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El Covid es un acelerador, no un parón

27 de marzo, 2020 · Actualidad> Actualidad global> Informe semanal

Fábrica de una filial de General Electric en huelga en Italia

La crisis impulsada por la epidemia de Covid-19 está acelerando una tras otra las contradicciones del sistema. En primer lugar entre capitales nacionales que luchan entre sí con cada vez más violencia por asegurar su espacio en un mundo post-epidemia. Pero sobre todo y por encima de fronteras, entre unos gobiernos que quieren salvar las inversiones y vehículos del capital nacional a toda costa y los trabajadores que intentan afirmar con una oleada mundial de huelgas, la primacía de la vida y las necesidades humanas más básicas.

El ejército colombiano patrulla en un pueblo fronterizo con Venezuela.

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La aceleración del conflicto interimperialista se percibe ya incluso en Sudamérica. Colombia militarizó la frontera con Venezuela, en principio para frenar la llegada de refugiados que pudieran padecer el Covid. Pero poco después el gobierno venezolano denunció una operación estilo «Bahia de Cochinos» organizada por la inteligencia militar colombiana y EEUU. A eso siguió una acusación a Maduro en EEUU por narcotráfico, es decir, la insinuación de una invasión como la de Panamá en 1989.

No es, desde luego el único foco. China acelera su afirmación en el Mar de China Meridional. Utiliza cada vez más milicias de pescadores reforzadas con la marina de guerra en un órdago permanente. EEUU, que ha ido armando a todo el que contradijera a China, responde a las avanzadas chinas disparando misiles desde sus destructores. La situación se vuelve cada vez más peligrosa y en cualquier momento puede dar paso a enfrentamientos armados directos.

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La tensión militar es el resultado extremo de una tendencia a la agudización de conflictos inter-imperialistas que también se acelera, haciendo saltar por los aires, en primer lugar cárteles internacionales y alianzas comerciales. Ejemplo inmediato: el estallido de la OPEP. Otro: la Unión Europea.

En Europa la consigna de los gobiernos es salvar las empresas a cualquier precio dentro de las fronteras al tiempo que se batalla por el precio contra los demás estados en la UE. Porque no nos olvidemos: el debate entre eurobonos y créditos condicionados no es solo un debate por las formas y por los volúmenes. Los eurobonos que defienden España, Francia, Portugal, Italia, Grecia, Eslovaquia, Luxemburgo, Bélgica e Irlanda significarían un igual coste de financiación, relativamente bajo, para todos. La financiación condicionada vía MEDE que intentan imponer Alemania, Holanda, Finlandia y los nórdicos, significaría tipos de interés significativamente mayores para los países más afectados… y una transferencia directa de miles de millones de euros de capital hacia Alemania. Tan vital resulta esta batalla para el capital nacional de los países meridionales que por primera vez en décadas, los medios de comunicación españoles legitiman la desafección «antieuropeista», descalificada hasta ayer. Estamos muy lejos todavía del Spexit… pero la burguesía española quiere hacernos saber que ya no lo descarta aunque en principio preferiría cualquier otra salida.

Las tensiones y escaramuzas entre los imperialismos europeos están sirviendo al menos para abrir agujeros en el ensayo general de censura de guerra que estamos viviendo. Si no nos bastara con ver los resultados españoles, podríamos recurrir a la prensa alemana para descubrir la ineptitud criminal del gobierno Sánchez; a la italiana para que nos recuerde que bajo el «misterio alemán» solo hay una deliberada ausencia de protocolos de víctimas y contagios; y a la española para descubrir cómo el estado holandés organiza un crimen de masas al más puro estilo eugenésico, no dejando entrar por sistema a los más débiles a los hospitales.

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Pero las guerras comerciales, el expansionismo y el intervencionismo militar son solo tres, y seguramente de las menos constantes, de todas las manifestaciones del imperialismo. La lucha redoblada y constante con otros estados por recursos, mercados y oportunidades de inversión es solo una parte del cuadro mundial que define al imperialismo. La concentración del capital, la formación de monopolios, la centralización de la dirección económica y política del capital nacional hasta la exacerbación del capitalismo de estado, la tendencia a contingentar y organizar directamente a la población, son su manifestación más constante. Y todos esos elementos, los más claros y clásicos de lo que significa el imperialismo «hacia dentro», se muestran en esta crisis con nueva crudeza.

En Argentina la organización del confinamiento en los barrios obreros se convierte en el establecimiento de ghettos militarizados sin importar que las condiciones de infravivienda generalizada aumenten, no reduzcan, la propagación. En Portugal los trabajadores del transporte están prácticamente militarizados. En Israel, los obreros de la construcción pasan a ser «trabajadores esenciales» y, siendo la mayoría de ellos gazatíes, pasan a ser hacinados por sus patrones en casetas de obra para dormir porque las fronteras están cerradas. Cuando detectan un contagiado, el ejército lo devuelve a los pasos fronterizos. Es decir, el sistema criminal de explotación a dos manos entre las burguesías palestina e israelí se adecúa automáticamente a una nueva agudización de la explotación más salvaje. En Kerala, India, la contingentación llega al punto de echar a los trabajadores tamiles por la fuerza.

Trabajadores de un call center en huelga en Brasil.

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Pero si la crisis del covid agudiza los conflictos entre los capitales entre sí y el carácter cada vez más anti-humano y anti-histórico de la dirección de la sociedad por la burguesía (eso que se llama «nación»), también pone en marcha la afirmación de su contrario a través de las luchas de los trabajadores.

Solo entre el domingo pasado y esta mañana, habíamos registrado en nuestro canal @huelga en Telegram más de una treintena de huelgas. Solo son la punta del iceberg: las que hemos encontrado leyendo medios internacionales. Muchas más, la mayoría, se nos están escapando. Otras muchas ni siquiera salen a prensa. Buena parte de ellas son «salvajes» es decir, con los sindicatos abiertamente en contra. Los objetivos eran los mismos desde Senegal a Brasil y desde Italia a Nueva Zelanda: parar la producción no esencial para evitar nuevos contagios y satisfacer las necesidades básicas del conjunto de la población durante el confinamiento.

Basureros en huelga en Pittsburgh

Estamos en mitad de la oleada de huelgas y luchas más sincrónica en el tiempo y más extendida geográficamente del último siglo. Evidencia hasta qué punto las necesidades universales, humanas, solo pueden ser defendidas por los trabajadores como clase, porque solo para los trabajadores se presentan como su objetivo inmediato y directo en todo el mundo. Y lo que no es menos importante, muestra que los trabajadores somos capaces de afirmar una alternativa global cuando rompemos con la supeditación de nuestras reivindicaciones al beneficio de las empresas, es decir con el discurso que llevan machacando años los sindicatos y que siguen repitiendo hoy desde Cádiz a Detroit.

Al imponer la vida y las necesidades de todos sobre las urgencias de las empresas, al afirmar el salvar vidas sobre el salvar inversiones, las huelgas actuales no solo niegan en la práctica la dictadura de la rentabilidad del capital sobre la sociedad, afirman la necesidad perentoria de organizar la sociedad para la satisfacción de las necesidades humanas. Por eso esta oleada de luchas es ya un «movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual». Que pueda desarrollarse ahora, y después de la epidemia, hacia sus consecuencias últimas y necesarias, dependerá en mucho de la capacidad de los que nos damos cuenta de su significado profundo para hacerlo en consciente entre nuestros propios compañeros y en el conjunto de nuestra clase.