Diario de Emancipación

Amistad y principios

12 de junio, 2019 · Marxismo> Moral

Mayakovsky. Diseño de vestuario, 1919

Hay quien nos asegura que «la amistad está por encima de la política» y quien se enorgullece de poner «los principios políticos por encima de la amistad». Ambos están profundamente equivocados: entienden la moral como un juego de suma cero y, generalmente, siembran el sectarismo.


Martov y Lenin en una reunión del grupo «Emancipación» en 1897.

Es bien conocido que la amistad de los Rosmer con los Trotski, perduró con notable intensidad hasta el final de los días de Natalia Sedova, que fueron también los de Marguerite Rosmer. En 1930 el apoyo de Lev Davidovich a Molinier -que había injuriado a Rosmer- les había llevado a romper políticamente ante la deriva del primer «trotskismo» francés. Sin embargo, después del primer enfado -muy justificado por parte de los Rosmer- la relación personal se recuperará. Serán los Rosmer los que organicen la defensa pública del revolucionario frente a las calumnias stalinistas, los que rescaten y protejan al único nieto superviviente del terror de la GPU y lo lleven a Coyoacán, los que dejen su casa en París para la fundación de la IVª Internacional -a la que no adhirieron nunca-, los que acompañen a Natalia –aislada política y económicamente por la dirección SWP– desde el asesinato de su marido hasta el final. Más conocida aun es la lealtad personal entre Martov y Lenin, con este último dedicando su último aliento a preguntar por él, que también yacía también moribundo… en el exilio alemán. Los ejemplos de amistad profunda y lealtad personal de revolucionarios con antiguos compañeros que habían abandonado la lucha o se habían posicionado en contra de ella, son muchísimos. No son casos extraordinarios, o al menos no más extraordinarios que la amistad misma. Son ejemplos, en realidad, de la perspectiva moral desde la que los comunistas abordan la amistad.

Lo comunitario y lo comunista

Marguerite y Alfred Rosmer con Nataia Sedova y Trotski en Taxco, 1939, cuando los Rosmer consiguen llevarles sano y salvo a su nieto, Esteban Volkov, Siova.

La amistad y la consciencia, que se manifiesta en posiciones políticas, pertenecen a dos dimensiones interconectadas en la vida de la clase: una a la comunitaria, otra a la comunista.

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La comunitaria está formada por todas esas relaciones que se configuran a partir de la solidaridad en la resistencia a la explotación, que se expresan como afectos y que generan pertenencia en un ámbito de conocimiento mutuo: la familia, los amigos, los compañeros de trabajo de los que «te fías». Son casi siempre promiscuas, es decir, superadoras hasta cierto punto de las divisiones y discriminaciones «tradicionales» en una sociedad. Producen todo eso que forma el «colchón» que recoge a «los que caen», el plato que «nunca te va a faltar», la «casa que es también tuya», el «déjame a los niños» y el «nosotros nos encargamos». Lo comunitario es por definición espontáneo, no está -a día de hoy- institucionalizado y no tiene otra «finalidad» que lo que antiguamente se llamaba el «socorro mutuo».

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La consciencia cuando emerge en el curso de las luchas, en una huelga por ejemplo, es superadora de todas las divisiones a un punto y escala que las relaciones interpersonales basadas en la solidaridad y el afecto no pueden alcanzar porque supera, también, las mismas divisiones de la pertenencia comunitaria. No importa «de quién eres» en una lucha. Importa creérsela y aportar.

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Eso es lo que tiene en común con la militancia comunista, cuando, para una minoría, la consciencia se materializa en actividad política. Del mismo modo que la consciencia en las luchas, la militancia es colectiva y organizada, no menos centralista, pero sobre otras bases y a menor escala. Pero es además, obvia y conscientemente finalista. Y su necesidad de fortaleza de propósito, de «creérselo», tiene un matiz: sin él, las luchas se desfondan y mueren, pero las organizaciones políticas degeneran y confunden.

Los comunistas y la amistad

Ninguno de los tres elementos anteriores es independiente de los demás. El conector que los une y que nos permite entenderlo es el comunismo como perspectiva -y por tanto moral- de la clase universal. Por eso, para los comunistas la amistad, la fraternidad, relación definitoria de lo comunitario, es un hecho moral. Somos capaces de percibir en ella el futuro actuando en el presente. Porque aun siendo expresión y componente de una dimensión pre-política de la clase universal, proyecta -y no podía ser de otra manera- elementos centrales de la perspectiva comunista.

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En lo comunitario, en lo fraterno, el «otro», es un fin en sí mismo, del mismo modo en que los humanos, todos y cada uno, dejarán de ser meros medios de la acumulación para convertirse en fines y medida del desarrollo en una sociedad comunista.

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Las relaciones de verdadera amistad son relaciones no mercantilizadas, en resistencia a la mercantilización general de lo humano. Permiten, una vez más, atisbar, percibir en un destello, algo de lo que supondrá el paso de sociedad -dividida en clases- a comunidad humana reunificada.

Pero su carácter de ventana al futuro es también su «debilidad». La amistad, también somos conscientes de ello, como todo lo comunitario que pervive en la sociedad de clases, está en oposición objetiva a la estructura de la sociedad. Por eso es frágil si no se dota de una perspectiva de superación de ésta, si se limita a «resistir». Baste la forma más básica de lo comunitario-desmercantilizado, la pareja, como ejemplo y extrapólense las estadísticas de divorcio. Por eso, la amistad enriquecida con la lucha, lo comunitario alentado por lo comunista, resulta tan potente, tan vitalmente enriquecedor. Y por eso son tan comunes -y dañinos- errores como los que comentábamos al comienzo.

Amistad y organización

Lenin, Bogdanov, Gorki y Lunacharski en la escuela del partido bolchevique en Capri en los años en que Lunacharski publica «Religión y socialismo» (1907)

Visto lo visto, oponer amistad y principios políticos, supeditar la una a los otros o al revés, es un puro sinsentido. Entonces, ¿por qué se plantea? Porque hay un tipo de ambiente político diseñado para que la instrumentalización del otro «surja sola». Es el característico de las sectas izquierdistas. Estos grupos tienden, por distintos medios, normalmente no coercitivos sino «espontáneos», derivados de su propia concepción de la actividad, a limitar la dimensión comunitaria de la vida de sus miembros a las relaciones con otros miembros del mismo grupo. Inevitablemente lo militante y lo comunitario se confunden… y pudren por igual. La suerte política del grupo pasa a ser la de la red de afectos del miembro, separarse de la línea del grupo es para él separarse de los amigos, del círculo de confianza, del entorno casi familiar. Hacer dudar a un miembro, criticar unas tesis en un debate, es poner en cuestión su vida entera. El militante vive vive bajo la permanente acechanza de la soledad y el desarraigo si sale del consenso grupal e inevitablemente percibe a quien quiere hacerle dudar como a un agresor. Los que salen de tales grupos -a enorme coste emocional y social- son los que suelen tomar la bandera de «principios por encima de la amistad». Puede parecer un relato exagerado, pero es aplicable a muchos grupos muy diversos -alguno hay hasta con parlamentarios- en muchos países.

Pero hay otra variante que en ciertos ambientes y lugares es igualmente destructiva. Es común entre migrantes o en entornos como el universitario donde -a pesar del mito y los tópicos- es difícil encontrar conversaciones gratificantes y amigos que compartan preocupaciones intelectuales. Se forman entonces grupos de discusión que con la discusión política como candil de Diógenes, seleccionan a sus miembros por principios y curiosidades comunes. Pero compartir principios y curiosidades no significa compartir una voluntad militante. La necesidad comunitaria se viste sin embargo de falsa virtud militante, el grupo toma unas siglas y vive hasta que el núcleo dinamizador ideologizado resulta demasiado cansino o manifiesta diferencias irreconciliables. Los miembros comunes, que hasta entonces vivieron los debates como un espectáculo intelectual, toman entonces la bandera de la «amistad por encima de la política» como bálsamo de la herida grupal que se está abriendo. A fin de cuentas, aun sin reconocerlo, nunca fueron otra cosa que un grupo de amigos unidos para compartir, aprender y darse apoyo -lo que no es poco- pero no una organización política.

¿Cuál es el error, si no crimen, de unos y otros? Constreñir lo comunitario en lo político y lo político en lo comunitario. No, los comunistas no somos individuos aislados que solo viven y hablan con otros individuos que viven para la teoría o para una organización y que a falta de más relaciones tienen que sacar una vida comunitaria de ahí. Los comunistas somos trabajadores como tantos otros, con nuestras comunidades y redes de afectos, con nuestra familia y nuestros grupos de amigos y compañeros de trabajo. No somos una secta en busca de «lazos con la clase», somos esa parte de la clase que tiene una perspectiva comunista. Como tal, no existimos en soledad, como individuos, nos agrupamos con otros. Con esos otros, nuestros compañeros de militancia, hacemos, aprendemos y discutimos, e inevitablemente, surgen la fraternidad y la amistad. Amistades que como Trotski y Rosmer, no tienen por qué desaparecer si la militancia común lo hace. Amistades también que no condicionan, como no condicionaron a Lenin, el disenso y, cuando toca, la ruptura política. Amistades, que aun si desaparecieran, no aislarían a nadie.

Moral, personas y organización

Lo comunitario -la solidaridad, el igualitarismo espontáneo, el tratar al otro como un fin en sí mismo- es una parte indisociable de la moral comunista.

Tras este pequeño gabinete de horrores, volvamos al centro de todo esto. La amistad es una relación desmercantilizada en la que vemos al otro como un fin en sí mismo. Nos da un destello de cómo serán las relaciones humanas en una sociedad liberada. Nuestras amistades, nuestras comunidades, son un tesoro a cuidar. Y bien está por tanto que las veamos y tratemos como objetivos en sí.

Pero una organización no es una persona, no es un grupo de amigos ni una comunidad (entendida como conjunto de relaciones interpersonales), no es un fin en sí mismo, es un instrumento. Y una organización política es un instrumento político. Si aceptamos ésto con todas sus consecuencias entenderemos que los amigos pueden estar dentro o fuera, entrar y salir, sin dejar de ser amigos. Pero, mientras sean compañeros, no se librarán de tener que discutir cada desacuerdo… o haremos romo y finalmente mataremos nuestro mejor instrumento.

Resumen en tuits

Hay quien nos asegura que «la amistad está por encima de la política» y quien se enorgullece de poner «los principios políticos por encima de la amistad». Ambos están profundamente equivocados
Lenin y Martov, Trotski y Rosmer, no son casos extraordinarios, o no más extraordinarios que la amistad misma. Son ejemplos, en realidad, de la perspectiva moral desde la que los comunistas abordan la amistad
La amistad y la consciencia pertenecen a dos dimensiones interconectadas en la vida de la clase: una a la comunitaria, otra a la comunista.
Lo comunitario es todo eso que forma el «colchón» que recoge a «los que caen», el plato que «nunca te va a faltar», la «casa que es también tuya», el «déjame a los niños» y el «nosotros nos encargamos»
La consciencia cuando emerge en el curso de las luchas es superadora de todas las divisiones a un punto y escala que las relaciones interpersonales basadas en la solidaridad y el afecto no pueden alcanzar
La amistad es un hecho moral. Somos capaces de percibir en ella el futuro actuando en el presente
En lo comunitario el «otro» es un fin en sí mismo, del mismo modo en que los humanos, todos y cada uno, dejarán de ser meros medios de la acumulación para convertirse en fines del desarrollo en una sociedad comunista
Las relaciones de verdadera amistad son relaciones no mercantilizadas, en resistencia a la mercantilización general de lo humano. Un destello del paso de sociedad dividida en clases a comunidad humana reunificada
La amistad, como todo lo comunitario que pervive en la sociedad de clases, está en oposición objetiva a la estructura de la sociedad. Por eso es frágil
Oponer amistad y principios políticos, supeditar la una a los otros o al revés, es un puro sinsentido, resultado del aislamiento o el sectarismo
Los comunistas no somos una secta en busca de «lazos con la clase», somos esa parte de la clase que tiene una perspectiva comunista
Una organización no es una persona, no es un grupo de amigos ni una comunidad, no es un fin en sí mismo, es un instrumento. Y una organización política es un instrumento político
Los amigos pueden estar dentro o fuera, entrar y salir, sin dejar de ser amigos. Pero, mientras sean compañeros, no se librarán de tener que discutir cada desacuerdo
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