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Revolución permanente

Diccionario de marxismo

Revolución en la que el proletariado llega al poder político bajo el programa de la revolución democrático-burguesa, estableciendo a partir de entonces sus propios objetivos y transformando la revolución democrático-burguesa en socialista.

Origen

El término es utilizado por primera vez por Marx en 1850 en un mensaje del Comité Central de la Liga de los Comunistas a sus miembros, dispersos en Alemania. El marco es el de la revolución burguesa en Alemania, una revolución cuyos objetivos primarios son la creación de un mercado nacional, la centralización estatal y el establecimiento de las bases para la extensión de la gran industria y la aparición de un proletariado masivo. Pero la burguesía, origen del movimiento, ha hecho bloque con las fuerzas reaccionarias (el Kaiser y los latifundistas prusianos, los «junkers») y la pequeña burguesía, los demócratas, manifiestan la impotencia política característica de una clase sin un programa histórico propio. Marx propone a los comunistas alemanes actuar como ala izquierda del movimiento democrático, llevar sus propuestas hasta el límite con el objetivo de hacer «permanente» la revolución, es decir para que el mismo proceso revolucionario tome un objetivo socialista.

Hemos visto que los demócratas vendrán al Poder en la primera fase del movimiento, y que serán obligados a proponer medidas de mayor o menor naturaleza socialista. (…)

Se preguntarán qué medidas contrarias deberán ser propuestas por los trabajadores. Naturalmente, en el comienzo no podrán proponer las actuales medidas comunistas; pero se puede compeler a los demócratas a atacar el viejo orden social por tantos puntos como sea posible, perturbar sus procedimientos regulares, comprometerlos a ellos mismos y concentrar en las manos del Estado, en la proporción que se pueda, las fuerzas productivas, los medios de transporte, fábricas, ferrocarriles, etc. etc. Las determinaciones de los demócratas, los cuales en ningún caso son revolucionarios, sino simplemente reformistas, deben ser estimuladas hasta el punto de que se conviertan en ataques directos a la propiedad privada; así, por ejemplo, si la pequeña burguesía propone la incautación de los ferrocarriles y las fábricas, los trabajadores deben decir que, siendo estos ferrocarriles y estas fábricas propiedad de los reaccionarios, tienen que ser confiscados simplemente por el Estado y sin compensación. Si los demócratas proponen impuestos proporcionales, los trabajadores deben pedir impuestos progresivos; si los demócratas se declaran en favor de un impuesto progresivo moderado, los trabajadores deben insistir en un impuesto que paso a paso, gradualmente, signifique el hundimiento del gran capital; si los demócratas proponen la regulación de la Dieta Nacional, los trabajadores deben pedir la bancarrota del Estado.

Las demandas de los trabajadores dependerán de los propósitos y medidas de los demócratas. Si los trabajadores alemanes han de venir solamente al Poder y al logro de sus intereses de clase después de un prolongado desarrollo revolucionario, pueden, al menos, estar ciertos de que el primer acto de este drama revolucionario coincidirá con la victoria de su clase en Francia, y esto acelerará seguramente el movimiento de su propia emancipación.

Pero ellos mismos han de realizar la mayor parte del trabajo; necesitarán ser conscientes de sus intereses de clase y adoptar la posición de un partido independiente. No deben ser apartados de su línea de independencia proletaria por la hipocresía de la pequeña burguesía democrática. Su grito de guerra debe ser: «La Revolución permanente».

«Circular del Comité Central a la Liga Comunista». Carlos Marx, marzo de 1850.

El modelo sirvió de referencia a los revolucionarios en países como Rusia. A principios del siglo XX la burguesía había creado un proletariado de 25 millones de personas, muy concentrados en unas pocas regiones y rodeados de un verdadero océano de casi 100 millones de campesinos pequeñoburgueses. Todo bajo un estado autocrático, feudal, apuntalado sin embargo por la propia burguesía. La burguesía rusa no será inconsecuente a la hora de la revolución democrático-burguesa, como había sido la alemana en 1848, sino renuente, cuando no abiertamente contraria.

La revolución de 1905 mostrará que solo el proletariado podía poner en marcha y dirigir la revolución democrático-burguesa pero solo movilizando tras de sí a un campesinado masivo y movilizado sobre su propio programa agrario. Las consignas de «Dictadura democrática del proletariado y los campesinos» y la teorización de la «Revolución permanente» de Lenin representarán en realidad la misma aproximación que anticipa la revolución de 1917: arquetipo y caso de éxito de una revolución permanente.

El problema agrario, y con él el problema nacional, asignan a los campesinos, que constituyen la mayoría aplastante de la población de los países atrasados, un puesto excepcional en la revolución democrática. Sin la alianza del proletariado con los campesinos, los fines de la revolución democrática no sólo no pueden realizarse, sino que ni siquiera cabe plantearlos seriamente. Sin embargo, la alianza de estas dos clases no es factible más que luchando irreconciliablemente contra la influencia de la burguesía liberal-nacional.

Sean las que fueren las primeras etapas episódicas de la revolución en los distintos países, la realización de la alianza revolucionaria del proletariado con las masas campesinas sólo es concebible bajo la dirección política de la vanguardia proletaria organizada en Partido Comunista. Esto significa, a su vez, que la revolución democrática sólo puede triunfar por medio de la dictadura del proletariado, apoyada en la alianza con los campesinos y encaminada en primer término a realizar objetivos de la revolución democrática.

Enfocada en su sentido histórico, la consigna bolchevista: «dictadura democrática del proletariado y de los campesinos», no quería expresar otra cosa que las relaciones caracterizadas más arriba, entre el proletariado, los campesinos y la burguesía liberal. Esto ha sido demostrado por la experiencia de Octubre. Pero la vieja fórmula de Lenin no resolvía de antemano cuáles serían las relaciones políticas recíprocas del proletariado y de los campesinos en el interior del bloque revolucionario. En otros términos, la fórmula se asignaba conscientemente, un cierto carácter algebraico, que debía ceder el sitio a unidades aritméticas más concretas en el proceso de la experiencia histórica. Sin embargo, esta última ha demostrado, y en condiciones que excluyen toda torcida interpretación, que, por grande que sea el papel revolucionario de los campesinos, no puede ser nunca autónomo ni, con mayor motivo, dirigente. El campesino sigue al obrero o al burgués. Esto significa que la «dictadura democrática del proletariado y de los campesinos» sólo es concebible como dictadura del proletariado arrastrando tras de sí a las masas campesinas.

«¿Qué es la revolución permanente? Tesis fundamentales». Leon Trotski, 1930

Las aclaraciones de Trotski, obvias para cualquiera que se haya acercado a la revolución rusa, tenían en su momento una importancia fundamental. La Internacional, tomada por el stalinismo, había ordenado a los comunistas chinos disolver los soviets y evitar la formación de órganos de clase independientes. De hecho había ordenado al partido comunista chino disolverse en el Koumintang, presentado por el stalinismo como herramienta para construir una «dictadura democrática del proletariado y de los campesinos» distinta de una dictadura del proletariado. Tamaña aberración histórica y política intentaba sostenerse falsificando la formulación de Lenin para oponerla a la idea de Marx y Trotski de revolución permanente. La política del Komintern stalinista llevó, como es sabido a la masacre del proletariado chino en 1926-27 y la persecución ignominiosa de los dirigentes comunistas, que se unirán a la izquierda comunista. Fue la última batalla de la oposición de izquierda dentro del partido comunista ruso antes de su represión salvaje.

La dictadura democrática del proletariado y de los campesinos, en calidad de régimen distinto por su contenido de clase a la dictadura del proletariado, sólo sería realizable en el caso de que fuera posible un partido revolucionario independiente que encarnara los intereses de la democracia campesina y pequeño burguesa en general, un partido capaz, con el apoyo del proletariado, de adueñarse del poder y de implantar desde él su programa revolucionario. Como lo atestigua la experiencia de toda la historia contemporánea, y sobre todo, la de Rusia durante el último cuarto de siglo, constituye un obstáculo invencible en el camino de la creación de un partido campesino la ausencia de independencia económica y política de la pequeña burguesía y su profunda diferenciación interna, como consecuencia de la cual las capas superiores de la pequeña burguesía (de los campesinos) en todos los casos decisivos, sobre todo en la guerra y la revolución, van con la gran burguesía, y los inferiores con el proletariado, obligando con ello al sector intermedio a elegir entre los polos extremos. Entre el kerensquismo y el poder bolchevista, entre el Kuomintang y la dictadura del proletariado, no cabe ni puede caber posibilidad intermedia, es decir, una dictadura democrática de los obreros y campesinos.

La tendencia de la Internacional Comunista a imponer actualmente a los pueblos orientales la consigna de la dictadura democrática del proletariado y de los campesinos, superada definitivamente desde hace tiempo por la historia, no puede tener más que un carácter reaccionario. Por cuanto esta consigna se opone a la dictadura del proletariado, políticamente contribuye a la disolución de este último en las masas pequeño burguesas y crea de este modo las condiciones más favorables para la hegemonía de la burguesía nacional, y por consiguiente, para el fracaso de la revolución democrática. La incorporación de esta consigna al Programa de la Internacional Comunista representa ya de suyo una traición directa contra el marxismo y las tradiciones bolchevistas de Octubre.

«¿Qué es la revolución permanente? Tesis fundamentales». Leon Trotski, 1930

¿Son posibles las revoluciones permanentes hoy?

Posiblemente la Revolución china de 1926-27 fue la última ventana histórica para una Revolución permanente como había sido la rusa. El capitalismo estaba entrando en decadencia y la transformación que eso significaba se hizo sentir en la estructura social y las condiciones políticas con rapidez y de modo definitivo en todo el mundo. El programa nacional y agrario de la pequeña burguesía se evidencia abiertamente reaccionario por enfrentado a la revolución socialista -la única en el orden del día histórico- desde su inicio.

La siguiente gran revolución, la española, será ya una revolución socialista desde el primer momento, no permanente. Su política agraria, será la colectivización. En comarcas jornaleras como Llerena, la producción se socializa inmediatamente a partir de la cooperativa de trabajadores que había surgido de las luchas de años anteriores y comienza a producir y distribuir de acuerdo a las necesidades de cada familia ya en los días que siguen al 19 de julio. En Aragón son las milicias obreras las que llevan las «colectividades» a los pueblos de pequeña propiedad basada en la agricultura de subsistencia y a los de arrendatarios, que en vez de simplemente tomar la propiedades, las concentran en la colectividad.

Desde entonces, bajo las condiciones de decadencia del sistema, el campesinado independiente prácticamente ha desaparecido en todo el mundo y donde existe, no tiene opción alguna en un imposible desarrollo capitalista del campo. La pequeña burguesía agraria se ha reducido y concentrado, exacerbando su antagonismo con el proletariado agrario al que solo puede explotar inmisericordemente para sobrevivir. En países como EEUU sigue existiendo el pequeño campesino de explotación familiar muy tecnificada, en permanente amenaza de ruina. Pero a día de hoy se ha convertido en un apéndice de la gran industria agroalimentaria y los grandes fondos de capital. Fijan sus insumos, sus precios, sus márgenes, en qué los reinvertirá y hasta los costes financieros que soportará. Hoy es un funcionario del capital que conserva una propiedad nominal sobre la tierra pero no puede decidir qué hacer con ella. Sus reivindicaciones propias ni siquiera llegan a programa: perdón o moratoria de deudas y garantías de compra de cosechas por el estado.

Y lo que es más importante, no quedan «tareas democráticas» ni revoluciones burguesas pendientes. No quedan regímenes feudales y aun si hubiera «restos» en algún lado, están tan profundamente imbricados en el capitalismo mundial que no tienen otra superación que la comunista.

A la escala del desarrollo social capitalista, responde la escala de la capacidad del proletariado para imponer el comunismo y así impulsar un nuevo modo de desarrollo social. Sin embargo, los límites de este desarrollo capitalista han sido evidenciados por la posibilidad y la realidad de una Primera Guerra Mundial, indicando el logro de la dominación del capital en el planeta. Esta dominación completa significa que incluso si encontramos sobrevivientes de modos de explotación anteriores, están conectados, integrados, totalmente absorbidos por los circuitos globales de la explotación capitalista. A partir de entonces, el desarrollo social global no es posible bajo la égida del capital, el sistema capitalista es obsoleto, decadente; crecimiento y desarrollo, hasta entonces concomitantes, se desvinculan e incluso se oponen entre sí. En esta etapa de desarrollo, corresponde la capacidad del proletariado de afirmar de forma inmediata para todo el mundo, el proyecto comunista revolucionario. Esta capacidad significa que incluso si uno se encuentra con explotados de un tipo diferente al de los proletarios, ya no pueden tener la más mínima independencia con respecto a los objetivos del proletariado. De hecho, están conectados y sujetos al mismo modo general de explotación y opresión; deben ser considerados como parte del proletariado mundial. Las luchas que no conciernen directa y exclusivamente a la clase obrera, no sólo no la benefician, sino que ahora se oponen irreductiblemente a ella.

«Viejas naciones, nuevas luchas, vieja cantinela», 1990