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Ataque a las refinerías saudíes

16 de septiembre, 2019 · Actualidad> Asia> Arabia Saudí

Estamos en un momento crítico, seguramente el más cercano en mucho tiempo a una guerra abierta. Arabia Saudí, Irán, Israel, Hezbollah, Emiratos Árabes, las fuerzas combatientes en Yemen, Estados Unidos… Desde Egipto a Irak las tensiones imperialistas están al borde de explotar. Y en ese contexto un ataque que reduce a la mitad la producción petrolera saudí es algo más que una chispa sobre el mayor depósito de petróleo del mundo.

El sábado se reportó un ataque de drones hutíes sobre lo que originalmente se dijo que era una única refinería. Ayer domingo se supo que habían sido al menos 3 refinerías, aunque las primeras fotos satelitales mostraban cinco impactos.

Foto satelital, se observa el humo de las instalaciones en llamas.

Inmediatamente el petróleo empezó a dispararse. Los primeros mensajes de calma lanzados por la prensa de EEUU dieron paso a previsiones que ponían el barril sobre los 100 dólares.

Trump tiene que dar orden de liberar reservas cuando se extiende la noticia de que los ataques han reducido la producción saudí a la mitad.

Y en un sutil mensaje para calmar la escalada de los precios, tuitea que EEUU está «¡hasta arriba de petróleo!»

Desde Vietnam a Níger, Senegal y Mauritania una subida sostenida de precios transforma todos los ritmos y prioridades imperialistas. Y para empezar cambiaría la situación económica y estratégica de Rusia… que cautamente ha puesto freno a las negociaciones en curso con Ucrania en espera de una posición mejor, con el invierno en puertas y los precios del gas reflejando, quizás, las dificultades saudíes y los riesgos de guerra.

Alardes de guerra

EEUU se ha unido a la «guerra mediante intermediarios» entre Irán y Arabia Saudí.

Porque, a todo ésto, EEUU apuntó inmediatamente a Irán, haciendo públicas las sospechas de que el ataque no fue realizado con drones sino con misiles lanzados desde una base iraní en Irak. Irán lo negó inmediatamente y, de un modo nada sutil, recordó a Trump que tiene capacidad de atacar cualquier base norteamericana en un radio de 2000 kilómetros. A los saudíes, por su lado, les faltó tiempo para declararse «preparados y dispuestos» a tomar represalias.

El contexto no puede ser más amenazador. La guerra en Yemen se está tornando incontrolable para Arabia Saudí y sus aliados emiratíes, las tensiones entre EEUU e Irán no han dejado de crecer desde la denuncia del tratado nuclear. Entre otras cosas porque Arabia Saudí e Israel tienen su propia guerra con Irán en agenda. Es más, temeroso de que el despido de Bolton le hiciera pasar por un «blando» frente a unos aliados a los que pretende liderar pero a los que no se puede imponer tan fácilmente, Trump acababa de proponer un tratado de «seguridad mutua» al gobierno israelí, en parte azuzado desde sus propias filas en el partido republicano.

¿Cómo pudo pasar?

Misiles balísticos iraníes como los entregados a Hezbollah y las guerrillas hutíes

En marzo pasado, tras el bombardeo de un hospital por los saudíes, Mohammed Ali Al-Houthi, líder del «Consejo Revolucionario Hutí» había declarado a France24 que su objetivo era atacar instalaciones de Aramco. Sin embargo, hoy no son pocos los medios internacionales que se preguntan cómo pudieron los rebeldes hutíes e incluso sus patrones iraníes hacerse con una tecnología de drones y misiles capaz de acertar a más de 1000 km y sobre todo, venciendo las defensas aéreas y antimisiles saudíes, suministradas por EEUU, que se suponen la mejor tecnología disponible del mundo. La historia de cómo Hezbollah y los hutíes, en teoría dos grupos irregulares, dos para-estados en realidad, han sido capaces de superar tecnológicamente a la primera potencia mundial merecería una novela de John Le Carré. Según se cuenta en los mentideros de la inteligencia de Oriente Medio, Irán se hizo con los modelos rusos de manera poco ortodoxa, los replicó, los entregó a sus aliados y no ha parado de mejorarlos.

Los primeros intentos, todavía en 2017, fueron interceptados por las defensas saudíes. Solo una planta nuclear en construcción en Abu Dhabi (EAU) recibió impactos que aun así fueron negados por las autoridades emiratíes. En el momento, estos ataques, como el que siguió y que buscaba el palacio real saudí se entendían como reacciones «simbólicas», sin esperanza real de causar -salvo azar o casualidad afortunada- daños físicos relevantes. Subestimaban la capacidad iraní. En marzo de 2018 por primera vez un misil hutí impactaba en Riyad causando bajas humanas. A los primeros «éxitos» siguieron nuevos ataques. En mayo drones iraníes destruyeron dos instalaciones saudíes de bombeo en el golfo y cayeron misiles hutíes sobre la Meca aunque fueron de nuevo interceptados. El último ataque de misiles hutíes que saltó a los medios internacionales fue el del aeropuerto de Abha, que dejó 26 víctimas.

Era obvio desde mayo de este año que la tecnología de Irán y sus aliados estaba a un nuevo nivel. Irán está cumpliendo uno a uno sus objetivos en la preparación de una guerra directa. Arabia Saudí también, incluido un programa nuclear con apoyo de Israel y EEUU tratando de alcanzar a Irán que ya anunció que se preparaba para centrifugar uranio.

El momento crítico y los trabajadores

Estamos en un momento crítico, seguramente el más cercano en mucho tiempo a una guerra abierta. Tanto Arabia Saudí como Irán están al mismo tiempo muy igualados -en proyección militar y capacidad armamentística- y a un paso de obtener una ventaja «decisiva». Para el que queda atrás es grande la tentación de iniciar un ataque antes de perder la posibilidad de una victoria estratégica. El carácter contradictorio de las alianzas, como hemos visto en Yemen cuando Emiratos bombardeó a los aliados de Arabia Saudí, su principal aliado, puede precipitar giros rápidos y terribles. Los ecos globales, aunque solo sea a través de los precios del petróleo, funcionan como acelerador de la explosión que se insinúa… y puede que la reproduzcan.

Solo hay una manera de revertir esta carrera hacia el desastre. Los trabajadores iraníes mostraron cómo, pero sería tan miope como suicida fiarlo todo a su capacidad de reacción. La guerra es como la lava que pugna por emerger bajo la superficie de un capitalismo agotado: puede estallar a corto plazo allá donde la corteza sea más débil, pero no va a dejar de convulsionar el mundo bajo nuestros pies solo porque los trabajadores de un país le planten cara… es necesario una respuesta que salga de las fronteras de un solo país. Hoy nos dicen que no tiene sentido luchar si la empresa no da beneficios. Pero es la imposibilidad de mantener las ganancias globales del capital lo que impulsa la guerra. Y la guerra es la negación más radical de nuestras necesidades: negación de la vida de miles, de millones.

Lo único que puede frenarla es negar el sometimiento de la necesidad humana al resultado del capital, al beneficio… y eso sí está en nuestra mano, y solo en nuestra mano, afirmarlo como trabajadores, en cada lugar y ahora.


El tema de este artículo fue elegido para el día de hoy por los lectores de nuestro canal de noticias en Telegram (@nuevocurso).

Tuits

Estamos en un momento crítico, seguramente el más cercano en mucho tiempo a una guerra abierta. Desde Egipto a Irak las tensiones imperialistas están al borde de explotar.
Un ataque que reduce a la mitad la producción petrolera saudí es algo más que una chispa sobre el mayor depósito de petróleo del mundo.
El primer impacto global viene vía precios del petróleo. Si se mantiene la brusca subida, las correlaciones de fuerzas y ansias imperialistas incrementarían los choques en todo el mundo
Tanto Arabia Saudí como Irán están al mismo tiempo muy igualados -en proyección militar y capacidad armamentística- y a un paso de obtener una ventaja «decisiva»
Los ecos globales, aunque solo sea a través de los precios del petróleo, funcionan como acelerador de la explosión que se insinúa… y puede que la reproduzcan.
Solo hay una manera de revertir esta carrera hacia el desastre. Es necesario una respuesta que salga de las fronteras de un solo país y que afirme nuestras necesidades frente a las del capital
La guerra es la negación más radical de nuestras necesidades: negación de la vida de miles, de millones. Lo único que puede frenarla es negar el sometimiento de la necesidad humana al resultado del capital