Diario de Emancipación | EN | FR

Izquierda Comunista

Diccionario de marxismo

Movimiento de los internacionalistas en lucha contra la degeneración stalinista de la IIIª Internacional y contra la degeneración defensista de la IVª Internacional a partir de 1942.

El ascenso del stalinismo no quedó incontestado dentro del partido comunista ruso. A partir de 1923, a veces en medio de una gran confusión, las tendencias que resisten al vaciamiento de los soviets en favor de los aparatos estatales y la afirmación pareja de los intereses del capital nacional sobre la Revolución mundial, se van a ir agrupando en torno a la Oposición de Izquierda que ve en Trotski y Rakovski sus portavoces más cualificados.

La lucha de la Oposición de Izquierda en los años 23-28 se da en distintos planos. No entraremos en un análisis detallado. Recordemos brevemente los temas principales:

En el plano interior: lucha contra la burocratización creciente del partido y del Estado, lucha contra el peligro kulak [burguesía agraria] y de forma crecientemente abierta contra los «nepman» [pequeña burguesía privada nacida al calor del capitalismo de estado de la NEP].

La Oposición preconiza un nuevo curso de medidas antiburocráticas, una política hacia el campesinado apoyándose en los campesinos pobres y dirigida contra los kulaks, una colectivización progresiva del campo fundamentada en un desarrollo industrial mayor y planificación económica.

En el plano internacional: lucha contra el curso stalino-bujarinista (Comité anglo-ruso, alianza con Chiang Kai Shek en la revolución china).

En el plano teórico, que guiaba toda la política internacional, lucha contra la teoría del «socialismo en un solo país», y defensa del programa bolchevique que Trotski reclama en la teoría de la «revolución permanente».

Jacques Roussel. «Les enfants du prophete»

Desde la proclamación del «socialismo en un solo país» en 1928 se irán definiendo distintos grupos opositores en la Internacional. Cuando Trotski llegue al exilio en Turquía, se convertirá en la referencia natural para ellos.

Trotski fue expulsado del partido en 1927 y después, de Rusia. La mayor parte de los miembros de la oposición de izquierda son obligados a someterse y «arrepentirse» tras sufrir la exclusión del partido. Unos y otros serán enviados a prisión y a campos de deportación «socialistas», donde acabarán siendo, todos ellos, asesinados o ejecutados por traidores y agentes extranjeros. La oposición rusa fue liquidada físicamente. Después llegó el turno de los propios stalinistas que habían conocido la revolución de Octubre. El partido bolchevique fue también liquidado físicamente.

Para la Revolución y para la Oposición Internacional fue una pérdida inmensa. En ningún otro lugar había existido un partido revolucionario comparable al bolchevique, templado en las rudas penurias de la clandestinidad, de la revolución, de la guerra civil, del poder. Con su exterminio perecen todas las tradiciones revolucionarias comunistas. La desaparición de los opositores de izquierda rusos fue, en particular, una pérdida irremediable, pues ellos fueron los portadores hasta el final del capital revolucionario, teórico y organizativo amasado en muchos años. La continuidad comunista era asumida prácticamente en solitario por Trotski.

Jacques Roussel. «Les enfants du prophete»

Entre 1930 y 1931 Trotski consigue sentar unas frágiles bases de trabajo conjunto entre los distintos grupos y tendencias que están brotando en cada país. Su batalla es ante todo definir la «Oposición de Izquierda Internacional» sobre un marco político mundial, rompiendo la tendencia de distintos grupos, desde Urbahns en Alemania a los bordiguistas en Italia, a formar tendencias exclusivamente a partir de una experiencia nacional específica o cuando menos, sobre las limitadas bases de una organización nacional.

Considero que su concepción del internacionalismo es errónea. En última instancia, ustedes conciben a la internacional como una suma de secciones nacionales o como el producto de la influencia recíproca de secciones nacionales. Esta concepción de la Internacional es, en el mejor de los casos, unilateral, no dialéctica y, por consiguiente, errónea. Si la izquierda comunista de todo el mundo agrupara solamente a cinco individuos, estos tendrían igualmente la obligación de construir una organización internacional simultáneamente con una o más organizaciones nacionales.

Es erróneo considerar que la organización nacional es el cimiento y la internacional el techo. La relación entre ambas es totalmente distinta. Marx y Engels iniciaron el movimiento comunista en 1847 con un documento internacional y con la creación de una organización internacional. Lo propio ocurrió en la creación de la Primera Internacional. La Izquierda de Zimmerwald recorrió la misma senda al preparar la Tercera Internacional. Es mucho más imperioso seguir esta senda hoy que en la época de Marx. Desde luego, es posible, en la época del imperialismo, que surja una tendencia proletaria revolucionaria en tal o cual país, pero ésta no puede florecer y desarrollarse en un país aislado; al día siguiente de su creación debe buscar o establecer vínculos internacionales, una plataforma internacional, una organización internacional, porque éste es el único camino que puede garantizar la corrección de la línea nacional. Una tendencia que se encierre en los marcos nacionales durante años, se condena irremediablemente a la degeneración.

«Al consejo de redacción de Prometeo», Lev Trotski, 19 de junio de 1930

La «Oposición de Izquierda Internacional» agrupará a la mayor parte de las izquierdas comunistas como una «oposición», es decir, reivindicándose todavía como parte de la IIIª Internacional en degeneración y dándose el objetivo de rescatarla.

La IVª Internacional

Cuando en 1933 el KPD y la Internacional dejan expedito el camino del poder a Hitler y aceptan que pase a dirigir el estado alemán sin una respuesta insurreccional, resulta evidente que la Internacional y sus partidos son ya un cuerpo muerto desde el punto de vista del programa de clase. La «Oposición de Izquierda Internacional» ya no puede pensarse como una mera fracción suya porque la perspectiva de rescatarla se ha tornado utópica. La realidad será aun peor. La Internacional no es solo una organización moribunda sin resucitación posible. La Revolución española mostrará que los partidos comunistas habían pasado de cómplices pasivos a organizadores y vanguardia de la contrarrevolución.

Precisamente cuando la revolución alcanzaba su pináculo en España, en 1936, la contrarrevolución stalinista consolidaba en Rusia su poder para muchos años, mediante el exterminio de millones de hombres. En consecuencia, su ramal español tuvo deliberadamente, desde el 19 de Julio, un comportamiento de abanderado de la contrarrevolución, solapado al principio, descarado a partir de Mayo de 1937. Con toda premeditación y por órdenes estrictas de Moscú, se abalanzó sobre un proletariado que acababa de aniquilar el capitalismo. Ese hecho, atestiguado por miles de documentos stalinistas de la época, representa una mutación reaccionaria definitiva del stalinismo exterior, en consonancia con la mutación previa de su matriz, el stalinismo ruso.

Un reflejo condicionado de los diferentes trozos de IV Internacional y de otros que la miran con desdén, asigna al stalinismo un papel oportunista y reformista, de colaboración de clases, parangonable con el de Kerensky o Noske. Yerro grave, pues lo que el stalinismo hizo fue dirigir políticamente la contrarrevolución, y ponerla en ejecución con sus propias armas, sus propios esbirros y su propia policía uniformada y secreta. Se destacó enseguida como el partido de extrema derecha reaccionaria en la zona roja, imprescindible para aniquilar la revolución. Igual que en Rusia, y mucho antes que en Europa del Este, China, Vietnam, etc., el pretendido Partido Comunista actuó como propietario del capital, monopolizado por un Estado suyo. Es imposible imaginar política más redondamente anti-comunista. Lejos de colaborar con los partidos republicanos burgueses o con el socialista, que todavía conservaba sesgo reformador, fueron éstos los que colaboraron con él y pronto aparecieron a su izquierda, como demócratas tradicionales. Unos y otros estaban atónitos y medrosos a la vez, contemplando la alevosa pericia anti-revolucionaria de un partido que ellos reputaban todavía comunista. Pero otorgaban, pues con sus propias mañas flaqueaban ante la ingente riada obrera.

«Reafirmación». G. Munis, 1977

La derrota de la Revolución española a dos manos -la República española dirigida por el stalinismo y el fascismo por Franco- dejaba el paso libre a una nueva guerra imperialista mundial. Los bolcheviques habían juzgado que una de las causas de la desincronía y las fragilidades del arranque de la oleada revolucionaria contra la primera gran guerra imperialista había sido la ausencia de una organización política revolucionaria internacional tras la traición de la socialdemocracia. La respuesta será la constitución en 1938 de la IVª Internacional… en pleno auge de la contrarrevolución, con el objetivo de preparar una agitación global sobre el principio del derrotismo revolucionario útil para convertir la inminente guerra imperialista mundial en revolución comunista global.

Los escépticos preguntan: ¿Pero ha llegado el momento de crear una nueva Internacional? Es imposible, dicen, crear «artificialmente» una Internacional. Sólo pueden hacerla surgir los grandes acontecimientos, etc. Lo único que demuestran todas estas expresiones es que los escépticos no sirven para crear una nueva Internacional. Por lo general, los escépticos no sirven para nada.

La Cuarta Internacional ya ha surgido de grandes acontecimientos; de las más grandes derrotas que el proletariado registra en la historia. La causa de estas derrotas es la degeneración y la traición de la vieja dirección. La lucha de clases no tolera interrupciones. La Tercera Internacional, después de la Segunda, ha muerto para la revolución.

¡Viva la Cuarta Internacional!

Pero los escépticos no se callan ¿Pero ha llegado ya el momento de proclamarla? La Cuarta Internacional- respondemos- no necesita ser «proclamada». Existe y lucha. ¿Es débil? Sí, sus filas son todavía poco numerosas porque todavía es joven. Hasta ahora se compone sobre todo de cuadros dirigentes. Pero estos cuadros son la única esperanza del porvenir revolucionario, son los únicos realmente dignos de este nombre. Si nuestra Internacional es todavía numéricamente débil, es fuerte por su doctrina, por su tradición, y el temple incomparable de sus cuadros dirigentes. Que esto no se vea hoy, no tiene mayor importancia. Mañana será más evidente.

La Cuarta Internacional goza ya desde ahora del justo odio de los stalinistas, de los social-demócratas, de las liberales burgueses y de los fascistas. No tiene ni puede tener lugar alguno en ningún frente popular. Combate irreductiblemente a todos los grupos políticos ligados a la burguesía. Su misión consiste en aniquilar la dominación del capital, su objetivo es el socialismo. Su método, la revolución proletaria. Sin democracia interna no hay educación revolucionaria. Sin disciplina no hay acción revolucionaria. El régimen interior de la Cuarta Internacional se rige conforme a los principios del centralismo democrático: completa libertad en la discusión, absoluta unidad en la acción.

La crisis actual de la civilización humana es la crisis de la dirección proletaria. Los obreros revolucionarios agrupados en torno a la Cuarta Internacional señalan a su clase el camino para salir de la crisis. Le proponen un programa basado en la experiencia internacional del proletariado y de todos los oprimidos en general, le proponen una bandera sin mácula.

Obreros y Obreras de todos los países, agrupados bajo la bandera de la Cuarta Internacional.

¡Es la bandera de vuestra próxima victoria!

«Bajo la bandera de la IVª Internacional», Lev Trotski, 1938

En teoría, la formación de una nueva Internacional cerraba la etapa fraccional y por tanto el tiempo histórico para una «izquierda comunista». Entre otras cosas porque, aunque algunas tendencias dentro y fuera de la IVª Internacional seguían calificando al stalinismo de «centrista», ya no existían ni derecha ni centro. La III Internacional se había convertido en la organizadora activa de la contrarrevolución y se aprestaba a ser la principal reclutadora de una nueva guerra imperialista.

La izquierda comunista… de la IVª Internacional

El camino hacia el desmoronamiento de la Internacional comenzó, vivo Trotski todavía, con la «Conferencia de Urgencia». Las tropas alemanas habían entrado en París y nada parecía más prudente que llevar los órganos de la Internacional a EEUU, un país entonces neutral que todavía tardaría dos años en incorporarse a la guerra. Hacerlo significaba que el SWP se convertiría en en centro de la organización, centro solo compensado y supervisado desde lejos, en un momento en el que los viajes y las comunicaciones eran poco menos que heroicas, por un Trotski que vivió acosado y asediado en México hasta su asesinato por agentes stalinistas en 1940.

A las pocas semanas de la muerte de Trotski, el S.W.P. comienza a hacer un discurso cada vez más «defensista» y cercano al «antifascismo». La guerra a la guerra, la conversión de la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria se troca en un ambiguo no-apoyo y no-intervención. Cannon, el principal dirigente del S.W.P. se ofrece a apoyar al gobierno de Roosevelt si entra en la guerra si la formación militar de los trabajadores antes de ir al frente, encuadrados en el ejército regular, se deja en manos de los sindicatos. Con todo y a pesar de que es obvio que el S.W.P. bajo esa política no va a suponer ningún peligro para el esfuerzo de guerra de la burguesía americana, en 1941 los principales dirigentes del partido son juzgados en Minneapolis. Su defensa, a diferencia de la de Luxembugo o Liebknecht, resulta vergonzosa. En un momento del juicio llega a decir:

Tanto nuestros miembros como los obreros a quienes influenciamos tienen que ir a la guerra y hacer lo que le digan los gobernantes de este país. Mientras no tengamos una mayoría tras de nosotros, no estamos en condiciones de hacer otra cosa que obedecer órdenes.

En vez de convertir el juicio en un juicio al militarismo y al imperialismo, juegan a la ambigüedad reduciendo las aspiraciones del partido a una oposición política que Cannon resume en seguir escribiendo y hablando por una política exterior diferente para América.

Todavía estaba ausente de la guerra Rusia, cuando en el partido americano (Socialist Workers Party) apuntaron_los primeros síntomas de descarrío. Poco después, ya todo el mundo en la degollina, el S.W.P. retraía deliberadamente las formulaciones revolucionarias contra la guerra imperialista, y se negaba a hacer acto de lucha contra ella. Se justificaba pretendiendo camuflarse al ojo policíaco y adaptar sus tonos a lo receptible por los oídos entonces patrióticos del proletariado. Pero lo más despreciable y al mismo tiempo trágico del oportunismo es que, cortándose el acceso a la educación y la movilización revolucionaria de las masas, no elude, sin embargo, los golpes de la reacción a menos de sometérsele por entero. Así los dirigentes del S.W.P. se vieron sarcásticamente acusados por su gobierno de internacionalismo y derrotismo revolucionario, aquello mismo a que daban esquinazo, y fueron a la cárcel durante año y medio o dos por un delito que tenían la obligación de haber cometido, pero que ellos se guardaron siempre de cometer.[…]

Los dirigentes americanos del S.W.P. tenían poco de la fibra y la consistencia mental de un Liebknecht. Proclamaron ante sus jueces, no la necesidad de transformar la guerra imperialista en guerra civil, sino en verdadera guerra contra el fascismo. Acusaban torpemente al gobierno americano de incapacidad para dar cuenta de Berlín, y su prensa presentaba estupendos programas para derrotar a Hitler. Las palabras, derrotismo revolucionario les daban grima y les pusieron el veto. Todas las formulaciones internacionalistas fueron cuidadosamente tachadas de revista y periódico, incluyendo la simple voz imperialismo a menos que se refiriese al enemigo nacional. Durante toda la guerra -argumento por sí solo abrumador- no organizaron un sólo acto contra ella, ni tiraron un sólo volante. En fin, comparando su política con la de los partidos centristas de entonces. el I.L.P. inglés y el P.O.U.M. español, la similitud entre ambas llegaba incluso a la identidad terminológica. En una palabra, el S.W.P. substituyó la política revolucionaria por la política burguesa y stalinista del antifascismo, mero truco de leva imperialista gemelo de la hitleriana lucha contra la plutocracia.

Todo eso fue hecho en nombre de la táctica y de la eficiencia educativa. Es costumbre vieja en los oportunistas presentar su abandono de los principios como un practicismo o facilidad dada a las masas, al mismo tiempo que; en momentos de represión, como un legalismo protector insoslayable. Pretenden engañar al enemigo de clase cuando en realidad reciben su influencia; se jactan de educar y ganar las masas, mientras reblandecen el contenido revolucionario de sus propios militantes. Las masas no pueden ser atraídas a los principios y la acción revolucionarias sino por formulaciones y actitudes de la mayor netitud.

El ejemplo del S.W.P. cundió. Poco después de su giro oportunista, la sección inglesa de la IVª Internacional, que había conseguido un desarrollo considerable apoyando las huelgas que laboristas y Trade Union condenaban patrióticamente, fue sometida también a proceso. Su principal dirigente y acusado eligió para defenderse, invocando también razones practicas, el mísero palabreo oportunista del Socialist Worker’s Party.

No se comprenderá bien la perniciosa repercusión de estos dos ejemplos sin tener en cuenta que Estados Unidos era entonces sede del Comité Ejecutivo mundial y que debido a la guerra la prensa del partido americano -la del inglés en menor grado- era la única susceptible de llegar a todas las secciones y grupos en los países no ocupados por Alemania y Japon

Pose a todo, se hicieron sentir en seguida gritos de alerta y de indignación. El autor de estas líneas, entonces miembro del Comité Ejecutivo mundial, dio la alerta ya en 1941, al esbozarse los primeros síntomas premonitorios del oportunismo, antes del vergonzoso descaro a que dio lugar el proceso. Después de este, el Grupo español emigrado en Méjico; que comprendía militantes franceses y de otros países, se des-solidarizaba públicamente de la mayoría americana y del Comité ejecutivo, practicando a partir de entonces una política independiente. Al mismo tiempo, redactó un enérgico documento crítico y vindicador del internacionalismo proletario, sometiéndolo a discusión en todas las secciones con vistas a un futuro congreso mundial. Veremos mas adelante cual fue su suerte. Pero no fue ese el único vituperio del oportunismo. Otros surgieron en la China, América del Sur, en el seno propio del S.W.P. Después se sabría que también en Francia.

Así pues, todavía en plena guerra mundial e indecisa la victoria de un bando u otro, la política de la IVª Internacional principalmente expuesta por el partido americano, aparecía en grave abandono de los principios y tareas internacionalistas. Ese fallo, esa capitulación, cabe decir sin atenuaciones, determinó en los responsables de él un subterfugio deleznable. Siéndoles a todas luces imposible aprontar fidelidad al internacionalismo proletario, se inventaron su propia fidelidad a los principios en la defensa de Rusia como Estado obrero degenerado, mas confortable cuanto que Rusia, tras la amistad con Hitler había pasado e ser la entrañable aliada de las respectivas patrias de los oportunistas.

En la IVª Internacional, la defensa de Rusia nunca fue otra cosa que que una opinión contestable sujeta al contraste de la experiencia. En su seno vivían tendencias radicalmente contrarias a la noción estado obrero degenerado sin que nadie les echase los perros; como hicieron después de su rendición al antifascismo patriotero S.W.P. y comité ejecutivo. En cambio, la carencia de internacionalismo, a mayor abundancia, su abandono durante la guerra, era incompatible con la pertenencia a la organización, pues evidentemente, quienes no se han mantenido indemnes frente a las inmensas presiones y añagazas de la defensa nacional se descalifican para toda acción revolucionaria decisiva. En Nueva York, el internacionalismo de la Cuarta fue descabezado, convirtiéndose la defensa de Rusia en criterio principal de filiación. Las consecuencias de esa contrahechura habían de ser devastadoras.

G. Munis. «La IVª Internacional». 1959

La respuesta política vendrá, ya en 1941, de Natalia Sedova -vieja militante y reciente viuda de Trotski- a la que se sumará el grupo exiliado en México de la sección española. Sedova, Munis y Peret intentan imponer un debate denunciando la actitud primero del SWP y luego del Secretariado Internacional. Exigen la celebración del segundo congreso que es obligatorio por estatutos y que los norteamericanos y sus aliados en Francia y Gran Bretaña conseguirán retrasar hasta 1948. Sus críticas van acendrando un conjunto de posiciones que acabarán generando una fracción de izquierda en la organización a partir de la crítica de la traición del internacionalismo en marcha por la dirección americana.

No es casualidad si la fracción internacionalista se nutre además de españoles, es decir, de militantes que vivieron la revolución española con la sección en el exilio -incluida la que está en los campos en Francia- en pleno, de griegos, vietnamitas, italianos… es decir de aquellos países en los que el proletariado está enfrentado revolucionariamente la guerra: Italia en el 43, Grecia en el 44, Vietnam en el 46… el papel del stalinismo como cabeza de la contrarrevolución que se vio por primera vez en España, se repite país por país… y la Internacional no consigue colocarse a la vanguardia revolucionaria. Cuando en 1946 el SI publica un Manifiesto para la pre-conferencia con la que quiere atar el II Congreso, rebajándolo de paso a Conferencia, la izquierda responde con lo que en los cuatro años anteriores se ha convertido ya en una alternativa programática prácticamente completa.

La IVª Internacional no será capaz de cumplir su misión revolucionaria si no abandona sin reservas la defensa de la URSS en favor de una política de lucha sin cuartel contra el capitalismo y su cómplice, el stalinismo. Para conducir victoriosamente esta lucha, hay que desvelar a cada paso y en la práctica el carácter contrarrevolucionario de la burocracia rusa que se erige en el interior como una clase en vías de formación, que oprime a Europa oriental y Asia. Hay que desenmascarar la mentira de sus «nacionalizaciones» y «reformas» agrarias, desarrollar la fraternización entre ocupantes y ocupados, declarando claramente que ni unos ni otros no tiene nada que defender en Rusia, sino que destruirlo todo igual que en cualquier Estado capitalista, así como a los agentes del Kremlin participen o no en el gobierno. La fraternización entre ocupantes y ocupados debe ser el tema central de nuestra agitación en los territorios ocupados, sea cual fuere la potencia ocupante. Es la única forma de combatir el chovinismo tanto entre los vencidos como entre los vencedores, y de preparar en frente internacional de los explotados contra los explotadores. Al mismo tiempo, la evacuación de todos los territorios ocupados, incluidos los ocupados por los rusos, debe exigirse con una creciente insistencia

En el resto del mundo, debemos mostrar en todo momento que el stalinismo sólo es el agente nacional de la política exterior del Kremlin, cuyos intereses son siempre opuestos a los de la revolución socialista, que sería su definitiva ruina; que la suerte de los trabajadores le es totalmente indiferente; que es el mejor defensor de la burguesía nacional porque no prevé más porvenir que el ligado a la suerte de la contrarrevolución rusa.

Por lo tanto, la consigna del gobierno PS-PC-CGT para Francia, y toda consigna similar en cualquier otro país, debe ser abandonada pues no apunta más que a romper el empuje revolucionario de las masas entregando la vanguardia a la Gepeú.

La política de frente único de organización a organización en la etapa presente, debe ser abandonada en lo que concierne a los partidos «obreros» tradicionales. Debe ser sustituida, desde ahora, por proposiciones de frente único a las organizaciones obreras minoritarias que sean susceptibles de dar resultados inmediatos, como por ejemplo los anarquistas. Sin embargo, el frente único, en tareas precisas e inmediatas debe ser preconizado sin desfallecer en la fábrica, en la localidad y si fuera posible en la región.

Nuestro programa transitorio debe ser podado del mismo modo. Debe desaparecer por el momento, la reivindicación relativa a la Constituyente, y también todas las consignas que reposan en una concepción progresiva de nuestro programa para las masas en la actual etapa. El mundo atraviesa hoy una crisis revolucionaria aguda y nuestra organización debe prepararse para las luchas decisivas que se avecinan, ya que no puede esperarse ningún desarrollo del capitalismo, sea o no sosegado. Así pues debemos plantear, popularizar y explicar sin descanso la consigna de la formación de consejos obreros democráticamente elegidos en los lugares de trabajo, a fin de que pueda ser aplicada a la primera ocasión. A esta consigna deben añadirse todas las consecuencias que implica: formación de milicias obreras que obedecen únicamente a los comités elegidos por las masas, desarme de las fuerzas burguesas, congreso de los comités obreros, disolución del Estado burgués y creación del Estado obrero

Al mismo tiempo, en el plano económico, la agitación debe insistir fundamentalmente en la escala móvil de salarios, unida a la escala móvil de horas de trabajo sin disminución de salario, y en todas sus ramificaciones: puesta en marcha por los obreros de fábricas cerradas por los capitalistas, embargo del haber de los capitalistas por los obreros empezando por los beneficios de guerra y del mercado negro, y por último la confiscación de las fábricas y las tierras por los comités obreros democráticamente elegidos en los lugares de trabajo.

Benjamin Péret. «El manifiesto de los exegetas», 1946

Cuando por fin se celebra el IIº Congreso de la IV Internacional en 1948, las secciones y grupos que a partir de 1943 han ido tomado una posición independiente del Secretariado Internacional (SI), son una minoría mermada por la represión y por las maniobras infames del propio SI para reducir su representación. La dirección impide que la renuncia al internacionalismo de sus grupos de referencia durante la guerra pasada se discuta tan siquiera. La denuncia y ruptura es tan inevitable como la deriva de la mayoría que acabaría aprobando en el tercer congreso de la ya no internacional que la principal contradicción del capitalismo ya no sería la lucha de clases (burguesía contra proletariado) sino el enfrentamiento entre EEUU y la Rusia stalinista, renuncia explícita a la continuidad marxista, al comunismo, al internacionalismo… y hasta a la decencia.

el Congreso de 1948 se negó a condenar la participación en la defensa nacional capitalista so capa de resistencia, y aprobó una resolución política que elevaba la rivalidad Rusia-Estados Unidos al grado de principal contradicción mundial. Se desentendía en realidad de la irreductible contraposición proletariado-capitalismo, en escala terrestre, guía exclusiva de una organización revolucionaria. Por lo uno y por lo otro, la IVª Internacional dejaba de serlo a partir de dicho congreso. En lo sucesivo podría deformar, en manera alguna formar revolucionarios.

G. Munis. «Cincuenta años después del trotskismo», 1982

Y es que la renuncia al internacionalismo desmorona y esteriliza cualquier evolución o posición que no parta de la rectificación más radical. No son los errores de Trotski los que producen la degeneración de la Internacional, como no fueron los de Lenin los que condujeron a los de la III, es la renuncia al internacionalismo la que imposibilita cualquier corrección programática y solo les da lugar como ala izquierda, democratista, de la contrarrevolución stalinista.

No obstante lo irrecusable de la experiencia, los principales partidos trotskistas, aligerados de internacionalismo durante la guerra, comprometidos en la defensa nacional resistencia mediante, sacaron conclusión opuesta; el stalinismo extiende la propiedad socialista, mal que le pese al propio proletariado. Sencillamente, les era imprescindible tapar con algo sus graves carencias revolucionarias. De ahí que su posición actual, que la Liga adopta, tenga mucho más de engañifa stalinista que de error político o sociológico.

Los errores de los maestros conviértense a menudo en mortal llaga para los discípulos. Así lo que en Trotsky era un desacierto, a lo sumo una ofuscación del pensamiento, alcanza en el trotskismo hogañero proporciones de falsía, de craso oportunismo y hasta de capitulación. Pero es menester recalcar que en esa metamorfosis la existencia precede también a la consciencia. Habiéndose desentendido, en plena contienda mundial, del principio: «contra la guerra imperialista, guerra civil», ese troskismo se despojaba de lo esencial y más vivificador del pensamiento revolucionario, vedándose la posibilidad de enmendar errores y de hacer el menor progreso teórico. A partir de sus componendas con la defensa nacional (resistencia), ya no se descubre en él conocimiento o siquiera tentativa de conocimiento teórico, sino una ristra de argucias y actitudes justificativas cada vez más bajunas a medida que una llama a la siguiente. Y ha terminado dando en su actual postura. En lo formal y orgánico ha retrocedido hasta lo que fue Oposición de Izquierda a la III Internacional durante la mitad del decenio 20 y los dos primeros años del 30, pese a la criminalidad e inmundicia que desde entonces ha ido hacinándose en el stalinismo; políticamente, está lelo y cabeza gacha ante la extensión de ese mismo stalinismo (para él proezas) en Europa oriental, en China, Corea, Vietnam, Cuba y hasta en Egipto, donde 15 o 20.000 militares rusos aguantan el sacro estandarte del Islam frente al de Israel.

En suma, la retrogresión del troskismo fue originada por su ruptura con el internacionalismo, no por el error de Trosky tocante a la naturaleza del sistema ruso, cual afirman críticos livianos. La defensa práctica y teórica de aquel exigía durante la guerra mundial y continua exigiendo hoy una rectificación terminante de la idea de Estado obrero degenerado y de cuantas presuposiciones la engendraron. Por el contrario, ni la defensa de Rusia ni la de cualquier país stalinista puede practicarse sin dar esquinazo al internacionalismo, es decir, al proletariado mundial, para ir a enrolarse a las órdenes de los enemigos de ese mismo proletariado.

G. Munis. «Análisis de un vacío», 1971-72

La ruptura de la Internacional y la salida de su tendencia internacionalista coincide con el momento en que en el programa de ésta está culminando la fase abierta con la formación de la Izquierda Comunista Internacional en 1929-30:

  1. El programa de transición ha sido podado de todas las derivadas de la concepción de la propiedad estatal como elemento socialista o tendente al socialismo, una concepción heredada de la III y la II Internacionales.
  2. La naturaleza del stalinismo y de la burocracia se han ido aclarando en la crítica y superación del concepto de estado obrero degenerado y la consideración de la Rusia stalinista es ya la de un capitalismo de estado imperialista.
  3. El programa de la III Internacional, por su parte ha visto podarse el control obrero y la inmediata posguerra ha hecho necesaria una crítica de la táctica del frente único con socialdemócratas y stalinistas integrados ya de forma definitiva en el estado.
  4. La imposibilidad de liberación nacional, tanto en los países ocupados como en los coloniales, no contradictoria con la clase trabajadora, como había quedado clara en China primero, en Europa después y en Vietnam al acabar la guerra.

La crítica de la naturaleza obrera del stalinismo y la afirmación, por primera vez, de un programa que toma como base lo que es distintivo del capitalismo en decadencia, marca que está culminándose la labor de la etapa de Izquierda Comunista abierta por Trotski en 1929. Queda todavía, sin embargo, un elemento importantísimo para la definición de la táctica comunista: los sindicatos. Pero su debate, que comienza ya al final de la guerra, tendrá que desarrollarse en un nuevo marco internacional que solo se materializará tras la ruptura definitiva, adelantada en el II Congreso. La denuncia se hace formal en el VII Pleno de abril de 1949. En septiembre se hace pública y definitiva con la publicación de la «Explicación y llamamiento a los militantes, grupos y secciones de la IV Internacional» de la sección española, renombrada como GCI (Grupo Comunista Internacionalista) y después como FOR (Fomento Obrero Revolucionario). El Llamamiento congrega a su alrededor a militantes de todo el mundo: vietnamitas que están refugiándose en Francia tras la persecución y masacre a manos de los stalinistas con la complicidad del gobierno colonial francés, como Ngô Văn; franceses que provienen de los grupos que han intentado practicar el derrotismo revolucionario durante la ocupación y en la Francia de Vichy, como Maximilen Rubel, la corriente Pennetier-Gallienne del trotskismo francés con militantes conocidos como Sonia Gontarbert, Sophie Moen o Edgar Petsch. Contando a Munis y Benjamin Peret -que han vuelto desde México- y al núcleo de militantes españoles que vienen la lucha durante la revolución española y que en ese momento están refugiados en Francia -Esteban Bilbao, Jaime Fernández, Paco Gómez, Agustín Rodríguez- el agrupamiento suma más de medio centenar de personas solo en Francia. Pronto se acercarán el Partido Obrero Comunista de Italia (fundado por Nicola di Bartolomeo, «Fosco») y fracciones revolucionarias de México, Dinamarca, Yugoslavia, Grecia y Alemania.

El fin de la etapa de la «izquierda comunista»

Con la salida formal de la IVª Internacional de los internacionalistas y la derrota de los últimos intentos revolucionarios del proletariado en las postrimerías de la guerra (Grecia, Vietnam), se abre un nuevo periodo histórico.

En el plano programático, las tareas y la fase histórica como «izquierda comunista», es decir, como izquierda de una Internacional en degeneración, ha concluido. Loo fundamental de las lecciones de la contrarrevolución ha sido ya acendrado por los internacionalistas. Pero estos se limitan ya a unos pocos grupos cuya incidencia en las luchas reales será solo puntual en las décadas siguientes.