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Democracia

Diccionario de marxismo

Democracia

Forma de organización del aparato político del estado burgués que se legitima a través de la representación del conflicto social como un mercado -el Parlamento- en el que las grandes tendencias de opinión -sustanciadas en los partidos- intercambian intereses bajo un juego de reglas que garantiza la supervivencia y desarrollo del propio estado y la nación que conforma.

Origen

La burguesía para afirmar su liderazgo sobre el conjunto social, esto es, para imponer a través del estado las necesidades de la acumulación del capital nacional en un territorio/mercado determinado que hace propio, no requiere darle al aparato político del estado una forma específica. Sus primeras experiencias en el poder político tomaron formas tan diferentes como una república oligárquica en Venecia, un estado corporativo en Florencia, el asambleismo comunero en Castilla o la dictadura cromwelliana en Inglaterra. Será solo al alcanzar su madurez y plantearse la «constitución del cuerpo social en nación», es decir al plantearse la dirección sobre una estructura de clases impulsada ya por la producción industrial, cuando elevará los mitos liberales a principio de gobierno, cediendo espacios al «pueblo», esto es, aceptando un espacio político específico en el estado para las aspiraciones de la pequeña burguesía. La «democracia moderna» se define entonces como un sistema de «representación» basado en el sufragio universal de los individuos poseedores.

Será la aparición del proletariado como sujeto político a partir de la revolución de 1848 la que le aconseje conceder un espacio de auto-organización a los trabajadores… aunque solo tras virulentas luchas que fueron objeto de represión, casi siempre sangrienta, por los estados democráticos.

El capitalismo ascendente acepta entonces al proletariado en buena parte de Europa, como un sujeto político reconocido dentro de la sociedad burguesa. Acepta que los trabajadores estén «representados» dentro de sus instituciones de gobierno, consciente de que hay un margen, dentro de su propia dominación, para la consecución por los obreros de ventajas y oportunidades para su propia organización y constitución como clase (reconocimiento legal de las huelgas, del sufragio universal, etc.). En este momento, aunque alimente las tendencias reformistas y revisionistas, el esfuerzo por obtener este reconocimiento es parte del proceso de constitución política de la clase y del desarrollo de su organización como tal (centralismo).

Democracia-fascismo-stalinismo

La entrada en la fase imperialista que servirá de prólogo a la decadencia del sistema y con ella la universalización del capitalismo de estado, transformará la organización de la burguesía y su relación con el estado, haciendo obsoleta y contraproducente la participación parlamentaria de los trabajadores.

El capitalismo de estado ya no es un capitalismo de libre concurrencia sino un capitalismo monopolista y el aparato político del estado se transforma para reflejarlo. El sindicato pasa a ser de intermediario a monopolista de la fuerza de trabajo, al par con otros monopolios industriales. La guerra imperialista y la participación en la administración de la economía de guerra por los parlamentos lleva a los grandes partidos políticos a pasar de ser expresiones de intereses concurrentes en busca de representación frente al estado a buscar que éste les apuntale. No es casualidad que la traición de los grandes partidos socialdemócratas se materializara en la aprobación de créditos de guerra. Los aparatos de los partidos se convertían en representantes especializados del estado frente a sectores sociales determinados, monopolistas especializados en la gestión de grandes corrientes de opinión. La opinión misma se convierte paulatinamente en una industria más, ganando poder de encuadramiento con el desarrollo de las tecnologías de comunicación (radio, televisión, Internet, etc.).

La contrarrevolución dejará su sello en esta reorganización global de la burguesía y el estado y de burguesía en el estado, que hasta 1937 se solapa con la revolución mundial. Las dos formas específicas de vanguardia de la contrarrevolución, el fascismo y el stalinismo, se aplicarán a la destrucción del espacio de sociabilidad y democracia obrera creado durante décadas por la IIª Internacional en torno a los sindicatos y los partidos socialdemócratas: organizaciones de base, casas del pueblo, asociaciones culturales, cooperativas, etc. La contrarrevolución, al segar la base masiva desde la que surgía la organización política de clase acelerará las tendencias al capitalismo de estado bajo formas totalitarias.

Serán estas formas totalitarias las que sirvan a las potencias «democráticas» y en particular a los sectores liberales y stalinistas, desde España a EEUU, para construir la oposición fascismo-democracia primero y democracia-comunismo (por stalinismo), después como consignas de reclutamiento para la guerra mundial y la guerra fría respectivamente. Eso no quiere decir ni mucho menos que los llamados «estados democráticos» siguieran siendo democracias liberales: la integración de los sindicatos, el vaciamiento de los partidos y la destrucción del espacio de democracia obrera, se aceleraron en los 30 y se llevaron a sus últimas consecuencias durante la guerra bajo la bandera antifascista y con la dirección sobre el terreno de los partidos stalinistas y socialistas.

La democracia hoy

Hoy vivimos universalmente bajo distintas formas de capitalismo de estado. La lógica omnipresente del mercado y la competencia del capitalismo ascendente, dejó el lugar a la fusión, a través del sistema financiero y el estado, de los capitales individuales en grandes grupos monopolistas. En conjunto el estado se convirtió en una suerte de todo orgánico, un monopolio de monopolios que, a través de sistemas más o menos formales, regula el conjunto de la vida social de arriba a abajo: desde los salarios a través de la coordinación y el convenio de patronales y sindicatos, hasta la «cesta energética» pasando por la información que se distribuye a través de los monopolios mediáticos.

En un marco así, el Parlamento deja de ser el lugar de encuentro y negociación de las distintas fracciones e intereses de clase. La burguesía no se organiza ya a través de un «mercado de ideas e intereses» sino como un todo orgánico que segrega opiniones para el consumo masivo a través de mil canales. Canales que distribuyen el mismo producto con distintos sabores.

Las elecciones pasan a ser un mero ejercicio gimnástico de la capacidad de la burguesía de estado para generar opinión. Por supuesto sin dejar de vendernos la sacralidad de las elecciones como expresión de una inexistente «voluntad popular» o un ilusorio «poder de la ciudadanía».

Eso no quiere decir que la burguesía controle todo sin cuestionamiento desde un «cuadro de mandos» perfecto. Aunque capitanee el estado y los grandes grupos financieros y de capital, ni es monolítica ni está sola en la sociedad. Una manada de hienas no es precisamente un modelo de armonía por coordinada que esté y como toda dictadura de una clase explotadora, su dominio requiere la complicidad activa de las capas intermedias. No faltan ejemplos de distinto calado de revueltas de la pequeña burguesía en las noticias diarias de todo el mundo. En ellas unos y otros nos llamarán a «defender la democracia» una y otra vez. Son conscientes de que en ese campo no podremos, en ningún caso, afirmarnos como clase políticamente independiente, pero no cejan en la esperanza de encuadrarnos alrededor del estado democrático como carne de cañón de sus disputas internas y externas.