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El ecuador de los años Trump

7 de febrero, 2020 · Actualidad> Actualidad global> Informe semanal

Manifestación en París contra la reforma de las pensiones esta semana.

En Europa, la apertura de negociaciones comerciales entre Gran Bretaña y la UE, en todo el mundo las consecuencias económicas y sociales de la epidemia de neumonía de Wuhan y en España los malos datos de empleo y las movilizaciones de agricultores centraron portadas e informativos. Pero la semana ha dado mucho más de sí.

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El «impeachment» contra Trump pasó sin mayores consecuencias y aunque el último «Discurso sobre el estado de la Unión» de esta legislatura representara la distancia entre demócratas y republicanos, las diferencias de fondo en el seno de la burguesía estadounidense -e incluso entre ambos partidos- sobre la estrategia imperialista a seguir parecen cada vez menores.

Las primarias de Iowa -que abren la carrera hacia las presidenciales- fueron un desastre organizativo, pero sobre todo evidenciaron que el discurso proteccionista e intervencionista del ala izquierda tiene mayor capacidad de llegada y encuadramiento que el del «centro» y el aparato de partido, que se desploman sin remisión. Si la izquierda demócrata colocara un presidente seguramente su política exterior, comercial y de seguridad se adornaría con otros relatos y tendría otras formas y gestos, pero en lo esencial seguiría la estela de la de Trump, midiendo su éxito por el resultado sobre la balanza comercial e impulsando la renacionalización de las partes más sensibles de las cadenas productivas internacionalizadas en las últimas décadas.

De hecho, por lo oído hasta ahora, es más que probable que no cambie siquiera la principal «innovación» de estos años: la doctrina de seguridad nacional que concibe al ejército como baza en la guerra comercial y aboga por el despliegue de armas nucleares de baja potencia. No parece previsible que EEUU renuncie a la doctrina actual para este tipo de armamento que lo juzga útil para desescalar un conflicto «nuclearizándolo» previamente.

Porcentaje de estadounidenses que creen que estarán financieramente mejor el próximo año.

Porcentaje de estadounidenses que dicen estar financieramente mejor que el año anterior.

Por otro lado, todo apunta a que Trump gane un nuevo mandato en noviembre. Puede presumir de haber cumplido sus promesas electorales: se ha reducido la llegada de migrantes por la frontera de México en un 75%; la creación de empleo privado sigue al alza con fuerza; y tanto el porcentaje de estadounidenses que dicen estar económicamente mejor que el año anterior y como el de los que sienten que están mejorando y el año que viene estarán aun mejor, son los mayores desde que Gallup comenzó a hacer estos sondeos a principios de los setenta.

Incluso cuando parecía que las dificultades impuestas por el control de la epidemia de neumonía de Wuhan podían poner en peligro el cumplimiento por China del «acuerdo comercial en fase 1»… China anuncia una rebaja mutua de aranceles a la mitad que solo ahora se descubre que formaba parte del acuerdo. Obvio decirlo, las bolsas, especialmente las estadounidenses, están felices.

Macron y Merkel en el aniversario del armisticio de la primera guerra imperialista mundial

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Un segundo mandato de Trump sería una mala noticia para las potencias europeas. EEUU anima los «objetivos enfrentados» de la negociación comercial con Gran Bretaña con la promesa de un acuerdo comercial que no solo haría viable un «Brexit duro» para los británicos, sino que cargaría sus consecuencias más negativas sobre los países UE… lo que azuza el agravamiento de las diferencias y conflictos imperialistas entre ellos.

De momento no faltan señales. Para empezar Alemania y Austria escenificaron su rechazo del nuevo presupuesto UE por demasiado elevado. Por si fuera poco, Alemania promueve con más fuerza que nunca una subida de tipos por el BCE aduciendo que gobiernos y empresas no deben endeudarse más. Esa subida sería mortal para los estados del Sur… empezando por Francia, que pone cada día más palos en la rueda alemana, ahora reservándose la llave de la ampliación hacia los Balcanes orientales.

En el terreno militar Macron no solo se resiste a crear un mando nuclear franco-alemán o europeo para el poder atómico francés en una estructura más o menos dependiente de la OTAN, sino que quiere un ejército europeo independiente y «puentea» a Alemania buscando incorporar a Polonia. Y todo esto mientras se refuerza en el Sahel enviando seiscientos soldados más sobre el terreno para «aumentar el ritmo de las operaciones».

Erdogan pasa revista a soldados ucranianos,

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La alianza entre Rusia y Turquía se resquebrabaja. El origen está en Idlib. Turquía, que arma y apoya al «Ejército Libre Sirio», había desplegado «puestos de observación» y reforzado la «zona de desescalada» al otro lado de su frontera, acercándose cada vez más al enfrentamiento abierto. Entre otras cosas para reforzar fronteras y contener a los a los cientos de miles de refugiados que huyen del avance de El Assad, pero también al ejército sirio mismo, al que exige que, en cumplimiento de los acuerdos de alto el fuego, se aleje de Idlib. Como resultado de la tensión y los movimientos militares se produjo un choque que costó la vida a cinco soldados turcos y tres civiles. Turquía culpó a Rusia, asegurando que había advertido al mando ruso de la situación de sus tropas. Rusia rechazó la responsabilidad. Turquía tomó represalias bombardeando intensamente posiciones del ejército sirio apoyado por Moscú mientras exigía a Putin que se mantuviera al margen.

Poco después Erdogan mandaba una señal a Putin desde Ucrania: saludaba a los soldados con una consigna nacionalista del ejército ucraniano (tomada de las milicias nacionalistas bajo mando alemán de la segunda guerra mundial), se posicionaba contra la anexión de Crimea y acordó financiar con 200 millones al ejército ucraniano en una compra de armas turcas.

Sin embargo, un nuevo giro hacia EEUU tampoco parece viable. Esta misma semana EEUU restringía la colaboración militar con Turquía en Siria. Al explicar cuál había sido hasta ahora el objeto de tal colaboración las fuentes del gobierno de EEUU, que apoyaba al PKK-YPG kurdo en Siria, hicieron público que habían compartido con con el ejército turco información de sus drones sobre la ubicación y movimientos de los que en teoría eran sus aliados y que Turquía perseguía.

Las dificultades turcas en Siria -con El Assad controlando ya los cruces de caminos inmediatos a Idlib– han dado un respiro temporal y aparente al conflicto en Libia, donde Haftar y el gobierno de Trípoli se mostraron partidarios de negociar un «alto el fuego duradero». El acercamiento entre Grecia y Arabia Sauddí, principales rivales de Turquía al Este y el Oeste, no augura sin embargo grandes oportunidades de evitar nuevas tensiones y enfrentamientos armados en el futuro próximo. El Mediterráneo sigue al borde del precipicio bélico.

Ayer jueves en París.

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En Francia siguen las manifestaciones masivas contra la reforma de pensiones. El cada vez mayor esfuerzo de control sindical va parejo a la combatividad de los trabajadores que esta semana se ha materializado también en huelgas de los trabajadores de tratamiento de basuras por todo el país. La patronal pidió una ley de requisa civil al gobierno para reventarla, en consonancia con la aprobación por el Senado de una ley para imponer la requisa obligatoria en el transporte y acabar a la brava con la ya larga huelga de los trabajadores sector contra la reforma de pensiones.

La pausa antes de la tormenta

Centro comercial en Pekín el pasado 1 de febrero.

Las consecuencias de la inesperada epidemia de neumonía de Wuhan, la entrada del Brexit en «fase 2» y el año electoral en EEUU, pero también las dificultades de Turquía y los cambios constitucionales en Rusia, contribuyen a una extraña y falsa «paz» construida sobre la impotencia temporal de sus protagonistas, que tienen toda la vocación de dinamitarla. Tras la bruma siguen cabalgando la guerra y la crisis. No debemos engañarnos. Las nuevas políticas «anticrisis», como vemos ya en España o Francia y tan pronto como acabe el verano, en América del Sur, son pura y simplemente transferencias directas masivas de rentas del trabajo al capital. Y las movilizaciones de la pequeña burguesía -como es evidente con los agricultores– no solo no sirven para enfrentarlas, sino que exigen su agravamiento para salvar a las clases medias a costa, una vez más, de los trabajadores.