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Comunismo primitivo

Diccionario de marxismo

Modo de producción anterior a la ruptura de la sociedad en clases bajo el que la Humanidad vivió durante más de medio millón de años. Aunque la mayor parte de este periodo las comunidades humanas se nutrieron de la caza, la pesca y la recolección, el Comunismo primitivo descubrió la agricultura, protagonizó la primera sedentarización y animó grandes ciudades durante siglos.

El comunismo primitivo cubre un periodo de más de medio millón de años. Bajo la forma de una organización comunitaria, la Humanidad pasó la mayor parte de ese tiempo viviendo de la caza y la recolección. Hace unos 9.000 años, el descubrimiento y desarrollo paulatino de la agricultura y la ganadería puso en crisis este modo de producción. En algunos lugares se transformará y evolucionará bajo la forma de un comunismo agrario basado en la propiedad de la tierra durante unos miles de años más. En otros, la sociedad se escindirá en clases.

La revisión del relato tradicional por la Arqueología contemporánea

Los descubrimientos arqueológicos de las últimas décadas nos pintan un mundo en el que el comunismo primitivo desarrolló la agricultura y la ganadería sin escindir la sociedad en clases, produjo grandes ciudades muy distintas a las del «Creciente fértil» -aunque es probable que estas en su origen fueran también «comunistas»- y se resistió a la aparición de clases explotadoras hasta fechas relativamente recientes, llegando a convivir en el tiempo con los primeros reyes romanos y la primera democracia esclavista griega.

En el relato que nos enseñaron en la escuela, el descubrimiento de la agricultura produjo casi automáticamente la sedentarización, la urbanización y la división en clases. Tenía, eso sí, fallos evidentes. La primera gran revolución productiva de nuestra especie, el fin de medio millón de años de vida nómada que abrió la puerta a la división en clases sociales, la escritura, las religiones desarrolladas, los primeros estados… no podía explicarse como una mejora de la productividad. Cultivar requería más recursos y producía menos que seguir siendo nómadas cazadores. Durante décadas se intentaron todo tipo de modelos explicativos, pero ninguno conseguía llegar a resultados realmente satisfactorios. Parecía que nuestros antepasados habían pasado hambre y penurias voluntariamente para aprender a cultivar granos y criar ganado, a pesar de que estas prácticas tardarían muchas generaciones en ser más provechosas que la caza y la recolección.

Klaus Schmidt, el arqueólogo que dirigió la excavación de Göbekli Tepe, para muchos el descubrimiento arqueológico más importante hasta el día de hoy, fue el primero en elaborar a partir de la nueva evidencia, una teoría satisfactoria. Göbekli Tepe, descubierto en 1994 y construido hace unos 11.500 años, unos tres milenios antes de la fundación de Uruk/Sumer, ha sido conocido mediáticamente como «el primer templo», pero sobre todo es el primer vestigio material descubierto hasta ahora de la sedentarización y de producción agrícola.

Schmidt defendió que Göbekli Tepe había sido el centro desde el que se difundieron el cultivo y la ganadería hacia eso que llamamos «el Creciente Fértil». Pero los constructores de aquellas edificaciones eran todavía nómadas y cazadores. Habrían sido las necesidades de mantenimiento de las propias estructuras del santuario las que habrían generado los incentivos para invertir recursos en la ardua labor de cultivar cereales salvajes y domesticar algunas especies. Podría ser antieconómico en relación con la caza, pero la caza exigía largos viajes en un ciclo estacional, si quería permanecerse en Göbekli había que dedicar cada vez más tiempo a cuidar de los granos salvajes que lo rodeaban. Más aun si, como parece, el santuario recogía y albergaba regularmente tullidos y enfermos, funcionando como una especie de «base» de un grupo que seguía siendo nómada.

Faltaba con todo una pieza por pulir: ¿Qué sentido tenía mantener una estructura tan costosa y a la vez tan precaria? ¿Qué proveían estos santuarios que fuera tan importante como para organizar a su alrededor toda la vida comunitaria? La respuesta la daría de nuevo Göbekli Tepe. El descubrimiento de grandes cubas de fermentación iluminó un nuevo elemento. Excavaciones paralelas en China, mientras tanto, dieron pie a las primeras teorías que afirmaron que la agricultura fue un subproducto de la necesidad de producir bebidas alcohólicas para las celebraciones periódicas de aquellas partidas de cazadores nómadas.

En 2004, las excavaciones en Jiahu, la aldea Neolítica china más antigua descubierta hasta ahora, fundada hace unos 9000 años, aportaron una nueva pista. El arqueólogo Patrick McGovern descubrió restos de una bebida, una especie de chicha, que debió tener unos diez grados de alcohol. Lo que es más interesante, es que la elaboración de esta primitiva «cerveza» habría sido, según McGovern, la causa de la sedentarización. Santuarios como Göbekli Tepe o asentamientos como Jiahu o los que habrían de dar lugar a Sumer, habrían sido producto de la necesidad de las comunidades y partidas de caza nómadas de reencontrarse para celebrar y redistribuir el fruto del trabajo.

Como en Göbekli Tepe, Jiahu no alojaba originalmente a toda la tribu. Es muy posible que naciera como un asentamiento de tan solo unas pocas personas que cuidaban de cultivos «fermentables» que en cada ciclo estacional permitían la elaboración de la bebida. Se trataba de bebidas cuya función era integrarse en una suerte de fiesta en la que la comunidad nómada se reencontraba con sus tullidos y con los menos productivos y sacrificados agricultores. McGovern remarca:

Comoquiera que caractericemos a estas bebidas neolíticas y la domesticación de estas plantas, encontraremos que se trata de un esfuerzo igualitario, con todos trabajando juntos.

En una economía comunista primitiva, la celebración es el principal mecanismo colectivo de cohesión social. Uniendo la redistribución entre agricultores y cazadores a través de ceremoniales, la comunidad no escindida en clases, afirmaba sin fricciones su igualitarismo. La fermentación de granos salvajes -la forma más primitiva de cerveza- empieza a jugar un papel cada vez más importante en estas fiestas porque de forma natural se convierten en el «objetivo» de todos. Toda celebración necesita algo especial. De ese modo algo en apariencia anti-económico, como sembrar y cultivar a tiempo completo se convierte en el objeto de una primera división del trabajo que no sirve a la explotación de unos por otros.

Hay todavía ejemplos de esta lógica comunista primitiva operando en sociedades vivas, por ejemplo los Enawene-Nawe, cuya sociedad combina caza y agricultura articulándose alrededor de un festival cíclico central. Cada vez que vuelven las partidas conjuntas de caza y pesca, una casa distinta -los encargados de un huerto- organiza un festival comunitario donde se redistribuyen los resultados de la caza y el cultivo manteniendo la organización social. Las casas están distribuidas radialmente y la casa que debe organizar el festival va cambiando de radio a radio como el calendario cíclico amazónico.

Esta lógica redistributiva parece haber sido también el origen de las primeras redes «globales». Con toda probabilidad un intercambio no mercantil más parecido a las extensas redes de intercambio ritual polinésicas o las de los kwakiutl hasta el siglo XX, que al comercio posterior de fenicios o griegos. Recientes investigaciones sobre el ADN de la flora británica llevaron a un equipo de científicos a concluir que las comunidades neolíticas del Sur de Europa compartían semillas de granos cultivados con sus vecinos más atrasados del Norte hace más de ocho mil años, dos mil años antes de las primeras evidencias conocidas de agricultura en las islas.

Es decir, los «santuarios» -originalmente el centro de los itinerarios de caza de las partidas de una tribu- posiblemente sirvieron también para la redistribución entre tribus, difundiendo e igualando los avances en distintas regiones geográficas. La revolución agraria creó un mundo interconectado con intercambios a larga distancia mucho antes del nacimiento de la mercancía.

El resultado global es un cuadro de la Revolución Neolítica y el nacimiento de la civilización muy diferente del que se tuvo durante el siglo XX. La primitiva comunidad agraria no tenía una estructura social ni un ciclo productivo esencialmente diferente de los de la tribu nómada. Tras el comunalismo primitivo de cazadores recolectores que fascinó a los primeros antropólogos, no vinieron inmediatamente el estado, la propiedad privada y la división sexual y social del trabajo, sino una larga fase de comunismo agrario que seguía sosteniéndose en parte de la caza, la pesca y la recolección. Este sistema productivo ocupaba amplios espacios geográficos, seguramente más conectados entre sí de lo que imaginamos. Y lo que es más importante: el gran salto no fue el descubrimiento de la agricultura en sí, sino el nacimiento del comunal agrario a partir de la lógica ceremonial de la celebración.

La ciudad comunista primitiva

En los años 70, comenzaron los primeros descubrimientos arqueológicos de lo que más tarde se llamó cultura de Tripilia-Cucuteni. En una vasta región de las actuales Ucrania, Rumanía y Moldavia, se han descubierto desde entonces docenas de «megasites», ciudades neolíticas. Su apogeo estuvo entre el 4500 y el 3000 A.e.C. El problema de los arqueólogos es que el número de casas de cada uno de ellos resulta abrumador. En uno de los últimos megasitios explorados, Nebelivka, durante…

…más de seis años de trabajo de campo desde 2009, los investigadores han excavado y mapeado estructuras ubicadas en más de un kilómetro cuadrado. Fotos aéreas, imágenes satelitales y datos geomagnéticos, complementados con excavaciones de 88 pozos de prueba, identificaron 1,445 casas residenciales y 24 estructuras comunales llamadas casas de asambleas.

Pero lo interesante es que…

Los investigadores dicen que no hay signos de un gobierno centralizado, una dinastía gobernante o disparidades de riqueza o clase social en el antiguo asentamiento. Las casas eran en gran medida similares en tamaño y diseño. Las excavaciones produjeron pocos bienes de «prestigio», como artículos de cobre y adornos de conchas. Aparecieron muchos ejemplos de cerámica pintada y figuras de arcilla típicas de la cultura Tripilia, y más de 6.300 huesos de animales desenterrados en el sitio sugieren que los residentes comieron mucha carne de res y cordero. Esas pistas sugieren que la vida diaria era muy parecida en los distintos barrios de Nebelivka.

La población de estos megasites no tenía nada que envidiar a las ciudades mesopotámicas formadas ya bajo la división en clases. Los dos mayores megasites investigados, Talianki y Maidanets albergaron en su momento de máximo desarrollo a 26.000 y 46.000 personas respectivamente. Eso sí, bajo un urbanismo y unas prioridades tan radicalmente diferentes como su ordenación social.

Una de las cosas que más ha llamado la atención de los investigadores ha sido la diversidad y sofisticación de la dieta. En los megasites se cultivaba trigo, avena, mijo, centeno y cebada -además de cáñamo usado para textiles- pero también tenían zonas de huertos y frutales donde se han encontrado restos de cultivo de albaricoques, ciruelas, cerezas, uvas, guisantes y habas. La ganadería, esencial para permitir la inclusión productiva de los miembros físicamente más débiles, estaba muy desarrollada y parece que la dieta era rica en proteínas provenientes de cerdos, cabras y ovejas domesticados, pero también de caza y pesca. Y evidentemente, se elaboraban fermentados de los granos -la cerveza antigua- y posiblemente vino de uva.

Pero además del igualitarismo de las casas y la diversidad dietética, en lo que estas ciudades del comunismo primitivo se diferenciaron de las mesopotámicas en su baja densidad espacial. Mientras Ur, en su máximo momento de esplendor ocupó 89 Hectáreas y tuvo unos 60.000 habitantes, las 3.000 casas de Maidanets ocupaban unas 270 Hectáreas y las 2.700 de Talianki nada más y nada menos que 450 Hectáreas.

La alta densidad de las primeras ciudades clasistas frente a las comunistas primitivas refleja evidentemente la explotación, pero también la centralización del poder estatal que acaba de nacer para «mediar» entre las clases sí, pero sobre todo para mantener el sistema de explotación. Una población concentrada es más fácil de controlar y contingentar con menos recursos. La estructura urbana de las ciudades del comunismo primitivo no solo refleja una distribución igualitaria del espacio y el acceso a los productos del trabajo colectivo -como vimos en la dieta- sino la diferente naturaleza del poder político en una sociedad sin estado.

En Nebelivka por ejemplo, las casas se agrupaban en 153 vecindarios, la mayoría de los cuales tenía entre tres y siete casas, que se agrupaban a su vez formando 14 barrios, cada uno con una o más casas de asambleas. Estos lugares para la coordinación y decisión social, necesitaban, por su propia naturaleza, disponer de un área abierta. La comunidad no escindida en clases necesita espacio.

La proto-lucha de clases

Otra cosa que ha llamado la atención de los arqueólogos de los megasites es la aparición de casas quemadas en distintas épocas. En muchos casos no se reconstruían. Solo se dejaba el hueco con las ruinas. Los investigadores en un principio lo achacaron a alguna forma de ritual. Era uno de esos «misterios» arqueológicos. Pero en realidad… no tanto.

Por todo el Este de Europa, al mismo tiempo y después de los «megasitios» de Cucuteni aparecieron ciudades igualitarias más o menos grandes pero muy parecidas. Se les conoce por la palabra latina «oppida». Y existe evidencia arqueológica de que prosperaron hasta el 580 AeC y que todavía hace poco más de 2000 años quedaban algunas. Al aumentar el marco de comprensión de este tipo de ciudades comunistas primitivas, han aparecido otras vías de interpretación mucho más interesantes que el «deus ex machina» ritual.

Okolište in Bosnia, había sido fundada alrededor del 5200 AeC y contenía grupos familiares que, aparentemente, desarrollaron distintos potenciales económicos y demográficos en su desarrollo. Las casas de las familias más ricas, que ejercían una creciente posición de poder dentro de la gran aldea, fueron quemadas alrededor del 4900 AC. Después de este momento, mucho cambia en Okolište: el tamaño de la aldea, que originalmente era muy grande para las condiciones neolíticas con aproximadamente 3500 habitantes, se reduce a un «tamaño estándar para el sudeste de Europa» de 100-200 habitantes. Además, las diferencias entre los hogares pasan a no ser reconocibles y las funciones específicas de la centralidad de Okolište dentro del asentamiento circundante son, del mismo modo, indiscernibles. En este sentido, en el caso de Okolište podemos asumir que estamos ante una rebelión interna contra las crecientes diferencias sociales y las crecientes diferencias en la gestión de los recursos.

En los tres ejemplos mencionados, las certezas e incertidumbres en el manejo y la reconstrucción de los conflictos sociales internos se hacen evidentes. Sin embargo, los procesos, por ejemplo, en Heuneburg y Okolište pueden compararse. En ambos casos, el desarrollo de los crecientes potenciales económicos de un grupo de hogares dentro de la población total lleva a conflictos sociales internos. Mientras que una concentración de actividades y poder político en ciertos hogares es reconocible en la Okolište neolítica, en Heuneburg existe un distrito entero -separado del resto del asentamiento- en el que se concentran la artesanía y el control político. En ambos casos, los conflictos sociales llevan a un patrón de asentamiento más disperso y a una reducción de las diferencias sociales dentro de sociedad.

Johannes Müller. «Rebellion and Inequality in Archaeology», 2017

Es decir, diferencias en el desarrollo demográfico de los distintos grupos o tribus que convergían en la ciudad y la extensión desigual dentro de la comunidad de determinadas actividades -dicho de otro modo, el desarrollo de las fuerzas productivas bajo el comunismo primitivo- habrían incitado conflictos tendentes a la aparición de clases. Alcanzado ese punto, el comunismo primitivo agrario solo podía reprimir el proceso -debilitando el tejido y la capacidad productiva del conjunto social- o transformarse en una sociedad de clases. El desarrollo de estas y su extensión a base de guerras, pero también de intercambios que extendieron nuevas tecnologías desarrolladas por ellas, sin duda incrementaron los momentos de crisis de las ciudades igualitarias. De ahí su desaparición o transformación en paralelo con el desarrollo del modo de producción esclavista. La ciudad comunista primitiva no desapareció sin lucha, pero su resistencia no dejaba de ser una resistencia al desarrollo de las capacidades productivas de la Humanidad entera.