Diario de Emancipación

¿Cómo que ya no se hace Arte?

10 de agosto, 2019 · Artes y entretenimiento

«El caminante en el mar de nubes» de Friedrich, expresión pictórica de las «esencias» románticas alemanas.

Nuestros artículos sobre artes y entretenimiento han suscitado discusiones y conversaciones muy interesantes en el último año. Ninguna tesis tan polémica sin embargo como la idea que subyace en todos los artículos: el Arte se extinguió a mediados del siglo XX. ¿Quiere ésto decir que ya no hay obras de ningún tipo con valor estético? ¿Que son entonces algunos de los grandes clásicos del cine, la televisión o la literatura producidos después?

Collage a partir de las imágenes del libro «A History of the World in 100 Objects».

Cuando se escucha hoy que el Arte es una «experiencia transformadora», la mayoría da por hecho que es una forma un tanto exagerada de decir que es «conmovedora», que te hace pensar o sentir cosas que de otro modo no captarías. Esto es cierto de los productos culturales de nuestra época. Los buenos son conmovedores, excitantes, incitan a la reflexión y algunos hasta producen placer estético. Reducir el Arte a eso es lo que ha permitido tratar las «artes menores» como el cartelismo y la publicidad, la «cultura material», las series de TV o la música popular en las Historias del Arte. Todas esas historias en 100 objetos, desde la mujer a la RAF pasando por Oriente o el mundo entero, que son tan populares en Gran Bretaña, tienen un destello de algo similar al Arte: nos abren ventanas a una comprensión más rica, más vívida del pasado y de nuestra especie. Pero al final, como dicen los posmodernos con cierta razón, no son más que «un relato» más o menos pedagógico, más o menos sorprendente y más o menos impactante. Podemos aprender y disfrutar. Pero eso no convierte ni a ellos ni a los objetos que descubren, en obras de Arte.

Lo mismo pasa con todas las creaciones culturales de hoy, incluidas las grandes obras de arte del pasado: nos enriquecen, pero difícilmente y de forma individual, transforman nuestra personalidad y concepción del mundo de forma decisiva. Y aun cuando puedan hacerlo aisladamente, sobre un individuo o un pequeño grupo de individuos, su impacto social es prácticamente nulo, así sean vistos por multitudes de millones de personas.

¿Qué es el Arte?

Pórtico polícromo de la Catedral de Amiens.

Pongámonos en la piel de un campesino europeo del siglo XIII. Es muy probable que a lo largo de toda su vida no haya conocido más que a medio centenar de personas diferentes. La religión para él era una mezcla de creencias romanas degradadas y simplificadas -paganismo, de paganus, campesino- con un cristianismo reducido a normas sociales básicas y casi desprovisto de ceremonias. Con un poco de suerte, habrá conocido a un cura itinerante que cada dos o tres años visita la aldea para bautizar a los nuevos niños. Según de donde fuera es más que posible que no haya visto siquiera una iglesia en su vida. Y ahora imaginémoslo llegando a Santiago o Amiens, enfrentando por primera vez el pórtico, entrando en la Catedral y escuchando los cantos de la Misa mayor; «viendo» los relatos bíblicos contados por figuras de todo tipo en las paredes, puertas y muros. Todos sus sentidos, desde el oído hasta el olfato y por supuesto la vista, se transformarían para adaptarse a ese nuevo mundo que era inimaginable para él unos días antes. ¿Cómo volvería a la aldea? ¿Sería la misma persona? ¿Su concepción del mundo, las metáforas, imágenes y hasta sensaciones percibidas podrían ser las mismas? ¡¡Si hasta vería por primera vez algunos colores!! Y lo que es más importante: todo en un conjunto de significado que de repente daba nuevos sentidos a las relaciones sociales en las que vivía, que le permitían entender la cotidianidad de otra manera completamente diferente. Por eso muchos no volvían. Por eso los que volvían de las grandes peregrinaciones de la época feudal (Santiago, Roma, La Meca) eran considerados «distintos» cuando lo hacían. Ya no eran personas normales, veían las cosas de otra manera.

La ópera de París, parte del conjunto del Palais Royal, durante la Revolución

Pero, ¿era algo muy distinto para el pequeño burgués provinciano que a finales del siglo XVIII llegaba a París y asistía a la Ópera? Todos sus valores latentes, los sentimientos que no podía compartir con nadie porque nadie entendería, las cosas que le enfurecían, sus peores pesadillas, sus aspiraciones morales… todo aparecía ahí, exaltando un mundo que luchaba por nacer y que sentía que le transformaba «desde dentro» uniéndole a una nueva comunidad «libre». No, no se trata de la diferencia entre campo y ciudad, ni del «espíritu» de la revolución burguesa. A lo largo de todo el siglo XVIII y XIX, las memorias vitales, las referencias en los ensayos, la preocupación general por «el Arte», nos habla de una relación completamente diferente a la actual con la obra artística, producto de un cierto momento de las relaciones sociales. Una obra de Arte era aquella creación artísitica -novela, pintura, escultura, obra teatral o musical- capaz de transformar la percepción de la realidad y dar forma a las personalidades de una generación entera. El Arte es, era, una relación social.

¿Qué hace posible el Arte?

«La libertad guiando al pueblo» de Delacroix, representa gráficamente la ideología de la burguesía revolucionaria y nacionalista de la revolución de 1830.

Aunque se produzcan obras artísticas permanentemente, que las obras sean tales que sean capaces de catalizar un cambio íntimo en la percepción del mundo y la perspectiva colectiva, es decir, una transformación moral, no es producto, como quiere la ideología burguesa desde el Renacimiento, de unas supuestas «capacidades creadoras» de individuos particulares -los artistas- sino el resultado de un determinado estado de las relaciones sociales. El arte es característico de los periodos de ascenso de clases y modos de producción social. Por eso a partir del siglo XV ya nadie considera «Arte» las nuevas obras creadas bajo los cánones «góticos» en Europa y todo se mira desde la perspectiva -y la ideología- del Renacimiento, primer balbuceo de una moral burguesa… entre otras cosas porque su propia producción pasa del taller gremial a la manufactura mercantil con burgués «creador», que aporta el valor único de su individualidad al trabajo de hasta un centenar de «discípulos» bajo su dirección.

El Arte es burgués, casi exclusivamente burgués, ya casi trescientos años antes del capitalismo. ¿Podía ser de otra manera? ¿Podía haber nacido la novela burguesa antes de ese gran ajuste de cuentas de la primera «villanía» española que es «El Quijote»? ¿Cuál es la gran música «de todos los tiempos» para la burguesía sino Mozart y Bethoveen, expresión sonora de su momento revolucionario? Incluso el gran monumento literario decimonónico, la novela rusa, se da en el último gran país feudal de Europa, expresando agónicamente los valores a contracorriente del individuo burgués en un entorno necesariamente opresivo de sentimientos tan contradictorios como los de la «intelligentzia» de la época.

¿Es posible el Arte en un sistema decadente?

Si el capitalismo fuera a ser sucedido por un sistema regido por una clase explotadora, una clase capaz de extender su poder en el seno de la vieja sociedad al modo que la burguesía lo hizo durante siglos en la feudalidad, hoy el arte burgués no solo nos sería ajeno, habría sido sustituido por nuevas tendencias que representaran la ideología de la clase que se estuviera preparando para tomar el poder. Pero el capitalismo no produce tal clase. Produce al proletariado, una clase revolucionaria pero también universalmente explotada y negada cuya revolución es un proceso de auto-negación de su propia situación como clase. Es por tanto una clase sin cultura propia posible, sin Arte de clase, un puente hacia la reunificación de la especie que traerá a su vez un nuevo tipo de Arte del que solo podemos decir que será universal, libre y de nuevo transformador, pero que desde luego no será ni se parecerá a nada como el «Arte proletario».

Eso no quiere decir que el movimiento revolucionario de los trabajadores no hiciera posible la inspiración de muchos artistas. No solo eso: el Arte era posible no solo por lo que los artistas crearan sino porque quienes se exponían a él podían ser «transformados» colectivamente por obras que, a fin de cuentas, de una manera u otra, expresaban moralmente la transformación material de las relaciones sociales que estaba en marcha. Por eso en las primeras décadas de la decadencia capitalista apareció todavía un «Arte de verdad». Y «de verdad» no quiere decir «militante», ni ligado siquiera abierta y conscientemente a la revolución. Quiere decir: Arte hecho posible porque entre 1917 y 1937 hay una perspectiva revolucionaria abierta a nivel mundial. Aunque luego esta perspectiva se reabre brevemente de 1943 a 1948, no llega a consolidarse nunca… o a estas alturas iríamos a los museos a que nos explicaran que eran el dinero, las mercancías y el salario.

Pero lo que hizo posible la experiencia artística como fenómeno social hasta finales de los cuarenta, estuvo completamente ausente tras el triunfo y apoteósis de la contrarrevolución a nivel mundial. Desde entones, hemos tenido luchas tremendas, incluso oleadas de luchas de clase a nivel internacional, pero no revoluciones proletarias triunfantes. La sociedad, sometida y aplastada por un sistema decadente en putrefacción desde hace décadas, convierte en contradictoria incluso la relación entre crecimiento y desarrollo. ¿Cómo va a existir Arte en su sentido más profundo? Pero volverá con la puesta a la orden del día histórico inmediato de la posibilidad de una nueva sociedad.

Tuits

Las generaciones actuales no hemos conocido el Arte, sino obras artísticas. El Arte transformaba la forma de sentir, la visión del mundo, los sentidos... de una generación
El Arte no es producto, como quiere la ideología burguesa desde el Renacimiento, de unas supuestas «capacidades creadoras» de individuos particulares sino el resultado de un determinado estado de las relaciones sociales.
El drama del Arte es el de la Humanidad. Tras la perspectiva abierta entre 1917 y 1937 por la Revolución, la idea de un futuro para la Humanidad queda aplastada en la segunda mitad del siglo.
El Arte volverá cuando la posibilidad y la necesidad de una transformación revolucionaria de la sociedad estén en el orden del día inmediato y consciente
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