Adam Smith, Isaac Newton y la Teología del capitalismo

Adam Smith

Decir que Adam Smith fue el último teólogo relevante de Occidente puede sonar a provocación, pero es difícil llamar de otra manera a un catedrático de filosofía moral de la Universidad de Edimburgo cuyas preocupaciones intelectuales parten y se colocan en continuidad con ese «moderado calvinismo» de su madre en el que había devenido el underground de la burguesía puritana británica tras la derrota de la revolución cromwelliana. Recordemos los dos párrafos más celebrados de «La riqueza de las naciones».

En virtualmente todas las demás especies animales, cada individuo, cuando alcanza la madurez, es completamente independiente y en su estado natural no necesita la asistencia de ninguna otra criatura viviente. El hombre, en cambio, está casi permanentemente necesitado de la ayuda de sus semejantes, y le resultará inútil esperarla exclusivamente de su benevolencia. Es más probable que la consiga si puede dirigir en su favor el propio interés de los demás, y mostrarles que el actuar según él demanda redundará en beneficio de ellos. Esto es lo que propone cualquiera que ofrece a otro un trato. Todo trato es: dame esto que deseo y obtendrás esto otro que deseas tú; y de esta manera conseguimos mutuamente la mayor parte de los bienes que necesitamos. No es la benevolencia del carnicero, el cervecero, o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio. No nos dirigimos a su humanidad sino a su propio interés, y jamás les hablamos de nuestras necesidades sino de sus ventajas. Sólo un mendigo escoge depender básicamente de la benevolencia de sus conciudadanos. Y ni siquiera un mendigo depende de ella por completo. […]

El ingreso anual de cualquier sociedad es siempre exactamente igual al valor de cambio del producto anual total de su actividad, o más bien es precisamente lo mismo que ese valor de cambio. En la medida en que todo individuo procura en lo posible invertir su capital en la actividad nacional y orientar esa actividad para que su producción alcance el máximo valor, todo individuo necesariamente trabaja para hacer que el ingreso anual de la sociedad sea el máximo posible. Es verdad que por regla general él ni intenta promover el interés general ni sabe en qué medida lo está promoviendo. Al preferir dedicarse a la actividad nacional más que a la extranjera él sólo persigue su propia seguridad; y al orientar esa actividad de manera de producir un valor máximo él busca sólo su propio beneficio, pero en este caso como en otros una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que no entraba en sus propósitos. El que sea así no es necesariamente malo para la sociedad. Al perseguir su propio interés frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo. Nunca he visto muchas cosas buenas hechas por los que pretenden actuar en bien del pueblo.

Adam Smith. La riqueza de las naciones, 1776

El famoso «egoismo» benéfico de Adam Smith y su «mano invisible» eran la afirmación en un plano nuevo de la doctrina de la salvación por la gracia del puritanismo derrotado con la Restauración
Una familia puritana según el famoso retrato de William Dobson

Hay algo más que un aire de familia con el núcleo ideológico calvinista: la salvación no es producto de las obras y la voluntad de obrar bien, sino el resultado exclusivo de la gracia de Dios -que nos coloca en una clase social, con unas habilidades y oportunidades comerciales determinadas- es decir nos hace nacer -o no- en el seno de una buena familia de la burguesía calvinista británica del siglo XVIII.

¿Cuál es la hazaña de Smith? Trocar la salvación individual en bienestar social y al Dios que actúa en la Historia de los elegidos, en «mano invisible» que opera en la economía de los gentiles. Resultado: aun en el caso de comportarse de acuerdo al egoísmo más desenfrenado, la burguesía (calvinista) es el verdadero motor del bienestar social que nos impulsa hacia una sociedad moral. El programa revolucionario de la época cromwelliana se ha convertido en el reclamo de reconocimiento de una clase que basa su carácter «benéfico» no en su moralidad particular, sino en su capacidad para multiplicar la productividad. Es el salto de la Teología a la Ciencia social. Un salto en todo equivalente al que Isaac Newton había realizado en la «Filosofía Natural». Y, una vez más, no es por casualidad.

Si la salvación individual se trocaba en bienestar social y el Dios que actúa en la Historia de los elegidos, en «mano invisible» de la economía de los gentiles, la burguesía podía aparecer como guía moral.

Cuando en 1795 se publicaron los «Ensayos filosóficos» de Adam Smith, el volumen se abría con el que había sido su primer gran trabajo: «Los principios que presiden y dirigen la investigaciones filosóficas, ilustrados por la historia de la astronomía». Siendo una obra inacabada, los editores tuvieron la bondad de añadir una nota al final aclarando que:

No debe ser contemplada como una historia o explicación de la astronomía de Sir Isaac Newton sino fundamentalmente como una ilustración adicional de los principios de la mente humana que el Sr. Smith ha destacado como los motivos universales de las investigaciones filosóficas.

David Hume

En realidad, y queda bien claro cuando leemos al primer biógrafo de Smith, Dugald Stewart, Smith escribirá toda su obra a partir de Newton y -literalmente- en correspondencia con Hume. Es el empirismo de éste el que le orienta su primer intento de trasladar la imagen de «los equilibros» entre «fuerzas» al terreno moral y social: la «Teoría de los sentimientos morales» (1759). Categorizando ex-ante las fuerzas que repelen y atraen entre sí a los individuos y dando por hecho el egoísmo como fuerza determinante, Smith llega a los límites relativistas del empirismo: la irregularidad de los sentimientos humanos hace imposible entender completamente la intención de los individuos pues ésta se verá reforzada en un sentido u otro por los sentimientos que a su vez le produzcan sus resultados. Al convertir en imposible un juicio moral universal a partir de la evidencia observable dada la «irracionalidad» de los resultados, Smith recurre por primera vez a la «mano invisible», concluyendo que hay una «fuerza externa» que conduce hacia la moralidad social a pesar del egoísmo de los individuos. El corazón calvinista está ya claramente definido, pero la «mano invisible» aparece no solo como una fuerza externa sino también arbitraria. Un paso atrás que devuelve la soberanía del conocimiento social a la Teología. Un atraso respecto a Newton, su modelo, que decide a Smith a emprender el camino que le llevará a escribir «La Riqueza de las naciones» y fundar la Economía burguesa.

Adam Smith quería replicar el modelo de inversión de la Teología en Filosofía natural de Newton en el terreno de la Filosofía Moral. ¿El resultado? La Economía: ciencia de la dominación de la burguesía
Un joven Isaac Newton.

¿Pero quién era Newton y por qué habría de ser el modelo para fundar la ciencia de la dominación burguesa?

Newton no fue el primero de la era de la razón, fue el último de los magos […] Sus experimentos siempre fueron, creo, medios no de descubrimiento, sino de verificación de cuanto ya sabía. […] Durante veinticinco años de intenso estudio, las matemáticas y la astronomía fueron solo una parte, y no la más absorbente, de sus ocupaciones. […] Todas sus obras no publicadas sobre cosas esotéricas y teológicas llevan el sello de una preparación meticulosa, de métodos precisos, de una extrema sobriedad expositiva. Son sensatas exactamente igual que los Principia, aparte de que su objeto y su fin son mágicos. Casi todas se compusieron en los mismos veinticinco años en los que se dedicó al estudio de las matemáticas.

John Maynard Keynes. Newton, el hombre, 1942

Para ocultar los textos esotéricos de Newton se creó la leyenda cambridgeana de que su perro había causado un incendio que destruyó 20 años de trabajo. Los manuscritos se guardaron en realidad en un arcón sellado durante casi 200 años.

Keynes que calculaba en más de un millón de palabras la «obra esotérica» de Newton -es decir, más del 80% de su obra total– nos cuenta que estas se dividen sobre todo en Alquimia, textos contra la idea de la Santísima Trinidad y análisis textuales sobre las fuentes bíblicas y apocalípticas. En realidad, un análisis más detallado nos muestra que Newton intentaba, como años después Smith, encontrar la expresión auténtica, evidente, comprobable empíricamente de algo que «ya sabía»: la ley universal de Dios. Comienza intentando «limpiar» el texto de las fuentes bíblicas de añadidos, sigue haciendo lecturas «kabalísticas» sobre el propio texto y acaba buscando lo mismo en la esencia de la materia (la Alquimia), las proporciones (Matemática) y las relaciones entre sus partes (Física). Es aquí finalmente, donde gracias a las Matemáticas que ha desarrollado -nada más y nada menos que el cálculo diferencial- consigue reconocer «la ley del amor» crística en las relaciones entre cosas, en el amor -atracción- que por sí misma se profesa la materia: la «ley de la gravitación universal».

Cuando lo consigue abandona la investigación esotérica. Pero no, como bien señala Keynes, porque el empirismo le haya abierto los ojos, no porque haya renunciado a la Metafísica ni a la intervención divina en la Naturaleza, sino porque cree haber encontrado, con el mismo método «sensato», su rostro oculto a través de la Matemática. El Newton científico nunca dejará de ser un mago, igual que el mismo empirismo nunca abandonará -menos aun hoy- el terreno Metafísico y Smith nunca dejará de ser un Teólogo.

El programa smithiano no pretende ser la demolición, en términos marxistas la «crítica», de la Teología, sino su afirmación en un nuevo plano. La Economía, la ciencia de la dominación de la burguesía será siempre una Teología, centrada no ya en el Cristo sino en un nuevo fetiche: la mercancía.

Adam Smith no pretende demoler la Teología sino afirmarla en un nuevo plano. La Economía burguesa será la Teología de un nuevo fetiche: la mercancía
 
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