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Derrotismo revolucionario

Diccionario de marxismo

Derrotismo revolucionario

Táctica que es la única respuesta internacionalista posible a toda guerra o conflicto entre dos facciones burguesas o burocráticas en la decadencia del capitalismo. Consiste en la denuncia de ambas partes («el enemigo está en el propio país») y el llamamiento correspondiente a convertir la guerra en guerra civil revolucionaria, es decir en guerra de clases («guerra a la guerra»).

Origen

El estallido de la primera guerra imperialista que se desarrolló en un campo de batalla mundial, en agosto de 1914, marcó un punto de no retorno en el desarrollo del imperialismo. El capitalismo mostraba haber encontrado un límite en su expansión geográfica a partir del cual toda ampliación del ámbito de los mercados nacionales se convertiría necesariamente en conflicto entre los estados. Por otro lado, las condiciones del crecimiento económico durante la guerra y en la reconstrucción, sobre pilas de cadáveres y ciudades derruidas, y por estados marcados estructuralmente por el militarismo, cada vez más totalitarios, señalaban a las claras que la disociación entre desarrollo y crecimiento económico era ya una realidad mundial. El capitalismo ya no permitía un libre desarrollo de las fuerzas productivas. Había entrado en su fase de decadencia.

En decadencia todas las guerras entre dos facciones burguesas son reaccionarias, ya que lo que está a la orden del día históricamente es la superación del capitalismo. No puede haber capitalismo progresivo, capitalismo ascendente en un solo país… pues las condiciones globales, sistémicas, lo hacen imposible. De hecho todo conflicto entre estados es necesariamente imperialista, sea quien sea formalmente el «agresor», pues en realidad todo capital nacional sufre la posibilidad de expandirse, de alcanzar nuevos mercados con sus correspondientes oportunidades de venta e inversión. El capital nacional está constreñido dentro de las fronteras que creó en su día para desarrollarse, se verifica una tendencia permanente a la crisis y un hambre de mercados que, al no poder ser saciada, transforma la organización del capital nacional y su relación con el estado.

El imperialismo ha enterrado completamente el viejo programa democrático burgués; la expansión más allá de las fronteras nacionales (cualesquiera que fuesen las condiciones nacionales de los países anexionados) se convirtió en la plataforma de la burguesía de todos los países. Si el término «nacional» permaneció, su contenido real y su función se han convertido en su contrario; actúa sólo como mísera tapadera de las aspiraciones imperialistas y como grito de batalla de sus rivalidades, como único y último medio ideológico para lograr la adhesión de las masas populares y desempeñar su papel de carne de cañón en las guerras imperialistas.

Rosa Luxemburgo. La crisis de la socialdemocracia, 1916

Los estados europeos mandan uno tras otro a sus propios trabajadores a morir y matar en masa a otros trabajadores en una guerra de exterminio que expresa a qué punto se ha llegado en la sobre-acumulación y hasta qué punto los mercados, tanto los nacionales como los coloniales, se estaban tornando insuficientes a velocidad acelerada para todos y cada uno de los capitales nacionales. La guerra es mundial porque el capitalismo ya no «cabe» en el mercado nacional, porque el capital ha entrado en contradicción aguda con el estado nacional.

La guerra precipita la ruptura entre la izquierda y el oportunismo en el seno de la Internacional. Con una excusa u otra -la guerra para Francia tendría solo un carácter defensivo, para Alemania el objetivo sería acabar con el régimen feudal zarista, etc.- prácticamente todos los grandes partidos socialistas cierran filas en torno al esfuerzo de guerra de sus burguesías. El grupo parlamentario del SPD vota en bloque aprobar los créditos de guerra. Solo Carlos Liebknecht vota en contra y se le impide leer su argumentación, incorporarla al orden de sesiones y publicarla en cualquier periódico.

Mi voto contra el proyecto de Ley de Créditos de Guerra del día de hoy se basa en las siguientes consideraciones: Esta guerra, deseada por ninguno de los pueblos involucrados, no ha estallado para favorecer el bienestar del pueblo alemán ni de ningún otro. Es una guerra imperialista, una guerra por el reparto de importantes territorios de explotación para capitalistas y financieros. Desde el punto de vista de la rivalidad armamentística, es una guerra provocada conjuntamente por los partidos alemanes y austríacos partidarios de la guerra, en la oscuridad del semifeudalismo y de la diplomacia secreta, para obtener ventajas sobre sus oponentes. Al mismo tiempo la guerra es un esfuerzo bonapartista por desorganizar y escindir el creciente movimiento de la clase trabajadora.

Carlos Liebknecht. Voto contra los créditos de guerra, 1914

Cuando Lenin, en Zurich, lee el Vorwarts, el periódico oficial de la socialdemocracia alemana, apoyando la guerra y los créditos, piensa que el ejemplar que tiene entre sus manos es una falsificación creada por la inteligencia militar alemana. El colapso de la Internacional es total y es hora de darla por muerta.

La traición al socialismo cometida por la mayoría de los jefes de la II Internacional (1889-1914) significa la bancarrota política e ideológica de esta Internacional. La causa principal de dicha bancarrota está en el predominio efectivo en ella del oportunismo pequeñoburgués, cuyo carácter burgués y cuyo peligro vienen señalando desde hace largo tiempo los mejores representantes del proletariado revolucionario de todos los países. Los oportunistas venían preparando hace ya tiempo la bancarrota de la II Internacional, al negar la revolución socialista y sustituirla con el reformismo burgués; al negar la lucha de las clases y su indispensable transformación, en determinados momentos, en guerra civil, y al propugnar la colaboración entre las clases; al preconizar el chovinismo burgués con los nombres de patriotismo y defensa de la patria y al omitir o negar la verdad fundamental del socialismo, expuesta ya en el Manifiesto Comunista, de que los obreros no tienen patria; al limitarse en la lucha contra el militarismo al punto de vista sentimental pequeñoburgués en lugar de reconocer la necesidad de la guerra de los proletarios de todos los países contra la burguesía de todos los países; al convertir la utilización ineludible del parlamentarismo burgués y de la legalidad burguesa en un fetichismo de esta legalidad y en el olvido de que, en épocas de crisis, son obligadas las formas clandestinas de organización y de agitación.

Lenin. Tareas de la socialdemocracia revolucionaria en la guerra europea, 1914

La socialdemocracia revolucionaria, la izquierda de la Segunda Internacional, se pone en marcha bajo un nivel de represión general desconocido hasta entonces. Son pocos, poquísimos, luchan contra un ambiente de histeria belicista promovido machaconamente por los medios de comunicación y resguardado por la censura más estricta.

La absurda consigna «aguantemos» ha tocado fondo. Sólo nos lleva más y más hondo dentro del vórtice del genocidio. La lucha de clases del proletariado internacional contra el genocidio imperialista internacional es el mandato socialista de la hora.

¡El enemigo principal de cada uno de los pueblos está en su propio país!

El enemigo principal del pueblo alemán está en Alemania. El imperialismo alemán, el partido alemán de la guerra, la diplomacia secreta alemana. Este enemigo que está en casa debe ser combatido por el pueblo alemán en una lucha política, cooperando con el proletariado de los demás países cuya lucha es contra sus propios imperialistas.

Carlos Liebknecht, El enemigo principal está en casa, 1915

Volver las armas contra el verdadero enemigo, transformar la guerra en revolución. Cuando Lenin lanza las primeras consignas características del «derrotismo revolucionario» suena irreal en medio del ambiente opresivo del hooliganismo patriótico.

Hacer amplia propaganda, extendiéndola tanto a las tropas como al teatro de operaciones militares, de la revolución socialista y de la necesidad de dirigir las armas no contra nuestros hermanos, los esclavos asalariados de otros países, sino contra los gobiernos y partidos reaccionarios y burgueses de todos los países. Organizar obligatoriamente células y grupos clandestinos entre las tropas de todas las naciones para realizar esa propaganda en todas las lenguas. Combatir implacablemente el chovinismo y el «patriotismo» de los pequeños burgueses y burgueses de todos los países sin excepción. Contra los cabecillas de la Internacional actual, que han traicionado el socialismo, apelar obligatoriamente a la conciencia revolucionaria de las masas obreras, las cuales soportan sobre sus espaldas todo el peso de la guerra y, en la mayoría de los casos, son enemigas del oportunismo y el chovinismo.

Lenin. Tareas de la socialdemocracia revolucionaria en la guerra europea, 1914

No hay internacionalismo sin derrotismo revolucionario

A partir de la primera guerra imperialista mundial, es imposible afirmar el internacionalismo sin poner en práctica el derrotismo revolucionario.

[La] acepción revolucionaria [del internacionalismo es la] Solidaridad del proletariado mundial como unidad frente al capitalismo internacional. Solidaridad tanto en las ideas como en los hechos, dirigida contra la nación y el patriotismo en primer término, países coloniales incluidos.

No puede existir interés superior al del proletariado mundial, ni siquiera el de un país donde la revolución hubiese triunfado.

Los internacionalistas combaten con igual saña a los dos bandos contendientes en las guerras imperialistas locales (Vietnam) tanto como en las guerras de carácter mundial, y señalan como traficantes de carne humana a los respectivos parciales y propagandistas.

Proponen y se esfuerzan en organizar la acción de los explotados, en el frente y en la retaguardia, contra sus respectivos gobiernos y mandos militares.

Toda defensa nacional -incluso en su grado de resistencia – encubre la explotación y la opresión. El enemigo inmediato está, para cada proletariado, en su propio país; hostilizarlo al máximo es condición para desencadenar la lucha del proletariado en otros países y emprender, unidos, la destrucción del capitalismo en todo el mundo.

Por ende, los internacionalistas rechazan como reaccionario el lema: «No injerencia en los asuntos interiores de otro país». Está destinado a impedir la solidaridad y la acción colectiva del proletariado en los diversos países, mientras que auspicia la injerencia económica constante de las grandes potencias en los asuntos de las pequeñas y acarrea a menudo su intervención militar: guerras locales, invasión del Tibet, de Santo Domingo, de Hungría y Checoslovaquia, de Cuba, más el comercio gigantesco de armas. El proletariado de cualquier país tiene, más que el derecho, la obligación de intervenir en las luchas del proletariado de cualquier otro país.

«Léxico de la truhanería política contemporánea, comparado con el léxico revolucionario». G. Munis, 1970