Diario de Emancipación | English

El mundo después de Wuhan

5 de febrero, 2020 · Actualidad> Actualidad global

Las cadenas de producción, el control social desde el estado y la cultura no volverán a ser lo que eran antes de la epidemia.

El impacto en el capital chino y global

Centro comercial en Pekín el pasado 1 de febrero.

Las imágenes recuerdan a las películas apocalípticas de Hollywood. Macao, la mega-Las Vegas chinas, con los casinos y los hoteles vacíos. Pantallas y drones en las ciudades fantasma, mandando a sus casas a los pocos viandantes que quedan en las calles pululando entre comercios cerrados y carreteras bloqueadas. No son solo los servicios urbanos y unas cuantas fábricas en la «zona cero». Durante los diez días de vacaciones del año nuevo lunar el transporte ferroviario cayó un 67% y el aéreo un 57%. E inevitablemente, a pesar de las medidas económicas de choque, la caída de la producción por el cierre de fábricas, arrastra la expectativa de crecimiento ya hasta el 5,4%, casi un punto menos del objetivo marcado a finales de año.

El gran capital internacional, chino y extranjero, no ha quedado indemne. Apple, General Motors, Ikea, Starbucks, McDonald’s o Toyota han cerrado temporalmente la producción. 18 grandes siderúrgicas chinas de cuatro provincias importantes redujeron la producción en un 30%. Y el impacto ni siquiera se limita a las fronteras chinas. Ayer Hyundai paró la producción en sus fábricas de Corea del Sur. Las petroleras y gaseras de EEUU anunciaron una reducción de inversiones en exploración y de pozos en producción. La caída del consumo chino ha bajado los precios del crudo, que sirven de referencia a todos los hidrocarburos, un 20% en menos de un mes. Incluso la industria turística en América y Europa se resiente de la pérdida de millones de pernoctaciones.

La respuesta del estado y de los capitales globales

La epidemia está sirviendo de medida del grado de dependencia de China de cada capital mundial. Y por lo mismo, está acelerando los efectos renacionalizadores de la guerra comercial.

Hoy mismo uno de los catedráticos de química de Harvard fue arrestado en EEUU después de que se supiera que había colaborado con la universidad de Wuhan en el desarrollo de baterías de litio de estado sólido para vehículos eléctricos. Es cierto que se trata de una de las investigaciones clave en la transición industrial presente, pero también que la epidemia está sirviendo en EEUU para impulsar un nuevo «macartismo» obsesionado con la «influencia extranjera».

Y de hecho, desde la Casa Blanca se felicitan. Es cierto que ralentiza las compras agrícolas a las que China se comprometió en la reciente tregua y que son importantes electoramente para Trump; pero abren la «oportunidad» de «estimular la inversión en EEUU», es decir de renacionalizar procesos productivos fracturando las cadenas productivas globales.

Un mundo aun más distópico

Drones vigilan que los individuos usen las máscaras y se retiren a sus casas.

Es muy probable que las restricciones de viaje de EEUU a las que parece que se va a sumar la UE se relajen en primavera sin llegar a eliminarse completamente. Y que las reacciones racistas contra la población china -alentadas en realidad por los mensajes de la misma OMS que recomienda evitar personas procedentes de China- aflojen en un tiempo. Pero la verdad es que en países como Filipinas, Tailandia e Indonesia la sinofobia tiene una larga historia -con más de un punto en común con el antisemitismo en Europa- y en España o Francia el pico actual se enmarca dentro de una deriva nacionalista y xenófoba en la que la epidemia es un acelerador más.

Los cambios culturales que está acelerando el nuevo coronavirus van por tanto mucho más allá de poner de moda de nuevo viejas películas de epidemias. La epidemia está contribuyendo a la exacerbación del nacionalismo y el localismo en sincronía con el cambio de las cadenas productivas globales. No cabe duda de lo activa que puede convertirse en este sentido xenófobo la revuelta de la pequeña burguesía. El primer ejemplo lo tenemos ya en Hong Kong. Mientras un grupo de médicos se ponían en huelga para reclamar el cierre de la frontera con China, Lam intentaba convencer a los cónsules extranjeros de que no aplicaran a los viajeros hongkoneses las restricciones que aplican al resto de los chinos.

Lo solo aparéntemente paradójico es que esta evolución de la revuelta pequeñoburguesa es perféctamente compatible con la legitimación del control social extremo: desde la «represión de los rumores» y las «fake news» (HK de nuevo a la cabeza) hasta el confinamiento obligatorio en centros de cuarentena en Corea del Sur, los movimientos de protesta del último año han cerrado filas con el estado en nombre del «bien común» sin hacer demasiados cuestionamientos.

El mundo que dejará la neumonía de Wuhan

Manifestantes surcoreanos piden al gobierno que no deje entrar chinos en el país.

En la historia de la burguesía las grandes epidemias se han convertido en símbolos de sus momentos de transición. La peste negra marcó el comienzo de su ascenso al poder político al debilitar decisivamente a la nobleza feudal. La «gripe española» de 1918, su incapacidad para mantener la ideología del orden salvador en el comienzo de su decadencia mientras enfrentaba la gran oleada revolucionaria abierta en Rusia. No hay duda de que bajo los discursos apocalípticos que también han salido a los medios con la epidemia, late cierta expectativa, si no esperanza de que, mágicamente, la gripe vaya a marcar un antes y un después en las derivas y tendencias del capitalismo de hoy. Pero los cambios sociales no ocurren mágicamente, impelidos por ideas o asociaciones supersticiosas. Ocurren porque hay fuerzas sociales y transformaciones materiales en acción.

Y hacia donde apunta la fuerza social dominante, la de las burguesías nacionales en plena guerra comercial, no es hacia ningún alivio. El mundo que dejará la neumonía de Wuhan acelerará la tendencia a romper las cadenas de producción globales, a aumentar el control social estatal hasta la nausea y será, definitivamente, más xenófobo y racista.