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Capitalismo de estado

20 de julio, 2018 ·

Forma de organización característica de la burguesía en el capitalismo decadente. Nace al hacerse la «economía de guerra» permanente, cuando la burguesía requiere todo el poder del estado para orientar el conjunto de la actividad social a la realización, cada vez más problemática, de la plusvalía.

Origen

El imperialismo impulsará ya una reorganización de la burguesía. Poco a poco la competencia capitalista es sustituida por pequeños grupos de grandes empresas nacidos de fusiones y concentraciones gigantescas de capital. Estas, hasta entonces dueñas de los bancos, se convierten en propiedad de estos. Y todos se entreveran con el estado en lo que no es sino una forma de socialización, es decir, de orientación organizada de toda la sociedad hacia un único objetivo: la reproducción del capital. Esta socialización significó también una «socialización del concepto de capitalista» a través, en principio, de la sociedad por acciones y la aparición de una burguesía «gestora».

¿Qué significa, en última instancia, el fenómeno económico de la sociedad por acciones? Representa, por un lado, la unificación de una cantidad de fortunas pequeñas en un gran capital para la producción. Representa, por otro, la separación de la producción de la posesión capitalista. Es decir, denota que se le ha ganado una doble victoria al modo capitalista de producción: pero todavía sobre bases capitalistas.

¿Qué significan, pues, las estadísticas que cita Bernstein, según las cuales un número creciente de accionistas participan en las empresas capitalistas? Las estadísticas demuestran, precisamente, esto: en la actualidad una empresa capitalista no corresponde, como antes, a un único propietario de capital sino a una serie de capitalistas. En consecuencia, la noción económica de «capitalista» ya no corresponde a un individuo aislado. El capitalista industrial de hoy en día es una persona colectiva, compuesta de cientos, inclusive miles de individuos. La categoría de «capitalista» se ha vuelto una categoría social. Se ha «socializado», en el marco de la sociedad capitalista.

Rosa Luxemburgo. Reforma o revolución, 1901

Al radicalizarse este proceso, que arranca ya en las primeras fases del imperialismo y se generaliza y profundiza en toda la decadencia capitalista, cambia la estructura misma de la burguesía: las fronteras entre las viejas clases latifundistas, los capitanes de industria, los banqueros y la alta burocracia del estado se harán borrosas. Buena parte de la burguesía dejará de tener «la» propiedad de una gran industria para convertirse en accionistas de consorcios financieros. Otros ni siquiera eso, las rentas que mantienen e incentivan a la burguesía contemporánea en todo el mundo, han perdido la centralidad productiva de otrora a pesar de la desigualdad infame de ingresos. Toman formas extremadamente diversas e imaginativas que a veces se clasifican simplemente como «corrupción».

En buena parte de los nuevos estados producto de la liberación nacional durante la decadencia, comenzando por Turquía, el primer país que la alcanzó en la época imperialista, la nueva burguesía nacional estará formada fundamentalmente por militares, altos burócratas, gestores, banqueros y miembros del propio aparato político del nuevo estado… que generarán también burguesías empresariales.

Aunque hoy resulte lejano es algo muy parecido a lo vivido desde 1914 por la burguesía española o la argentina, cuyas principales facciones industriales vienen de la absorción de algún fenómeno empresarial exitoso, es decir con capacidad monopolista e imperialista -como ha pasado recientemente con Inditex en España- pero con aun más frecuencia, de la privatización compañías públicas y la creación de compañías privadas monopolísticas bajo el ala del estado y los bancos (Repsol, Telefónica, Prisa, etc.). Ese es el capitalismo en el que vivimos hoy en día, en el que la burguesía de estado es descrita incluso por la prensa burguesa como una amalgama de «castas», «oligarcas», «aparatchiks» y «redes de poder».

Esta transformación de la competencia en monopolio constituye uno de los fenómenos más importantes, -por no decir el más importante- de la economía del capitalismo en los últimos tiempos. (…)

(…)La competencia se convierte en monopolio. De ahí resta un gigantesco progreso de socialización de la producción. Se socializa también, en particular, el proceso de los inventos y perfeccionamientos técnicos.

Esto no tiene nada que ver con la antigua libre competencia de patronos dispersos, que no se conocían y que producían para un mercado ignorado. La concentración ha llegado a tal punto que se puede hacer un inventario aproximado de todas las fuentes de materias primas (por ejemplo, yacimientos de minerales de hierro) de un país, y aun, como veremos, de varios países y de todo el mundo. No solo se realiza este cálculo, sino que asociaciones monopolistas gigantescas se apoderan de dichas fuentes. Se efectúa el cálculo aproximado de la capacidad del mercado, que las asociaciones mencionadas se «reparten» por contrato. Se monopoliza la mano de obra capacitada, se contratan los mejores ingenieros, y las vías y los medios de comunicación -las líneas férreas de América y las compañías navieras en Europa y América- van a parar a manos de monopolistas. El capitalismo en su fase imperialista, conduce de lleno a la socialización de la producción en sus más variados aspectos; arrastra, por decirlo así, a los capitalistas, en contra de su voluntad y su conciencia, a cierto régimen social nuevo, de transición de la absoluta libertad de competencia a la socialización completa.(…)

Nos hallamos en presencia, no ya de la lucha competitiva entre grandes y pequeñas empresas, entre establecimientos atrasados y establecimientos adelantados en el aspecto técnico. Nos hallamos ante la estrangulación por los monopolistas de todos los que no se someten al monopolio, a su yugo, a su arbitrariedad.(…)

El desarrollo del capitalismo ha llegado a un punto tal que, aunque la producción mercantil sigue «reinando» como antes y es considerada base de toda la economía, en realidad se halla ya quebrantada y las ganancias principales van a parar a los «genios» de las maquinaciones financieras. Estas maquinaciones y estos chanchullos tienen su asiento en la socialización de la producción; pero el inmenso progreso de la humanidad, que ha llegado a esa socialización, beneficia… a los especuladores. Más adelante veremos cómo, «basándose en esto», la crítica pequeñoburguesa y reaccionaria del imperialismo capitalista sueña con volver atrás, a la competencia «libre», «pacífica» y «honrada». (…)
La supresión de las crisis por los cárteles es una fábula de los economistas burgueses, los cuales ponen todo su empeño en embellecer el capitalismo. Al contrario, el monopolio que se crea en varias ramas de la industria aumenta y agrava el caos propio de toda la producción capitalista en su conjunto.(…)

Los capitalistas dispersos vienen a formar un capitalista colectivo. Al llevar una cuenta corriente para varios capitalistas, el banco realiza, aparentemente, una operación puramente técnica, únicamente auxiliar. Pero cuando esta operación crece hasta alcanzar proporciones gigantescas, resulta que un puñado de monopolistas subordina las operaciones comerciales e industriales de toda la sociedad capitalistas, colocándose en condiciones -por medio de sus relaciones bancarias, de las cuentas corrientes y otras operaciones financieras- primero, de conocer con exactitud, la situación de los distintos capitalistas, después, controlarlos, ejercer influencia sobre ellos mediante la ampliación o la restricción del crédito facilitándolo o dificultándolo, finalmente decidir enteramente su destino, determinar su rentabilidad, privarles de capital o permitirles acrecentarlo rápidamente y en proporciones inmensas, etc.(…)

Paralelamente se desarrolla, por decirlo así, la unión personal de los bancos con las más grandes empresas industriales y comerciales, la fusión de los unos y de las otras mediante la posesión de las acciones, mediante la entrada de los directores de los bancos en los consejos de supervisión (o directivas) de las empresas industriales y comerciales, y viceversa.(…) La «unión personal» de los bancos y la industria se completa con la «unión personal» de unas y otras sociedades con el gobierno. «Los puestos en los consejos de supervisión -escribe Jeidels- son confiados voluntariamente a personalidades de renombre, así como a antiguos funcionarios del Estado, los cuales pueden facilitar en grado considerable (!!) las relaciones con las autoridades». (…)

Resulta, de una parte, una fusión cada día mayor, o según la acertada expresión de N.I. Bujarin, el engarce de los capitales bancario e industrial y, de otra, la transformación de los bancos en instituciones de un verdadero «carácter universal». (…)

En los medios comerciales e industriales se oyen con frecuencia lamentaciones contra el «terrorismo» de los bancos (…) En el fondo, se trata de las mismas lamentaciones del pequeño capital con respecto del yugo del grande, solo que en este caso la categoría de «pequeño» capital corresponde a ¡todo un consorcio! La vieja lucha entre el pequeño y el gran capital se reproduce en un grado de desarrollo nuevo e inconmensurablemente más elevado.(…)

Concentración de la producción; monopolios que se derivan de la misma; fusión o engarce de los bancos con la industria: tal es la historia de la aparición del capital financiero y lo que dicho concepto encierra. (…)
La gestión de los monopolios capitalistas se convierte indefectiblemente, en las condiciones generales de la producción mercantil y de la propiedad privada, en la dominación de la oligarquía financiera (…) [Mientras] los apologistas del imperialismo y del capital financiero no ponen al descubierto sino que disimulan y embellecen el mecanismo» de la formación de las oligarquías, sus procedimientos, la cuantía de sus ingresos «lícitos e ilícitos», sus relaciones con los parlamentos etc., etc.

Lenin. El imperialismo fase superior del capitalismo, 1916

Stalinismo y capitalismo de estado

El capitalismo de estado es un fenómeno general en todos los estados a lo largo de todo el periodo de decadencia del capitalismo. En Rusia primero y en sus satélites después tomó sin embargo a una forma particular y característica. La contrarrevolución había cabalgado en Rusia precisamente sobre estas tendencias, encarnándose en la capa gestora de un capitalismo de estado que, por efecto del aislamiento y la guerra civil, no se veía contrapesado ya por el poder político de los trabajadores organizados. Esta capa gestora, capturará el estado y el partido de clase con un programa de defensa y supeditación de los objetivos de clase al capital nacional que representaba. Su fórmula «socialismo en un solo país» (1924), no significaba otra cosa que la supeditación de los intereses de la revolución mundial al capital nacional que trabajosamente había concentrado el estado posrevolucionario.

Cuando finalmente se haga con todo el poder en 1928, dará rienda suelta a todas las tendencias generadas por ese capital nacional. Tendencias que eran las mismas que las de cualquier otro capital nacional en la decadencia capitalista: imperialismo, nacionalismo, totalitarismo, militarismo, pauperización de la masa trabajadora…

Hay una diferencia importante sin embargo. La nueva burguesía rusa no surgía orgánicamente de la transformación de la propiedad empresarial impulsada por el capital financiero. Nacía del estado mismo y no de un estado cualquiera. Del estado que se había formado para defender la revolución durante la guerra civil. Era por tanto una burguesía que se justificaba políticamente como continuidad de la revolución de Octubre y que en consecuencia intentará por todos los medios vender su particular forma de capitalismo de estado como socialismo. Es más, su origen la mantendrá ligada entorno al que había sido partido de la revolución y que rehará completamente a su imagen y semejanza, conservando tan solo sus símbolos externos (y muchas veces, ni eso).

Capitalismo de estado y totalitarismo

La tendencia totalitaria es una consecuencia directa de la concentración de estado y capital. No solo toma las formas extremas del stalinismo o el fascismo, aparece también, desde el primer momento, en los regímenes parlamentarios y las democracias liberales. Bajo el capitalismo de estado toda sociedad civil es absorbida en el estado. Sindicatos, partidos políticos, asociaciones, centros de investigación… todo cuanto la democracia liberal había articulado bajo un marco que emulaba al mercado, representando la competencia/conflicto de intereses e ideas, pasa a definirse desde las nuevas funciones estatales. Dicho de otro modo, pasan a ser órganos, más o menos autónomos del estado. La analogía del capitalismo de estado no es ya la «competencia perfecta» entre partes e intereses cuya agregación queda más allá de sus atribuciones, sino la «mesa» en la que los grandes monopolios «planifican» y «pactan». Como consecuencia, los «grupos sociales» -sindicatos, patronal, etc.- dejan de ser expresiones de las diferentes fracciones de la sociedad frente al estado para convertirse en expresiones del estado frente a las diferentes capas de la sociedad. Es particularmente claro en los sindicatos, homologados a monopolistas de la fuerza de trabajo según el modelo de las empresas energéticas o la industria pesada. Pero es idéntico en la administración territorial. Por ejemplo, hasta entonces la diferencia entre un electo y un gobernador o delegado gubernamental es que el primero representaba a los ciudadanos frente al estado y el segundo al estado frente a los electos. Con el capitalismo de estado, los cargos electos pasan a ser representantes del estado en el territorio, exigiéndoseles esa responsabilidad incluso legalmente.

El capitalismo de estado persigue conscientemente instrumentalizar y ocupar todo el espacio político y social. Se ve claramente en el espacio de la «opinión», donde el «pluralismo» que otrora representaba la diferencia de intereses y los sujetos del conflicto político, sirve ahora, ante todo, para afirmar «en la diversidad», los consensos del poder en torno a la gestión del sistema. Por eso en numerosos estados hay organizaciones y espacios que se presentan como «anti-sistema». Su función al igual que los partidos parlamentarios es la adscripción de toda la sociedad al estado capitalista, sirviendo de paso de «banquillo», de reserva disponible para, en momentos de crisis, renovar a la propia clase dirigente y las estructuras del estado que vela por el capital nacional.

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