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Cómo acabar de una vez con la religión y la superstición organizada

1 de abril, 2018 · Ideologías> Marxismo

Semana Santa de Sevilla. Misterio de San Benito, la Campana.

Como en todas las fiestas oficiales que son celebraciones católicas -o que han llegado como católicas hasta nuestros días- no faltan en las redes sociales las «críticas» y la afirmación de ateísmo. Pero como decía Engels de los vulgarizadores de Feuerbach:

A ellos, todos los progresos que habían hecho desde entonces las ciencias naturales solo les servían como nuevos argumentos contra la existencia de un creador del mundo

Federico Engels. Ludwig Feurbach y el fin de la filosofía clásica alemana.

Richard Dawkins presenta una campaña publicitaria ateísta en los autobuses de Londres.

El ateísmo así entendido no es sino un materialismo pobre que no se pregunta de dónde viene, por qué surge y sobre todo, por qué «vuelve» el pensamiento mágico y religioso. Y sobre todo si cuando «vuelve» lo hace realmente, si responde a las mismas necesidades de los mismos sujetos o, por el contrario, bajo el mismo cuento hay en realidad una agenda distinta. Sin eso, el ateísmo -al estilo del «nuevo ateísmo americano» de Dawkins y otros- no puede ser sino una ideología más que nos vende imposibles «capitalismos mejores», esta vez un «capitalismo ateo», y con él una nueva fuente de orden y verdad manejable y a su modo, inmutable: la concepción empirista y atomizadora de la ciencia propia de la burguesía.

Según los esquemas del método «progresista» (cien veces más opuesto al marxismo que el peor de los «talmudismos») eso significaba esperar el feliz día en el que la inteligente y laica burguesía se hubiera deshecho de divinidad, Iglesia y curas; y «entre ateos» ya sólo quedaría por resolver una pequeña cuestión secundaria: ¿sociedad capitalista o sociedad socialista?

Amadeo Bordiga. Iglesia y fe, individuo y razón, clase y teoría, 1950

Para desenmarañar y enfrentar la religión, no basta con saber que la religión «es mentira» hay que entender qué significa socialmente en cada una de sus formas sociales en cada momento concreto

Pablo Lafargue

Para desenmarañar y enfrentar la religión no basta con saber que la religión «es mentira», hay que entender que es una ideología, una conciencia social falsa y emprender una explicación que nos explique de dónde surge y a qué responde en cada una de sus formas concretas.

Si es verdad la especie como un todo ha desarrollado un «proceso cognitivo» que en cada modo de producción y cada época ha permitido distintas aproximaciones al conocimiento que a grandes rasgos pueden tratarse como «etapas», no es cierto que en cada sociedad y cada época todo lo que no sea la forma de conocimiento más avanzada en ese momento es pura ignorancia, como pretenden nuestros «ateos». Y no lo es por sencilla la razón de que la sociedad está dividida por intereses opuestos que llamamos clases sociales. Por eso es justa la pregunta que se hacía Pablo Lafargue: «Por qué cree en dios la burguesía». Por cierto, que sigue siendo justa en términos generales su respuesta:

Todo el desenvolvimiento económico moderno tiende cada día más a trasformar la sociedad capitalista en un vasto establecimieno de juego, donde los burgueses ganan y pierden capitales por efecto de acontecimientos que ignoran que escapan a su previsión y su cálculo y que parecen depender exclusivamente del azar. (…) Otros fenómenos económicos diarios insinúan en el espíritu burgués la creencia en ua fuerza mística, sin base material, desprendida de toda substancia. El billete de banco, por no citar más que un ejemplo, incorpora una fuerza social que mantiene una relación tan limitada con la materia, que preparar la inteligencia burguesa a aceptar la idea de una fuerza que existiera independientemente de la materia. Ese miserable pedazo de papel que nadie se dignaría recoger si careciera de poder mágico, porporciona a quien lo posee cuanto hay de más material y deseable en el mundo civilizado (…) Dios no haría más. La vida burguesa es un tejido de misticismo.

Pablo Lafargue. Por qué cree en dios la burguesía.

Niños de primaria y párbulos izan ritualmente la bandera argentina en una ceremonia que se celebra diariamente.

Pero el vago deismo supersticioso de buena parte de la burguesía, cuya divinidad inasible vive entre los «charts» de bolsa y las encuestas, no es en sí una herramienta excesivamente útil al gobierno de las masas sociales. Si la religión de estado fue la forma ideológica característica del gobierno de las clases feudales, la combinación de ideología política y nacionalismo lo es a la burguesía. Su esfuerzo de «secularización» fue inmenso: arrancó la educación de las manos avariciosas de las iglesias, instituyó cultos nacionales a la bandera y los caídos, templos a su propio arte y su ciencia (los «museos», dedicados a las olvidadas musas griegas), dejó al muecín cantar a sus horas mientras construía redes de comunicaciones -medios- capaz de llevar su mensaje a cada sala de estar… Pero a pesar de todo, especialmente mientras tuvo -o dónde todavía tiene- grandes masas campesinas, no pudo prescindir de los viejos mamotretos eclesiales heredados del feudalismo (el catolicismo romano y ortodoxo, el anglicanismo, el islam maliki, el budismo…) y de sus primeras afirmaciones ideológicas (la «reforma protestante»). Eso sí, las «modernizó», las purgó de feudalidad con el ricino necesariamente aguado de la «separación iglesia-estado» y tras no pocos choques y batallas, las puso a trabajar a su servicio.

La forma ideológica característica del gobierno de la burguesía es el nacionalismo, no la religión. Sin embargo la burguesía no pudo prescindir nunca totalmente del mamotreto heredado de la feudalidad.

Hoy, la ideología religiosa y la política son herramientas complementarias del capitalismo de estado en todas sus manifestaciones, desde el imperialismo al gobierno cotidiano. Por supuesto, no en todos los lugares de un modo tan mecánico como en China o Marruecos. En cada lugar toma por lo general la forma más acorde a los mitos originales y la historia de la burguesía nacional: desde el libre mercado de «denominaciones» estadounidense que favorece las «start-ups» religiosas, al «laicismo pero menos» de Francia o la «neutralidad religiosa» española.

En todo el mundo, el capitalismo de estado ha entendido que hay un ámbito de demandas y necesidades ligadas al miedo existencial. Necesidades que el sistema produce por su propia naturaleza explotadora y acentúa en su decadencia y que por tanto no puede resolver más que ilusoriamente. Para resolverlas hay un mercado (regulado) de la ilusión y el delirio que va desde los «emprendedores» de la autoayuda y el «coaching» orientados a la pequeña burguesía y sus demencias, a la vieja y pesada iglesia católica.

El miedo existencial que crea el capitalismo se palia con un mercado (regulado) de la ilusión y el delirio que va desde los «emprendedores» de la autoayuda y el «coaching» a la vieja y pesada iglesia católica.

Oficinas de la «Iglesia Universal» en Teruel. Nuevas iglesias y cultos compran locales y abren en los barrios obreros de todas las ciudades.

El resurgir de cofradías y procesiones tanto como la proliferación de «cultos» e iglesias protestantes, está directamente relacionado con la degradación de los barrios trabajadores. La angustia material de la descomposición social acelerada se idealiza como angustia vital y se palia con actividades comunitarias que colocan la dimensión comunitaria de la vida trabajadora bajo el techo y la mirada de un «pastor» o un cura. El fenómeno no es nuevo. En los capitalismos más débiles y descompuestos, como los centroamericanos, está incluso planteando cambios deformantes en la estructura política de la burguesía y el estado. En su día, en Irán, sirvió para refundar y reconstituir el capitalismo de estado a partir de la estructura clerical.

La tendencia crece ya en los países centrales y es tan significativa que los ideólogos más idealistas -en el sentido filosófico- de la burguesía, como Iñigo Errejón, quieren competir en él. Como el fascismo italiano de los 20 o el peronismo en los 40, recuperan la idea de «orden», tradicionalmente ligada a las derechas. Se dan cuenta de que la extensión de la descomposición social convierte las demandas que hasta ahora se paliaban con religión en receptores con pocas defensas e instrumentalizables políticamente.

No, la religión no se supera ni se combate luchando contra «la ignorancia» o burlándose de sus atavismos y sinsentidos, sino secando las fuentes alienantes de las que se alimenta. Para eso lo primero es entender por qué «vuelven» a creer nuestros vecinos y amigos para poder ayudarles a creer en sí mismos como clase.

La religión no se supera burlándose de sus sinsentidos, sino secando las fuentes alienantes de las que se alimenta. Hemos de entender por qué creen nuestros vecinos y amigos para poder ayudarles a creer en sí mismos como clase.
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