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El antisemitismo antiguo y feudal

25 de enero, 2020 · Marxismo> Crítica de la ideología

Como vimos en la entrega anterior, Abraham León elaboró sus tesis sobre el antisemitismo siendo militante de «Hashomer Hatzair». Al hacer la crítica de su libro «La concepción materialista de la cuestión judía» aparece con claridad que, aunque rechazara el objetivo sionista de esta organización, continuó utilizando las categorías nacionalistas de autores como David Gordon o Ber Borojov que eran corrientes entre el juvenalismo sionista de la época.

El antisemitismo pre-capitalista

Comencemos resumiendo las tesis de Abraham León sobre el antisemitismo antiguo y feudal. Lo haremos con extractos de su libro y luego pasaremos a criticar sus elementos principales.

La causa del antisemitismo antiguo es idéntica a la del antisemitismo medieval: el rechazo hacia los comerciantes propio de toda sociedad cuya base principal es la producción de valores de uso. […] La hostilidad de las clases que viven de la tierra hacia el comercio no excluye su dependencia del mismo. El propietario odia y desprecia al comerciante, sin poder prescindir de él.[…]

La esencia de la mentalidad cristiana de los diez primeros siglos de nuestra era, en todo lo referente a la vida económica, se podía resumir así: «Un mercader difícilmente puede hacer obra agradable a Dios y todo negocio implica una parte más o menos considerable de engaño». […] Es muy lógica, pues, la feroz hostilidad de los judíos hacia el catolicismo y su voluntad de conservar la religión que expresaba admirablemente sus intereses sociales. No es la fidelidad de los judíos a su fe lo que explica su conservación como grupo social diferenciado, sino al contrario: es su conservación como grupo social diferenciado, lo que explica el apego a su fe. […]

Solamente a partir del siglo XII, paralelamente al desarrollo económico de Europa occidental, al crecimiento de las ciudades y a la formación de una clase comercial e industrial autóctona, la situación de los judíos comienza a empeorar seriamente, para llegar a su eliminación casi total en la mayoría de los países occidentales. Las persecuciones contra los judíos toman formas cada vez más violentas. Por el contrario, en los países atrasados de Europa oriental su situación continúa siendo floreciente hasta una época bastante reciente.

Con estas pocas consideraciones preliminares ya se ve cuán falsa es la concepción general que prevalece en la historiografía dedicada al judaísmo. Los judíos constituyen a lo largo de la historia, ante todo, un grupo social con una función económica determinada. Son una clase, o mejor dicho, un pueblo-clase. […]

No existiendo contradicción en el concepto pueblo-clase, resulta aun más fácil admitir la correspondencia entre la clase y la religión. […] Mientras el catolicismo expresa los intereses de la nobleza rural y el orden feudal, y el calvinismo (o puritanismo) los de la burguesía o del capitalismo, el judaísmo refleja los intereses de una clase comercial precapitalista. Lo que distingue al «capitalismo judío» del capitalismo propiamente dicho es que, contrariamente a éste último, no es el vehículo de un nuevo modo de producción. […] La acumulación del dinero en manos de los judíos no provenía de una forma de producción especial, de la producción capitalista. La plusvalía (o sobre producto) provenía de la explotación feudal y los señores estaban obligados a prescindir de una parte de esta plusvalía a favor de los judíos.

Massada, última posición judía en la primera guerra judeo-romana.

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El antisemitismo antiguo y el feudal estuvieron lejos de tener las mismas causas. En Roma el comercio no solo era cosa de «minorías foráneas», era participado por la clase patricia que colocaba para operar en su nombre a esclavos, generalmente griegos, a los que premiaba convirtiéndolos en libertos y enriqueciéndolos. Estos libertos comerciantes, lejos de sufrir rechazo social eran reconocidos en la sociedad plebeya, especialmente en las provincias, como queda claro en estelas hasta en el último rincón del imperio. Había además muchas otras «minorías comerciantes» que no sufrieron persecución religiosa.

La constitución política romana se basaba en la «religio», un conjunto de ceremonias civiles y cultos rituales que lejos de significar «fe» en el sentido monoteísta, renovaban la aceptación de los valores y las estructuras del estado. Conforme la República primero y el Imperio después extendieron sus fronteras, la «religio» implicó también la incorporación o equiparación de los dioses de los conquistados al Panteón. Para el imperio, que Jehovah fuera adorado como Júpiter-Jehová no era una cuestión de creencias, era una estrategia constitucional que neutralizaba la posibilidad de guerras religiosas.

La fe que llevaba a los judíos a afirmar el monoteísmo contra viento y marea era, para Roma, «superstitio», irracionalidad dañina para la sociedad y la convivencia política. Únasele el violento proselitismo judío de la época. Era difícil no ver una amenaza política en ese puñado de sectas que no reconocían la constitución del estado, afirmaban tener leyes dadas por un dios invisible y hacían un proselitismo furibundo. Y por si fuera poco, el símbolo de estas sectas era una peligrosa forma de lesión que acababa demasiadas veces con la muerte del converso: la circuncisión. Cuando se prohibieron tanto la circuncisión como la castración, el objetivo era ante todo acabar con el proselitismo, pero una secta judía, los cristianos, simplemente renunció a ella y siguió adelante. ¿Cómo no iba la propaganda de la época a cebarse contra los judíos? Las tres guerras judeo-romanas, entre el 66 y el 136, interpretadas por los judíos -y en parte por la secta cristiana- como un hecho religioso en sí mismo, tampoco ayudaron a que los propagandistas romanos ganaran una gran simpatía o sensibilidad para todo lo relacionado con las religiones palestinas y sus minorías.

El antisemitismo antiguo no es fundamentalmente anti-mercantil. Era la expresión de la resistencia del estado a la subversión monoteísta que llegaba desde Palestina, subversión que era a la vez insurreccional e independentista en sus territorios de origen y proselitista en el resto de provincias. En la lógica romana, se enfrentaban a una teocracia que utilizaba la superstitio para penetrar y destruir el sistema político y su estructura territorial. No se equivocaban. En cuanto la secta cristiana gozó de impunidad, las violencias se sucedieron, las bibliotecas ardieron, buena parte del acervo artístico fue arrasado y sus líderes locales comenzaron a luchar abiertamente por el poder en todo el Imperio capturando las instituciones, excluyendo y exiliando -cuando no asesinando- a los que intentaban mantener al estado al margen de la superstitio.

«Quema de la biblioteca de Alejandría en el 391», por Ambrose Dudley

Paradójicamente el triunfo de la secta cristiana y su conversión en religión de estado serán las que den pie a las leyes anti-judías. Más «tolerantes» es cierto, dado que a diferencia de las distintas y recurrentes herejías cristianas no se les exterminará. Entre otras cosas porque las leyes romanas habían hecho abandonar el proselitismo al judaísmo mayoritario en el siglo II, el no cristiano. No eran pues ya, bien lo sabían los cristianos, un peligro inmediato para el estado. Pero en la concepción teocrática monoteísta, toda diferencia religiosa, toda ruptura con la ideología del estado, era una traición en potencia. La Iglesia y el estado del que era parte fundamental no abandonarán nunca la desconfianza ante la «perfidia judaica», es decir, su desapego a las instituciones políticas. Las violencias antijudías y los primeros registros de pogromos, anteriores al siglo VIII, tienen el sello inconfundible de la aspiración a la homogeneidad de las monarquías bárbaro-cristianas.

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¿Formaban los judíos una clase en la sociedad feudal? ¿Eran como dice León los únicos dedicados al comercio entre el siglo VIII -cuando comienza a rebrotar- y el siglo XII? ¿Son por eso los tópicos antisemitas medievales marcadamente antimercantiles? Ni los lombardos del siglo VIII ni los «pede pulvorosi» del siglo IX, los primeros comerciantes de la Europa cristiana, cuentan con judíos entre sus filas. Los lombardos son… lombardos, un pueblo germánico conquistado por Carlomagno. Los «pede pulvorosi» («pies polvorientos»), siervos escapados de su señorío, bandas armadas errantes.

Los tópicos anti-mercantiles que luego recoge el antisemitismo, son en realidad anteriores a la existencia de comerciantes judíos. Los caracoles que vagan con el hogar a cuestas -lejano antecedente del «judío errante»- son originalmente un tópico antilombardo. La idea misma de la itinerancia eterna, del castigo de no pertenecer a ningún lugar, se aplicaba a los «pede pulvorosi» anteriores a la ciudad burguesa -que ellos impulsarían con el tiempo-, pobres almas errantes condenadas a vagar sin poder parar nunca, porque no estaban adscritos a un territorio (una situación inmoral y desagradable en la sociedad feudal).

En las ferias medievales los cambistas se sentaban en «bancos» en la calle. Sus márgenes se prestaban como usura a los mismos comerciantes. Es el nacimiento de la banca. En la ilustración se remarca la asociación burguesía-judíos que será la base del antisemitismo medieval, moderno y contemporáneo.

De hecho el judío medieval ni siquiera es comerciante o mercader por defecto ni siquiera en el siglo XIII y XIV, como podemos ver todavía en los nombres de las calles de las juderías españolas y sus registros. En su gran mayoría los judíos eran artesanos sedentarios y estaban sometidos a las limitaciones legales del taller urbano. La única función que estaba realmente «etnificada», de la que habían sido excluidos los cristianos por las prohibiciones eclesiales, era la de prestamista, cambista o «banquero».

San Vicente Ferrer predicando en Barcelona

Pero eso llegará más tarde, cuando a partir del siglo XI la llamada «revolución comercial» impulsa los instrumentos de cambio al extenderse las ferias y aparecer un vigoroso comercio de larga distancia. Poco a poco surge el mercader, que supedita al artesano y convierte al comerciante tradicional en empleado. El mercader financia los viajes comerciales y poco a poco se hace con la dirección de la producción. Depende y compite al mismo tiempo con el prestamista/cambista, siendo él mismo un financiero. Está sentando las bases de la transición del circuito mercantil feudal al primer boceto de un doble circuito de mercancías y capitales; sus beneficios ya no se tesaurizan, se reinvierten de manera creciente en herramientas de producción que supeditan de paso a los artesanos. El resultado es una jerarquización gremial que apunta ya la división en clases de una sociedad capitalista como podemos ver en los artes florentinos. Dos cosas a señalar: entre los artes mayores, el de los cambistas y banqueros no estaba ocupado por judíos sino todavía por los «perros lombardos» (Boccaccio) y la aparición de un primer proletariado aun por debajo de los oficios menores, los «ciompi», con un programa político propio (1378).

En ese marco, en la ciudad en la que los mercaderes empiezan a imponerse políticamente, los cambistas judíos toman el protagonismo de los gremios cambistas y prestamistas allá donde no hay lombardos. Reciben el resentimiento público doblemente y en ambos casos armado por la doctrina eclesial: como miembros de un culto ajeno al estado y el que reciben los usureros, culpables de apropiarse del «tiempo» -monopolio de dios-.

Y aun así, habrá que esperar a la crisis que siguió a la peste negra, con la burguesía pujando ya por el poder en la corte y en las Cortes, para que el antisemitismo de un arcediano de Écija o de un Vicente Ferrer pueda arrastrar a las nacientes masas urbanas, resentidas no contra el comerciante, sino contra el mercader/financiero que prospera sobre la descomposición de las protecciones gremiales. La iglesia, guardián ideológico y para el momento primer «encuadrador» y contenedor del descontento de los desposeídos urbanos, golpea a los judíos por un doble motivo: evitar que las revueltas anti-burguesas acaben en herejía -puesta en cuestión más o menos igualitarista del orden feudal- y como forma de hacerse temer por la propia burguesía como un todo. El antisemitismo es un «encuadramiento» de las masas urbanas que dirige la violencia de estas contra un grupito de la burguesía en vez de contra la burguesía como un todo. El posterior a la peste negra es así reaccionario, pero al mismo tiempo útil a una burguesía que está ganando preminencia en el orden feudal. Es un descarrilamiento por la iglesia de la resistencia antiburguesa del pre-proletariado urbano que le sirve para controlar, supeditar y encontrar encaje en una ciudad cada vez más burguesa. La Valencia de San Vicente Ferrer es la de la burguesía de la lonja de la seda llenando de pinturas del quatrocento la catedral de Jaime el conquistador.

El Alcalá de Henares de las tres castas.

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¿Qué eran los judíos en la época feudal? Ni los judíos fueron los únicos dedicados a actividades mercantiles ni formaban una «comunidad» sin divisiones internas de clase, pocos espacios estaban más jerarquizados social y económicamente de modo tan tajante en la ciudad medieval que la judería. Sin embargo, la judería formaba una unidad política dentro de la ciudad que era heredera del tratamiento de las gens en la Antigüedad. Separación política que, como hemos visto, era un producto histórico, un recordatorio de que el cristianismo era él mismo una herejía judía triunfante en la descomposición del orden esclavista romano.

Por supuesto, al ser un grupo social exclusivamente urbano, los judíos se dedicaban a las actividades urbanas, crecientemente mercantilizadas. Pero lo que les diferenciaba de sus vecinos no era que se dividieran en un sistema de clases diferentes ni que tuvieran funciones económicas únicas -salvo el pequeño grupo de prestamistas y cambistas entre sus miembros- sino su situación política. El famoso «Toledo de las tres culturas» era en realidad, como tantas otras ciudades en la península y el Mediterráneo, la ciudad de las tres castas. Tres grupos definidos por su autonomía política, organizada internamente en torno a su propia estructura religiosa y sus estatutos legales propios. Dejando por un minuto al margen que el concepto de «pueblo» no puede aplicarse a la sociedad feudal antes de la aparición del «tercer estado», en ningún caso había tres «pueblos» y mucho menos tres clases asociadas cada una a una religión. Simplemente había tres castas cruzadas por divisiones de clase y funciones económicas similares.

Abraham León (izq) y Ernest Mandel en la Bélgica de los años cuarenta.

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Un «pueblo», en el contexto pre-capitalista, implica una estructura productiva y de clases autosuficiente, tendiendo a organizar la sociedad entera bajo una burguesía en ascenso. Está muy lejos de una casta que mantiene una autonomía política en el seno de la ciudad dedicada a un conjunto de actividades particular ajeno a la producción básica e inseparable del metabolismo económico general de la sociedad en la que se inserta. Los judíos de la urbe medieval nunca fueron «pueblo», como no lo fueron los tramontanos portugueses ni los gitanos del siglo XVIII en adelante. Y aun menos fueron una clase, sometidos como estaban a las mismas tensiones que el resto de la «ciudad-taller» feudal, con una burguesía naciente que intentaba someter al artesano -gremial o, donde lo había, independiente- proletarizándolo.

Pero es que en realidad, el concepto de «clase-pueblo» es una contradicción en sus términos, una aberración teórica, una herencia nada disimulada del borojovismo presente en el «Hashomer Hatzair» al que pertenecían León y Mandel.

Las posiciones de Lenin y Luxemburgo sobre la cuestión judía en la Rusia zarista serán las dominantes en todo el movimiento socialdemócrata. Surgirán sin embargo toda una serie de pequeños grupos, vinculados al sionismo, que tratarán de realizar una afirmación teórica del nacionalismo usando un lenguaje marxista vacío de contenido. Lo interesante de estas argumentaciones, casi olvidadas hoy, es que constituyen la primera expresión de una vestimenta marxista del nacionalismo y el identitarismo.

No es casualidad que el texto de referencia de Ber Borojov, padre del «sionismo socialista» y fundador del «Poale Sión» del que deriva el actual laborismo israelí, se publicara en 1905. En medio de una revolución que uniría a todo el proletariado del imperio ruso en una acción de masas única, Borojov quiere expresar la superioridad de las contradicciones identitarias nacionales sobre la contradicción de clase. Quiere negar la realidad que se desarrolla ante sus ojos para salvar al nacionalismo judío, el sionismo. En «Los intereses de clase y la cuestión nacional» (título con el que se tradujo después al español su texto seminal solo disponible hoy en inglés en la red) Borojov levanta el edificio argumentativo.

Según Borojov, como luego para los nacionalistas stalinistas, la Humanidad se divide primariamente en sociedades y las sociedades en clases. La contradicción entre sociedades se da a un nivel superior a la contradicción entre clases… pero lo reproduce en sus formas. Si la lucha de clases se produce, nos dice citando descontextualizado a Marx, cuando hay un conflicto entre el desarrollo de las fuerzas de producción y el estado de las relaciones productivas, la «lucha entre unidades sociales» se produce como «lucha nacional» cuando una sociedad-nación «ansía un cambio en su producción, un incremento de su suma de energía y necesita, ampliando la esfera de sus condiciones de producción, conquistar condiciones ajenas». ¿Cuándo hemos pasado de «sociedad» a «nación»? Para Borojov, un «pueblo» es una sociedad «en sí» que pasa a ser «sociedad para sí» cuando se dota de un «nacionalismo», una identidad histórica que articula el «sentimiento de integración nacional». Por si había dudas: «El sentimiento de integración que se crea por el común pasado histórico (y la raíz del pasado común se encuentra en las condiciones iguales de producción) es el denominado nacionalismo». Al producirse la lucha entre naciones y en general lo nacional, en un «plano superior» a la lucha de clases, desaparecería la contradicción entre «integración» -unidad de las clases en el proyecto nacional- y conciencia de la clase explotada. La conciencia de clase «real» no sería ya la expresión independiente y universal de los intereses del trabajo, sino el nacionalismo y al revés: «El nacionalismo real es el que no oculta la conciencia de clase», asegura.

Aquí tenemos prácticamente tal cual la «dialéctica nación-clase» del nacional-bolchevismo, pero basta cambiar «sociedad» por «patriarcado», para tener el molde del «feminismo de clase». Borojov puede, con justicia, reclamar la paternidad del armazón intelectual de todos los nacionalismos e identitarismos que han querido vestirse de «obreros» y socialmente revolucionarios.

«El marxismo y las identidades», 14/6/2018

El «pueblo-clase» de Abraham León -reciclado luego por Mandel en mil formas, desde el «tercermundismo» de la LCR de los sesenta al «populismo» de sus herederos de NPA y el andalucismo de «Anticapitalistas»- es hijo de Borojov, no de Marx ni de Trotski. En la siguiente entrega de esta serie de artículos, cuando critiquemos el análisis de León sobre el antisemitismo bajo el capitalismo y en especial en la decadencia capitalista, las consecuencias políticas, que ya emergieron cuando recordamos la trayectoria durante la guerra mundial de Abraham León y su amigo Mandel, se harán aun más claras y entenderemos que solo podían conducir al rechazo explícito del internacionalismo y la sustitución del objetivo comunista por la exaltación del capitalismo de estado que caracterizó a la IV Internacional stalinizada a partir de 1948.