El capitalismo contra nuestros barrios

Los que vivimos en barrios obreros y tenemos compañeros en esta misma situación, hemos sido testigos de la pauperización destructiva de los barrios de la clase trabajadora. Las clases sociales no solo se ven en el trabajo, en las relaciones de subordinación hacia el patrón; las clases sociales también se visualizan en la estructura de las ciudades en las que vivimos. Esto no es nada nuevo, la división periferia-centro o barrios ricos-pobres, ha sido un constante en nuestras ciudades.

En las últimas décadas, algunos hemos sido testigos como se producía la progresiva decadencia de los barrios en los que nacimos y vivimos. Las causas son claras, y no es la supuesta naturaleza violenta y salvaje la que destruye los barrios. Es la pobreza estructural, el abandono de servicios sociales y la precariedad. Son los efectos del capitalismo degenerado que sufrimos en nuestras ciudades. Sus productos son la violencia, las pandillas, las mafias, el narcotráfico, o en algunas situaciones, un chovinismo exaltado.

Las clases sociales no solo se ven en el trabajo, también se materializan en la estructura de las ciudades en las que vivimos.

Los barrios obreros están siendo absorbidos por la absoluta decadencia del sistema actual. El sistema hace que se produzca una alienación constante y que a lo largo de la semana, algunos trabajadores que buscan una salida de esa rutina, caigan en el juego y el alcoholismo. El sistema capitalista demuestra así ser un generador destructivo de la Humanidad. La marginación, el odio a la clase trabajadora que profesa parte de la burguesía, la precarización y la pobreza debilitan a los propios barrios e incluso a la conciencia de clase. Cuando algún vecino es víctima de la opresión generalizada del Estado y de la burguesía, y se ve expuesto en nuestro propio barrio, debemos mostrar una empatía clara, condicionada a una clase, a la de la clase trabajadora.

La pobreza estructural, el abandono de los servicios sociales y la precariedad producen violencia, pandillas, mafias, narcotráfico y, a veces, un chovinismo exaltado en nuestros barrios.

En los barrios obreros no puede dejar de existir esa conciencia de clase que permita que sobreviva la esperanza de liberación. Estamos llegando a un punto en que se nos dice abiertamente que la unidad del Estado burgués es más importante que la eliminación de la pobreza que el capitalismo deja en nuestros barrios. Debemos de conseguir que algún día nadie saque banderas nacionales. Es hora de que icemos el estandarte rojo de nuestra clase, el de la clase trabajadora. Debemos ser conscientes, debemos rechazar la idea de que la pobreza y la precariedad de nuestros barrios, de nuestros vecinos, familias y de nosotros mismos, sea natural o pasajera.

Es hora de que icemos el estandarte rojo de nuestra clase. La pobreza y la precariedad de nuestros barrios, de nuestros vecinos y de nuestras familias no es «natural» ni pasajera

Un episodio nefasto para la propia subsistencia de la clase trabajadora española fue la reconversion de grandes sectores industriales. «Reconversión» fue el nombre que se le dio a la destrucción y deslocalización de parte del tejido industrial español. Barrios enteros fueron abandonados a su suerte durante la época de Felipe González, sacrificados en el altar de la «modernización» del capital español. Pero tampoco hace falta irse hacia décadas atrás para entender la situación actual de nuestra clase. La Reforma Laboral de 2012 del PP, junto a la anterior reforma laboral del gobierno socialista de Zapatero, supuso un nuevo paso adelante en el proceso de precarización de una clase trabajadora expuesta a los ataques de la burguesía y sus colaboradores. El resultado es una masa proletaria esclavizada al mercado que redobla sus esfuerzos para la explotación capitalista. El resultado es el empeoramiento de la situación de los trabajadores, la pura barbarie capitalista en acción, que luego se refleja en nuestros barrios marchitos.

El capitalismo como sistema económico está agotado, no ofrece ninguna vía de progreso posible. Es de obligación luchar y esforzarse por lograr la total emancipación de una clase trabajadora que actualmente está bajo amenaza. En estos días vemos una nueva oleada de recortes y despidos en la industria española. Nuestros hermanos de clase están amenazados alrededor del mundo también. Están en peligro de perder su sustento y el de sus familias y unirse a la masa de parados. La agresividad de la burguesía hacia nuestra clase se evidencia también en nuestros barrios, olvidados y repudiados, despreciados desde la superioridad clasista. No hay superioridad alguna en una clase que explota a sus semejantes y nos conduce al precipicio. En los últimos sucesos violentos ocurridos en Bilbao se ha reflejado la desesperación en la que se han sumido tantos barrios proletarios, castigados por la crisis del capitalismo y la pauperización. En nuestros barrios se ha creado un lumpenproletariado quebrado y marginado. Los niños que asesinaron a unos ancianos para robarles no lo hicieron por la «maliciosa» naturaleza humana como pretenden los medios de comunicación burgueses.

Al mismo tiempo, los nacionalistas y demás sectas actúan para beneficiarse, como buitres que acompañan la labor destructiva del capitalismo. La religión, ese «opio» cegador, resurge en nuestros barrios, en socorro del catolicismo llegan ahora el protestantismo y el islam. La «izquierda antifascista» se ofrece como supuesta alternativa, cuando también buscan encuadrar a los trabajadores para apoyar a inexistentes sectores «progresistas» de la misma burguesía que nos machaca. Chovinistas y fanáticos son enemigos de la racionalidad y de la Humanidad en sí.

Los barrios son el termómetro de la agresión a nuestra clase. La solución está en nosotros mismos. Hoy unirnos y plantar cara; mañana un mundo sin marginación ni miseria, sin paro ni guerra, sin fronteras ni trabajo asalariado.

Nuestros barrios son los termómetros de la agresión hacia nuestra clase. Los espacios colectivos del proletariado están en constante amenaza. La solución no está en falsos salvadores vendiéndonos elixires sociales. La solución reside en nosotros mismos, trabajadores cansados de esta situación. En las tareas de hoy, unirnos y plantar cara, en el horizonte, un mundo sin marginación ni miseria, sin ejércitos ni policías, sin paro ni producción de guerra, sin fronteras ni trabajo asalariado.