Diario de Emancipación

¿El fin de Podemos como partido de gobierno?

18 de enero, 2019 · Actualidad> Europa> España

La dirección de Podemos que llegó al Parlamento tiene cada vez más bajas.

Ruptura en Podemos: Errejón se une a la alcaldesa Carmena y Podemos presentará su propio candidato contra él en la comunidad de Madrid. La ruptura puede multiplicarse en todo el territorio y ya hay quien habla de que la decisión de ayer se trata del «acta de defunción» de la principal formación parlamentaria de izquierdas. ¿Es cierto? ¿Por qué ahora?

No puede separarse la crisis en Podemos de las dificultades que la burguesía española arrastra en la renovación de su aparato político, del que la izquierda es una pata fundamental.

Errejón en «le Monde»

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Primero se barajó -y hasta llegó a aparecer en las encuestas con cierta materialidad- el sorpasso: la sustitución del viejo PSOE por una izquierda feminista, abiertamente nacionalista, que usaba la palabra «patria» en los carteles sin vergüenza y que se situaba como continuidad del 15M idolatrado por los medios y convertido en un símbolo refundacional.

Cuando las torpezas propias, las relaciones demasiado comprometidas con Venezuela e Irán, pero sobre todo la capacidad resistencia electoral del PSOE y la consolidación interna de Sánchez cambiaron el escenario, la opción que se perfiló fue avanzar hacia una «reinvención de la izquierda». Se empujó entonces la perspectiva de una refundación de todo el invento con Errejón y Bescansa por un lado y Sánchez y el aparato de CCOO por otro, dándose la perspectiva de algo similar a la re-fundación del PS por Miterrand a finales de los setenta. Es muy probable que la salida de Errejón, la alianza con Carmena y el renacer de Bescansa, intenten recuperar ese camino en la perspectiva de un paso de la izquierda a la oposición.

Pero las derrotas internas del errejonismo y la conquista de la Moncloa por Sánchez cambiaron las perspectivas de nuevo. Iglesias aceptaba convertir a «Unidos Podemos» en una «muleta izquierda» de un PSOE que se sostiene sobre un equilibrio imposible con el independentismo catalán en una situación que no ha hecho más que evidenciar la debilidad política del confederalismo podemita para los objetivos que la burguesía española se plantea con cada vez más urgencia.

La salida de Errejón de Podemos reverdece el horizonte de «reinvención» y «refundación» de la izquierda del aparato político de la burguesía española alrededor del PSOE

Manifestación contra los resultados electorales del partido ultraderechista Vox. Llamados al «pueblo» y banderas nacionales (republicanas).

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El problema principal del primer partido que volvió a utilizar el lenguaje y la parafernalia nacionalista española en la izquierda con éxito, reside en sus propias contradicciones internas, que son las de la pequeña burguesía española. Podemos y «confluencias» se nutren de la radicalización de una pequeña burguesía universitaria que desde Galicia a Andalucía tiene como principal horizonte de rentas y colocación a los gobiernos locales y regionales. La tendencia espontánea de todos estos grupos es a configurar organizaciones «a salvo» de Madrid exacerbando sus características «únicas» y la inclusión de elementos nacionalistas locales en el discurso. Unidos-Podemos-Confluencias es galleguista en Galicia, Catalanista en Cataluña y andalucista en Andalucía, en Aragón introduce la fabla en la escuela y en Asturias intenta imponer la co-oficialidad del asturiano y normalizar un nacionalismo asturianista. Y así, región por región la «nueva política» es un remake tardío de la CEDA por la izquierda que culmina en la Carrera de San Jerónimo en la magia de un «patriotismo» tan exaltado como contradictorio. Podemos es al mismo tiempo la expresión del carácter centrífugo de esa parte de la pequeña burguesía que moviliza en todo el territorio, y la bandera de un españolismo que no puede afirmarse sin domeñarla.

La contradicción que Podemos no ha sabido resolver es la imposibilidad de encuadrar la revuelta de la pequeña burguesía regional bajo una bandera nacionalista española. Españolismo y confederalismo no funcionan juntos.

Pablo Iglesias en Lledoners, la carcel en la que se hallan los políticos independentistas catalanes presos.

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La imposibilidad de compaginar un confederalismo a medida de las pequeñas burguesías universitarias y al mismo tiempo un nacionalismo español, ha causado a la «nueva política» algo más que la desconfianza de la burguesía española. En primer lugar propició un rearme de la vieja facción españolista anguitista, el viejo nacionalismo español a la stalinista, que ha tensado el matrimonio IU-Podemos en un intento de frenar lo inevitable. En las elecciones andaluzas «Unidos-Podemos» fue la tercera fuerza que más votantes aportó a Vox. No eran muchos, ocho mil, el 85% del voto a Vox era del PP. Pero es significativo que los «fachas de toda la vida» arrastraran casi tanto voto de la «nueva izquierda» como de C’s. El españolismo del viejo PCE se revolvía.

Al mismo tiempo, el modelo de renovación del aparato político de la burguesía española que ha surgido de las elecciones andaluzas se basa precisamente en recuperar la posibilidad de formar mayorías que permitan la gobernabilidad parlamentaria dejando de lado a los nacionalismos regionales -que en Andalucía representa Podemos– sobre alianzas de gobierno en un continuo donde cada partido solo tiene que pactar con sus dos vecinos ideológicos más cercanos. Por la derecha el PP se apoya en Vox pero gobierna con C’s. Por la izquierda, plantean los barones regionales del PSOE, la única posibilidad es gobernar con C’s. Es decir, el modelo de Podemos con «confluencias» no es funcional en el escenario post-Sánchez. La burguesía española quiere «partidos fiables», esto es, sin excesivas concesiones al localismo ni solidaridades con el independentismo vasco o catalán. Es la única manera de cumplir sus objetivos sin agravar las tensiones en el propio y ya maltrecho, aparato del estado.

En el mapa del aparato político que se esboza tras las andaluzas, Podemos solo podía erosionarse cada vez más en un imposible papel de bisagra entre Sánchez y los nacionalismos regionales.

22 de enero de 2015, Yanis Tsipras y Pablo Iglesias culminan, abrazados el fin de campaña de Syriza.

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¿Puede convertirse la izquierda del PSOE en un magma de grupos, frentes y siglas que en conjunto crezca a pesar de las divisiones y que cristalice sobre equilibrios variables para «tocar poder»? Sin duda para muchos se dibuja un modelo peronista. Pero las similitudes de Podemos y especialmente del populismo laclausiano de Errejón con el peronismo acaban en la superficialidad de los talantes, la retórica y los deseos. Podemos y su entorno, a diferencia del peronismo, nunca han dispuesto de unos sindicatos masivos y omnipresentes. No han tenido la capacidad de encuadramiento de los argentinos ni su control directo sobre los barrios trabajadores y los programas sociales. Podemos es, fundamentalmente, una organización de pequeños burgueses, cuadros medios, funcionarios e intelectuales. No tiene capacidades económicas ni políticas para crear su «esquinita peronista» en el edificio del aparato político español.

Más bien parece que lo que viene es un fraccionamiento más o menos explosivo que reforzará a Sánchez lo suficiente como para permitirle sobrevivir y seguramente rehacer al PSOE. También dejará definitivamente vía libre para que la coalición andaluza se replique en el gobierno de España tras las generales. Tras ellas, seguramente veremos «nuevas convergencias», fusiones y «discursos de la ilusión». Tan inútiles y falsos como siempre y como en todos lados. La izquierda es la mano a la que el ilusionista quiere que miremos mientras hace lo sustancial de su truco con la otra.

La descomposición podemita deja vía libre a repetir el modelo andaluz en Moncloa tras las generales. Después recompondrán la izquierda vendiéndonos otra vez el esteril y falso juego de ilusionismo de siempre

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