imagen podía ser más explicativa de la nueva política que está cuajando y que culminará con la Transición y la Constitución del 78: la «Reconciliación nacional».

Monumento megalómano al ejército franquista, con la integración en el bloque americano se resignifica para «reconciliación nacional» a base de incorporarle restos llevados de fosas comunes

Traslado de los restos de Jose Antonio Primo de Rivera en 1959.
Muchas de esas fosas abiertas cuyos restos estaban al borde de los caminos contenían los restos de prisioneros políticos fusilados al paso del cadaver de Jose Antonio Primo de Rivera cuando fue trasladado al Escorial en 1939. A pesar del aggiornamento al bloque americano, veinte años después el franquismo estaba todavía lejos de dar un carpetazo abierto a las estructuras y fastos fascistas. El 31 de marzo de 1959, un día antes de la inauguración oficial del Valle, que a la fuerza Franco quiere discreta, los restos del dirigente falangista son llevados a la basílica en lo que se convierte en la primera demostración de fuerza del falangismo. El Valle empieza a resultar incómodo al propio régimen, un producto de consumo interno. Paradojas de la burguesía española, cuando muera Franco, el gobierno del rey Juan Carlos I ordenará a prisa y corriendo adaptar la cripta de la basílica para un muerto más, el dictador. Básicamente les sacaba un problema de encima -tener un culto falangista instalado en la capital- al módico precio de convertir el adefesio en un monumento mortuorio en el que Franco, como los reyezuelos de la Antiguedad, descansaría rodeado por los cadáveres de sus víctimas, esclavos y soldados.

El rey Juan Carlos I convirtió el Valle en mausoleo del dictador, renunciaba a la hipocresía de su resignificación pero conseguía sacar de la capital el culto funerario falangista y ultra

La «reconciliación» y la desmemoria

Franco y Eisenhower sellando en 1959 la entrada del régimen en el bloque americano.
La «reconciliación nacional» que acaba en la Constitución del 78 no fue solo una bandera de conveniencia para el franquismo. Era la política oficial del PCE stalinista desde 1956. Una respuesta a las primeras huelgas que ni el franquismo ni la izquierda clandestina saben contener ni derivar a la «lucha por la democracia». Y por lo mismo runrún constante y cada vez más estridente a partir de 1962, cuando la huelga minera de Asturias, muestre que una nueva oleada de combatividad está gestándose y que el aparato sindical y represivo franquista tiene dificultades estructurales para dominarlo.

El Comité Central ampliado del PCE en 1976 voto con 169 votos a favor y 11 abstenciones hacer propia la bandera rojiagualda, una medida simbólica muy comentada en la época y presentada como «sacrificio» en pos de la «reconciliación nacional» abogada por el stalinismo desde 1956.
Reconciliación de los españoles o unidad nacional. Ninguna, ni hoy ni mañana, porque esa es una formula jesuítica para perpetuar las relaciones de producción y distribución existentes, lo actual con ligeros cambios de superestructura. No puede haber reconciliación entre la necesidad humana de la revolución social, sin cuya satisfacción lo que llamamos civilización, siéndolo apenas, terminará por desaparecer, y las necesidades antisociales, reaccionarias de los estamentos capitalistas. Entregúese a los trabajadores que los ponen en función, todos los medios de producción: industria, tierra, centros científicos y de enseñanza, prensa, radio, cinema, etc. entréguenseles las armas que detentan el ejército y demás cuerpos coercitivos, disuélvanse éstos, organicese la producción suprimiendo la venta del hombre (fuerza de trabajo), y una distribución para el consumo, sin beneficios de burgueses ni tecnócratas, créese un poder político democráticamente elegido por cuantos trabajan; a partir de ahí, únicamente a partir de ahí podrían hablarse lealmente de reconciliación. Lo demás son cálculos, combinaciones de torpe, cuando no de aviesa intención. Quienes ahora emplean esa formula, sean stalinistas, curas, militares o «socialistas», nos la impondrán mañana, tricornios por delante. Lo que en realidad nos piden es no hostilizar a los explotadores, en particular a iglesia y ejército, cuando precisamente esos son los manantiales de la brutalidad actual, el obstáculo principal a la liberación de la sociedad entera. En el fondo, los reconciliadores hostilizan a toda la población enemiga de Franco. La entente entre algunos falsos anti-franquistas de dentro y otros decrépitos de fuera, la inspira un miedo común a la acción insurgente de los oprimidos. Nos reservan malas cosas; Tratan de impedir la revolución, y en cambio retrasan la caída de Franco.

G. Munis. «Empezando», en «Alarma», boletín del FOR, 1958

La «reconciliación nacional» esla bandera común de la burguesía española temerosa de que el franquismo no aguante ante movimientos de clase. El PCE stalinista la hará suya en 1956

Entierro de Franco en la cripta.
La democracia española mantendrá la «reconciliación» como expresión del triunfo de una burguesía que habría realizado «una transición modélica» entre dos formas de dominación política sin matarse entre ellos y encauzando en ella -con la inestimable ayuda de la izquierda- toda contestación social. El discurso oficial presentará una y otra vez al estado remozado en el 78 como una «superación» del «conflicto fratricida» entre dos sectores de la clase dominante, preparando el camino a su último producto el discurso de «la memoria», verdadera reescritura histórica que pretende sepultar la memoria de la Revolución y adjudicar los trabajadores masacrados por las dos caras de la contrarrevolución al estado republicano. Se trata de reforzar la supuesta excepcionalidad histórica de la democracia actual para llamarnos a su defensa.

Una monstruosa cruz de 150 metros de alto preside el valle y la basílica.
Y ahí vuelve a entrar en agenda el «Valle de los caídos», incómodo como siempre, se convierte ya con Zapatero en un problema de reciclaje. La idea es convertirlo en un «centro de intrepretación» después de sacar los restos del dictador. El castigo simbólico pero intrascendente del cadáver de Franco volvería a cumplir un servicio para la burguesía española: remozar y actualizar el discurso de la reconciliación nacional dando lustre antifranquista al régimen nacido de su reforma.

El castigo simbólico pero intrascendente del cadáver de Franco volvería a cumplir un servicio para la burguesía española: remozar y actualizar el discurso de la reconciliación nacional.

Los pactos de la Moncloa fueron firmados por los partidos políticos de izquierda recién legalizados -PSOE, PSP, PCE- el nacionalismo y el gobierno, pero la clave fue su firma posterior por CCOO y UGT, encargados de vender el «sacrificio de los trabajadores por la democracia».
Que la burguesía española siga «reconciliándose» décadas después cada vez que quiere legitimarse, no es nuestro asunto. Bien conciliados están cada vez que el capital nacional necesita atacar nuestras condiciones de vida, bien que toma cada cual su papel para hacerlo tragable y para reprimir si llega el caso. El «Valle de los Caídos», con su brutalidad esculpida en piedra y con los cadáveres fundidos en el mortero, es el símbolo de toda la burguesía española, sea con curas y basílicas o con historiadores y centros de interpretación. Es el símbolo de toda una clase que no tiene reforma o reinterpretación posible. Solo cabe demoler.

El Valle, con su brutalidad esculpida en piedra y con los cadáveres fundidos en el mortero, es el símbolo de la burguesía española toda, una clase que no tiene reforma o reinterpretación posible. Solo cabe demoler.
 

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