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Opresión

Diccionario de marxismo

Presión, fuerza o violencia ejercida para evitar la expresión política de un sujeto colectivo.

Naturaleza política de la opresión

La opresión es un hecho político. No son los individuos, sino los sujetos colectivos los que sufren la opresión… por mucho que tal situación al final se plasme en discriminación sobre los individuos que supuestamente los forman. Oprimir implica utilizar el poder político para impedir la organización y afirmación de un sujeto colectivo en tanto que tal, es decir, como sujeto político.

No puede oprimir cualquiera, de hecho solo aquellos que tienen a disposición herramientas estatales. Los patriarcas gitanos, los curas católicos o los líderes de un club de deportivo pueden discriminar a los jóvenes o a las mujeres en la toma de decisiones de sus organizaciones, pero no pueden crear leyes ni utilizar el aparato del estado -desde los medios a los jueces- contra ellos. Su poder en esta sociedad es comunitario o asociativo, no político, afecta solo a los que previamente han decidido aceptarlo, no al conjunto social. No es en sí preocupante que una religión esté en contra del aborto o el divorcio y que expulse a sus miembros si abortan o se divorcia. Lo que preocupa es que puedan cambiar las leyes.

Por otro lado, un individuo puede ser discriminado sin necesidad de que el colectivo al que supuestamente pertenece, sufra opresión alguna. Es más, puede que un colectivo gigantesco sufra una discriminación generalizada… sin necesidad de que exista opresión. Por ejemplo, las estadísticas de empleo y los estudios sobre entrevistas de trabajo constatan que los valores y estéticas dominantes se reproducen una y otra vez bajo la forma de una discriminación masiva e invisible. Morenos rizosos, gordos y feos, son sistemática y reiteradamente marginados en cualquier proceso de selección laboral y hasta cuando tratan de alquilar una casa. Este ejemplo, aunque banal, debería hacer que nos preguntáramos qué condiciones ha de cumplir un grupo social para poder ser considerado un sujeto político oprimido en la sociedad burguesa.

¿Qué grupos sociales están oprimidos?↩

Resulta obvio que el proletariado, como todas las clases explotadas antes que él, es una clase necesariamente oprimida: la explotación no podría mantenerse si no. Todo en la sociedad lo niega, empezando por la esencia misma del capitalismo que presenta todo intercambio, incluido el de fuerza de trabajo por salario, como un intercambio entre valores iguales, un intercambio «justo», por tanto. Ni hablemos de la lógica democrática y los discursos sobre la naturaleza de la sociedad y el estado: todo concurre en negar la existencia de explotación, presentar sus mecanismos como naturales y evitar la constitución de los trabajadores en sujeto político. Su propia organización espontánea, la que aparece en las huelgas de masas, es considerada una violación de la convivencia y las mismas asambleas de huelga en el centro de trabajo, un atentado a la sacrosanta propiedad.

Por otro lado tenemos a la pequeña burguesía. No es ni socialmente revolucionaria -no puede ofrecer más que variantes del capitalismo- ni está explotada, al revés: participa de la explotación cuando no la ejerce directamente. Pero sin duda está oprimida: del anarco-liberalismo al stalinismo pasando por Proudhon y el nacionalismo popular, todas sus creaciones ideológicas nos dicen que, si fuera por ella, el poder del estado se aplicaría en contrarrestar e incluso eliminar la competencia abrumadora que para ella suponen el gran capital y sus empresas. Pero obviamente, el estado capitalista no está para eso.

La opresión de la pequeña burguesía, a la que la burguesía a través del estado contiene y supedita a sus propias necesidades, hace de ésta una clase tremendamente activa e inquieta, especialmente en los periodos de crisis. Enarbolará entonces la lucha contra las más diversas opresiones: la de la nación, la de la mujer, la de las minorías raciales o lingüísticas… hasta la de la Naturaleza o la de los animales como una forma de enfrentar parcialmente su propia opresión (por eso las llaman «luchas parciales»). Pero para justificar cada una de ellas, tiene que construir un sujeto político al que el estado estaría impidiendo expresarse, constituirse y autodeterminarse. Es decir, tiene que convencernos de que «la nación» o «el pueblo», «la mujer», o la «comunidad» de raza o lengua, forman un sujeto político homogéneo con intereses característicos y diferentes y un horizonte histórico propio.

En la aceptación o no de la existencia de tales sujetos políticos colectivos reside la diferencia entre luchar contra la discriminación lingüística y ser nacionalista, entre luchar contra la discriminación de las mujeres y ser feminista, luchar contra el racismo, etc.

Discriminación no es opresión

Aceptar la idea de que perfiles demográficos que sufren una discriminación más o menos sistemática forman sujetos políticos, significa negar que estén divididos por intereses de clase antagónicos. Porque cuando se afirman esos antagonismos de clase, los famosos sujetos políticos construidos afanosamente por las ideologías pequeñoburguesas, saltan por los aires.

¿Cómo va a ser el interés de los trabajadores marchar bajo las banderas populares para darle un estado nacional propio a una pequeña burguesía quejosa de discriminación lingüística o cultural? ¿Tienen el mismo interés la mujer burguesa y la trabajadora? ¿Merece la pena dividir plataformas y revindicaciones con los compañeros de trabajo para apoyar el ansia de las mujeres de la pequeña burguesía por encontrar hueco paritario con sus compañeros de clase en consejos de administración, direcciones de empresas y altos cargos del estado? Los intentos de construir sujetos políticos frankenstein a partir de trozos de distintas clases sociales se desmontan a la primera sacudida de los antagonismos que enfrentan a éstas entre sí.

Es más, no faltan ejemplos históricos de clases oprimidas que construyen poder desde la generalización de la discriminación. Una pequeña burguesía regional con aspiraciones nacionales, puede ejercer discriminación y generalizarla si tiene el control de instituciones culturales y religiosas… pero estará oprimida si el estado no le deja avanzar en sus aspiraciones de estatalidad. La historia contemporánea está llena de ejemplos.

¿Quiénes son las clases oprimidas?

Aunque la discriminación esté generalizada, los únicos sujetos políticos materiales oprimidos son las distintas clases subalternas de la sociedad capitalista. Y cada una sufre la opresión de clase de manera muy diferente. Tan diferente como contradictorios son entre sí sus intereses.

La telefonista del call center, el jornalero migrante y el trabajador andaluz en Llobregat pueden sufrir discriminación en un caso por ser mujer, en otro migrante y en el último por no hablar la lengua de sus jefes y de los políticos que dicen representarle. Pero la opresión que sufren es la del proletariado. Su interés pasa por enfrentar la explotación, es decir, porque su clase actúe y se afirme políticamente. Su interés político no pasa en ningún caso porque los sectores femeninos o migrantes de la pequeña burguesía se hagan con un hueco en el estado, ni porque el nacionalismo español se imponga a la pequeña burguesía independentista.

Que la pequeña burguesía luche por afirmarse políticamente a base de intentar convertir a sus facciones en la cabeza de sujetos políticos interclasistas, no convierte a estos en ninguna salida ni oportunidad para los trabajadores. Al contrario, el éxito de estos depende en primer lugar de la capacidad de su relato y de su práctica para dividir a los trabajadores en tantas otras masas inertes dispuestas a ir a la zaga de cada una de las facciones pequeñoburguesas que representan. Es decir, cada avance de los movimientos parciales de la pequeña burguesía es un retroceso para el movimiento necesariamente unitario de nuestra clase.