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El colapso del sistema saudí

13 de mayo, 2020 · Actualidad> Asia> Arabia Saudí

En medio del recrudecimiento del ensimismamiento nacional de los medios de comunicación durante la pandemia, el colapso de Arabia Saudí ha pasado prácticamente desapercibido en la prensa internacional. El impacto sin embargo es enorme. En el mundo árabe proliferan las comparaciones con el hundimiento de Rusia y su modelo de capitalismo de estado a principios de los noventa, con el príncipe Salman en el papel de un Gorbachov cada vez más impotente, acumulando derrotas imperialistas, desastres económícos y enemigos internos.

Disciplinamiento y afirmación imperialista saudí

2017. El príncipe Salman, entonces formalmente Ministro de Defensa, pasa revista a las tropas saudíes en su frontera sur.

Si echamos la mirada atrás, el momento en el que el castillo de naipes del imperialismo saudí comenzó a entrar en colapso fue el escándalo del asesinato de Jamal Khashoggi. En el momento fue un duro golpe político, pero nadie esperaba que sus ecos fueran a fundirse en el hundimiento acelerado del modelo social y económico construido sobre la explotación del petróleo y la alianza con EEUU por la casa Saud desde el final de la segunda guerra mundial.

El ascenso al poder del príncipe Salman de la mano de su padre no fue ninguna sorpresa. Ambos representaban la fuerza centralizadora y disciplinante del estado frente a las tendencias centrífugas de los distintos grupos en el interior de la gigantesca familia real y sus próximos -la burguesía de estado versión saudí. Mohammed Bin Salman (MBS) consolidó rápidamente su poder llevando sus purgas a toda facción dependiente del dinero saudí en la región desde Jordania y Palestina hasta el mismísimo presidente de Libano. Obligaba así a una decantación clara tanto frente a Irán como frente a Turquía, Qatar y sus patrocinados, los Hermanos Musulmanes.

Salman, arquitecto e impulsor de la guerra de Yemen, representaba y lideraba el ascenso de una ofensiva imperialista con el foco puesto en Irán que tuvo distintas expresiones e intentos de formación de un bloque regional. Desde la guerra en Libia a Birmania pasando por Etiopía y Sudán, Arabia Saudí y sus aliados emiratíes afirmaron sus intereses imperialistas cada vez más contundentemente. A finales de 2017, el rumor de que MBS heradaría inmediatamente el trono para conducir una guerra contra Hezbollah, principal bastión militar de Irán fuera de su territorio, era una comidilla corriente. EEUU iba ya a la zaga y todavía intentaba presentar a MBS como el príncipe de las reformas modernizadoras y la lucha contra la corrupción. Y es que ni Gran Bretaña ni EEUU querían ninguna desavenencia con el nuevo líder cuando el principal plan económico de éste consistía en sacar a bolsa Aramco, monopolio nacional de los hidrocarburos y mayor petrolera mundial. Era un gran cebo. Un lugar de rentabilidad «asegurada» para masas gigantescas de capital, con posibilidades de ganar rentabilidad y un largo futuro por delante.

El «affaire Khashoggi» dinamitó la salida a Bolsa en los términos y tiempos planeados por MBS. Al final, a trancas y barrancas, Aramco salió parcialmente a bolsa en Ryad con la presa de seguir el proceso aunque con resultados y atractivos mucho menores de los calculados por todos. Las turbulencias de la crisis y el cada vez más caótico juego imperialista global hicieron el resto.

El petróleo, Rusia y la caída de la demanda energética con el covid

Putin y Mohammed Bin Salman se encuentran en mayo de 2017 en el Kremlin.

La centralidad de la colocación de Aramco era tal en la estrategia imperialista saudí que desde mayo de 2017 hasta finales de 2019 los encuentros con Putin y el énfasis en la convergencia de intereses se sucedieron entre éxitos y sonrisas. Por otro lado, los iraníes jugaban con el calendario de privatización a su manera: en septiembre un ataque de misiles sobre refinerías saudíes frustró nuevos movimientos especulativos y como coda llevó a las puertas de un enfrentamiento directo entre EEUU e Irán. Con su estrategia Aramco, Salman había ofrecido un flanco demasiado frágil y demasiado evidente a sus enemigos. Cada bombardeo desde Yemen, cada trastada aireada en prensa, sumaba palos a su rueda.

Y en éso llegó el Covid. El 27 de febrero se cancela la peregrinación a la Meca. Un golpe económico y un motivo de radicalización política, cuyos intentos Salman intenta contener con una nueva purga en la familia Real. Ya no se les acusa de delitos económicos sino de traición. La presión está creciendo.

Pero los métodos que funcionan en la interna no valen frente a Rusia. El acuerdo sobre precios petroleros se estanca y los saudíes inician una guerra de precios. Moscú responde que equilibra los presupuestos del estado a partir de 42$ barril frente a los 83 de los saudíes. Putin fanfarronea asegurando que Rusia puede aguantar una guerra de precios con el petróleo a 25-30$ por barril durante diez años. La demanda mientras, empieza a caer y el barril tiene un primer bajón a 34$. Aramco ve caer su beneficio en más de un 20%. Los analistas se preguntan si la OPEP puede darse definitivamente por muerta y los rumores de un destronamiento se hacen cada vez más insistentes.

Ni la mediación de Trump ni las conversaciones con Rusia sirven de nada frente a la caída de la demanda. El mercado de los hidrocarburos colapsa y el futuro del sector apunta hacia su reconversión global acelerada.

El colapso

Ryad en confinamiento.

En medio del desastre la epidemia empieza a escalar en contagios en el país. Casi dos millones de más de 10 millones de trabajadores migrantes sin derechos dejaron el país al perder sus trabajos por la caída de producción. El confinamiento significaba para ellos hambre y cárcel, nada más, pues las empresas locales les echaban incluso de los barracones en los que les alojaban para ahorrarse el impuesto que grava la contratación de mano de obra extranjera.

Los saudíes, por primera vez, se perciben en debilidad por sus vecinos. Turquía es la primera en echar los dientes y bloquea las emisiones y la prensa saudí y emiratí en su territorio y área de influencia. La coalición que mantiene la guerra en Yemen contra viento y marea, estalla cuando los independentistas de Adén, que ya habían protagonizado una intentona entre enero y agosto de 2019 declaran unilateralmente el «autogobierno». Debajo, la tensión con el aliado más fiel de Salman: Emiratos.

Pero lo peor estaba por llegar. EEUU, sin contar con Salman, anunció que comenzaba a desmontar los misiles Patriot desplegados tras el bombardeo de las refinerías desde Irán. Irán anunció inmediatamente un intercambio de prisioneros con EEUU sin condiciones previas. Por si había dudas de la actitud estadounidense, el secretario de defensa, Esper, empezó a hablar abiertamente de una retirada de sus tropas en Sinaí.

Arabia Saudí ya no es el «aliado al que no se puede fallar». Entre enero y abril el estado ha perdido el 22% de sus ingresos y Aramco el 25% de su beneficio y los capitales anglosajones empiezan a destilar desconfianza. Prevén desorden interno y sobre todo una paralización de los proyectos de inversión más ambiciosos del régimen. El capital saudí se devalúa a marchas forzadas con cada día de confinamiento en los países centrales. Una recuperación de precios petroleros en los próximos meses es improbable. Y el gigantesco fondo soberano saudí, con sus participaciones en empresas de todo el mundo, tiene ahora grandes oportunidades de compra -y alguna ha hecho como Repsol o el Newcastle– pero si pretende vender… acusará las mismas pérdidas acumuladas que sufren el bolsa todos los grandes destinos de capital del mundo.

Y es en este marco, con las ciudades confinadas a la fuerza y la represión en ascenso sostenido, en el que el gobierno anuncia el desmontaje del «sistema saudí». El IVA se multiplica por tres y se suspende el subsidio de «ayuda en el coste de la vida», que funciona como una renta universal y es percibido por todos los connacionales, pero no por los trabajadores extranjeros, que son el 56,6% de la fuerza de trabajo. Hacerlo supone para el estado una confesión de colapso. La legitimación de la burguesía de estado petrolera alrededor de la familia real no ha sido otra que asegurar los ingresos básicos de los nacionales saudíes -tanto sunníes como shiíes- separándolos a rajatabla de los trabajadores migrantes. Pero incluso sumándolo todo, por drásticas que sean las medidas para la mayoría de los trabajadores, solo han cubierto las pérdidas del Banco Central durante un mes. Ni siquiera alcanzaron para equilibrar a corto plazo los presupuestos estatales. Es decir, el sistema no va a poder proveer de nuevo los ingresos que le servían para mantener la división artificial entre trabajadores y aplacar a la pequeña burguesía local. El «sistema saudí», modelo de los estados petroleros árabes, no va a volver.