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El racialismo, el feminismo y la igualdad

25 de julio, 2020 · Marxismo> Crítica de la ideología

¿Por qué el racialismo y el feminismo están sustituyendo a los movimientos por la igualdad de derechos? Hay un cierto patrón en la manera en la que estos movimientos se expandieron globalmente en los últimos cuatro años. Feminismo y racialismo al estilo anglosajón tienen argumentos y herramientas idénticos en su estructura. Sin embargo mientras el feminismo ha sido adoptado como ideología de estado en varios países continentales europeos, el racialismo está recibiendo, especialmente en Francia, una respuesta frontal desde el propio estado y su izquierda.

De EEUU al mundo

A un mes de las presidenciales estadounidenses de 2016 el Partido Demócrata se las prometía muy felices. Al destapar una grabaciones de Trump diciendo barbaridades, buena parte del propio Partido Republicano tomó distancias de su candidato. Trump parecía abocado a retirarse o pasar a la historia entre la vergüenza. Pero lo ignoró. Simplemente ignoró la tormenta y así lo hicieron miles de votantes también. Los estrategas demócratas, en la misma noche electoral, no podían creérselo. Incapaces de pensar que había temas de fondo tan fuertes que eran capaces de superar un escándalo así, le echaron la culpa a la falta de sensibilización feminista y apostaron por cercar a Trump desde el primer día de su mandato con una marcha mundial de mujeres. La idea era, ante todo empujar el voto femenino de nuevo hacia su campo. Así que el partido y su entorno prosiguieron apoyando todo tipo de campañas. La más importante, la resurrección del #metoo desde Hollywood. El feminismo norteamericano se estaba convirtiendo en mainstream, buscaba apoyos en Europa y el resto del mundo a partir de la red universitaria y acabó de dar impulso a una serie de tendencias que lo impulsaban a convertirse en ideología de estado en otros países.

Llegamos ahora a marzo de este año. La conversación de los demócratas se centra ya en el voto negro. En la prensa se suceden artículos de opinión advirtiendo tanto de la oportunidad como del peligro que supone para la candidatura de Biden. Necesitan un movimiento. Y el asesinato policial de George Floyd a finales de mayo les da su oportunidad. Black Lives Matter renace con manifestaciones por todo el país. Para los demócratas, expresión política de las tradiciones del radicalismo liberal anglosajón, la conjunción es sencilla: se adopta el programa de la pequeña burguesía negra y se acomodan los discursos de las demás piezas que conforman el partido. La campaña de acompañamiento de los demócratas trata de presentarse como un movimiento mundial de repulsa porque su objetivo desde el primer momento está en las presidenciales.

La esencia del esencialismo

Manifestantes pro-BLM se arrodillan pidiendo perdón por un supuesto «privilegio blanco».

Y una vez más llega a Europa y desde premisas similares otra versión del identitarismo norteamericano. Tanto para el racialismo como para el feminismo, ya no se trata de la igualdad, sino de afirmar sujetos políticos, comunidades unidas por intereses por encima de los de las clases sociales que las cruzan. Buscan reconocimiento. Es decir, un trato diferenciado que garantice espacios de poder para las mujeres o para la comunidad negra, es decir, para la pequeña burguesía que dirige y se identifica con estos movimientos. En el racialismo negro norteamericano se ve muy bien.

Quieren llevar a las empresas a tener cuotas raciales. El objetivo, según ellos sería diversificar los lugares de trabajo y «hacer justicia» así a la «comunidad negra». El problema es que así dividen a la plantilla, abren el camino a la diversidad de salarios por el mismo trabajo y, al clasificar a cada uno por su raza, inevitablemente discriminan a todos. En vez de afirmar la igualdad y la universalidad de los intereses de todos los trabajadores, crean artificialmente divisiones entre compañeros de trabajo que de repente se verán impelidos a «defender su raza» [es decir, su cuota] si quieren mantener su puesto de trabajo. […]

Los medios del movimiento por los derechos civiles, igual que los de BLM ahora, lejos de pasar por encima de la discriminación ahondaron la categorización, división y separación racial. Solo así, estableciendo cuotas por raza, los trabajadores negros podrían llegar a identificarse con los productos de los empresarios negros y la pequeña burguesía negra mantener un grupo de presión unido y legalmente reconocido en el aparato burocrático de las grandes empresas norteamericanas, las universidades y todo tipo de organizaciones. Como era obvio que aquello no tenía nada que ver con la igualdad frente a las condiciones de explotación, le llamaron fomento de la «diversidad».

Strike for Black Lives, 23/7/2020

Es el mismo mecanismo que el que el feminismo ha normalizado en el discurso sobre las relaciones laborales que nos machacan medios y políticos. No se calculan las diferencias salariales que puedan existir para un mismo puesto de trabajo. Se calcula la diferencia entre el conjunto de salarios cobrados por varones y el conjunto de salarios cobrados por mujeres y a la diferencia se llama brecha de género sin atender a nada más. Ni el nivel de precarización de cada grupo de edad -las trabajadoras jóvenes están precarizadas por jóvenes, es decir por haber llegado al mercado de trabajo tras las reformas flexibilizadoras, no por ser mujeres- ni el nivel y el contenido de su formación, etc.

Se trata de representar el mercado de trabajo como si a la hora de repartir los empleos solo hubiera dos grupos, los hombres y las mujeres, y lo que ganara uno lo perdiera otro. Esta primera jugada -dividir a los trabajadores en dos grupos supuestamente rivales- se remata vendiendo a las mujeres trabajadoras que lo progresista, lo verdaderamente útil a las mujeres, es ser mandadas por otras mujeres. Es decir, se divide a los trabajadores en dos grupos teóricamente en competencia, hombres y mujeres, para luego justificar el asalto de los puestos directivos e intermedios de las grandes empresas por mujeres de la pequeña burguesía.

La utilidad para la burguesía corporativa es evidente. Davos comenzó a lanzar sus propios informes sobre brecha de género, los ministerios de Trabajo europeos empezaron a diseñar políticas para reducirla con especial hincapié en la entrada de mujeres de la pequeña burguesía corporativa en los órganos directivos de las grandes empresas, un discurso que rápidamente canalizó a buena parte de las expresiones políticas de la pequeña burguesía en revuelta.

Del feminismo como ideología de estado al rechazo al racialismo

Todo esto explica por qué las reacciones a la conversión del feminismo anglosajón en ideología de estado fueron tan débiles. Las distintas sectas académicas, viendo el estado abierto, batallaron con violencia ocupando todo el espacio discursivo del poder para asegurar sus parcelas y expandir sus feudos. Por un momento resultó fascinante el parecido con la proliferación de conflictos que sufrió el estado romano decadente al hacer ideología de estado el cristianismo. Preguntas teológicas de un idealismo tan atroz como ¿existe el sexo o es meramente subjetivo? se convirtieron en cuestión de estado con los gobiernos como nuevos Constantinos mientras hasta la reina y las estrellas de la farándula se descubrían feministas.

Y sin embargo, ahora, cuando las manifestaciones BLM empezaron a dar pie a una importación del racialismo, proponiendo idénticos medios y conceptos que los usados por el feminismo, proliferan los manifiestos en contra de intelectuales de izquierda, las reivindicaciones de universalismo republicano frente a la ideología del privilegio blanco y la afirmación de los valores de la Ilustración frente al comunitarismo étnico. Desde luego llevan toda la razón cuando afirman que

La primera particularidad de esta concepción «antirracista» es reintroducir la noción de «raza». Sus partidarios afirman que la raza ya no es biológica sino social. Sin embargo, reintroducir la «raza» se refiere a la biología. Reemplazan la lucha de clases por la lucha racial, con todas las variaciones y desviaciones que esto induce. Todo se analiza a través del prisma del color de la piel. Por lo tanto, los [nuevos] racistas afirman luchar contra el racismo para promover mejor el suyo. Ya no es un racismo desde arriba donde el otro es visto como inferior. Es un racismo desde abajo, victimizador, que considera al otro como opresivo. Todo lo enemigo se resume en lo «blanco». Atribuir un color de piel, «whiteness» [blancura], como el nombre de un supuesto sistema de opresión, pegarle una epidermis, es una forma de racismo. En contraste con la «blancura» se afirma al «racializado». Este término, profundamente racista y paternalista, también reduce y asigna al individuo a su piel. Lo convierte en una víctima eterna.

Esta categorización simplista (¿sería necesaria una tabla de colores para medir el grado de «racialización»?), digna de los teóricos de la jerarquía de razas del siglo XIX, se transforma en eslóganes políticos. Este racismo victimizador señala a un «racismo de estado estructural», pensado, organizado y legalizado por los «blancos». Todos sus males encontrarían su explicación en la «blancura» y la historia colonial. El color de la piel de un humano se convierte en la única explicación de lo que puede sufrir o hacer a los demás. Un «blanco» se considera responsable de toda la historia colonial de sus antepasados ​​… o de los antepasados ​​de otros. Y si el francés negro o de origen norteafricano rechaza esta denominación de «racializado» y quiere emanciparse? Son considerados traidores, «negros domésticos», «árabes de servicio», «colaboradores». Sí, el racialismo es una nueva forma de racismo.

De acuerdo, la blancura como sistema de opresión por encima del capitalismo, esencial, intemporal, al margen del sistema de explotación, es una invención racista. ¿Y no lo es también el patriarcado, esa aberración conceptual idéntica en estructura? Para empezar a entender esta extraña ceguera, basta con seguir leyendo el mismo artículo citado:

Por lo tanto, no tiene como objetivo vivir juntos. Su objetivo es dividir a la sociedad, dividirla en grupos étnicos y religiosos. Su modelo es estadounidense. Estados Unidos fue construido y está organizado en torno al comunitarismo y la segregación racial. La lucha por los derechos civiles, durante décadas, se ha organizado en torno a esto. Cada uno habla en nombre de su «pueblo» que no es el pueblo estadounidense sino la gente de su pigmentación. Todos los grupos deben poder convivir, sin enfrentamientos, dentro del mismo Estado. Este es el modelo que los racistas quieren importar, con todo el vocabulario racista en su equipaje, como «privilegio blanco», «lágrimas blancas», etc. La lucha ya no es universal. Es la comunidad [étnica].

Esta concepción también racializa una religión, el Islam, que se considera la religión de los oprimidos. Se incrusta genéticamente en cada musulmán «por nacimiento». Ya no se trata sólo de ataques a individuos por su religión. El miedo y la crítica al Islam también, y sobre todo, se señala como una forma de racismo. Por lo tanto, se ha preferido la «islamofobia» a la «musulmanofobia». Cualquier crítica o burla al dogma se declara como un ataque a los creyentes. Además, se dice que los fundamentalistas musulmanes son musulmanes como cualquier otro. Cualquier crítica al islamismo se convierte así en un ataque contra todos los musulmanes y por tanto en «islamofobia» y consecuentemente en racismo… incluso si estas críticas y burlas vienen de otros musulmanes. Aquí es donde el racismo se encuentra con el islamismo. Este último siempre ha deseado hacer del Islam una raza (superior) en la que el tapar de modo sexista del cuerpo de las mujeres sería el equivalente al color de la piel. El CCIF y el islamismo fashion de la asociación Lallab, un derivado ideológico de los Hermanos Musulmanes, son ejemplos de una alianza con los racistas.

Mezquita de Mulhouse, Francia, bajo control de los Hermanos Musulmanes y financiación de Qatar

No es casualidad que la principal fuente de resistencia al racialismo anglosajón en Europa sea Francia. El estado francés lleva años en lucha contra los Hermanos Musulmanes por el control de los barrios periféricos. Barrios de clase trabajadora en los que la falta de alternativas, de luchas de clase durante años, han hecho tentadora una explicación racialista, comunitarista étnico-religiosa, en el que la pequeña burguesía del barrio encaja sin problemas, disfruta de predicamento sacralizado en la mezquita y recibe ayudas económicas Qataríes o turcas.

Los mecanismos argumentativos del feminismo son idénticos a los del racialismo y el comunitarismo étnico. Pero el feminismo no segrega sexos geográficamente, no crea una nación alternativa ni la liga a los competidores imperialistas. Por eso el estado republicano francés y el derecho continental europeo puede integrarlo, convertirlo en ideología de estado como en España. Y al racialismo y la exaltación político-religiosa del ghetto no.

La ideología burguesa y los intereses de los trabajadores

Encuentro de organizaciones juveniles del Bund en Varsovia en 1932. El Bund era un partido socialista judío de ideas racialistas escindido del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso.

La moral burguesa, la religión de la mercancía cruza toda la sociedad capitalista. No es otra cosa que la santificación del intercambio «libre» en el mercado. Al convertir el intercambio por definición en justo e igualitario, verse obligado a vender la propia fuerza de trabajo para comer pasa a ser un epítome de la libertad. La situación de clase desaparece. El individuo abstracto, el ciudadano del estado burgués, reina como soberano en un orden moral en el que el intercambio de iguales (toda mercancía se intercambia por otra de igual valor para el otro) produciría por mera magia repetitiva un incremento de la riqueza global. Vender tu esfuerzo y su tiempo a precio de mercado, en condiciones de igualdad con otros desgraciados como tu, es un acto de libertad que produce bienestar social general y progreso. Ese es el mensaje. En el feliz orden capitalista la igualdad en el mercado entre unos entes abstractos llamados individuos es precisamente lo que invisibiliza la existencia de clases sociales desiguales.

Afirmar la igualdad para negar la explotación es el correlato ideológico de una tendencia muy material: la tendencia del capital a homogeneizar las condiciones de explotación para maximizar las oportunidades del gran capital concentrado y diluir riesgos. Es esta fuerza social, alimentada por la competencia entre capitales, la que empujó a la creación de una clase universal sujeta a una experiencia de explotación y vida en términos similares en todo el mundo, el proletariado.

Sin embargo, en parte como atavismos de épocas pasadas, en parte como resultado de estrategias divisorias de la burguesía o algunas de sus facciones, siempre atentas a buscar una ventaja diferencial, la discriminación entre trabajadores por sexo, lengua, religión, raza… siempre estuvo presente. Para los trabajadores defender su unidad, la universalidad de sus intereses y objetivos, era una precondición de su mera existencia como clase con capacidad de convertirse en sujeto político y una parte indisoluble de su proyecto. Por eso desde sus comienzos el movimiento socialista se enfrentó al mismo tiempo al nacionalismo y a la discriminación lingüística, étnica o racial, a la discriminación de las mujeres y al feminismo.

El deber de protestar contra la opresión nacional y de combatirla, que corresponde al partido de clase del proletariado, no encuentra su fundamento en ningún «derecho de las naciones» particular, así como tampoco la igualdad política y social de los sexos no emana de ningún «derecho de la mujer» al que hace referencia el movimiento burgués de emancipación de las mujeres. Estos deberes no pueden deducirse más que de una oposición generalizada al sistema de clases, a todas las formas de desigualdad social y a todo poder de dominación. En una palabra, se deducen del principio fundamental del socialismo.

Rosa Luxemburgo. La cuestión nacional y la autonomía, 1908

Hoy en una etapa histórica de crisis económica perenne, con la pequeña burguesía abanderando e impulsando cualquier movimiento por delirante que sea que le de la expectativa de hacerse con ascendente sobre un pedazo del estado para asegurar sus rentas a costa de los trabajadores, con el estado aplicándose a dividir y silenciar cualquier expresión de lucha real, este mensaje es más importante y más urgente que nunca.