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El cancionero de la crisis

23 de diciembre, 2019 · Artes y entretenimiento> Música

La prensa británica habla estos meses del renacimiento de la canción política a partir del folk de las islas.

En realidad cuando exploramos grupos como Lankum, The Young’uns o el dúo formado por Jimmy Aldridge and Sid Goldsmith la dominante es la recuperación de viejos cancioneros o, en todo caso, la elaboración sobre sus reglas y patrones de nuevos temas.

El primer fenómeno interesante en la traducción musical de la crisis, tuvo lugar hace ahora doce años en Grecia. Allí el rock no fue tanto una respuesta musicalizada a los ataques brutales contra los trabajadores, sino un sustitutivo de comunidad y pertenencia para una generación que se veía excluída de la vida laboral -y por tanto social- noche a la mañana.

Pero lo que buscamos es otra cosa. El cancionero de ésta crisis que ya ha pasado la década y que ha tenido ya distintos momentos de movilización. Algo cantable, más cerca de la calle, del salto, preparado para incrustar nuevas consignas según se avanza… Cosas como las que durante las primeras protestas y manifestaciones en Francia, allá por 2011, ensayaron ya grupos como «HK & Les Saltimbanks» con su «On lâche rien».

Ese mismo año, Daniel Kahn se instalaba en Alemania y grababa su «March of The Jobless Corps», iniciando un camino de recuperación del klezmer más guerrero que ha dado estupendas piezas durante los últimos años.

No mucho después, en los EEUU de 2012, un grupo de músicos migrantes que para entonces tenía ya diez años y que venía del gipsy-punk, Gogol Bordello, lanzaba el vídeo de una de las joyitas de estos años: «Immigraniada (We Comin’ Rougher)»

Lo cierto es que la música ligada a las movilizaciones y temas que han vehiculado -o descarrilado- las respuestas a los ataques que acompañaron a la crisis, ha surgido en buena de medida de dos palos: el rap y el folk. La virtud del rap es que, por las características del formato, da oportunidad a respuestas muy rápidas sin necesidad de encontrar complicidad en la estructura industrial musical, como se vió durante las huelgas en Matamoros. El lado malo es que por su propia naturaleza solista, casi nunca pasan a convertirse por sí mismos en herramientas de reconocimiento y movilización en la calle, no es una música de «cantar juntos», no es música de cancionero político, aunque sea poesía de combate. Tal vez de ahí el protagonismo y la confluencia desde las variantes más dadas al pasacalles del folk. También por la conexión directa con recuerdos, mitos e historias de lucha y resistencia anteriores. Fue el caso por ejemplo este mismo año durante las protestas de los mineros de Kentucky.

Un tema como «You will never leave Harlan alive» más que un clásico es una oración atea con una afirmación de clase en su desespero. Pero la música «comercial» se ha visto también empujada, a veces maleada por la presión de sus oyentes durante estos años. El último caso, un escándalo en estos días, una canción anti-belicista censurada de la estrella iraní Mehdi Yarrahi. Tras prohibírsele cantarla en concierto, el músico dejó sonar el acompañamiento instrumental y cedió el escenario a su público para cantarla.

Que de tanto en tanto durante estos años se hayan espigado canciones que más allá de la demagogia o el sentimentalismo habitual en la música comercial, entran a los temas de fondo de nuestra época -la pauperización y la guerra- es sintomático. Pero también lo es que no hayan aparecido «cancioneros» como en las grandes olas de lucha del pasado. Solo en los últimos dos años las luchas de los trabajadores han empezado a mostrarse capaces de destrabar los corsés ideológicos y organizativos que las contienen en primera instancia. Solo ahora empieza a insinuarse una capacidad de arrastre social más allá.

¿Será 2020 el año en que del cancionero de la crisis pasemos al cancionero de las luchas?