El autómata con alma

Giambattista Vico
Como hemos visto en las entradas anteriores, el mundo burgués aparece como un autómata mecanizado animado por un alma abstracta. Como si las personas estuviesen cosificadas (reificadas) y los objetos personificados. Para alguien que haya crecido dentro de éste mundo, que la representación abstracta del trabajo humano tome la forma de números bailando en pantallas mientras que la gran mayoría de los habitantes de esta sociedad se sienten empujados a trabajar para sobrevivir, puede parecer normal, pero… normal no es, por decirlo suavemente.

Así como la metafísica racional nos dice que el hombre puede convertirse en todas las cosas entendiéndolas, esta metafísica imaginativa en realidad nos enseña que el hombre se convierte en todas las cosas al no entenderlas; y quizás esta última proposición es más cierta que la primera, porque cuando el hombre aprende extiende su mente y se apropia de las cosas, pero cuando no entiende hace a las cosas a partir de sí mismo y se transforma en ellas.

Giambattista Vico, Principios de ciencia nueva. En torno a la naturaleza común de las naciones, 1725

Pero a ver, ¿qué está diciendo? Más de un lector pensará que es absurdo: existe un mundo subjetivo interno y otro objetivo externo. ¿No es obvio? Las cosas están fuera y la mente dentro. Pero… ¿Dentro de qué? ¿De la cabeza de cada cual? ¿En forma de qué? ¿De células que son objetos ellas mismas? Cada vez que afinamos nuestras preguntas, la «mente» desaparece más allá. Es como si la forma en la que clasificamos las cosas fuese incorrecta desde el principio. Cuanto mas avanza el autómata más retrocede el alma abstracta. Nuestra intención no es hacer juegos mentales, sino ofrecer una alternativa completamente materialista de lo que realmente ocurre. Al hacerlo comprenderemos que estamos viendo el mundo cabeza abajo. Para eso primero debemos ocuparnos de la naturaleza de la mente y la conciencia.

¿Qué es la mente? A cada paso que avanzamos, la respuesta queda más allá porque la forma en que clasificamos «interior» y «exterior» es errónea desde el punto de partida.

El golem, o el reflejo humano en la estatua

El rabino Loew (Löw) da vida (alma) al golem, una figurilla de barro, tras descubrir la palabra creadora.
¿Qué es la mente? Preguntémoslo a uno de los especialistas mundiales sobre la conciencia y el cerebro, Stanislas Dehaene. Dehaene defiende que la conciencia se define como el intercambio masivo y bidireccional de información entre distintas regiones cerebrales. Es un concepto interesante, porque permitiría por ejemplo que las regiones relacionadas con la planificación enviasen señales de vuelta a las regiones sensoriales para guiar su «interpretación».

El cerebro esta formado por miles de millones de conexiones y neuronas, que se intercambian información, algo, entre ellas. «Algo» efectivamente, porque como veremos mas adelante, el concepto de información está completamente vacío. Eso y nada es decir lo mismo, y así lo señalan los críticos:

Conciencia, concluye Dehaene, significa compartir información a nivel de todo el cerebro. La investigación extensa para apoyar esta afirmación es inteligente, persuasiva y bien vale la pena leerla. Pero si la actividad cerebral es igual a la actividad mental, ¿por qué es así? Cerca del final del libro, Dehaene recurre a lo que David Chalmers llama «el problema difícil». Parafraseando, Chalmers pregunta por qué, en un universo de materia y energía, existe la conciencia. ¿Por qué es posible que una fluctuación de materia y energía en el cerebro iguale la experiencia del azul -no sólo la tendencia a decir azul, o la habilidad de clasificar un objeto azul con otros objetos azules, sino la experiencia misma. Dehaene descarta este «problema duro» en apenas poco más que una página de texto, argumentando que la experiencia mental es un concepto precientífico que desaparecerá, a medida que entendamos mejor las conexiones en el cerebro. Bueno, tal vez, pero esta parte de su argumento me parece poco convincente.

James W Kalat, Consciousness and the Brain

El famoso párrafo de Blake sobre las «puertas de la percepción».
Sí, justamente ése es el problema, a nosotros y a James lo que nos interesa es lo que percibimos individualmente, y el concepto de información no significa nada. ¿Qué es el «azul»? El propio Dehaene sospecha que si el «problema difícil» de la conciencia es difícil es porque esta basado en «intuiciones falsas», mientras que si fue posible destruir al vitalismo es porque, en palabras de Dehaene, la célula es un «autómata». Y mucha razón tiene.

Piénsenlo de otro modo, ¿qué le pasaría al empirismo si lo objetivo y/o lo subjetivo se extendiesen mas allá de la mente humana? Los empiristas responderán que estamos cayendo en la superstición, y no se equivocan completamente porque la superstición es la alternativa que se ha ofrecido al empirismo la mayoría de las veces hasta nuestros días. Pero ¿qué pasaría si la percepción individual misma variase entre sociedades y épocas por razones sociales, si los humanos no fuéramos golems o máquinas completamente pasivas que solo son capaces de modificar y clasificar fijamente lo externo, si los humanos fuésemos también capaces de modificarnos a nosotros mismos a partir del mundo social «externo»?

Los humanos no somos autómatas, máquinas sensoriales pasivas. Somos capaces de modificarnos a nosotros mismos a partir del mundo social supuestamente «externo»

El mar color de vino

Vaso de Aristónothos producido entre el 700 y el 650 antes de la era común.
¿Cómo percibían el mundo las personas que vivían en sociedades antiguas? ¿Igual que hoy? Volvamos al mundo griego antiguo, el anterior a la filosofía clásica. Al mundo de Homero:

El verbo emparentado morfológicamente porphyrō se aplica al oscurecimiento del mar (y a la meditación mental); y el adjetivo compuesto haliporphyros, «mar-porphyreos», se aplica a la lana. Desde una perspectiva europea moderna parece imposible relacionar el rojo de la sangre y el azul o verde del mar como tonos de un solo color; y puesto que «el arte… de teñir era casi… desconocido» para los griegos homéricos, parece probable que la lana coloreada fuera lana marrón natural, por lo que de nuevo resulta paradójico encontrar su color descrito por una palabra que la compara con el mar. …] «Homero parece haber tenido… principalmente, un sistema en lugar del color, fundado sobre la luz y sobre la oscuridad» «los colores homéricos son en realidad los modos y las formas de la luz… y… la oscuridad: parcialmente afectados quizás por las ideas extraídas de los metales, como la rudeza del cobre… y aquí y allá con un esfuerzo incipiente, por así decirlo, para apoderarse de otras ideas del color».

Gladstone escribió estas pertinaces observaciones sobre el particular mundo lingüístico de la Grecia homérica en el siglo XIX. Para él eran claramente debidas a diferencias en la percepción, pero los empiristas muy posteriormente insistieron en que eran debidas a que los griegos antiguos eran daltónicos. Y siguen insistiendo todavía hoy en día sobre ello, aunque las palabras para el movimiento sean también distintas. Y lo que es muy importante para la discusión posterior, fíjense como la existencia del metal también modifica el uso de las palabras.

La Grecia homérica tenía una percepción física del color muy distinta de la nuestra -y así quedó en el la lengua clásica- que era coherente con las tecnologías de producción de la época.

Monos de América a los que se modifica genéticamente, aprenden a distinguir el rojo tras ser entrenados para ello.
Bueno, hagamos un test experimental como les gusta a los empiristas.

El sistema visual es increíblemente complejo, desde la retina hasta la corteza pasando por el tálamo, parece que hay rutas especializadas para la percepción de los colores. Un autómata delicado y complejo. ¿Qué pasaría si le añadiésemos el gen para un pigmento visual a un animal cuya especie no dispone de esa detallada maquinaria? Nada, ¿verdad? Simplemente no podría usarlo, sería como añadirle un carburador a una bici. Pues, para sorpresa de todo el mundo, si modificamos genéticamente a monos del nuevo mundo, que son tan daltónicos como las vacas, con pigmento para ver el rojo… aprenden a distinguir el color rojo tras ser entrenados para ello. Pero ¿no será porque los monos son muy cercanos a nosotros? Intentémoslo en ratones, que son prácticamente cegatos… también funciona. Así que… el cerebro no es realmente ni un autómata con partes fijas ni un ordenador que solo clasifica cosas.

El cerebro no es ni un autómata con partes fijas, ni un ordenador que solo clasifica cosas.

Y ¿qué tal si hacemos el mismo test nosotros mismos? Varios grupos que no han estado en contacto con el mundo moderno no poseen palabras ni conceptos para el color azul, pero sí para otros colores que nosotros no parecemos ser capaces de nombrar. Empecemos con uno de estos últimos, ¿son capaces de distinguir los cuadrados de color distinto?:

¿Consiguen ver el recuadro de color distinto? La mayor parte de lectores serán incapaces, pero los miembros de la tribu Himba sí pueden. No tienen por qué creernos, cojan la imagen y modifiquen sus niveles en un software de imagen para verlo. ¿Y para el azul, color que varios grupos humanos no pueden nombrar?

Ahora ven el recuadro distinto, ¿verdad? Sin embargo el miembro de la tribu Himba de la fotografía no es capaz de detectarlo por encima del umbral del azar. Ni a nosotros en el caso anterior ni a él en el del azul nos «faltan» las capacidades físicas para percibirlo. El empirismo se ha esfumado… ¡Pareciera que lo subjetivo y objetivo no puede ser contenido ni fuera ni dentro de la cabeza!

Si no percibimos ciertos colores no es porque no tengamos la capacidad física de hacerlo. ¡Lo «objetivo» y lo «subjetivo» no caben ni dentro ni fuera de la cabeza!

El tiempo es ¿un fenómeno natural?

Los amondawa
Como cuentan los neurobiólogos Buzsaki y Llinas en uno de sus artículos recientes, nadie parece capaz de situar el tiempo fuera o dentro de la cabeza:

Los amondawa en el Amazonas y los aborígenes del interior de Australia no conciben el tiempo como algo independiente de otras cosas o algo en lo que ocurren eventos. Sin embargo, estas culturas entienden el orden, las secuencias de los acontecimientos y las relaciones. Por lo tanto, no es obvio que el espacio y el tiempo sean universales e independientes […]

Ni los relojes ni los cerebros hacen tiempo per se.

La ciencia moderna ha transformado radicalmente estos conceptos sin dimensión con la introducción de instrumentos de medición. El espacio y el tiempo fueron sustituidos por sus variantes definibles: (i) la distancia y el desplazamiento y (ii) la duración y el intervalo, que fueron cuantificados por las unidades de los instrumentos fabricados por el hombre, como las reglas y los relojes, dándoles así significados prácticos. En la física clásica, la metáfora «teatro» o «contenedor» del espacio y el tiempo determina la ubicación exacta y la velocidad de una partícula. La distancia y la duración se equiparan a través de la velocidad. La investigación en neurociencia continúa realizándose dentro de este marco de la física clásica, a pesar de que en la física contemporánea «ya no existe el espacio que contiene el mundo, y no hay tiempo en el que ocurren los eventos».

Los conceptos mismos de tiempo y espacio de los empiristas están fuera de la física contemporánea. Si nos parecen «intuitivos» es porque el ser humano modifica su propia percepción del mundo al ser instruido

La isla flotante de Laputa, donde Swift colocó su parodia de la «Royal Society» en «Los viajes de Gulliver»
Lean atentamente, es la ciencia moderna la que introdujo estos conceptos que ahora parecen regir nuestra vida en el mundo moderno, pero en las culturas premodernas estos conceptos son incomprensibles… ¿No será que el ser humano modifica su propia percepción del mundo al ser instruido? ¿No será que se moldea en la forma de su creación como decía Vico?

El mundo moderno, fundado por fanáticos milenaristas, se tendió una trampa a sí mismo creyéndose su propia escatología. El mundo está cabeza abajo. Todo lo que hemos descrito es magia para los empiristas, así que ¿no serán ellos los metafísicos?

El mundo moderno, fundado por fanáticos milenaristas, se tendió una trampa a sí mismo creyéndose su propia escatología. El mundo está cabeza abajo por la metafísica empirista
 
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