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Centralismo

25 de julio, 2018 ·

Centralismo

Definición

Tendencia hacia la unificación organizativa que expresa el carácter del proletariado como clase universal.

Origen

El centralismo, Se fundamenta en la identidad y unidad de intereses que corresponde a una clase que no lucha por ningún privilegio ni interés particular, sino por intereses genéricos universales en todo el mundo. Por eso internacionalismo y centralismo van de la mano necesariamente en toda expresión genuina de lucha de clases: si el centralismo afirma la unidad de clase en cada expresión de esta, el internacionalismo la afirma entre ellas.

Centralización no es concentración del poder en unos pocos sino en todos

En la clase trabajadora, «centralismo» no significa la adhesión a un principio formal, la defensa de una cierta tipología de estructuras de mando. Y desde luego, no significa concentrar el poder en una única persona o grupo, sino por el contrario, extender el ámbito de cualquier organización de lucha de la clase a todos sus miembros, reflejando el carácter universal que late bajo cada expresión de clase y anteponiéndolo a cualquier particularismo, a cualquier sentimiento o prejuicio, privilegio imaginario u opresión real. Dicho de otra manera, el centralismo es la expresión organizativa de la idea de unidad de la clase del proletariado como sujeto político universal.

El centralismo de los trabajadores es el de una asamblea que organiza una huelga no el de un consejo de administración erguido sobre un organigrama. Cuando hay una huelga, la tendencia espontánea es a que su organización recaiga en un único centro: la asamblea de todos los trabajadores y que esa asamblea reúna a todos los trabajadores con independencia de su nacionalidad, su sexo, el contrato de trabajo que tengan -sea fijo o temporal- y quién se lo firme -la empresa principal o una auxiliar. Cuando la huelga se extiende, los comités (electos, con mandato directo y revocables en cualquier momento) se unen a su vez en «comités de delegados» que, cuando las movilizaciones se generalizan, integran a su vez todo tipo de representaciones de las clases no explotadoras a través de asambleas de barrio, ciudad, etc.

La tendencia a la unidad está también presente en las expresiones comunitarias, defensivas, de clase trabajadora: cajas de resistencia, redes de solidaridad, etc. solo funcionan y se convierten en espacios válidos para el desarrollo de la conciencia de clase si son capaces de superar en la práctica las divisorias, identitarias de una manera u otra, impuestas por una sociedad cuya fractura en clases se expresa bajo mil particularismos y opresiones diferenciadas sin superación histórica posible dentro del sistema.

Centralismo y partido

El centralismo es una herramienta natural del desarrollo de la conciencia de clase. Al disolver las fronteras e «identidades» creadas por la sociedad de clases y el capitalismo dentro del proletariado, afirma la unidad y universalidad de su proyecto histórico inmediato, el socialismo, al tiempo que desarrolla cada lucha concreta hasta su máximo, que es también el máximo de su centralización.

No es por tanto de extrañar que ya las primeras organizaciones políticas de clase (los «comunistas icarianos» de Cabet y la «Liga de los justos» de Weitling) funcionaran centralizadamente a través de redes de correspondencia internacional en actividad permanente y congresos únicos en las que los delegados eran auténticos delegados que llevaban las propuestas y resultados del trabajo sobre los textos a debate de los que no podían viajar. Que todavía en la primera mitad del siglo XIX se afirmara la igualdad, dentro de una organización única, de todos sus miembros, con independencia de su sexo, nacionalidad u origen etno-religioso, dice mucho sobre el carácter necesariamente centralista de la organización política de clase. Más ante el contraste con las formas de la pequeña burguesía. El federalismo proudhoniano, el caos del secretismo bakuninista y la atomización individualista de los movimientos estudiantiles del 68 o los «occupỳ» expresan bien a una clase que trata de definirse en el consumo y generar «identidades» a medida, frente a una clase que nace de la producción y se enfrenta a la alienación que nace de su organización social.

En la II Internacional, su izquierda -Rosa Luxemburgo, Lenin, Zetkin- lucharon denodadamente contra la formación de grupos «identitarios» nacionales autónomos y contra el planteamiento «federativo» de la organización

La «autonomía» de los Estatutos de 1898 asegura al movimiento obrero judío todo lo que puede necesitar: propaganda y agitación en yiddish, publicaciones y congresos, presentación de reivindicaciones particulares como desarrollo del programa socialdemócrata único común y satisfacción de las necesidades y demandas locales que dimanan de las peculiaridades del modo de vida judío. En todo lo demás es imprescindible la fusión más completa y estrecha con el proletariado ruso, es imprescindible en interés de la lucha de todo el proletariado de Rusia. Y carece de fundamento, por el fondo mismo del asunto, el temor a toda «mayorización» en caso de fusión, pues precisamente la autonomía es una garantía contra la mayorización en las cuestiones particulares del movimiento judío. Pero en las cuestiones relativas a la lucha contra la autocracia, a la lucha contra la burguesía de toda Rusia, debemos actuar como una organización de combate única y centralizada; debemos apoyarnos en todo el proletariado, sin diferencias de idioma ni de nacionalidad, cohesionado por la solución mancomunada y constante de los problemas teóricos y prácticos, tácticos y de organización, en vez de crear organizaciones que marchen aisladamente, cada una por su propio camino; en vez de debilitar las fuerzas de nuestro embate, fraccionándonos en multitud de partidos políticos independientes; en vez de introducir el aislamiento y la separación para curar después con emplastos de la cacareada «federación» la enfermedad que nos inoculamos artificialmente.

Lenin. «¿Necesita el proletariado judío un partido político independiente?», 1903

Planteamiento que se hacía extensivo a todas las «identidades» que se consideraban en la época -de sexo o generacionales- y que luego se trasladaron a la IIIª Internacional. Como recordaba Clara Zetkin en 1921 a las encargadas de difundir en cada sección nacional el programa de la Internacional entre las mujeres:

No hay más que un sólo movimiento, una sola organización de mujeres comunistas -antes socialistas- en el seno del partido comunista junto a los hombres comunistas. Los fines de los hombres comunistas son nuestros fines, nuestras tareas

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