Diario de Emancipación

¿Cómo comienza la degeneración en una organización política de clase?

6 de abril, 2019 · Marxismo> Moral

Delegados en el Congreso de Amsterdam de la IIª Internacional. 1904.

La historia de las Internacionales nos muestra que la decadencia moral de una organización o tendencia política de clase incide directamente en lo que la organización aporta a las luchas reales y tarde o temprano se manifiesta en una tendencia a dejar el programa, los análisis, las condiciones organizativas, reducidas a una cáscara. Cáscara aparentemente sólida, aparentemente igual a «la de siempre», pero vacía. Al primer golpe, se romperá.

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En «Las pretendidas escisiones en la Internacional», Marx cuenta cómo ante la petición de ingreso de la Alianza de Bakunin, el análisis que hace el Consejo General tiene dos dimensiones. La primera es una defensa del centralismo, la segunda es programática. Respecto a esta última:

La única cuestión consiste en saber si no contiene nada contrario a la tendencia general de nuestra Asociación, es decir, a la emancipación completa de la clase obrera.

La segunda cuestión atañía al centralismo -extender el ámbito de decisión de cualquier organización de lucha de la clase a todos sus miembros- y era por tanto también una verdadera frontera de clase, con inmediatas consecuencias prácticas, porque como apuntó el Consejo,

La existencia de un segundo organismo internacional que funcionase dentro y fuera de la Asociación Internacional de los Trabajadores sería el medio más infalible para desorganizarla

Como quiera que las diferencias en el texto del programa son menores, el Consejo concluye que:

No existen obstáculos para la transformación de las secciones de la Alianza en secciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores

Carné acreditativo de la membresía en la AIT (Iª Internacional)

Es decir corrige la aspiración a organizar una Internacional paralela y concluye que las diferencias programáticas están dentro de la «tendencia general», esto es, hace de los bakunisnistas parte del partido en devenir.

El resultado es conocido: los bakunisnistas aceptan de palabra las condiciones, pero se dedican a organizar sociedades conspirativas y una Internacional paralela en secreto, dedicada a organizar el asalto de las secciones de la Internacional y su «toma» por los grupos bakuninistas que se reúnen clandestinamente. Todo en nombre de la «abolición de la herencia» primero y del «abstencionismo político» después.

¿En qué falló la Internacional para abrir la puerta a una tendencia así? El programa era aceptable dentro de la «tendencia general». Las condiciones organizativas se comprometieron a cumplirlas… pero no lo hicieron. Pero ¿podían hacerlo? ¿de dónde surge la deslealtad de la Alianza? ¿Sólo y exclusivamente del sectarismo y la megalomanía de Bakunin?

Bernstein y Kautsky

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Tan solo dos años después de la muerte de Engels, Bernstein, uno de sus albaceas literarios, publica en el «Neue Zeit», la revista teórica del SPD, una serie de artículos que luego aparecerían como libro bajo el título «Las premisas para el socialismo y las tareas de la socialdemocracia». Es la primera argumentación teórica del reformismo como tal. Su conclusión final: «El partido debería presentarse como lo que es: un partido democrático de reformas sociales». Bernstein propone abiertamente por tanto la revisión del programa comunista. De ahí el nombre que reciben sus posiciones: revisionismo.

Al principio la dirección socialdemócrata -copada por las burocracias sindicales y el grupo parlamentario- hacen un mohín y miran para otro lado. Todos pensaban y reconocían en la intimidad que en realidad el partido ya era como Bernstein proponía. Pero ninguno de ellos ve la necesidad de arriar la bandera revolucionaria como planteaba Bernstein. El oportunismo permitía conjugar una práctica reformista indistinguible de la de un partido pequeño burgués sin dejar de mantener encuadrada a la parte más consciente de la clase. Auer, un viejo demagogo que ocupaba el cargo de Secretario desde 1875 y a esas alturas era ya un «pope» feliz y bien asentado, mandó una famosa carta secreta a Bernstein, que se haría pública décadas después, reconviniéndole al modo jesuítico y cínico de los burócratas de todos los tiempos:

Mi querido Edu, uno no toma formalmente la decisión de hacer las cosas que tú sugieres, uno no dice esas cosas, simplemente las hace.

Ignacio Auer. Carta privada a Eduardo Bernstein, 1898

Rosa Luxemburgo en 1893

La primera respuesta vendría de una joven polaca, y por tanto súbdita rusa, recién refugiada y nacionalizada alemana, que entonces tenía 27 años. Fueron dos artículos, el primero publicado en septiembre de 1898 en Leipzig. Se republicarían como libro en 1900 bajo el título de «Reforma o Revolución». Rosa Luxemburgo pensaba que el verdadero peligro para la dirección oportunista del partido estaba en un debate público sobre bases teóricas serias: daba por hecho que la pasividad de la dirección se debía a que no querían colocar a la masa de miembros del partido, a las famosas bases, como jueces, no fueran a poner en cuestión el confortable ambiente de conciliación de clases que reinaba de manera creciente en las instituciones del estado alemán. Pero, tras sonados debates la marea levantada por Rosa Luxemburgo llega al Congreso del partido de 1889 en Hannover. Lejos de darse paso a un debate sincero y real, la burocracia del partido cierra filas contra Bernstein como forma de no someter a discusión su propio oportunismo. Los burócratas ejecutan un verdadero linchamiento. El espectáculo de hipócrita profesión pública de fe del partido se repitió luego en los sindicatos, reafirmándose sin excepción todas las organizaciones socialdemócratas alrededor de la lucha de clases y la perspectiva de la revolución. La gran derrota teórica y pública del revisionismo de Bernstein fue la gran victoria del oportunismo de los popes del partido y los sindicatos.

Los burócratas creían la discusión fútil porque prácticamente ninguno compartía ya las predicciones marxistas. Nunca pensaron que se iban a enfrentar a una crisis hecatómbica del capitalismo, a una guerra mundial de exterminio y mucho menos aun a una revolución obrera mundial. Y sin embargo, cuando llegó el momento, cuando la guerra estalló y tuvieron que tomar bando, ninguno de ellos dudó ni por un solo instante de cerrar filas con la burguesía y su estado. Esa debilidad dramática costó millones de vidas en toda Europa y, en menor medida, en América, Asia, Africa y hasta en Oceanía. La socialdemocracia alemana fue el epicentro del colapso de la IIª Internacional, tras ella siguieron todos los grandes partidos socialdemócratas. El coste de no haber desarrollado una fracción de izquierda en el partido alemán lo pagaría la revolución mundial. Si los burócratas del SPD hubieran dado la batalla programática, como deseaba y esperaba Rosa Luxemburgo, hubiera sucedido. Pero, ¿para qué iban a hacerlo?

Lenin junto a algunos delegados en el IIº Congreso de la IC. Se reconoce a Zinoviev, Roy y «Ramírez», representante de la Internacional en la fundación del PCE.

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Cuando la Revolución rusa triunfa y la alemana pone fin a la guerra, el entusiasmo entre los trabajadores de Europa y el mundo es inmenso. Los partidos socialistas comienzan a fracturarse ante la presión de unas bases que han pagado con sangre la traición de los sindicatos y de sus partidos históricos al internacionalismo. A consecuencia, en buena parte, de la imposibilidad de formar una fracción de izquierda en el SPD, una buena parte de los cuadros reformistas llaman a las puertas de la Internacional. En algunos países -Francia, Bulgaria, Chile, Uruguay- gobiernan el viejo partido socialdemócrata. En otros, como España, los líderes de la corriente oportunista aspiran a la mayoría y a entrar en la Internacional con todo el viejo aparato. Al final acabarán saliendo bajo la sigla PCOE y requiriendo el apoyo del ejecutivo internacional para que fuerce una fusión con los jóvenes que mientras tanto, y sobre bases sanas, han fundado el «Partido Comunista Español» (la fusión se llamará finalmente «Partido Comunista de España»).

¿Qué hace la Internacional frente a la posibilidad de quedar anegada por una «invasión» de burócratas socialdemócratas deseosos de decir lo que haga falta para conservar sus posiciones en el partido y los sindicatos? Las famosas «Condiciones de ingreso a la Internacional Comunista»

Había veintiuna. Los comunistas rusos las habían redactado con un cuidado meticuloso; pretendían responder así por adelantado a las críticas dirigidas contra el método seguido por ellos para constituir la Internacional Comunista. Estas condiciones draconianas formarían una barrera tan sólida que los oportunistas jamás podrían franquearla. Pronto descubrieron que eso era una ilusión. Sin duda, tenían un buen conocimiento de los movimientos obreros de los países de Europa; conocían a los jefes, los encontraban en los congresos de la Segunda Internacional. Pero lo que no sabían y no podían saber, era hasta dónde podía llegar la habilidad maniobrera de esos hombres formados en las prácticas del parlamentarismo democrático. Tenían más astucias de las que los rusos podían imaginar. El secretario del Partido Comunista Francés, Frossard, por ejemplo, iba a administrarles durante años una lección en el arte de escurrir el bulto. […] En Partido Comunista y en l’Humanité, la mayoría de los dirigentes y redactorres habían permanecido en el partido no por convicción sino por cálculo; se lamentaban -en privado- de «Moscú», encontraban insoportables sus llamados; se valían de astucias ante la Internacional Comunista en vez de explicarse francamente. De las 21 condiciones de admisión y de las decisiones del IIº Congreso, las que habían aceptado más gustosamente eran las concernientes a la participación en las elecciones y a la actividad parlamentaria; un escaño de diputado era codiciado, no como puesto de combate, tan expuesto como los otros, sino porque era una posición confortable, con múltiples ventajas; el viejo Partido Socialista, demasiado a menudo, seguía con vida. Se conspiraba por los rincones, cuadndo se sabían entre compadres y se podía hablar con el corazón en la mano; se ingeniaban para hallar los medios de «parecer» que se estaba de acuerdo con las decisiones de la IC. Ahí también la hipocresía era la regla.

Alfred Rosmer. Moscú bajo Lenin

Después de las experiencias de las dos primeras Internacionales cabía pensar que la IIIª Internacional no se haría ilusiones respecto a la capacidad del programa o de las condiciones de admisión para cerrar el paso al oportunismo y esterilizar las organizaciones de clase. Pero como vemos, no fue así. Una vez más había algo que se les estaba escapando.

Cannon (en el centro) durante el juicio de Minneapolis.

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¿A la cuarta iría la vencida? Aun menos. En 1931-32 las mayoría de las izquierdas comunistas que han ido surgiendo para enfrentar el stalinismo se agrupan en torno a la «Oposición Internacional» que encabeza Trotski. En 1938, la derrota -liderada por el PCE stalinista- de la Revolución española deja claro que el camino está abierto para una nueva carnicería mundial. Es necesario preparar un polo revolucionario capaz, una vez más, de convertir la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria. Se funda entonces en París, contracorriente, la IVª Internacional. Cuando las tropas alemanas llegan a París, se organiza rápidamente una Conferencia de emergencia que publica un manifiesto reafirmando esta perspectiva y la Internacional traslada su ejecutivo a los todavía neutrales EEUU. La sección norteamericana era además la más nutrida y organizada. Declaraba entre 5.000 y 6.000 miembros en un momento -la medianoche del siglo según palabras de Serge- en que de la sección española, la única con una experiencia revolucionaria en las nuevas condiciones, apenas contaba con 60 supervivientes a la represión franquista y stalinista. La rusa por supuesto era la mayor sección en términos teóricos… pero en ese momento más de 10.000 militantes habían sido ya asesinados en los gulag stalinistas. El SWP fue el primero en imprimir y difundir masivamente el manifiesto contra la guerra… y en ocupar la mayor parte de los puestos del Comité Ejecutivo.

Mientras Estados Unidos se embarcaba en la guerra, el S.W.P. emitió una declaración equívoca al respecto, al tiempo que se abstuvo de organizar cualquier manifestación en su contra, y ni siquiera celebró un mítin. Poco después, 21 de sus líderes fueron acusados por el gobierno. Su reacción al ataque fue muy suave. Se volvieron blandos como la mantequilla. Se presentaron como simples críticos de izquierda. Durante el juicio propiamente dicho, las diferencias se profundizarán y se convertirán en irreconciliables. Fueron acusados, de hecho, de ser internacionalistas, de oponerse al esfuerzo bélico de su gobierno y de querer convertir la guerra imperialista en guerra civil. Se defendieron ferozmente, llegando incluso a disfrazar o negar sus propias palabras en tiempos de paz, así como los textos de Lenin y Trotski sobre la guerra imperialista.

Por algo el S.W.P. nunca publicó la transcripción completa de los interrogatorios y alegatos del juicio, que se celebró en Minéapolis. Pero uno sólo tiene que mirar sus versiones redactadas, publicadas en su órgano The Militant y en un folleto, para darse cuenta hasta qué punto se rebajaron. No acusó al gobierno de librar una guerra de rapiña contra enemigos no menos rapaces, sino de no poder ganar la victoria contra Alemania. La S.W.P., por contra, tenía listo el programa necesario para este propósito, que era común a la S.W.P. y al gobierno de Washington. En México, Natalia [Sedova] se sintió avergonzada e indignada por estas declaraciones. Y no sólo ella, sino también, entre otros, el Grupo Español de la Cuarta Internacional, formado por los exiliados. Fue este grupo el que emprendió una severa crítica al S.W.P. con la que Natalia expresó inmediata e inequívocamente su acuerdo[…] Desde Londres, el actual secretario de la IVª Internacional y teórico de la Liga Comunista, Pierre Frank, expresó su acuerdo con los tópicos políticos del SWP y por lo tanto con la mayoría del Comité Ejecutivo Internacional en ese momento. Colaboró sin decir una palabra con la sección inglesa, el Partido Comunista Revolucionario, que copió el oportunismo de la sección estadounidense. Las diferencias iban a aumentar a medida que avanzaba la guerra. Al igual que los estadounidenses, los partidos inglés y francés en su conjunto entraron en la espiral de la defensa nacional a través de la Resistencia, su única manifestación posible bajo la ocupación. Natalia y nosotros, el grupo español, habíamos esperado corregir la situación en la IVª Internacional con la ayuda del partido francés. Sólo después de la derrota de Alemania supimos hasta qué punto Alemania también estaba atascada en el camino del oportunismo. Estos tres partidos, fuertemente apoyados por los llamados nacionalistas cingaleses trotskistas (los que ahora son respetables ministros del gobierno capitalista de Colombo) iban a convertir a la IVª Internacional en una despreciable izquierda del stalinismo, incluso cuando Moscú descubrió su juego en tanto que capitalismo de estado e imperialismo ultra-codicioso.

La renuncia al internacionalismo obliga. Una vez olvidado este principio supremo del revolucionario, elevaron al rango de principio la defensa del régimen estalinista y sus intereses en el mundo. ¿No han llegado a definirse como parte del movimiento comunista internacional? (léase stalinista). Nuestro método era el opuesto. Los imperativos teóricos y prácticos del internacionalismo nos obligaron primero a darnos cuenta de su incompatibilidad con la defensa de Rusia, luego a reexaminar la naturaleza de la llamada economía soviética, y a descubrir que se trataba de un capitalismo de estado superpuesto por un despotismo en armonía con la extrema centralización del capital […] Frank y compañía, por su parte, se negaron incluso a tener en cuenta lo que Trotski había escrito, algún tiempo antes de ser asesinado, sobre la necesidad de revisar su propio análisis de la naturaleza de Rusia y su apoyo incondicional, en caso de que el stalinismo no fuera destruido por la Revolución, durante la guerra o inmediatamente después. En 1948, en el primer congreso de posguerra que apoyó el abandono del internacionalismo y de ahí en adelante, la sección española rompió con la IVª.

G. Munis. Natalia Trotski rompe con la IVª Internacional.

Una vez más, por cuarta vez en menos de un siglo, la expresiones políticas de clase son arrasadas por grupos y tendencias que casi inmediatamente después de adherir y afirmar programas y condiciones impecablemente internacionalistas y centralistas, impulsan a la organización a cruzar las fronteras de clase. ¿Son las tradicionales fronteras de clase insuficientes? ¿Qué se nos está escapando?

La frontera «invisible»

Segundo Congreso de la IVª Internacional, Paris, 1948. De izq a decha: Pierre Favre (PCI Francia), S. Santen (RCP Holanda), Pierre Frank (PCI), Jock Haston (RCP GB), Colin de Silva (LSSP, Ceilán) y G. Munis (España)

Los individuos, en tanto que tales, si no es en el marco de movimientos y organizaciones, no tienen existencia política en la lucha de clases. La explicación de los ambajes y dobleces del bakuninismo, los revisionistas, los oportunistas que abrazarán luego el zinovietismo y el stalinismo en los PCs o de los dirigentes centristas, luego traidores, que crearán en ruptura con los objetivos de la IVª lo que hoy se conoce como trotskismo, no pueden explicarse sobre un individualismo miope. El problema no fue Bakunin, ni Berstein, ni Auer, ni Frossard, ni Cannon o Frank. Tampoco fue un problema programático o de definición estatutaria. Todos ellos y sus tendencias firmaron lo que hizo falta para poder hacer lo que querían. Y ahí está la cuestión. Al oportunista y el centrista les gusta «la letra» porque en ella encuentran la libertad para saltarse lo que significa. ¿Pero qué hay debajo? ¿Cómo puede ser que organizaciones revolucionarias acaben sucumbiendo, una y otra vez ante tendencias entreguistas y saboteadoras?

Las organizaciones comunistas no están, ni mucho menos, al margen de la lucha de clases y de las sociedades en las que crecen. Si fuera así dejarían inmediatamente de ser válidas. Eso quiere decir que están expuestas a la ideología y a la desmoralización tanto como cualquier otra expresión de la clase. Tienen eso sí, una herramienta que no tienen el resto de las expresiones de los trabajadores para hacerle frente: la capacidad de análisis, el programa, la comprensión de las causas y las fuerzas en juego y sus relaciones. Pero eso, salva el análisis, el texto, no la moral. Por eso se habla de «desmoralización». Porque cuando el texto, el análisis resiste, no lo hace siempre la convicción en la posibilidad y necesidad del comunismo como una sociedad de abundancia y sobre todo la confianza en la capacidad de la clase para emanciparse a sí misma. Ese decadencia moral incide directamente en lo que la organización aporta a las luchas reales y tarde o temprano deja el programa, los análisis, las condiciones organizativas reducidas a una cáscara. Cáscara aparentemente sólida, aparentemente igual a «la de siempre», pero vacía. Al primer golpe, se romperá.

De ahí nuestra insistencia en discutir la moral comunista más allá de definirla como una mera «voluntad» o «convicción», de fundamentarla en un análisis histórico materialista. En el empeño nos jugamos mucho.

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Resumen en tuits

La Iª Internacional no encontró diferencias programáticas suficientes como para excluir a los bakuninistas, pero les puso condiciones organizativas que firmaron y aceptaron... para saltárselas inmediatamente
Una de las claves del desastre de la IIª Internacional es que la burocracia reformista, en vez de entrar en debate, se lanzó sobre hipócritamente sobre Berstein impidiendo así una delimitación política clara.
Los revolucionarios rusos pensaban que las 21 condiciones de la IIIª Internacional frenarían la invasión de oportunistas de los viejos partidos. Se equivocaron.
La traición de la IVª Internacional durante la 2ª guerra imperialista mundial arranca en el SWP norteamericano, el más beligerantemente internacionalista... hasta que EEUU se encamina a la guerra.
Las organizaciones políticas de clase están expuestas a la ideología y la desmoralización como todas las expresiones de la clase. Tienen una herramienta más: la capacidad de análisis
Pero cuando análisis resiste, no lo hace siempre la convicción en la posibilidad y necesidad del comunismo como una sociedad de abundancia y sobre todo la confianza en la capacidad de la clase para emanciparse a sí misma.
La pérdida de moral incide directamente en lo que la organización aporta a las luchas reales y tarde o temprano deja el programa, los análisis, las condiciones organizativas, reducidas a una cáscara

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