El exotismo «revolucionario»

Saqueos en los primeros días del año 2018 en Bolivar, Venezuela.
Una de las cosas más sorprendentes y memorables del último año ha sido la negación frontal y sin ambages que la izquierda burguesa y la progresía española han hecho de todas las noticias y datos que certificaban el colapso venezolano. La marcha de más de un millón de personas, los salarios de hambre, la epidemia de difteria... nada les conmueve. Pero no es solo Venezuela. La izquierda burguesa anda permanentemente a la búsqueda de un paraíso perdido en los lugares más insospechados, desde la Cuba de los 60 a la Nicaragua sandinista de Ortega en los ochenta, del zapatismo de los 90 a la Rojava siria de hoy, el patrón es siempre el mismo. Necesitan idealizar a cualquier precio cualquier forma de capitalismo de estado, cualquier «experiencia» supuestamente «anti-imperialista» por totalitaria y atrabiliaria que sea. Evidentemente no es nada sorprendente que la burguesía nos venda contrarrevolución stalinista y capitalismo de estado como socialismo ni cante las maravillas de una «liberación nacional» que solo puede ser reaccionaria en nuestra época. Lo fascinante es que la progresía occidental, la izquierda de la burguesía y su aparato político, recurra una y otra vez al ensueño y la idealización de «paraísos perdidos» para vendérnoslas.

No es de extrañar que la burguesía quiera vendernos capitalismo de estado como socialismo y «liberación nacional» como progreso. Lo sorprendente es que en Occidente se empeñe en mitificar «paraísos sociales» exóticos

Manchester en el primer tercio del siglo XIX.
El desarrollo del capitalismo no ocurre en cualquier momento ni lugar, mil años de mercantilismo y primera posición en producción manufacturera mundial no llevaron a China a desarrollar el capitalismo antes que en Gran Bretaña. No se trata de una sencilla cuestión de «output» productivo. La aparición del capitalismo se inscribe en la recuperación del legado clásico y el desarrollo del movimiento racionalista ilustrado en parte de las clases instruidas que empieza ya con el erasmismo. Se trataba de romper con el poder particular y divino de la clase nobiliaria. En el antiguo régimen no había diferencia alguna entre economía y política, como en la Antigua Roma, cada quién sabia a que amo debía pagar su trabajo o impuestos. Aunque existía la posibilidad de comprar títulos nobiliarios, la condición social era radicalmente desigual de nacimiento.

Festival del Ser Supremo en 1794. en el Museo Carnavalet de París.
La cámara baja del parlamento inglés y, posteriormente, el Tercer Estado francés, representantes del pueblo llano, se rebelarán contra el decadente poder feudal. Pero ¿qué otro sistema racional podía hacerle frente a la irracionalidad religiosa feudal? No olvidemos que dentro del supuestamente homogéneo tercer estado los representantes del «pueblo» eran forzosamente parte de las clases instruidas: mercaderes, abogados, profesionales ilustrados («la dictadura de los abogados» como diría Bernstein). Para esta clase burguesa, las relaciones contractuales entre iguales en el mercado eran una garantía de justicia e igualdad entre los hombres. ¡«Liberté, Egalité, Fraternité»! Sin embargo, desde el punto de vista burgués para garantizar la libertad individual es necesario un paso mas: se debe separar la esfera política de la económica, es decir, garantizar la existencia de una esfera privada separada hasta cierto punto del poder político. Es en esa esfera privada donde la joven burguesía quiere recluir a la religión y a las iglesias a las que identifica con razón como el último pilar de la feudalidad. Pero la nueva sociedad sin el viejo orden estamental, sin el control no ya de la iglesia sino incluso de la religión, ¿Podría sostenerse? ¿Era posible liberarse de la tutoría de la iglesias y de la religión sin poner en cuestión la cohesión social? En su batalla contra las instituciones feudales la burguesía necesitaba demostrar que era posible un orden moral sin control clerical, incluso sin cristianismo.

En su batalla contra las instituciones feudales la joven burguesía moderna necesitaba demostrar que era posible un orden moral sin control clerical ni cristianismo

La isla «Utopia» de Tomás Moro.
Los mitos de una era de descubrimientos y exploraciones sirvieron de base a las «utopías» renacentistas y estas a las «heterotopías» barrocas. Si el colonizado no respondía exactamente al «buen salvaje», siempre podía ser idealizado igual que el orden feudal había convertido a los reyes armenios y georgianos en la figura mítica del «Preste Juan», destilando sus estados en un fabuloso pero «verdadero» reino cristiano. Imaginado, relatado, idealizado, estilizado... el hombre exótico demostraba -como el «niño salvaje»- que había una esencia humana común, burguesa y bienintencionada, en toda la especie y en toda las épocas. El orden burgués era la expresión espontánea, hasta entonces coartada y reprimida por siglos de imperio de la superstición, de la verdadera «naturaleza humana».

El «buen salvaje» demostraba la existencia de un «orden natural» en el que los valores burgueses, sin mediación de las instituciones religiosas cristianas, animaban sociedades felices e inocentes.

La representación de los modos de producción precapitalistas reproducirá los tópicos y actitudes pastoriles del mito de la «Edad de Oro»
Esta línea, que normalmente asociamos a Rousseau, había estado ya presente en los erasmistas españoles y su defensa del alma de los indios -en el que trasponían al «cristiano nuevo» oprimido por el estado católico- en Moore y su «Utopía» y en las alas puritanas de la revolución inglesa. La fantasía sobre la pureza moral del «salvaje» estará también presente en las misiones jesuitas del Paraguay y en la reinterpretación del Tahuantinsuyo de Tupac Amaru II, aquel inca burgués, lector de la Ilustración francesa que fue el primero en levantarse por el libre comercio en América. El mismo mito, en la América anglosajona, se acabará convirtiendo en la delirante genealogía bíblica de los indígenas americanos que el ángel Moroni hará a Joseph Smith en el momento original del mormonismo. Y por supuesto en el primer liberalismo inglés de un Defoe o un Swift y en la Ilustración francesa.

El mito del «buen salvaje» es anterior y posterior a Rousseau, cruza todas las expresiones del ascenso de la burguesía desde el erasmismo hispánico al radicalismo barroco y la Ilustración

La iconografía de los «movimientos de solidaridad» proyectará las modas y fantasías de la izquierda pequeñoburguesa sobre revoluciones exóticas y supuestamente «más auténticas».
Y no desaparecerá. Llegará como un fantasma a la literatura revolucionaria francesa y nunca se despegará del puritanismo británico, reciclado en radicalismo liberal en el XVIII, en abolicionismo en el XIX y, a principios del siglo XX, en anti-imperialismo pequeño-burgués y feminismo, últimos vástagos directos del linaje de la Revolución inglesa. Es todo este entorno el que el stalinismo detectará, catalogará como «compañeros de viaje» y ungirá como «progresista» en los 30 cuando empiece a sembrar aliados entre la intelectualidad y la bohemia de la época. La «liberación nacional» africana y asiática, bandera de la expansión del bloque ruso, a la «revolución cultural» china, serán relatados por la pequeña burguesía de izquierdas americana y europea de la postguerra sobre el viejo patrón liberal de la heterotopía exótica. Y cuando el capitalismo de estado y el bloque ruso colapsen, serán el último asidero. La revolución a perseguir e idealizar ya no será socialista, sino «indígena», aun más exótica, aun más «auténtica» libre por fin de la contaminación «eurocéntrica» supuestamente legada por los adornos pseudo-marxistas con los que el stalinismo se cubría. Llegamos al zapatismo, a la «revolución bolivariana», a la conversión «municipalista» del viejo genocida de Öcalan y sus organizaciones a un lado y otro de la frontera turca...

El radicalismo pequeñoburgués se asociará al stalinismo en la postguerra desde su pasión por las heterotopías exóticas y verá en estas una continuidad tras el colapso del capitalismo de estado ruso
 
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