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Chile, Bolivia… ¿y ahora?

22 de octubre, 2019 · Actualidad> Sudamérica

Santiago de Chile durante el estado de excepción. Manifestantes y carabineros.

En Santiago de Chile la revuelta no cesa. Colegios y universidades están cerrados, 20.000 personas no fueron a trabajar ayer y el estado se demuestra incapaz de poner de nuevo en marcha el sistema de transporte. Por toda Bolivia las acusaciones de fraude electoral se convierten en algaradas y sedes en llamas. Y no es el primer ni el último signo de un desgarro que recorre el continente.

Bolivia

Tarija esta noche

En Bolivia las elecciones, más reñidas de lo que se esperaba, tuvieron un más que sospechoso quiebro en el recuento, puesto en cuestión por los observadores de la OEA. Mientras Morales, flanqueado por Linera y demás figurones de la burguesía masista, se proclamaba vencedor por margen suficiente como para evitar una segunda vuelta, la oposición reclamaba la repetición del recuento.

Durante la noche las protestas y asaltos a sedes de la Junta electoral se propagaron por todo el país. Potosí, Oruro, Tarija y Chuquisaca estaban en llamas a las pocas horas. Esta mañana eran ya nueve ciudades en rebeldía y desde Santa Cruz, la segunda ciudad del pais, se llamaba a la huelga general indefinida. A estas horas el presidente sigue reunido con sus aliados en la casa de gobierno.

Chile

Cacerolada en Santiago

Contener y «volver a la normalidad» es ya la tarea inmediata de todo el aparato político de la burguesía chilena: oposición y gobierno, derecha e izquierda, sindicatos y patronal. Están asustados. Que la ola no bajara tras la derogación de la subida del Transantiago, dejó claro que no iba a bastar con una «reconducción tradicional» encuadrando en el molde de una huelga general sindical.

Ignorado el toque de queda por la calle, Piñera pasó del honesto pero torpe «estamos en guerra contra un enemigo poderoso» (nosotros) a jugar la paternalista y prometer cambios en el gobierno y mejoras en salud y educación. Obviamente tampoco iba a funcionar. Siguiente pantalla: la «unión nacional», la Concertación, supuesta antítesis del tardopinochetismo piñerista, en peregrinación a la Moneda con un «plan» bajo el brazo.

El susto no se limita a una burguesía chilena que de normal no perdona un peso y que ahora ve caer el valor del capital nacional. El capital especulativo vió rápido que las costuras que estaban saltando no eran solo las de su «país favorito» e irremediablemente temió una epidemia de explosiones sociales empezando por Argentina.

Ignorando toda evidencia sobre las trayectorias propias, desde el peronismo lavagnista de «la Política» al cardosismo de los financieros paulistas de «la Folha» un coro de desmemoriadas voces burguesas elevó una súbita y grave indignación por la acumulación de hambreos y la codicia del que ha sido su modelo hasta ahora.

Brasil

Pequeños comerciantes cariocas celebran en la calle el triunfo de Bolsonaro entre símbolos nacionalistas hace un año.

Ecuador, Chile, Bolivia… y el siguiente… ¿Brasil? Bolsonaro teme y teme con razón.

La deflación, fenómeno inédito, muestra la falta de pulso de una economía dopada por los tipos más bajos que jamás conoció el país pero cuyos flujos comerciales regionales caen en picado. No, atacar de manera directa el sistema previsional para dejar unas pensiones miserables al modelo chileno no ha generado el esperado respaldo del capital financiero internacional. La producción industrial no para de caer. Ni siquiera la privatización acelerada del sector público ha atraido inversiones.

EEUU no ha sido tampoco el asidero que Bolsonaro esperaba. Sobre todo porque el ejército brasileño bloqueó una y otra vez los planes presidenciales de intervención en Venezuela. Y sin la mayor que ofrecer, EEUU no entrega ni la simbólica y la entrada de Brasil en la OCDE se postergó. Así las cosas, Bolsonaro ha pasado de sabotear el acuerdo de asociación con la UE a aferrarse a él aun a costa de tener que aliarse con el previsible gobierno de Fernández en Argentina y de apoyar a Trump en la guerra comercial a visitar China en busca de una «asociación de largo plazo».

Mientras tanto, su bancada parlamentaria y su partido implosionan. Si una revuelta de la pequeña burguesía otrora bolsonarista estallara en Brasil -y aliados no le faltarían-, Bolsonaro tendría muy difícil su supervivencia en el poder.

La revuelta de la pequeña burguesía continental y sus peligros

Entrada de la coordinadora «indígena» en Quito.

Sudamérica parece estar llegando a una fase de revuelta general de la pequeña burguesía similar en sus bases a la que en los últimos años sacude a Europa. Desde las airadas bases brexiters hasta el independentismo catalán o corso, de los «chalecos amarillos» franceses a la xenofobia alemana, de los forconi italianos a los movimientos anticorrupción eslovacos, de los movimientos contra «la extinción» al resurgir supersticioso y el veganismo, la lista es casi interminable. No hay manifestación de la vida política, cultural y social de estos años que haya quedado libre de su desespero y su ira.

Dos cosas quedan claras de la experiencia europea: En primer lugar su impotencia política. La pequeña burguesía ni encuentra un presente ni ofrece un futuro. ¿Cómo podría hacerlo si lo que falla es el capitalismo como un todo y lo que busca es un «capitalismo mejor» que le de juego? En segundo lugar y como consecuencia inevitable, no hay caso en que antes o después, no enarbole el nacionalismo más furioso para abrazarse al capital nacional y patear a los trabajadores. Así sea, como en el caso venezolano, el catalán o el hongkonés, a costa de rogar una intervención del primer imperialismo interesado en hacerle un siete a la facción en el poder.

La tendencia es pues, ciertamente la contraria a la que producen los movimientos de trabajadores que saben ganar su independencia de la revuelta del intelectual, el pequeño burócrata y el cacique. Si en Irán las luchas de clase pusieron un freno -temporal pero efectivo- a la pendiente bélica, en Hong Kong, Cataluña o Gran Bretaña han sido convertidas en armas de la batalla interimperialista.

Por eso hoy, en América del Sur entera, dar el salto de la algarada a la organización de los trabajadores no es solo perentorio para los propios trabajadores, es la única forma de evitar un desarrollo militarista en la interna e intervencionista en lo regional que agrave los ataques a las condiciones de vida y trabajo con una deriva hacia la guerra.