Comunismo: de la definición a la imaginación

Todo el trabajo de Marx, toda su concepción del comunismo se basa en la necesidad histórica de superación de la mercancía y por tanto del trabajo asalariado, el «trabajo forzado por la necesidad» y con él el fin de la división del trabajo. El comunismo, «verdadero comienzo de la historia humana», no es una utopía sino un desarrollo de las posibilidades y tendencias que ya están en la tecnología y las capacidades productivas de hoy y que el capitalismo frena y destruye.

Precisamente porque el comunismo no es una utopía, un plan o modelo a imponer a la realidad, sino un desarrollo de las tendencias liberadoras que ya están en el desarrollo tecnológico y productivo capitalista, el marxismo nunca ha podido emprender la descripción del «cómo será» en lo concreto una sociedad comunista… sino todo lo que no será y no tendrá.

El comunismo no es una utopía, un modelo a imponer a la realidad, sino un desarrollo de las tendencias liberadoras que ya están en el desarrollo tecnológico y productivo capitalista

Sabemos por ejemplo que se transformará la geografía impuesta por el capitalismo.

La superación de la contraposición entre la ciudad y el campo no es pues, según esto, sólo posible. Es ya una inmediata necesidad de la producción industrial misma, como lo es también de la producción agrícola y, además, de la higiene pública. Sólo mediante la fusión de la ciudad y el campo puede eliminarse el actual envenenamiento del aire, el agua y la tierra.

Engels, Anti-Düring

«Ciudad andante», proyecto del «desurbanista» Iakov Chernikhov, inspirada por el «Anti-Düring» de Engels en 1930. Los «desurbanistas» intentaban un «urbanismo de transición» opuesto a la lógica del valor. Sus textos fueron prohibidos y la mayor parte de ellos masacrados por el estalinismo.
¿Pero podríamos hacer una descripción positiva del urbanismo comunista? No, porque la determinación histórica y económica no llegan a ése punto. Simplemente no podemos saber hoy cuántas plantas tendrán los edificios ni que espacios tendrán ni que forma ocuparán, como pretendían los utopistas. Pero, cuando nuestros lectores nos piden que describamos una sociedad comunista, en realidad nos están pidiendo algo mucho más básico. Después de generaciones machacadas por la cultura burguesa y décadas de retroceso de la clase, cuesta imaginar incluso la definición «negativa» del comunismo en su esencia más básica, el principio de que con la abundancia característica del desarrollo comunista acaba el valor, lo que es el fin de la misma idea de distribución, la eliminación del intercambio, la abolición el mercado y su sustitución por… nada, por la apropiación directa -sin mediar dinero, cupones de racionamiento ni nada por el estilo- de la producción por los humanos y sus necesidades.

En el seno de una sociedad colectivista, basada en la propiedad común de los medios de producción, los productores no cambian sus productos; el trabajo invertido en los productos no se presenta aquí, tampoco, como valor de estos productos, como una cualidad material, poseída por ellos, pues aquí, por oposición a lo que sucede en la sociedad capitalista, los trabajos individuales no forman ya parte integrante del trabajo común mediante un rodeo, sino directamente.

Marx. Crítica del programa de Gotha

Así se imaginaba una «biblioteca electrónica doméstica» en una revista americana de los cincuenta.
El problema es que ese «directamente» sigue siendo en buena medida imaginación que solo el desarrollo tecnológico va perfilando. Por ejemplo, hace treinta años era común que te dijeran «¿y entonces irás al kiosko y simplemente cogerás el periódico?». Hoy, la experiencia de la «World Wide Web» capitalista ha eliminado la pregunta, pero sigue en pie para muchas otras cosas. Y la verdad es que no podemos dar una respuesta científica mucho más allá de la que dieron Marx y Engels. Lo que no quiere decir que no haya respuestas posibles «en positivo». Respuestas literarias, imaginaciones que no predicciones, de formas posibles dentro del espectro de lo que sabemos que cabe como sociedad comunista.

El marxismo no ha podido describir el detalle una sociedad comunista. No hay base científica para el detalle. Es posible sin embargo, ya hoy, una imaginación literaria que siendo mucho menos que ciencia sea más que pura ficción.

Mucho menos que ciencia, algo más que ficción

Algunas, como «Viaje desde el ayer», una novela que ya hemos citado en algún artículo anterior, son bastante satisfactorias. La forma de relatarlo es el encuentro entre unos militares que vienen de nuestro planeta -que sigue siendo capitalista- y unos colonos humanos que han nacido en el lejano planeta «Quirón» en una sociedad ya comunista. Las claves, como siempre: una sociedad sin intercambio de valor -y por tanto sin dinero- y sin división del trabajo ni jerarquías absurdas.

Lo primero que les resulta chocante es que la gente va a los supermercados y toma lo que necesita sin pagar y sin otra restricción que el sentido común. ¿Para qué querría nadie llevarse lo que no necesita? En otra escena se encuentran con una madre y su hija e intentan definirlas y saber cual es «su lugar» en la estructura social por su trabajo, como es común en la sociedad burguesa.

—. ¿Sois… eh… maestras, o algo así? —preguntó Driscoll.
—A veces —respondió Shirley—. Ci enseña lengua, pero principalmente en el planeta. Es decir, cuando no está trabajando con electrónica o instalando el cableado de una planta subterránea en alguna parte. Yo no soy tan técnica. Cultivo olivos y viñedos en la península, y también diseño interiores. Por eso he subido hasta aquí, Clem quiere reestructurar y redecorar los alojamientos de la tripulación. Pero sí, también enseño costura a veces, pero no lo hago mucho.
—Quiero decir como trabajo regular —dijo Driscoll— ¿qué es lo que hacéis básicamente?
—Todas esas cosas. —Shirley parecía algo sorprendida—. ¿Qué quieres decir con «básicamente»?
—Ellos hacen lo mismo todo el tiempo, desde que dejan la escuela hasta que se jubilan —le recordó Ci a su madre.
—Oh, sí, claro —asintió Shirley—. Parece horroroso. Pero bueno, es asunto suyo. […]

La ausencia de salarios, les resulta fascinante e incomprensible

—Lo que sigo sin comprender es qué motiva a esta gente —le comentó Colman a Hanlon mientras caminaban con Jay camino de la casa de Adam—. Todos parecen trabajar duro, pero ¿para qué trabajar si nadie te paga nada?
Un vehículo rodante pasó cerca de allí y varios quironeses les saludaron desde las ventanillas.
—No puede ser exactamente eso —dijo Jay—. Esa mujer de la que estaba hablando le dijo a Jerry Pernak que un trabajo de investigador en la universidad se pagaba bastante bien. Así que algo tiene que haber.
—Bueno, lo que es seguro es que no se paga con dinero.

Un París «verde» y «post-escasez» imaginado por el arquitecto Vincent Callebaut como la ciudad de 2050. Una utopía bajo el capitalismo, tal vez una posibilidad en una sociedad en desmercantilización (Socialismo).
Pero aun más la ruptura del viejo tópico, propio de las sociedades de explotación, del trabajo como un mal, como una maldición que nadie haría si no existiese la amenaza del hambre.

El pintor miró al otro lado de la calle y se percató de que lo observaban.
—Buenos días —comentó, y continuó con su trabajo. La superficie que estaba pintando había sido limpiada a fondo, las oquedades habían sido rellenadas, la pared pulida y dada una capa de pintura base, un par de planchas habían sido reemplazadas y un alféizar reparado, todo ello como fase previa a la pintura. El trabajo de carpintería era limpio y eficiente, y las planchas de las paredes encajaban con precisión; el pintor trabajaba con movimientos lentos y pensados que dejaban la pintura sobre la madera sin brochazos discernibles o zonas de diferente intensidad. Los tres terrestres cruzaron la calle y se quedaron mirando un rato el trabajo del pintor.
—Buen trabajo —comentó Hanlon al final.
—Me alegro de que lo crea así —prosiguió el pintor.
—Es una casa muy bonita —dijo Hanlon tras otro breve silencio.
—Sip.
—¿Suya?
—Nones.
—¿De algún conocido? —preguntó Colman.
—Pues sí. —Eso pareció explicar algo a los terrestres hasta que el pintor añadió—. ¿Acaso no es como si, en cierto modo, todo el mundo conociera a todo el mundo?
Colman y Hanlon se miraron con expresiones confusas. Obviamente no llegarían a ningún lado si no eran más directos. Hanlon se limpió las manos sobre las perneras de su pantalón.
—Bueno, ah… no queremos ser entrometidos ni nada por el estilo, pero por pura curiosidad, ¿por qué la está pintando? —preguntó.
—Porque necesita que la pinten.
—¿Y por qué le importa el que la casa de otro necesite pintura o no?
—Soy un pintor —dijo el pintor por encima del hombro—. Me gusta ver un trabajo bien hecho. ¿Por qué si no lo haría? —Retrocedió un paso, examinó su obra con ojo crítico, asintió para sí, y dejó caer la brocha en una solapa de su taller ambulante, donde una garra empezó a hacerla girar en disolvente—. En todo caso, la gente que vive aquí hace fontanería, tienen un bar en la ciudad y uno de ellos enseña a tocar la tuba. A veces necesito que me arreglen las cañerías, me gusta ir a la ciudad a tomarme una copa de vez en cuando, y puede que un día uno de mis hijos quiera aprender a tocar la tuba. Ellos arreglan grifos, yo pinto casas. ¿Qué tiene de raro?
Colman frunció el ceño, se frotó el entrecejo y al final alzó las manos con un suspiro.
—No… no estamos haciendo la pregunta adecuada, se nos escapa. Pongámoslo de esta manera… ¿cómo puede determinar quién le debe qué a quién?
El pintor se rascó la nariz y se quedó mirando a la tierra por encima de su nudillo. Estaba claro que la idea le era nueva.
—¿Cuándo sabe que ya ha hecho suficiente trabajo? —dijo Jay, intentando ponérselo más fácil.
El pintor se encogió de hombros.
—Pues lo sé. ¿Cómo saben ustedes que ya han comido lo suficiente?
—Pero suponga que varias personas tienen ideas diferentes sobre ello.
El pintor volvió a encogerse de hombros.
—Pues está bien. Diferentes personas valoran las cosas de manera diferente. No se le puede decir a otro que ya ha comido suficiente.
Hanlon se lamió los labios mientras intentaba comprimir sus ciento una objeciones en pocas palabras.
—Ah, sí, claro, pero ¿cómo se pueden hacer las cosas con un acuerdo como ése? Quiero decir, ¿qué impide a un tipo decidir que no va a hacer nada excepto tomar el sol tumbado en la hierba?
El pintor parecía dubitativo mientras inspeccionaba el alféizar, que era su siguiente paso.
—Eso no tiene mucho sentido —murmuró pasado un rato—. ¿Por qué querría alguien permanecer en la pobreza si no tiene por qué? Eso sería una extraña forma de vivir la vida.
—No se saldría con la suya, seguramente —dijo Jay con incredulidad—. Quiero decir, no le dejarías seguir yendo a los sitios a coger las cosas que quisiera. ¿No?
—¿Por qué no? —preguntó el pintor—. Uno sentiría lástima de alguien así. Lo mínimo que podrías hacer sería asegurarte de que estuviera alimentado y bien cuidado. Tenemos unos cuantos así, y eso es lo que pasa con ellos. Es una lástima, ¿pero qué se puede hacer en esos casos?
—No lo entiende —dijo Jay—. En la Tierra hay mucha gente que lo vería como el sueño de su vida.
El pintor le clavó la mirada durante un momento y asintió lentamente.
—Mmm… me imaginaba que debía ser algo por el estilo —les dijo.

Lo que además, como es lógico, transforma todas las relaciones en la producción:

—Quiero decir… ¿quién es dueño del lugar? ¿Quién decide las políticas de dirección?
Los dos quironeses se miraron extrañados.
—¿Dueño? —repitió Juanita. El tono sugería que la idea le era completamente nueva—. No estoy segura de lo que quiere decir. La gente que trabaja aquí, supongo.
—Pero ¿quién decide quién trabaja aquí? ¿Quién asigna los puestos de trabajo?
—Ellos mismos. ¿Cómo podría hacerlo otro por ellos?
—¡Pero eso es ridículo! ¿Qué impide que cualquiera que venga de la calle empiece a dar órdenes?
—Nada —dijo Juanita—. Pero ¿por qué iban a hacerlo? ¿Quién les prestaría atención?
—¿Y cómo sabe entonces la gente a quién escuchar? —preguntó Jay, igual de perplejo que su padre.
—Lo averiguan pronto —dijo Juanita como si eso lo explicara todo.
Entraron en la cafetería, que estaba bastante ocupada ya que era alrededor del mediodía, y se sentaron junto a una ventana que daba a un aparcamiento para voladores, más allá del cual discurría una autopista que recorría el margen más cercano del río. Una pantalla a un lado de la mesa proporcionaba un menú ilustrado y recitaba una serie de recomendaciones del chef para ese día. Juanita dictó sus pedidos a la pantalla. En el reservado de al lado, un robot con ruedas que había estado entregando los platos que guardaba en el compartimento caliente que formaba su sección superior cerró su puerta de servicio y se alejó.
Bernard no conseguía hacerse entender, por lo que veía.
—Tomemos a Kath como ejemplo —dijo volviéndose a Nanook—. Un montón de gente por aquí tiene que aceptarla como… jefa, a falta de una palabra mejor… en un montón de aspectos, de todas formas.
Nanook asintió.
—Cierto. Yo lo hago la mayor parte del tiempo.
—Porque sabe de lo que habla, ¿no? —dijo Bernard.
—Claro, ¿por qué si no?
—Así que supongamos que aparece alguien que cree que sabe tanto como Kath. ¿Qué pasaría si la mitad de la gente de por aquí cree lo mismo y el resto no? ¿Quién decide? ¿Cómo resolveríais algo así?
Nanook se frotó la barbilla y pareció dubitativo.
—Esa situación me parece demasiado inverosímil para que ocurra en realidad —dijo tras unos segundos—. No veo cómo es posible que apareciera alguien con la misma experiencia. Pero si ocurriera, y fuera cierto… entonces supongo que Kath tendría que mostrarse de acuerdo con él. Estaría en deuda. Y eso lo decidiría para todos los demás.
Bernard se lo quedó mirando con completa incredulidad.
—¿Me estás diciendo que Kath simplemente se retiraría? ¡Eso es una locura!
—Todos tenemos que pagar nuestras deudas —dijo Nanook sin contribuir a la comprensión de Bernard.
—Para empezar, si fuera tan tonta como para no hacerlo, no estaría donde está —añadió Juanita, intentando ayudar.
Eso tampoco explicaba nada, Jay seguía sin verlo.
—Sí, sería bonito que todo el mundo fuera razonable y racional acerca de todo en cualquier ocasión. Pero no es posible, ¿verdad? Los quironeses tienen los mismos genes que el resto del mundo. No puede ser algo radicalmente diferente.
—Jamás he dicho que lo fuera —respondió Nanook.
—¿Y qué pasa con los chalados? —preguntó Jay—. ¿Qué pasa con la gente que insiste en comportarse de manera irracional y desagradable cuando pueden, sólo por que sí?
—Tenemos de ésos —concedió Nanook—. Pero no muchos. La gente normalmente aprende desde muy temprano lo que es aceptable y lo que no. Tienen ojos, oídos y cerebros.

En un momento como el actual, donde el principal problema histórico es la falta de confianza de los trabajadores en sus propias fuerzas y perspectiva, estos juegos literarios pueden resultar más inspiradores y valiosos de lo que parece a primera vista. A fin de cuentas, todas estas imaginaciones de los, pocos, buenos relatos de la ciencia ficción que abordan el cambio social, no son científicas pero tienen elementos coherentes con el análisis socialista científico marxista. Por eso son más que ficción. Así que no podemos sino animaros a leer y dejaros inspirar. En futuros artículos rescataremos citas de otros conocidos títulos del género.

Hoy por hoy el principal problema de la Humanidad es la falta de confianza de los trabajadores en sus propias fuerzas y perspectiva, por eso la imaginación literaria de una sociedad comunista puede ser más valiosa de lo que pensamos