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Dialéctica

Diccionario de marxismo

Concepción de la realidad como un sistema dinámico y complejo, de partes densamente interrelacionadas.

La dialéctica aparece en el pensamiento marxista como un conjunto de concepciones implícitas sobre la realidad. Entre ellos:

  • La realidad, cualquier realidad, forma un todo único en continua transformación.
  • La totalidad determina y da sentido a sus partes; la mera suma o agregación de las partes no permite una descripción coherente del conjunto, si no es capaz de integrarse en un marco global de conocimiento sobre el todo, se convertirá en una mera casuística, conocimiento alienado de su propio objeto.
  • Las categorías comunes para explicar el cambio en el empirismo, como causa y efecto, la distinción entre lo genitivo (que da origen) y lo sustantivo (producido por él), la cantidad y la cualidad, el carácter antagónico de los opuestos… son en realidad arbitrarias, producto de una mirada parceladora y alienante. Causas y efectos se entrelazan y funden en la visión total (lo determinante es lo global, no las cadenas causales lineales); la acumulación de cambios cuantitativos no produce otra cosa que cambios cualitativos; etc. etc…
  • La compartimentación del conocimiento en distintas ciencias, disciplinas, saberes, etc. no responde a la estructura de la realidad sino a las limitaciones del empirismo y la metafísica que le acompaña. Son un resultado más de la ideología.

La concepción dialéctica de la realidad, está presente desde Heráclito y los epicúreos (el «Rerum Natura» de Lucrecio) hasta Spinoza entre los pensadores materialistas y de Aristóteles a Hegel entre los idealistas.

La filosofía moderna, en cambio, aunque también ella tenía brillantes representantes de la dialéctica (por ejemplo, Descartes y Spinoza), había cristalizado cada vez más, por la influencia inglesa, en el modo de pensar llamado metafisico, el cual dominó también casi exclusivamente a los franceses del siglo XVIII, por lo menos en sus trabajos específicamente filosóficos. […]

Para el metafísico, las cosas y sus imágenes mentales, los conceptos, son objetos de investigación dados de una vez para siempre, aislados, uno tras otro y sin necesidad de contemplar el otro, firmes, fijos y rígidos. El metafísico piensa según rudas contraposiciones sin mediación: su lenguaje es sí, sí, y no, no, que todo lo que pasa de eso del mal espíritu procede. Para él, toda cosa existe o no existe: una cosa no puede ser al mismo tiempo ella misma y algo diverso. Lo positivo y lo negativo se excluyen lo uno a lo otro de un modo absoluto; la causa y el efecto se encuentran del mismo modo en rígida contraposición. Este modo de pensar nos resulta a primera vista muy plausible porque es el del llamado sano sentido común. Pero el sano sentido común, por apreciable compañero que sea en el doméstico dominio de sus cuatro paredes, experimenta asombrosas aventuras en cuanto que se arriesga por el ancho mundo de la investigación, y el modo metafísico de pensar, aunque también está justificado y es hasta necesario en esos anchos territorios, de diversa extensión según la naturaleza de la cosa, tropieza sin embargo siempre, antes o después, con una barrera más allá de la cual se hace unilateral, limitado, abstracto, y se pierde en irresolubles contradicciones, porque atendiendo a las cosas pierde su conexión, atendiendo a su ser pierde su devenir y su perecer, atendiendo a su reposo se olvida de su movimiento: porque los árboles no le dejan ver el bosque. […]

[Y entonces] Descubrimos que causa y efecto son representaciones que no tienen validez como tales, sino en la aplicación a cada caso particular, y que se funden en cuanto contemplamos el caso particular en su conexión general con el todo del mundo, y se disuelven en la concepción de la alteración universal, en la cual las causas y los efectos cambian constantemente de lugar, y lo que ahora o aquí es efecto, allí o entonces es causa, y viceversa.

Todos estos hechos y métodos de pensamiento encajan mal en el marco del pensamiento metafísico. Para la dialéctica, en cambio, que concibe las cosas y sus reflejos conceptuales esencialmente en su conexión, en su encadenamiento, su movimiento, su origen y su perecer, hechos como los indicados son otras tantas confirmaciones de sus propios procedimientos.[…]

La dialéctica, en cambio, concibe las cosas y sus reflejos conceptuales esencialmente en su conexión, en su encadenamiento, su movimiento, su origen y su perecer. […] Sólo, pues, por vía dialéctica, con constante atención a la interacción general del devenir y el perecer, de las modificaciones progresivas o regresivas, puede conseguirse una exacta exposición del cosmos, de su evolución y de la evolución de la humanidad, así como de la imagen de esa evolución en la cabeza del hombre.

«Anti-Dühring». Federico Engels 1878