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El laberinto de Alberto Fernández

8 de enero, 2020 · Actualidad> Sudamérica> Mercosur> Argentina

Argentina vuelve a entrar en las noticias globales. Tras un nuevo episodio bufo de las batallitas entre el chavismo y la oposición, la cancillería argentina reconvino al régimen y recibió el chusco estufido de Cabello. ¿Renuncia la Argentina peronista a un aliado continental cuando más falta le hace? En realidad, es mucho más complicado que eso. Fernández y el capital argentino inician un nuevo periodo político en mitad de un peligroso laberinto.

Christine Lagarde y Mauricio Macri en Olivos el año pasado.

Para empezar, el estado argentino está en quiebra «técnica» desde hace ya muchos meses. En abril de 2018, la guerra comercial arrastró al frágil capital argentino siguiendo un mecanismo característico de los países con «modelo exportador», es decir «semicoloniales»: primero la expectativa de subida de precios del petróleo hizo subir al dolar y los capitales se emplearon en masa en la especulación contra la propia divisa, después la subida del tipo de interés en EEUU que esbozaba una guerra de divisas con China, llevó a una huida en masa de capitales hacia EEUU que a su vez aumentó la depreciación de la divisa: había que vender pesos para comprar dólares que invertir en el exterior. La tomenta monetaria estaba servida y la economía nacional al borde del precipicio. De fondo, la crisis global del capitalismo expresándose como crisis del «modelo exportador». La limitación de las exportaciones a unos cuantos productos y unos límites en cuestión por la guerra comercial y la falta de demanda suficiente, producen rápidamente excesos de capital simplemente porque no tiene dónde colocarse de forma rentable dentro del país. A partir de ahí los créditos internacionales solo sirven para ganar tiempo en un naufragio tan periódico como inevitable.

La lista de deseos de Macri es la del capital nacional: eliminar las subvenciones a consumos básicos para reducir las tensiones presupuestarias a corto y las inflacionarias a medio, aumentar la precariedad y bajar los salarios reales para dar oxígeno a un sector industrial poco competitivo internacionalmente y conseguir inversiones extranjeras y nuevos mercados para modernizarlo, tecnificarlo y «ponerlo a punto». El problema es que ni siquiera el balón de oxígeno del crédito FMI permite ocultar la contradicción entre tales objetivos y una demanda insuficiente bajo ataque de la inflación y del recorte del gasto.

«Argentina en el precipicio», junio de 2018

Finalmente resultan impagables, así que en junio de 2019 ya se estaba hablando de la «renegociación» sin ninguna sorpresa para nadie. El triunfo del peronismo en las PASO en agosto, dio tiempo al capital nacional en el marco de un juego imperialista cada vez más complejo en toda la región y una economía necesitada desesperadamente del acceso a nuevos mercados para sus exportaciones. Por supuesto, el «éxito histórico» que un cambio de gobierno «tranquilo» supuso para la burguesía argentina, no significaba que fuera a aflojar la situación para los trabajadores. Por si hubiera dudas, el año comenzó con una subida de la cesta básica del 7% en un paisaje de verdadera ruina industrial.

La deuda y el encaje del capital argentino en el imperialismo global

La prueba de fuego del nuevo gobierno Fernández es la renegociación de la deuda con el FMI. Y para eso la relación con EEUU es crucial. Su política, como la de Macri en el último año y la de Bolsonaro tras no pocos bandazos, es intentar equilibrar los recortes de exportaciones a EEUU con la demanda china.

Durante 2019 hemos visto fracarsar el intento de Bolsonaro de hacer de Brasil un «imperio delegado» de EEUU. La negativa de los militares brasileños a invadir Venezuela no solo empezó el cierre de esa puerta, sino que decantó al estado hacia un intento de afirmar su imperialismo regional capeando en el juego global entre China y EEUU. Paradojicamente esa opción, que produce reacciones cada vez más violentas de EEUU, es la misma que representan Alberto Fernández en Argentina y AMLO en México. Es decir, las tendencias imperialistas opuestas en la región tienden, por necesidad, a encajar de modos similares en el conflicto imperialista global. Esta es la causa de que el conflicto imperialista haya dejado de presentarse fundamentalmente como conflicto entre estados después de fracasar los intentos de cambio de régimen en Venezuela y estallar las revueltas en Ecuador y Chile, la crisis boliviana y las protestas en Colombia. El mismo conflicto ahora toma la forma de un eje de fuerzas y personalidades políticas transversal a los estados, con los estados «cambiando de bando» cuando cambian los gobiernos. Hemos pasado del conato de alianzas estatales «Grupo de Lima vs Grupo de Montevideo», a la oposición entre el «Grupo de Puebla» y «las derechas» en sus distintos sabores locales.

«2019 y la generalización de la guerra», diciembre 2019

Alberto Fernández, vinculado desde hace años a los intereses de EEUU en Argentina, cree que puede pasar la prueba con relativamente pocos sacrificios. EEUU al parecer no pide un bloqueo a China, ni siquiera una reducción drástica de las relaciones comerciales y de capital, «tan solo» que Argentina no abandone el «grupo de Lima» y pise el freno en el anunciado intento de convertir a la CELAC en su alternativa.

Los objetivos y limitaciones del capital nacional

Cosecha de soja en Argentina.

El capital, en todo el mundo, no tiene otro objetivo que producir dividendo que pueda, a su vez, ser acumulado y aplicarse, así incrementado, de modo «productivo» para él, es decir, rentable. Ese es, como no podría ser de otra manera, el interés común del FMI, Fernández… y China, cada vez más presente, pero cuyos créditos no son, ni mucho menos, más baratos que los del FMI. Pero devolver créditos es hacer rentable el capital recibido y ante eso nos encontramos de nuevo de lleno ante el problema «estructural»: la crisis global del capitalismo con todas las «peculiaridades» de un país bajo el «modelo exportador», es decir, «semicolonial».

Por definición, si agrupamos la venta entre empresas como lo que es -operaciones internas a la producción guiada por el capital- lo que consumen los trabajadores es solo una parte de la producción total. Pero para rentabilizar el capital, es decir, para «realizar» la plusvalía y convertir en dinero la inversión, tiene que venderse también la parte restante, la que excede los salarios. En todo el mundo esa necesidad fue el motor de la expansión capitalista tanto hacia el interior -absorbiendo a los campesinos y productores independientes en el mercado- como hacia el exterior -vendiendo fuera del mercado nacional. El problema es que llegados a cierto nivel de desarrollo, el capitalismo como un todo empieza a sentir la carencia de nuevos mercados. El capitalismo entraba entonces en su fase imperialista. Esta fase culmina con una lucha general y continua por los mercados exteriores a cada capital nacional en el marco de una incapacidad ya generalizada para desarrollar libremente las capacidades productivas de la Humanidad: la etapa en la que vivimos, la decadencia del sistema abierta por las grandes guerras imperialistas mundiales. En este periodo, la ausencia crónica de nuevos mercados produce acumulaciones gigantescas de capital que no puede aplicarse de manera rentable a la producción (¿cómo iba a hacerlo si no aumenta la masa de compradores en grado suficiente?) y el capitalismo financiero se convierte en un verdadero juego de apuestas sobre la producción en el que la cantidad apostada es cada vez mayor en relación al capital empleado en la producción real. ¿Cómo se traduce ésto en los países semicoloniales como Argentina o Uruguay?

El problema es el mismo de todo capital nacional en la nueva época: la ausencia de mercados extracapitalistas internos en los que realizar la plusvalía generada por las industrias, lo que produce una necesidad acuciante de ganar mercados exteriores. La solución será sin embargo particular dada la existencia de un agro industrializado con capacidad de realizar exportaciones masivas a bajo coste de materias primas y el relativo poco peso de estas en el comercio mundial. En trazo grueso: el estado cargará al sector primario con impuestos a la exportación de dos cifras y con eso mantendrá una base de consumo y una industria protegida arancelariamente y, en muchos casos, subsidiada directamente. Es decir, el estado «garantiza» la realización de la plusvalía que el mercado por sí mismo no podría realizar sobre el gravamen de la exportación de un par de productos en el mercado internacional. La exportación de aceite de soja está grabada a día de hoy con un 27% en Argentina y se discute aplicar un tipo similar a sus derivados como el biodiesel, expandiendo la lógica impositiva a la industria de transformación ligada al agro.

«La guerra comercial llega a América del Sur», abril 2018.

¿Cuál son los problemas de este modelo? En primer lugar, el crecimiento del capital nacional como un todo está condicionado a los precios internacionales y al volumen de la demanda global de unos cuantos productos. Pero lo que es más importante: el sector primario es el que tiene un límite más bajo a la incorporación de nuevos capitales, por lo que, dada su importancia, «tira» de los salarios hacia abajo -limitando la demanda interna y la capitalización de la industria.

Fábrica de neveras argentina en los años 30

Y lo que es aun más importante para el capital: entre el agro y la agroindustria, las nuevas aplicaciones potenciales del capital se tornan pronto insuficientes para la cantidad de capital acumulado con los beneficios obtenidos. Esta es la base material bajo las tormentas monetarias cíclicas y la tensión permanente hacia la «huida de capitales». El sector más rentable -a pesar de los impuestos- es la producción agraria y ganadera, pero tiene un límite de absorción de capitales. La industria local no ofrece posibilidades de capitalización masiva porque no hay demanda suficiente que justifique la escala que la igualaría en productividad a la competencia externa. ¿Cómo no van a huir si no tienen en qué emplearse en el mercado local?

El capital ante la crisis

Solo la demagogia más artera puede intentar vendernos como progresista que «los ricos también están pagando la crisis». Que el capital, grande y pequeño, «sufre» es elemental. De hecho no es que «se produzcan crisis» y que capital y trabajo las sufran y «se las repartan». Es que a lo que llamamos crisis es a la dificultad del capital para vender más producción en algún mercado y colocarse, acrecentado, en nuevos usos rentables. Es decir «la» crisis es la crisis de reproducción del capital.

Pero… ¿«Paga» el capital la crisis? No, pero a corto plazo reduce los dividendos particulares de las empresas para poner un parche al estado y mantener el mastodonte que cuida sus intereses globales en pie. Mastodonte que vio sus presupuestos brutalmente recortados en 2019 y que tiene a su administración regional -las provincias- en quiebra financiera. Por eso ahora tiene que ir rápidamente al rescate de Chubut, Chaco, Río Negro, Tucumán… y más temprano que tarde Buenos Aires.

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Aumentando la carga sobre la burguesía agraria, subiendo impuestos a la exportación aunque sea a costa de expulsar del mercado exportador a la parte más débil de las explotaciones y enquistar la protesta de la pequeña burguesía del campo.

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Haciendo una devaluación encubierta con el impuesto del 30% sobre el cambio de divisa, ya limitado a 200 dólares por mes. Esta devaluación es desigual en su efecto, no solo porque haya distintos tipos de cambio (dólar turista que afecta a la pequeña burguesía, dólar exportador para la industria…) sino porque al final se traslada a los precios de manera no siempre eficiente para el capital nacional pero siempre regresiva para las rentas más bajas.

Los trabajadores y la crisis

La cuestión de la crisis no es «pagar». La famosa «salida de la crisis» no es «pagar deudas», es devolver la rentabilidad al capital nacional que es el objetivo del estado sea Macri o Fernández quien gobierne. Pero para éso, y a falta de acuerdos comerciales milagrosos, el único camino que queda a corto plazo al estado es aumentar la explotación en términos absolutos.

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Bajando salarios en forma indirecta a través de la inflación y con paritarias -convenios- pactadas con los sindicatos que no cubrirán lo perdido por los salarios.

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Reduciendo las jubilaciones y prestaciones sociales a través de la suspensión de la movilidad jubilatoria (actualización de las prestaciones) durante 6 meses mientras se presenta una nueva ley para ser aprobada por el parlamento. Esta ley parte ya con el objetivo de reducir los aumentos automáticos, agravando el sistema actual que ya era perjudicial para los jubilados.

¿Ya pasó lo peor?

Manifestación de trabajadores en Rawson, Chubut.

No hay un solo dato económico global o local, ni ningún desarrollo del conflicto imperialista en el mundo, que permita el optimismo en Argentina desde el punto de vista de los trabajadores. Ni las primeras medidas de Alberto Fernández en el gobierno, mano a mano con los sindicatos, ni sus resultados previsibles apuntan a otro lado que a un agravamiento de las condiciones de vida y de trabajo de la gran mayoría trabajadora. «Lo peor» ni ha pasado, ni ha llegado. Y de hecho no hay grandes posibilidades de tener más que treguas accidentales, cada vez más temporales, mientras aceptemos el terreno de «reactivar» el capital nacional. Reactivar el capital nacional solo significa sacrificar más necesidades humanas genéricas, esas por las que luchamos los trabajadores. La alternativa es superar de una vez un sistema que no funciona convirtiendo esas necesidades en guía de la sociedad y su aparato productivo. El camino para lograrlo es empezar ya, aquí y ahora, es imponerlas ya a la lógica del dividendo y el capital del único modo posible: luchando por ellas organizados por nosotros mismos y extendiendo las luchas fuera del corsé sindical.