¿Quién va con quién en Oriente Medio?

Putin y Trump en su encuentro en el G20, julio 2017
La derrota del Estado Islámico y la pérdida de la mayor parte del territorio que controlaba hasta hace solo unos meses solo ha servido para escalar las tensiones bélicas a un nuevo nivel. Repasemos el enrevesado mapa de «negociaciones», alianzas y tensiones regionales.

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Por un lado tenemos las conversaciones de Ginebra entre EEUU y Rusia. Rusia apoya militar y políticamente al presidente El Assad, EEUU a una coalición de grupos locales que incluye la que hasta hace poco era la franquicia local de Al Qaeda y a la rama local del PKK, el famoso YPG de la pretendida «revolución kurda». Pero esta escenificación tan «guerra fría» oculta una realidad mucho más compleja. Rusia, por decisivo que sea su apoyo aéreo y político, no es la única fuerza de la alianza de El Assad. Irán, que ha construido un continuo territorial con sus aliados desde su frontera con Irak (con un gobierno shií cuyo ejército debe más a Irán que a EEUU) hasta el Líbano, tiene desplegados asesores y tropas de élite acompañando a las tropas libanesas de Hezbollah.

El pasillo de Kenitra, 20Km de territorio sirio alrededor de la frontera israelí, uniendo las bases libanesas de Hezbollah con la frontera jordana.
El único «gran avance» de las conversaciones de Ginebra hasta ahora ha sido la creación de una serie de «zonas de desescalada» bélica, la principal de ellas, el «corredor de Kenitra» crea para Hezbollah un pasillo de 20Km de ancho, bajo supervisión rusa, entre sus bases libanesas y la frontera jordana. La paradoja: coloca a Hezbollah e Irán en las fronteras de Israel, sin cuya aquiescencia hubiera sido impensable. Israel parece confiar más en Putin que en Trump.

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Por otro lado tenemos las conversaciones de Astaná en las que Putin intenta coordinar y amortiguar las contradicciones entre El Assad, Irán… y Turquía, cuyo interés primordial es evitar la desestabilización que supondría que el PKK y sus guerrillas le montara un para-estado en sus fronteras… pero que no deja de mirar con recelo a los persas. Turquía sin embargo tiene una mirada regional más amplia. Aunque sus relaciones con Rusia han sido muy tensas y llenas de golpes bajos, Erdogan seguramente le debe la vida a Putin (fueron los servicios rusos los que le avisaron del último intento de golpe, seguramente respaldado por Obama, y aviones rusos los que le escoltaron por el espacio aéreo mientras éste se desarticulaba); además, las ambiciones imperiales turcas en Asia Central y todos esos contratos de autopistas e infraestructuras en los «estanes» en los que se materializan tendrían muchas menos opciones con una oposición franca de Moscú.

La nueva ruta iraní hasta el Mediterráneo. Ahora pasando solo por territorios de aliados.
Por otro lado, Turquía se ha aproximado en los últimos años cada vez más a Irán. Sin Turquía el bloqueo sufrido durante años por Irán hubiera sido mucho más dañino y no solo para su programa nuclear. Y lo que es importante en este momento, no se ha aproximado de vuelta a EEUU con Trump (de hecho muestra lo contrario) y ha comenzado a hacer ostensibles gestos hacia Qatar, principal aliado de Irán en la península árabiga y objeto de un tenaz bloqueo de Arabia Saudí y sus aliados.

Así que el principal éxito de las conversaciones de Putin en Astaná es haber conseguido una entente regional entre Rusia y las dos principales potencias locales, Irán y Turquía. Una asociación inestable que prefigura el mapa regional al que aspiraría Moscú… si no existiera Arabia Saudí.

Putin y Salman se encuentran en mayo en el Krenlim.
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Porque la principal línea de conflicto imperialista en la zona no está reflejada ni en Ginebra ni en Astaná… sino en Yemen, donde Irán y Arabia Saudí mantienen una guerra genocida en la que no faltan tampoco ninguno de los actores menores que también encontramos en Siria: Al Qaeda, Estado Islámico, Emiratos Arabes…

Como hemos comentado en un post anterior, la subida al poder del príncipe Salman de Arabia ha venido acompañada de una nueva escalada de la tensión entre Irán y «el reino» que se ha proyectado inmediatamente desde Líbano a Yemen.

El apoyo de Trump a la ofensiva saudí contra Qatar y su promesa, recientemente renovada, de romper el tratado nuclear con Irán no son ajenos al agravamiento de la tensión y nos dan una pista, de paso, de por dónde andan las potencias continentales europeas, beneficiarias directas del fin del embargo.

¿Puede esperarse la paz?

Rebeldes Houthi en Yemen
Cuando los grandes sistemas económicos entran en descomposición, la guerra -que concentra todas las contradicciones de una sociedad en un momento dado- toma una forma particular de aparente «todos contra todos». Es aparente porque se trata de alianzas condicionadas y cambiantes donde los que son aliados frente a un tercero pueden combatir entre sí por el sometimiento de un cuarto. Es la historia de las guerras entre las ciudades italianas al final del medioevo, con Federico Barbarroja y el Papa jugando roles no tan diferentes a los de Putin y Trump hoy, o las guerras entre Roma, Bizancio y los pueblos y reinos bárbaros en el estadio final del esclavismo antiguo.

Como hemos visto todos los jugadores tienen ambiciones imperialistas propias y suficientemente decididas como para poder apoyarse en un momento incluso en sus supuestos enemigos más directos (Irán e Israel, sin ir más lejos). Pero también para traicionar a sus aliados supuestamente más fieles (EEUU e Israel, por seguir el mismo ejemplo). Es decir, si la paz es descartable como perspectiva el mapa de aliados puede cambiar sencillamente en función de quién da el primer golpe contra quién, una simple chispa puede transformar el mapa a largo plazo. Y no faltan chispas en la región.

¿Y a mi cómo me afecta?

Columna de refugiados sirios cruzando Europa a pie.
La gran creación del capitalismo es el mercado mundial, un sistema interconectado donde todo afecta a todo y donde el conflicto inter-imperialista entre potencias afecta directamente a la lucha entre clases. Y al revés, si aprendimos algo de las dos guerras mundiales del siglo XX es que la guerra imperialista solo puede ser parada por la aparición de los trabajadores como una fuerza independiente.

Lo que pasa en Oriente Medio no queda en Oriente Medio. El juego imperialista es global, todos los estados son imperialistas y dentro de cada uno de ellos hay fracciones del poder dispuestas a apoyarse en imperialismos opuestos al del grupo local hegemónico. La tensión entre imperialismos es también una tensión hacia la guerra civil dentro de cada estado… y al revés. No hay lugar a salvo.

Escenas de guerra en la «pacífica» Eslovenia de 1991 cuando el apoyo alemán a la independencia puso en marcha la «guerra de los 10 días», que dio paso a una guerra de varios años en Croacia primero, en Bosnia después y finalmente en Kosovo.
Si miramos poco más de un mes atrás, el fantasma de la guerra no ha estado tan lejano en la crisis catalana y si no ha tomado más cuerpo es porque las grandes masas de trabajadores, a un lado y otro del Ebro, no han entrado al trapo cuando se les ha convocado al conflicto. Si lo hubieran hecho no hubieran faltado aliados para empujar a un lado y otro una impensable guerra civil, como pasó, a escasos cientos de kilómetros de Barcelona en Eslovenia y la Croacia de los 90, modelo hoy, por cierto, del independentismo catalán.

Dicho de otro modo, cualquier agravamiento del conflicto inter-imperialista, en cualquier lugar del mundo, acabará afectándonos de una manera u otra… y nunca para bien. Y al revés, cualquier desarrollo de nuestra lucha como trabajadores, hace más por frenar las tendencias bélicas y militaristas de este sistema agotado que todas las conferencias de paz y todas las conversaciones entre estados juntas.