Diario de Emancipación

El «modelo» portugués

10 de septiembre, 2019 · Actualidad> Europa> Portugal

Lisboa la Baixa, 100% decorado turístico.

Portugal está de moda entre los políticos. Primero fueron Jean-Luc Mélenchon e Iglesias, ahora Sánchez quiere un «gobierno a la portuguesa» en España y Alberto Fernández el «modelo Portugal» de política económica para Argentina. La «fórmula portuguesa» no sería otra cosa que un gobierno minoritario socialdemócrata apoyado desde fuera por stalinistas y trotsko-stalinistas que asegura las «contas certas» al gusto de Bruselas mientras hace -o al menos anuncia- políticas sociales. Y sin embargo, la «cara oculta» del supuesto «milagro portugués» empieza a emerger en una prensa europea que tiene sus propias razones para desconfiar de Costa.

Las dudas del imperialismo europeo

Principales puertos europeos. Sines, Algeciras, Valencia, Trieste, el Pireo… son ya propiedad china.

Sin duda tras el airear de las debilidades del «milagro portugués», están las dudas del imperialismo europeo. Portugal es uno de los principales huérfanos del Brexit y su única opción para mantener una cierta autonomía pasa por intentar compensar el retraimiento británico con un nuevo aliado imperialista. Costa ha sido el primer gobierno europeo occidental -y de momento, el único- en emitir deuda nominada en moneda china, los famosos «bonos panda». Una verdadera OPA al capital portugués en su conjunto que confirma la idea francesa de que Portugal es cada vez más una quinta columna del capital asiático.

No es solo una alianza financiera. Las derivadas estratégico-militares son inmediatas y sus consecuencias, también. Si la base chino-azoriana de lanzamiento de minisatélites puso -literalmente- en estado de guerra a EEUU, la entrega del puerto de Sines fue vista en Europa como el cierre de un cerco que desde El Pireo a Trieste y desde Valencia a Algeciras, troquela las fronteras europeas definiendo sus rutas comerciales en función de las necesidades imperialistas chinas.

Las certezas de los trabajadores

Manifestación de profesores en Portugal.

La colocación de Sines a China fue parte de uno de los procesos de «liberalización» de Costa: la de los puertos. Como pasó durante el gobierno Rajoy en España, privatizar significa precarizar previamente de modo salvaje la estiba, bajar los salarios y dar paso a un sistema infame de subcontratas de subcontratas que multiplica la siniestralidad. El 90% de los contratos son de tan solo un día. Los turnos dobles son frecuentes. Cuando estalló en Sines la primera reacción de los trabajadores, hace poco más de un año, la protesta se expandió al resto de puertos, empezando por el de Setúbal, salida de la producción local de Volkswagen (100 mil coches al año). El 22 de noviembre, cuando el puerto estaba paralizado por la huelga, el Estado envió a la policía para romper los piquetes y poder llenar un barco de coches para Alemania.

La impotencia a la que se condenó la oleada de huelgas de 2018 bajo el cauce sindicalista tradicional, pareció dar nicho a un «nuevo sindicalismo» de oficio, aislante pero agresivo. Tampoco. El gobierno decretó la «requisa civil», es decir, la militarización de los servicios en huelga y penas de prisión a los huelguistas, dejando claro que la suya era una política de «orden» y que ni siquiera las huelgas organizadas por los sindicatos iban a poder ir más allá de lo simbólico. La represión, directa y estatal o indirecta y «civil» sería inmediata. Poco antes, la amenaza de dimisión de Costa ante una resolución simbólica del Parlamento apoyando a los maestros, había disipado cualquier duda sobre la actitud del gobierno ante las luchas de maestros, enfermeras o ferroviarios: enfrentamiento directo y total entre la lógica del capital con sus «contas certas» y las necesidades más básicas de los trabajadores.

Los «triunfos» de Costa son derrotas de los trabajadores

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En realidad el gran descubrimiento de Costa, su gran juego de ilusionista, su gran aporte a la teoría socialdemócrata, fue descubrir antes que nadie -incluido Sánchez- que la subida del salario mínimo en un entorno de desempleo y precarización propiciaba el hundimiento del número de trabajadores con salarios medios, concentrando los salarios en las puntas de la distribución y, al final, reduciendo el desempleo al bajar el precio medio de la fuerza de trabajo mientras subían los salarios de la pequeña burguesía corporativa. Portugal es hoy, junto con Rumanía, el país UE en el que el salario mediano -el más común- está más cerca del salario mínimo. Si a eso le sumamos que casi el 50% de las horas extra no se pagan tenemos la primera clave del «milagro».

Y aun así, las cuentas no salen. La producción industrial sigue en recesión. Las ventas de coches caen desde hace siete meses sin tocar suelo. La balanza comercial sigue en déficit, la dependencia del exterior es cada vez mayor y la deuda pública está en récord histórico.

Como no hay otro «milagro» que la reducción de los costes de la explotación, no es de extrañar que Costa presione cada vez más hacia la privatización de servicios básicos como la sanidad y que la precarización avance hasta lo insoportable: hoy en los hospitales faltan sondas y materiales básicos, el 20% de las líneas ferroviarias están en mal estado y en las escuelas no hay ni consumibles tan básicos como limpiadores o papel higiénico. Las nuevas carreteras son estupendas eso sí… pero de lejos, las más caras de la toda Europa Sur.

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Pero la gran «magia» socialdemócrata ha sido la capacidad de atraer capital internacional después de un «rescate» bancario que hizo pagar a cada residente 2.380 euros en solidaridad con el capital nacional: dos meses y pico de salario íntegro de un trabajador normal.

El coste para los trabajadores de tamaña «magia» se ve paseando por Lisboa o Porto. El gobierno Costa cambió la fiscalidad para convertir el parque inmobiliario en un activo financiero fluido con fiscalidad ventajosa. Aparecieron fondos dispuestos a comprar a derribo las malheridas casas de los barrios históricos primero y de los populares después. Los desahucios se multiplicaron. Airbnb y decenas de réplicas portuguesas hicieron el resto. El metro cuadrado construido medio -en el conjunto del país- está a 1265€ y solo en mayo subió 89€/m2. La Baixa a estas alturas es el decorado de un gran «mall» internacional a precios alemanes; la Alfama, barrio popular que daba apodo a los lisboetas, un «Soho» para bohemios rebotados de Berlín con buena chequera. La pequeña burguesía acomodada y la burocracia estatal misma se atrincheraron bien arriba, entre Estrela y as Moreiras. Lisboa ha sido el laboratorio de una turistificación y gentrificación masiva como no se ha visto en ninguna capital europea. Barcelona histórica es, en comparación, un reducto de otros tiempos. La especulación ha expulsado a centenares de miles de trabajadores fuera de las grandes ciudades portuguesas al punto de hacer de la unificación del abono transporte inter-urbano la «gran conquista» de Costa en las últimas elecciones.

¿El «milagro» social? Desviar en parte hacia el nacionalismo xenófobo el descontento y, cuando ya no se puede tapar más, abrir el debate inconsecuente de una regulación de precios máximos de alquileres. Inconsecuente porque desde el primer minuto quedó claro que no podía poner en peligro la llegada de nuevos capitales.

Una vez más el «milagro» demográfico portugués consiste en «perder menos» y sobre todo en que los trabajadores pierdan más. Se van los jóvenes trabajadores, llegan en masa jubilados europeos e hijos de la burguesía y la pequeña burguesía brasileña que entran como inversores (inmobiliarios) y estudiantes. Nacionalidad a cambio de inversión para unos. Emigración forzada por la necesidad para un 5% de la población, en su mayoría jóvenes trabajadores, que han abandonado el país.

Modelos y milagros

Antonio Costa tras amenazar con dimitir si se reconocía la antigüedad de los profesores.

La burguesía portuguesa no entiende cómo puede crecer menos que España habiendo precarizado aún más la fuerza de trabajo y los servicios públicos que su vecina continental. Conforme se acerca una nueva recesión global, su confianza en el futuro inmediato cae. No es para menos.

A día de hoy el único «milagro» al que puede aspirar el capitalismo portugués es a enseñorear una independencia inexistente y hacer pasar como inversiones por el futuro común los sacrificios por el capital nacional de unos trabajadores que cuanto más traguen más pretenderán empobrecer y reprimir. El modelo de Costa no es el de un barco que sale a flote y toma rumbo en mitad de una tormenta, sino el de un naufragio donde se reprime al que protesta. No es de extrañar que inspire a Sánchez y Fernández.


El tema de este artículo fue elegido para el día de hoy por los lectores de nuestro canal de noticias en Telegram (@nuevocurso).

Tuits

El «aporte» de Costa fue descubrir que la subida del salario mínimo en un entorno de desempleo y precarización, propiciaba el hundimiento del número de trabajadores con salarios medios
Portugal es hoy, junto con Rumanía, el país UE en el que el salario mediano -el más común- está más cerca del salario mínimo. El 50% de las horas extra no se pagan
Costa ha impuesto un gobierno «de orden»: policía contra los piquetes de estibadores, militarización del transporte en huelga... y campañas de difamación contra maestros y enfermeras
Lisboa y Porto han sido el laboratorio del mayor experimento de gentrificación y turistificación en Europa. Cientos de miles de trabajadores desplazados para dejar hueco al capital
Hoy en los hospitales faltan sondas y materiales básicos, el 20% de las líneas ferroviarias están en mal estado y en las escuelas no hay ni consumibles tan básicos como papel higiénico
La burguesía portuguesa no entiende cómo puede crecer menos que España habiendo precarizado aún más la fuerza de trabajo y los servicios públicos
El modelo de Costa, no es el de un barco que sale a flote y toma rumbo en mitad de una tormenta, sino el de un naufragio donde se reprime al que protesta. No es de extrañar que inspire a Sánchez y Fernández
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