El futuro de la clase nunca vendrá del stalinismo

La representación del proletariado en la imaginería stalinista deja claro su lugar subalterno al tiempo que idealiza su explotación por el estado.
La publicación de la «Breve historia de la contrarrevolución» y, esta misma semana de las entradas «stalinismo» y «socialismo en un solo país» en nuestro diccionario nos ha traído toda una nube de preguntas, correos y mensajes de estudiantes y trabajadores jóvenes que andan a la búsqueda de acendramiento. El tono de todas ellas puede resumirse en la tristeza de un compañero al descubrir, según sus propias palabras que «no ha habido ni un solo caso de socialismo más o menos ejemplar». Es decir, el deseo de perdonar a la contrarrevolución, de salvar su significado histórico de alguna manera, aunque sea vergonzante, al modo del trotskismo, nace de la necesidad de tener «algo que mostrar» para recuperar confianza en la clase.

El deseo de «perdonar» a la contrarrevolución, de salvar algún significado histórico positivo, aunque sea vergonzante, nace de la necesidad de tener «algo que mostrar» para recuperar confianza en la clase

Mayo 68. 5000 obreros ocupan la fábrica de Renault en las afueras de París.
Visto de otra manera: la debilidad de la clase durante las últimas décadas hace paradójicamente atractivas a las fuerzas que la derrotaron porque, a pesar de todo, demostraría la capacidad de los trabajadores para construir una alternativa, por incompetente, explotadora, brutal y reaccionaria que fuera. Pero la verdadera fuerza y voluntad militantes no salen de adornar ni tergiversar la Historia, sino del desarrollo de la consciencia, de tomar una perspectiva histórica materialista. Y la verdad es que cuando lo hacemos, con toda su crudeza, sin trampas de lenguaje ni ocultamiento alguno, el resultado es iluminador, sólido y alentador.

La verdadera fuerza y voluntad militantes no salen de adornar ni tergiversar la Historia, sino de una perspectiva histórica materialista y cuando la tomamos el resultado es iluminador, sólido y alentador.
«París a sangre y fuego», uno de los primeros relatos sobre la Comuna de 1871 publicados en España.
1

Nunca hasta ahora tuvimos más que «bastiones», breves experiencias de constitución del proletariado en clase dominante a nivel local. Eso significa que nunca, hasta ahora, estuvo planteado el comunismo más que como perspectiva y voluntad. La transición hacia él, ese periodo que llamamos socialismo y que no es otra cosa que la desmercantilización de la producción y con ella del conjunto de relaciones sociales, no puede hacerse con «bastiones» aislados. El socialismo es liberación de capacidades productivas o no es. Ha de producirse más, no menos. Ha de aumentar la productividad del trabajo y los recursos para, a base de reducir jornadas de «trabajo esclavo de la necesidad», acabar de una vez con el trabajo asalariado y la escasez. Y para eso no basta con las fuerzas productivas a disposición de un bastión aislado en un capitalismo en el que la división internacional del trabajo se ha desarrollado hasta límites insospechados, con cadenas de producción globalizadas.

Nuca tuvimos «socialismo», tuvimos bastiones locales en los que la clase se afirmó temporalmente destruyendo el estado burgués. El socialismo es desmercantilización y para eso hace falta disponer de muchas más capacidades productivas
Soviet de Petrogrado en 1917, vísperas de octubre.
2

Y sin embargo las comunas de París y Lyon en 1871, los primeros soviets en 1905 y sus réplicas durante la gran oleada revolucionaria mundial que entre 1917 y 1937 paró la guerra imperialista y tuvo su momento culminante con la Revolución rusa, tienen un valor inmenso para una clase explotada. Hasta ahora en la Historia, todas las clases oprimidas que se habían definido como clases revolucionarias y que habían emprendido la toma del poder, eran también clases explotadoras. La última de ellas, la burguesía, tardó al menos cuatro siglos en llegar a tener una expresión política clara y tres siglos en consolidarse en el poder a través de sucesivos asaltos revolucionarios. Y si comparamos con ellos a las clases explotadas anteriores al proletariado, ¿qué pudieron hacer? Míticas revueltas de esclavos que solo podían soñar con la huída, quilombos de libertos ocultos en la inmensidad de las selvas, campesinos que proclamaban en sus aldeas la «ciudad de dios» sin posibilidad de plantear una amenaza existencial a la poderosa aristocracia global. Y sin embargo, los trabajadores, desde la aparición de sus primeras concentraciones en la Florencia del siglo XIV, ponen en jaque al estado con su voluntad de organizarse. Es una novedad histórica brutal que se universalizará con el nacimiento del capitalismo y tomará cuerpo y programa ya en la primera mitad del siglo XIX. Visto en perspectiva histórica, la emergencia del proletariado ha sido prodigiosa. Nunca antes una clase explotada había derrotado a un estado y aun menos a una coalición universal de estados.

Al comparar la Historia del proletariado con la de las clases revolucionarias (y explotadoras) anteriores pero sobre todo con las explotadas, su emergencia histórica y sus logros resultan prodigiosos.
Protestas durante la huelgas de masas en Irán el pasado enero.
3

Por eso, como apunta Marx ya en 1846, «el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que ha de sujetarse la realidad; llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual». Es un movimiento histórico real que se está produciendo ante nuestros ojos. Por supuesto ha sufrido derrotas que le han paralizado, entrado en fases de desconcierto… pero vuelve una y otra vez. Ahora mismo: los nuevos descolles de la huelga de masas en Irán, en Túnez, en Marruecos este mismo año, con todas sus debilidades, nos hablan de una clase que está volviendo a ponerse en marcha, a defenderse frente a un capitalismo que solo ofrece un horizonte de guerra generalizada y una cotidianidad de miseria y destrucción de nuestra propia especie.

El comunismo no es una «ideología», es el movimiento real de una clase que está volviendo a ponerse en marcha, a defenderse frente a un capitalismo cada vez más destructivo.
La pequeña burguesía se ha visto acorralada con la crisis.
4

En una situación como la actual de crisis social universal por pura decadencia del modo de producción que organiza el mundo entero, el proletariado no es la única clase que se rebela. Eso sí, es la única que tiene un futuro que ofrecer. La pequeña burguesía con sus nacionalismos de viejo y nuevo cuño, con su anticapitalismo reaccionario, representa más de lo mismo pero más delirante. Y precisamente por eso tiene una influencia infinitamente mayor en el discurso social de la ideología dominante. Cuando se visten de «comunistas», se sienten cómodos con las formas característicamente brutales y el programa del stalinismo. A fin de cuentas «socialismo» para ellos no es más que una nueva vuelta de tuerca del capitalismo de estado: prescindir completamente del burgués individual para sustituirlo por organismos estatales pensados a medida de la pequeña burguesía intelectual y gestora con sus fantasías de un capitalismo planificado. Su naturaleza de clase no puede dejar de transparentar tampoco sus banderines de enganche: la exaltación, cuanto más violenta y poco leída mejor, del «dogma correcto», como los cristianos, o el «negocio perfecto», la subida a un caballo ganador con poder burocrático que repartir, exactamente igual que cualquier consultora, guerrilla nacionalista o empresa en formación.

La pequeña burguesía se siente cómoda con el stalinismo, comparte la fantasía de un capitalismo planificado que sustituya al burgués individual por colocaciones en el estado para gestores e intelectuales
¿Hay algo más centralista que una revolución mundial?
5

Pero las razones del militante comunista no tienen nada que ver con eso. Ser comunista hoy es entender cuatro ideas tan sencillas como difíciles para una clase explotada y oprimida como es la nuestra:

  1. Que la acumulación del capital está destruyendo y poniendo en peligro a la sociedad, a la especie y a la Naturaleza de la que nuestra especie forma parte.
  2. Que no hay reformas ni apaños que puedan cambiar o suavizar ese curso destructivo del sistema, la única forma de avanzar es acabar con la mercantilización de las relaciones sociales.
  3. Que hoy, ya, en todo el mundo, es posible emprender esa desmercantilización completa de la sociedad y darnos el horizonte del fin del trabajo asalariado, del fin el trabajo esclavo de la necesidad en una sociedad de abundancia que cubra, no racione, las necesidades de cada uno.
  4. Y que solo el proletariado es capaz, por su propia naturaleza universal, de llevar a la sociedad a ese cambio.
El capital es un peligro para la Humanidad y la Naturaleza, no hay reformas posibles que lo redirijan. Es posible en cambio, la sociedad universal y desmercantilizada que el proletariado aun inconscientemente empuja

6

Nuestra especie lleva medio millón de años en este planeta. Hace tan solo ocho mil, con la aparición de la propiedad y el estado, hicimos un intercambio faústico: fracturamos la comunidad humana, la especie, en clases sociales irreconciliables, nos enajenamos, nos alienamos, de nuestra propia naturaleza como especie y por tanto de la Naturaleza como un todo; a cambio crecimos como ninguna otra especie, ganamos unas posibilidades inmensas de transformación del medio del que somos parte -las fuerzas productivas- y la experiencia de esa misma práctica de transformación -el trabajo- multiplicó nuestro conocimiento, transformó la misma sociedad y estilizó la explotación hasta su forma mercantil actual. Al cabo de tan solo ocho mil años -un parpadeo en el conjunto de la historia de la especie, nada en términos de historia de la Naturaleza- hemos desarrollado tales capacidades que podemos cerrar por fin esta etapa, liberarnos de la explotación y la alienación y reintegrarnos por fin a la Naturaleza desde un nuevo lugar, desde una consciencia de especie.

Tras medio millón de años de vida de la especie y 8000 de fractura en clases, explotación y alienación, podemos por fin liberarnos del trabajo esclavo de la necesidad y reintegrarnos desde un nuevo lugar a la Naturaleza
Manifestación de mineros en huelga en Chile.
7

La moral comunista no tiene nada que ver con el machirulismo militarista del stalinismo, con su moral sexual retrógrada y su exaltación de la violencia y la coacción. Es una moral que se fundamenta sobre ese futuro de abundancia que es el comunismo. No hay más sentido que buscar que el que brinda la historia de la especie y la consciencia de clase. ¿Cómo superamos la alienación? ¿Cómo nos hacemos dueños de nosotros mismos como especie, como trabajadores y como individuos? Insertándonos en la Historia, haciendo nuestra parte en esa perspectiva, que opera directamente ya hoy y que llamamos comunismo. No necesitamos justificar la contrarrevolución, glorificar las consecuencias de la peor derrota histórica que hemos sufrido solo para ganar un «ejemplo de estado» con el que recuperar la confianza en la lucha colectiva, en la clase. Solo necesitamos mirar hacia delante, hacia las posibilidades máximas que nos ofrecen las inmensas capacidades productivas y el conocimiento que como especie hemos acumulado. Y entonces, dar un paso adelante y empezar a trabajar desde lo concreto, desde la necesidad histórica actual, el partido de clase, hacia el futuro.

¿Cómo nos hacemos dueños de nosotros mismos como especie, como trabajadores y como individuos? Insertándonos en la Historia, haciendo nuestra parte en esa perspectiva, que opera directamente ya hoy y que llamamos comunismo

Lee también

 
Sígueme en Feedly