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Al filo del abismo en cada vez más frentes

10 de enero, 2020 · Actualidad> Actualidad global> Informe semanal

Los servicios de rescate iraní apilan los cadáveres de los pasajeros en el lugar donde cayó derribado el Boeing ucraniano.

La semana nos muestra que no podemos confiar en la capacidad de los imperialismos para quedarse al filo del abismo de la guerra abierta. Antes de que pueda suspirarse de alivio en Irak, el siguiente foco que amenaza con generalizar la guerra ya está recrudeciéndose en Libia. Y mientras, en Francia, los sindicatos llevan a todos los trabajadores al borde del desmontaje del sistema de pensiones.

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En la noche del martes al miércoles, misiles iraníes cayeron sobre dos bases de EEUU en Irak. Después de una cobertura propia del arranque de una guerra, descubrimos que en realidad, no habían dejado bajas. El mismo miércoles pasado se publicaron las primeras noticias asegurando que Irán había avisado de los ataques al gobierno de Irak. Todo empezaba a encajar y a resultar comprensible, incluido el «todo va bien» de Trump. Como tituló la prensa alemana, «el ataque fue un espectáculo», los soldados se protegieron en bunkers conocedores del ataque y dejaron pasar. Todo apuntaba a lo que desde Turquía calificaban como «una estrategia para salvar la cara»:

Los lugares elegidos para las represalias, el hecho de que la información se compartiera con el Primer Ministro iraquí Abdulmehdi de antemano, quien se lo comunicó a las fuerzas iraquíes y estadounidenses, que tomaron medidas para evitar las bajas, muestra que se evita un resultado que empujaría a los Estados Unidos a atacar nuevamente. Es una especie de estrategia de salvar la cara.

Y las reacciones de ambos estados lo confirmaron pronto: Irán pidió a las milicias que controla en Irak que no atacaran objetivos de EEUU. Muqtada al-Sadr, jefe de la poderosa milicia chií aliada a EEUU que había comenzado la escalada de tensión asaltando el consulado de Irán en Najaf declaraba: «La crisis en Irak ha terminado». En su primera rueda de prensa, a la mañana siguiente, Trump asegura que «Irán está reculando tras el ataque de ayer», que no hubo víctimas de los ataques y que impondrá nuevas sanciones. Y sorprendentemente, vuelve a hablar de la necesidad de un nuevo acuerdo nuclear.

La estrategia del «salvar la cara» era ya evidente hasta para la prensa anglosajona empeñada en dar combustible a los demócratas y utilizar el choque en su batalla interna contra Trump, aunque solo fuera, como efectivamente aprobó el parlamento estadounidense, para limitar sus poderes bélicos en relación a Irán.

Los servicios de rescate iraní apilan los cadáveres de los pasajeros en el lugar donde cayó derribado el Boeing ucraniano.

Pero el carácter «colaborativo» de la estrategia de ambas potencias imperialistas en este choque se vió aun más claro con la caída, tras despegar, de un avión de pasajeros ucraniano unas horas más tarde. Como el avión llevaba un nutrido grupo de pasajeros canadienses, la inteligencia estadounidense y el equipo de Trudeau trabajaron juntos para acabar afirmando que el avión había sido derribado por un misil antiaéreo iraní. Lo llamativo: tanto Trudeau como Trump insistieron en que el derribo había sido «accidental». Cualquier cosa antes de un nuevo «casus belli».

El resultado final de la escalada en Irak había seguido la estrategia de «escalabilidad controlada» característica del largo conflicto imperialista entre Irán y EEUU

Un ajedrez posicional en el que ambas partes tratan de ejercer una fuerza suficiente como para cerrar paso al contrario, pero al mismo tiempo tratan de evitar llevarle a escalar el conflicto hacia una guerra abierta.

«La larga guerra entre EEUU e Irán», enero 2019

Pero esta vez el margen había sido más estrecho que nunca, como señaló la ONU, «las líneas de falla internacionales han estado a punto de romperse» y las contenciones a punto de desaparecer. Hubiera bastado la impaciencia de un aliado de alguno de ambos imperialismos para generalizar el conflicto. La Guardia Revolucionaria de Irán ya preparaba de hecho ataques en Dubai (Emiratos) y Haifa (Israel) si había represalias. No, ho ha sido solo «un teatrillo» que ha acabado felizmente «solo» con la muerte «accidental» de centenar y medio de personas en un avión comercial que tuvo mala suerte. Ha sido un aviso de que las tensiones imperialistas están ya en un punto en el que cualquier elemento inesperado puede traducirse en una generalización inmediata de la guerra.

Mandos del ejército de Haftar entran en Sirte.

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Y mientras EEUU e Irán jugaban a los castillos de cerillas sobre un barril de gasolina, un nuevo frente ganaba un peligroso extra de complejidad y peligrosidad: Libia. Tras aprobar el parlamento turco el envío de tropas, las fuerzas de Haftar atacaron inmediatamente barcos y envíos de Turquía al gobierno de Trípoli. La UE, con Francia e Italia apoyando bandos opuestos hacía un llamamiento a «respetar» un embargo cuyos miembros violan sistemáticamente. Se decantaban con claridad dos ejes: Emiratos, Egipto, Francia y Rusia vs Turquía e Italia. Temeroso de las complicaciones que venían e impulsado por Emiratos y Egipto, Haftar redobló su ofensiva y anunció haber tomado el control de Sirte con ayuda de mercenarios rusos.

Pero Turquía guardaba un peligroso as en la manga: Argelia, que hasta ahora, azorada por la ya larga crisis de su aparato político y la revuelta de su pequeña burguesía, se había mantenido al margen. La reunión entre el ministro de exteriores de Turquía y el argelino, acabó con un llamado a la comunidad internacional para imponer un alto el fuego parando el avance de Haftar. Trípoli y su gobierno se convertían en una «línea roja» intocable. Putin, que llegó a Turquía para inaugurar el TurkStream, no desaprovechó la oportunidad para tomar el liderazgo del padrinazgo de Haftar y negociar un alto el fuego.

Las reacciones fueron interesantes. Por supuesto, el gobierno de Trípoli, literalmente contra las cuerdas, se congratuló. Pero la «pacifista» Europa estuvo lejos de hacerlo. La prensa alemana no disimuló que deseaba el fracaso del acuerdo insistiendo en que la alianza Putin-Erdogan es «un riesgo para Europa»… entendiendo «Europa» como los intereses imperialistas franco-alemanes, por supuesto. Haftar, hablando con el respaldo de Egipto y Emiratos, rechazó cualquier alto el fuego, como era previsible… mientras pueda mantener sus avances.

En Libia estamos ante otra situación en la que la proliferación de imperialismos en conflicto, precariamente agrupados en alianzas internamente contradictorias, puede conducir no solo a una escalada sino a una extensión, incluso generalización de la guerra. La entrada de Turquía con armas y bagages eleva las apuestas porque el acuerdo de fronteras marítimas entre Trípoli y Ankara, convierte a Libia en la llave de la lucha por los hidrocarburos en el Mediterráneo oriental. Además, los roces cada vez más abiertos en el Sahel entre Francia y Rusia apuntan a una nueva línea de fractura imperialista en Africa desde República Centroafricana hasta el Mediterráneo. A la proyección hacia el Oeste, hacia el Magreb, que puede abrirse con la «activación» de Argelia se une además la tensión militar entre Egipto/Emiratos y Turquía en Sudán y el cuerno de Africa… Resumiendo: Libia no es una «pequeña» Siria. Está en el límite de convertirse en un nuevo y peligroso torbellino de conflictos imperialistas, aun más peligroso e inestable que el Golfo pérsico.

Ayer en París

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En Francia, la huelga contra la reforma de las pensiones continúa tras más de un mes de lucha. Según las encuestas, el apoyo a la huelga aún es mayoritario entre los franceses, pero ésta aún sigue bajo el control y pastoreo de los sindicatos. Los piquetes sindicales diarios siguen en las empresas de transporte y todas las refinerías están detenidas o bloqueadas, de vez en cuando se organizan acciones mediáticas como la entrada en la sede parisina de la empresa financiera BlackRock, pero no hay extensión de la huelga al sector privado.

Las direcciones sindicales iban a negociar con el gobierno otra vez las condiciones de la reforma a partir del martes, pero se han encontrado desde el lunes que el gobierno decidió subir las apuestas y envió el proyecto de ley sobre la reforma de las pensiones al consejo de estado sin ninguna modificación. Los sindicatos reaccionaron enfurecidos ante el hecho de que se enviara la ley sin negociar antes y, tras otra reunión este miércoles en la que el secretario de estado francés declaraba unilateralmente el fin de la jubilación anticipada para los trabajos especialmente duros, tres sindicatos abandonaron la mesa de negociación.

El gobierno ha pasado claramente a una fase de la negociación donde endurece las condiciones por su lado y amenaza con usar la fuerza represiva del estado contra los piquetes y manifestantes de las procesiones sindicales, pero al mismo tiempo anuncia que aún «se pueden poner enmiendas» y que «la cuestión de la edad pivote aún no está cerrada».

¿Cómo han respondido los sindicatos? Así iba la negociación el martes: «El equilibrio del sistema [de pensiones] debe estar garantizado» y «propongo garantizarlo instituyendo una edad pivote» ha vuelto a decir el primer ministro. «Pero si las organizaciones sindicales y patronales se ponen de acuerdo para un sistema mejor, lo aceptaré». El primer ministro calificó de «buena idea» la conferencia de financiación propuesta para este viernes por el líder de la CFDT Laurent Berger, que espera «evitar así la instauración de una edad pivote garantizando el equilibrio del sistema de pensiones». Por su lado, la CGT que se había ido el miércoles de las reuniones, se quejaba el jueves de que «la puerta del gobierno está cerrada» y que no tienen invitación para la conferencia de financiación de este viernes. Al contrario de lo que dicen en la calle y sus bases, parece que la CGT como afirma su secretario general, «no está contra todas las medidas».

Resumiendo: el juego de los sindicatos es claramente ahogar la combatividad animando la prolongación de las huelgas de los sectores más combativos, mientras dan carta de naturaleza a señuelos como la «edad pivote» y sobre todo a la idea de «sostenibilidad», aplicación al sistema de pensiones del mismo principio «los beneficios primero, las necesidades después»,

La explotación de los trabajadores no es la suma de «explotaciones» empresa a empresa. El capitalismo es un sistema de explotación de una clase por otra. Desde el punto de vista del capital el «tejido empresarial» es un sistema de vasos comunicantes por el que se mueve el capital. Un sistema que iguala los resultados de cada aplicación de inversión en función de su participación en el total del capital nacional dada una productividad media, premiando las «mejoras» en la explotación como desviaciones sobre la media y castigando las desviaciones por debajo.

Por eso, afirmar que sin beneficios no se pueden satisfacer las reivindicaciones de los trabajadores es lo mismo que decir que la empresa «no puede» perder posiciones en la ordenación relativa del capital total. Decir que la «inflexibilidad» de los trabajadores «condena al cierre» es lo mismo que decir, que el capital nacional está dispuesto a cortarse un tentáculo antes que perder rentabilidad global.

«Francia: huelga de ferroviarios supera a los sindicatos», 5/11/2019

A estas alturas hasta la prensa izquierdista afirma que Macron persigue imponer una derrota contundente a los trabajadores similar a la que Thatcher infligió a los mineros en 1984. Aquella derrota, a la que llaman el «mito fundador del neoliberalismo» fue en realidad producto de una estrategia similar a la de hoy de sus pares franceses: huelga extenuante y aislada de los más combativos pareja a una aceptación sindical del principio de «rentabilidad» sobre las necesidades. Sus consecuencias pueden verse hoy todavía en las amplias y desoladas regiones desindustrializadas británicas.

Si en Francia todas estas movilizaciones y huelgas acaban en una derrota, el resultado no será menos desastroso ni Macron deberá menos a los sindicatos franceses que lo que Thatcher debió a los británicos.

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Los dos mensajes centrales que quedan tras esta semana es que ni cabe esperar que los conflictos imperialistas se detengan al borde del precipicio -en ningún lado- ni que ninguna crisis haga a la burguesía, el estado o sus sindicatos «abrir los ojos» a nada que no sea aumentar la explotación y destruir el tejido social desde su base con tal de mantener la rentabilidad del capital.

La única salida sensata es superar de una vez la lógica de la supeditación de los trabajadores -y con ellos de toda la sociedad- a los beneficios, que es también la lógica de la guerra. O lo que es lo mismo, superar el capitalismo de una vez. Las condiciones materiales que permiten su superación hace ya mucho que están dadas y ninguna «mejora de las condiciones» será producto de las luchas mientras estén dirigidas por los sindicatos. Es el «factor subjetivo», el desarrollo de la la lucha de la clase trabajadora y su consciencia a través de ella, lo único que puede poner fin al sistema. Y éso tampoco es el producto de ningún automatismo, sino de los procesos que los trabajadores más conscientes seamos capaces de impulsar en el conjunto de nuestra clase… y para eso hace falta organizarse políticamente.