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Derecho a la autodeterminación

Diccionario de marxismo

Derecho que asistiría a una burguesía o pequeña burguesía de un territorio dentro de un estado a someter a referendum entre el conjunto de la población o la parte considerada «connacional» de ella, la formación de un estado independiente.

La consigna del «derecho de las naciones a la autodeterminación» fue incorporada por la II Internacional como forma de abordar la liberación nacional de las burguesías sometidas bajo los últimos grandes imperios feudales: Austria-Hungría, Rusia, etc. Posteriormente se aplicó también a las colonias y protectorados de los estados europeos. Sin embargo, esta consigna encontró pronto su crítica entre los marxistas que empezaban a elaborar una comprensión del imperialismo.

El desarrollo hacia el Gran Estado que caracteriza la época moderna y que gana en importancia con el progreso del capitalismo, condena de entrada al conjunto de mini y micronacionalidades a la debilidad política. Al lado de algunas naciones muy potentes, que son los auténticos gerentes del desarrollo capitalista porque disponen de los medios materiales e intelectuales indispensables para preservar su independencia económica y política, la «autodeterminación», la existencia autónoma de las mini y micronaciones, es cada vez más ilusoria. Este retorno a la existencia autónoma de todas o, al menos, de la gran mayoría de las naciones actualmente oprimidas solo sería posible si la existencia de pequeños estados tuviera posibilidades y perspectivas de futuro en la época capitalista. Por ahora son tan necesarias las condiciones económicas y políticas propias de un gran estado en la lucha por la existencia de las naciones capitalistas, que incluso los pqueñeos estados políticamente independientes, formalmente iguales en derechos, que existen en Europa, solo desempeñan un papel simbólico y la mayor para de las veces son títeres de otros estados. ¿Puede hablarse formalmente de autodeterminación» para los montenegrinos, los búlgaros, los rumanos, los serbios o los griegos, formalmente independientes, o incluso, en cierta forma para los suizos? (…)

El segundo aspecto fundamental de la evolución reciente, que hace utópica esta consigna, es el imperialismo capitalista. (…) El resultado de esta tendencia es la liquidación permanente de la independencia de unj número cada vez mayor de países, de pueblos y de continentes enteros. (…) Teniendo en cuenta esta evolución y la necesidad que tienen los grandes estados capitalistas de la lucha por la existencia en el mercado internacional, de la política universal y de las posesiones coloniales, «lo más adecuado para realizar sus funciones en las condiciones actuales», es decir, lo que mejor corresponde a las necesidades de la explotación capitalista, no es el «estado nacional» -como supone Kautsky- sino el estado imperialista. (…)

Tal como lo entienden los socialistas, este derecho [la autodeterminación] debe tener, por su misma naturaleza, un carácter universal, y el solo hecho de reconocerlo así basta para poner de manifiesto que la esperanza de realizar este «derecho» en el sistema existente es una utopía en contradicción directa con la tendencia del desarrollo capitalista, sobre cuya base se ha constituido la socialdemocracia. Volver al objetivo de dividir todos los estados existentes en unidades nacionales y limitarlas mutuamente según el modelos de los estados y los pequeños estados nacionales es una tentativa desesperada y, desde un punto de vista histórico, reaccionaria.

Rosa Luxemburgo. La cuestión nacional y la autonomía, 1908

Parte de la socialdemocracia rusa, encabezada por Lenin, rechazó las conclusiones tempranas de Rosa Luxemburgo, cambiando la fórmula de «derecho de las naciones» a «derecho de los pueblos». «Pueblo» es, fundamentalmente, el proletariado junto o bajo la dirección de la pequeña burguesía. Si es la pequeña burguesía la que dirige, no cambia el sentido utópico y reaccionario que ésta le da a la «autodeterminación».

Después de la bancarrota de los partidos burgueses, nuevos fuerzas sociales -la intelectualidad y la pequeña burguesía, que buscan refugio en el movimiento obrero- tienden a imponer a éste sus deseos irrealizables. Si los partidos socialistas no hubieran tenido la posibilidad de verificar objetivamente lo que corresponde en realidad a las necesidades de la clase obrera y se hubieran limitado a imaginar lo «bueno» y lo «útil», su programa hubiera resultado un conjunto de utopías.

Rosa Luxemburgo. La cuestión nacional y la autonomía, 1908

Y si es el proletariado el que dirige, ¿qué sentido tendría que marchara hacia atrás, hacia la creación de un estado nacional creado para organizar su explotación?

La idea de que el proletariado consciente de sí mismo pueda crear un estado moderno es tan absurda como la de proponer a la burgesía una nueva instauración del feudalismo.

Rosa Luxemburgo. La cuestión nacional y la autonomía, 1908

Pero la cuestión de fondo que está señalando Rosa Luxemburgo y que Lenin no ve, aunque escribe su respuesta al texto de Luxemburgo a pocos meses del estallido de la guerra mundial, es que una vez desarrollado el mercado capitalista mundial, no puede haber un desarrollo independiente del capitalismo nacional y no hay, por tanto, espacio para una verdadera independencia nacional. En ese marco, la independencia deja de tener un sentido históricamente progresivo por lo que con ella la «autodeterminación nacional» pasa a ser una consigna reaccionaria.

El argumento final de Rosa Luxemburgo afirmará que lo mismo que hace del defensismo y su consigna de la «defensa sin anexiones» una consigna imposible, reaccionaria y de facto, imperialista, es lo que convierte la consigna de «apoyo a la autodeterminación nacional» en un regalo al imperialismo y un tiro en el pié al propio movimiento revolucionario:

Mientras existan los Estados capitalistas, mientras la política mundial imperialista determine y configure la vida interna y externa de los Estados, el derecho a la autodeterminación nacional no tendrá nada que ver con su práctica, ni en la guerra, ni en la paz.

Más aún: en el medio imperialista actual no puede existir en modo alguno ninguna guerra de defensa nacional, y toda política socialista que haga abstracción de ese determinado medio histórico, que quiera guiar en medio de este torbellino mundial sólo por los puntos de vista unilaterales de su país, no será desde un principio otra cosa que un castillo de naipes.

Rosa Luxemburgo. La crisis de la socialdemocracia, 1916

Rosa Luxemburgo, entendía el imperialismo como una fase global del capitalismo como un todo. Lenin, en cambio, pensaba que el imperialismo era una fase en el desarrollo de cada capital nacional. Por eso la consigna leninista de la «autodeterminación de los pueblos» y su hincapié en los «movimientos de liberación nacional» no podían para Rosa Luxemburgo ser más que una manifestación de optimismo sin límites y tener, como tuvieron, consecuencias funestas para la revolución rusa.

¿Qué se supone que significa este derecho? Que el socialismo se opone a toda forma de opresión, incluso la de una nación por otra, constituye el ABC de la política socialista.

A pesar de esto, políticos tan serios y críticos como Lenin, Trotski y sus amigos, que responden sólo con un irónico encogerse de hombros a cualquier tipo de fraseología utópica como desarme, Liga de las Naciones, etcétera, en este caso hicieron de una frase hueca exactamente del mismo tipo su hobby preferido. Ello se debe, me parece, a una política fabricada para la ocasión. Lenin y sus camaradas calcularon que no había método más seguro para ganar a los pueblos extranjeros del Imperio Ruso para la causa de la revolución, para la causa del proletariado socialista, que el de ofrecerles, en nombre de la revolución y el socialismo, la libertad más extrema e ilimitada para determinar sus propios destinos. Es una política análoga a la que se dieron los bolcheviques con el campesinado ruso, satisfaciendo su hambre de tierra con la consigna de apropiación directa de las propiedades nobles, en el supuesto de que así se los ganaría para la revolución y el gobierno proletario. En ambos casos, desafortunadamente, el cálculo resultó completamente erróneo.

Está claro que Lenin y sus amigos esperaban que, al transformarse en campeones de la libertad nacional hasta el punto de abogar por la «separación», harían de Finlandia, Ucrania, Polonia, Lituania, los países bálticos, el Cáucaso, etcétera, fieles aliados de la Revolución Rusa.

Pero sucedió exactamente lo contrario. Una tras otra, estas «naciones» utilizaron la libertad recientemente adquirida para aliarse con el imperialismo alemán como enemigos mortales de la Revolución Rusa y, bajo la protección de Alemania, llevar dentro de la misma Rusia el estandarte de la contrarrevolución. Un ejemplo perfecto lo constituye el jueguito que se hizo en Brest con Ucrania, que provocó un giro decisivo en las negociaciones y sacó a luz la situación política, tanto interna como externa, a la que se ven enfrentados en la actualidad los bolcheviques. La actitud de Finlandia, Polonia, Lituania, los países del Báltico, los pueblos del Cáucaso, nos demuestra de manera convincente que aquél no es un caso excepcional sino un fenómeno típico.

Seguramente, en todos estos casos no fue realmente el «pueblo» el que impulsó esta política reaccionaria sino las clases burguesas y pequeñoburguesas. Estas, en total oposición a sus propias masas proletarias, pervirtieron el «derecho nacional a la autodeterminación», transformándolo en un instrumento de su política contrarrevolucionaria. Pero (y llegamos al nudo de la cuestión), aquí reside el carácter utópico, pequeñoburgués de esta consigna nacionalista: que en medio de las crudas realidades de la sociedad de clases, cuando los antagonismos se agudizan al máximo, se convierte simplemente en un instrumento de dominación de la burguesía. Los bolcheviques aprendieron, con gran perjuicio para ellos mismos y para la revolución, que bajo la dominación capitalista no existe la autodeterminación de los pueblos, que en una sociedad de clases cada clase de la nación lucha por «determinarse» de una manera distinta, y que para las clases burguesas la concepción de la liberación nacional está totalmente subordinada a la del dominio de su clase. La burguesía finesa, al igual que la de Ucrania, prefirió el gobierno violento de Alemania a la libertad nacional si ésta la ligaba al bolchevismo.

La esperanza de transformar estas relaciones de clase reales en su opuesto, de ganar el voto de la mayoría para la unión con la Revolución Rusa, haciéndolo depender de las masas revolucionarias, tal como seriamente lo pretendían Lenin y Trotsky, refleja un grado de optimismo incomprensible.

Y si solamente se trataba de un recurso táctico en el duelo entablado con la política de fuerza de Alemania, entonces era un juego con fuego muy peligroso. Incluso sin la ocupación militar de Alemania, el resultado del famoso «plebiscito popular», suponiendo que se hubiera llegado hasta allí en los estados limítrofes, hubiera proporcionado pocos motivos de alegría a los bolcheviques. Tenemos que tener en cuenta la psicología de las masas campesinas y de grandes sectores de la pequeña burguesía, y las miles de maneras con que cuenta la burguesía para influir sobre el voto. Por cierto, debe considerarse una ley absoluta que en estos asuntos de plebiscitos sobre la cuestión nacional la clase dominante siempre sabrá evitarlos cuando no sirven a sus propósitos, o, cuando se realizan, utilizará todos los medios para influir sobre sus resultados, los mismos medios que hacen imposible introducir el socialismo mediante el voto popular.

El simple hecho de que la cuestión de las aspiraciones nacionales y tendencias a la separación fuera introducida en medio de la lucha revolucionaria, incluso puesta sobre el tapete y convertida en el santo y seña de la política socialista y revolucionaria como resultado de la paz de Brest, produjo la mayor confusión en las filas socialistas y realmente destruyó las posiciones ganadas por el proletariado en los países limítrofes.

En Finlandia, donde el proletariado luchó formando parte de la estrecha falange socialista rusa, logró una posición predominante en el poder; tenía la mayoría en el Parlamento y el ejército, redujo a su burguesía a una impotencia completa y, dentro de sus fronteras, era dueño de la situación.

O tomemos Ucrania. A comienzos de siglo, antes de que se inventaran la tontería del «nacionalismo ucraniano» con sus rublos de plata y sus «universales», o el hobby de Lenin de una Ucrania independiente, Ucrania era la columna vertebral del movimiento revolucionario ruso. Allí, en Rostov, Odesa, la región del Donetz, brotaron los primeros ríos de lava de la revolución, que encendieron todo el sur de Rusia en un mar de llamas (ya en 1902-1904), preparando así el alzamiento de 1905. Lo mismo sucedió en la revolución actual, en la que el sur de Rusia proveyó las tropas selectas de la falange proletaria.

Polonia y las tierras del Báltico fueron desde 1905 los núcleos revolucionarios más poderosos e importantes, y en ellos el proletariado jugó un rol de primera magnitud.

¿Cómo puede ser entonces que en todos estos países triunfe la contrarrevolución? El movimiento nacionalista, justamente porque alejó de Rusia al proletariado, lo mutiló y lo entregó a manos de la burguesía de los países limítrofes.

Los bolcheviques no actuaron guiándose por la misma genuina política internacionalista de clase que aplicaron en otros asuntos. No trataron de lograr la unión compacta de las fuerzas revolucionarias de todo el imperio. No defendieron con uñas y dientes la integridad del Imperio Ruso como área revolucionaria, oponiendo a todas las formas del separatismo la solidaridad e inseparabilidad de los proletarios de todos los países que están bajo la esfera de la Revolución Rusa, haciendo funcionar a ésta como el comando político superior. En lugar de eso, los bolcheviques, con su hueca fraseología nacionalista sobre «el derecho a la autodeterminación hasta la separación», lograron todo lo contrario, y le dieron a la burguesía de los países limítrofes los pretextos más refinados, más deseables, para sus esfuerzos contrarrevolucionarios.

En vez de prevenir al proletariado de los países limítrofes de que todas las formas del separatismo son simples trampas burguesas, no hicieron más que confundir con su consigna a las masas de esos países y entregarlas a la demagogia de las clases burguesas.

Con esta reivindicación nacionalista produjeron la desintegración de la misma Rusia y pusieron en manos del enemigo el cuchillo que se hundiría en el corazón de la Revolución Rusa. Seguramente, sin la ayuda del imperialismo alemán, sin «los rifles alemanes en los puños alemanes», como decía el Neue Zeit de Kautsky, los Lubinski y otros bribonzuelos de Ucrania, los Erich y Mannerheim de Finlandia, los barones bálticos, nunca hubieran ganado a lo mejor de las masas trabajadoras socialistas de sus respectivos países. Pero el separatismo nacional fue el caballo de Troya dentro del cual los «camaradas» alemanes, bayoneta en mano, hicieron su entrada en todas esas tierras.

Los antagonismos de clase reales y la verdadera relación de fuerzas en el plano militar provocaron la intervención alemana. Pero los bolcheviques proporcionaron la ideología con la que se enmascaró esta campaña de la contrarrevolución; fortalecieron la posición de la burguesía y debilitaron la del proletariado.

Rosa Luxemburgo. La revolución rusa, 1918