Diario de Emancipación

Contra su moral, solo tenemos la nuestra

1 de abril, 2019 · Marxismo> Moral

Los discursos apocalípticos y el culto a lo macabro que se ha convertido en parte del paisaje mediático y político son algo más que mera ideología: reflejan e impulsan una moral que tiene mucho más alcance y envenena cuanto toca.

Las consignas de los trabajadores de Haft Tapeh expresan el impacto sobre la población del esfuerzo bélico permanente del imperialismo iraní: «No hay comida sobre la mesa», «Tenemos hambre»

1

Ayer veíamos cómo la burguesía evalúa los desastres que ella misma crea y cómo, el guión de las acciones reales que toma ignora las necesidades humanas y se centra en lo único que importa para el sistema: el sostenimiento de la acumulación. No poder determinar costes arancelarios a una fecha dada es «caos», pero que la pobreza explote porque los alimentos básicos como el pan o la carne están dolarizados resulta lo más «lógico» del mundo para ellos. No poder predecir si en dos semanas tendrán aduanas en los puertos británicos es «caótico» y gravísimo, pero que millones pierdan casa y se vean condenados a la hambruna por el cambio climático y las guerras, es solo un coste diferible en el tiempo y en todo caso menor a un rescate bancario desde el punto de vista de la acumulación. Para ellos que aumenten las bajas laborales es escandaloso, que miles de trabajadores mueran en los campos europeos de sobretrabajo y miseria, no. Para la moral de la burguesía, la vida y las necesidades humanas no tienen valor por sí mismas más allá de su eventual utilidad para la acumulación.

Macron ensayando el argumentario del cambio climático como arma contra EEUU en la guerra comercial.

2

Es más, como veíamos también con «Jóvenes por el clima» o la campaña feminista del 8 de marzo, si para algo le interesan esas necesidades es para convertirlas en formas de encuadramiento. Encuadramiento completamente esteril para los trabajadores desde el punto de vista de la solución de problemas que el propio sistema genera una y otra vez, pero inevitablemente fructífero para el orden existente -siquiera temporalmente- a la hora de vender «uniones sagradas» y dividir cualquier respuesta efectiva antes de que se produzca. Por eso las campañas aparentemente humanitarias que nos machacan a través de los medios -desde la violencia de género a «la paz», pasando por el medioambiente y los derechos lingüísticos, sexuales y de cualquier otro tipo- no transforman nada, no cambian nada. Su función no es la que declaran. Para la moral de la burguesía las necesidades humanas solo son políticamente relevantes si son instrumentalizables para el sostenimiento de su dominio.

Congreso de Amsterdam de la II Internacional en 1904.

3

Tenemos pues enfrente a un enemigo para el que lo necesario y laudable, es solo aquello que o bien es instrumental a la acumulación o bien refuerza las condiciones que la hacen posible. Es decir, tenemos delante una moral de la explotación y el sometimiento. Por supuesto, no va a decirlo abierta y honestamente, sería «inmoral» según su propia lógica. Necesariamente va a crear un terreno de juego trucado y falseado, necesariamente va a producir ideología. La verdad moral de la burguesía es la palabra instrumentalizada, la palabra útil para sojuzgar las necesidades humanas.

Cartel del SPD alemán

4

Su contrario, el nuestro, la moral proletaria, todavía no es una moral humana genérica y definitiva. No puede serlo porque el conocimiento, la consciencia que puede desarrollarse en la sociedad burguesa sigue siendo una consciencia de clase. Pero al ser la moral de una clase universal, al contener al menos la perspectiva de una Humanidad reunificada, «presenta el futuro en la transformación del presente». Es en este elemento de futuro en el que reside la única base moral firme desde la que es posible enfrentarse a la burguesía.

Perspectiva comunista, moral comunista y consciencia de clase

Rosa Luxemburg, August Bebel y Louise Kautsky bromean en un receso del congreso de la Internacional en Amsterdam en 1904.

La perspectiva comunista es la consciencia de que la abundancia está presente, ahora, como posibilidad en actual desarrollo de las fuerzas productivas y que solo la clase trabajadora puede hacerla realidad. No es un «horizonte» decorativo, una invocación vacía, es la dirección, el objetivo que da sentido a cada acto en todo el movimiento de clase. Como decía Rosa Luxemburgo, si se renuncia a ella, «se hace desaparecer también el propio movimiento». Por eso es un elemento fundamental de la consciencia de clase, pero también la transciende sirviendo de base a la moral comunista.

Primera edición en español de «Su moral y la nuestra», México, 1939

Moral y consciencia, objetivo y voluntad de acción, están íntimamente ligados en la clase trabajadora. Todas las «degeneraciones» históricas de organizaciones de clase han seguido el mismo proceso. Cuando la perspectiva comunista flaquea, cuando la tensión del futuro afloja, el oportunismo emerge, el objetivo se sacrifica y el movimiento muere en tanto que movimiento de clase. Dicho de otro modo, cuando la moral falla, la lógica mercantil del intercambio vuelve y se apropia de las entrañas del organismo político desde dentro, destruyendo su capacidad como fermento de consciencia. Al trocar principios por número o por «éxitos», la mercantilización de cosas y personas reaparece: compañeros, aliados o trabajadores se convierten en instrumentales. Las palabras se retuercen entre actos y argumentos que las vacían de significado. Antes de darse cuenta se ha pasado del oportunismo al centrismo. El objetivo, la perspectiva comunista, se degrada hacia la «nada» e inevitablemente en «nada» queda el programa en la organización.

La moral comunista, la ligazón íntima y permanente entre el modo de hacer, hablar y batallar y la perspectiva permanente de la abolición de la escasez, la mercancía y el trabajo asalariado no es un adorno ni una deriva «mística» ni «moralizante», es un hecho material con consecuencias materiales sin cuyo fortalecimiento consciente los «fetiches idealistas», las utopías reaccionarias de autómatas sociales y «cuadros de mandos», volverán una y otra vez, desarmando uno por uno los mejores esfuerzos de nuestra clase.

La moral emancipadora del proletariado posee -indispensablemente- un carácter revolucionario. Se opone irreductiblemente no solo a los dogmas de la religión, sino también a los fetiches idealistas de toda especie, gendarmes ideológicos de la clase dominante.

Lev Davidovich. «Su moral y la nuestra», 1938

Resumen en tuits

Para la moral de la burguesía, las necesidades humanas no tienen valor por sí mismas más allá de su eventual utilidad para la acumulación y solo son políticamente relevantes si son instrumentalizables para el sostenimiento de su dominio
La moral de la burguesía es una moral de la explotación y el sometimiento. La verdad moral de la burguesía es la palabra instrumentalizada, la palabra útil para sojuzgar las necesidades humanas
La moral comunista «presenta el futuro en la transformación del presente». Es en este elemento de futuro en el que reside la única base moral firme desde la que es posible enfrentarse al capitalismo
La perspectiva comunista es la consciencia de que la abundancia está presente, ya, como posibilidad y que solo la clase trabajadora puede hacerla realidad.
La perspectiva de una sociedad de abundancia, sin estado ni trabajo asalariado no es un «horizonte» decorativo, una invocación vacía, es la dirección, el objetivo que da sentido a cada acto en todo el movimiento de clase.
Moral y consciencia, objetivo y voluntad de acción, están íntimamente ligados. Cuando la tensión del futuro afloja, el oportunismo emerge, el objetivo se sacrifica y el movimiento muere en tanto que movimiento de clase
La ligazón íntima y permanente entre lo que somos y la perspectiva permanente de la abolición de la escasez, la mercancía y el trabajo asalariado es la única barrera frente a los «fetiches idealistas», gendarmes ideológicos del sistema
Sígueme en Feedly