Movilizaciones en Túnez

Aunque los medios anglófonos se empeñen en lo contrario, Túnez no es Oriente Medio. A menos de 1000 kilómetros de Murcia capital, es el país más urbano y secularizado del Magreb (Occidente) africano. Allí dio comienzo la llamada «primavera árabe», originalmente como un estallido de descontento del subproletariado urbano al que se sumaron la pequeña burguesía y los trabajadores en una masa «popular» indiferenciada. La burguesía tunecina reaccionó comenzando una «transición democrática» que en principio parecía bien apadrinada desde Europa y Qatar, pero que no acaba de cuajar debido a dos elementos.

Macron tenía ya programada desde diciembre una visita a Túnez para contrapesar la influencia qatarí y turca.
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El conflicto imperialista que se extiende en un continuo desde el Golfo al Magreb. Más allá de las tradicionales apuestas italiana y francesa muy influyentes en el corazón de la burguesía local, el partido que lidera la coalición gubernamental depende para mantener su línea de «Ennahdha» -una «democracia cristiana» rancia, un carlismo musulmán- que está sostenida económica y diplomáticamente por Qatar. Al incrementar la guerra de Yemen la tensión entre los aliados de Arabia Saudí y los de Irán, Túnez no podía quedar fuera. El conflicto Emiratos Arabes Unidos y el cierre de las líneas de «Fly Emirates» solo ha sido un ejemplo anecdótico dentro de una guerra subterránea en la que Francia por un lado y Turquía por otro se han personado inmediatamente.

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Pero si el juego imperialista no ayuda es porque, a pesar de que el capitalismo de estado tunecino hizo durante décadas un notable esfuerzo de diversificación, la estabilidad de Túnez sigue dependiendo de los precios internacionales del crudo y los alimentos básicos. La economía tunecina tiene pues, rasgos comunes con Venezuela y con tantos otros países de la periferia en los que se prueba la imposibilidad de un desarrollo independiente del capital nacional. Túnez tiene difícil abrir nuevos mercados en un entorno geopolítico cada vez más descompuesto y con la Unión Europea realiza ya más del 80% de su comercio exterior. El capital tunecino se sostiene sobre tasas de desempleo de más del 15%, un subempleo abrumador y una desigualdad creciente; para poder crear empleo necesitaría un crecimiento del 6%, un objetivo que Ben Ali -el dictador caído en 2011- declaró mil veces sin lograrlo. Entonces no pudo y aumentó la carga sobre las clases populares. Las tormentas especulativas que multiplicaron el precio del trigo detonaron las protestas populares -es decir del conjunto de clases que forman «el pueblo»- que derribaron el régimen. Hoy, con una deuda pública equivalente al 70% del PIB la democracia tunecina se encuentra ante un dilema similar.

El capital tunecino no consigue tasas de crecimiento capaces de reducir el desempleo y el subempleo y sigue siendo tremendamente dependiente del exterior en un contexto de conflictos imperialistas cada vez más adversos

Las movilizaciones

Logo del movimiento «¿Qué esperamos?» que hizo la convocatoria de las primeras protestas.
Si a alguien le cabía alguna duda de cómo iba a reaccionar la burguesía democrática, el presupuesto que entró en vigor el primero de enero, se lo debió dejar claro: austeridad, menor redistribución, menor gasto social y nuevos impuestos indirectos. Traducido a términos de consumo, un aumento de precios brutal. El día tres un grupo estudiantil universitario creó la campaña «#Fech_Nestanew» («¿A qué esperamos?») y comenzó a llamar a concentraciones frente a edificios públicos. El planteamiento original era «ciudadanista», interclasista y falsamente asambleario.

Las convocatorias nacen de grupos universitarios y se plantean en un marco interclasista coherente con el nuevo discurso democrático de la burguesía tunecina

¿Y los trabajadores?

Manifestantes en Tebourba.
El marco populista e interclasista de las convocatorias, sus formas «ciudadanistas» falsamente asamblearias, su vindicación de la «revolución jazmín», dejan poco lugar para un planteamiento de clase independiente y refuerzan el discurso «democrático» de la burguesía tunecina que tanto gusta a sus aliados europeos.

Sin embargo, los convocantes se han visto rápidamente superados y ya van tres días de violencias nocturnas que «¿A qué esperamos?» trata de reconducir con «una gran manifestación» el 11 de enero, aniversario de la «revolución jazmín» de 2011 y los sindicatos pidiendo al gobierno un ilusorio aumento del salario mínimo.

La violencia a la salida del trabajo e incluso parte de los asaltos a comercios son mucho más que la expresión de la «infiltración del lumpen» como denunciaron algunos de los convocantes. Hay mucho en ellas de rabia e impotencia de unos trabajadores que se dan cuenta de que el discurso democrático de la «revolución jazmín» y la «primavera árabe» es puro veneno para sus intereses… pero no encuentran la forma y las fuerzas para levantar su alternativa. Las causas de fondo son las mismas causas del desinflamiento del movimiento en Irán: el movimiento de clase no puede expresarse de forma independiente sin una organización de clase basada en asambleas y comités de representantes revocables.

Barricadas anoche en Túnez.
Pero hay una vuelta importante más. Si en Irán hay concentraciones de trabajadores masivas -casi todas en la industria del petróleo- que posibilitarían una organización asamblearia real en el lugar de trabajo y una coordinación en comités, en Túnez la mayor parte de la producción industrial (30% del PIB aproximadamente) se hace en fábricas de menos de 500 trabajadores y la mayoría de los trabajadores están en los servicios y la construcción (produciendo casi el 50% del PIB). Además, en lo que hace a la precarización y rotación del trabajo Túnez está mucho más avanzado que España.

Lo que estamos viendo en Kurdistán, Irán y en Túnez es cómo la clase se enfrenta y redescubre la necesidad de la organización. El terreno de «la ciudad» y la manifestación autoconvocada, fácilmente enmarcables por el interclasismo democrático o populista, es un corsé que solo le lleva a la frustración y las porras de los antidisturbios. Incluso cuando se hace huelga, como en Irán, la calle sin la asamblea de fábrica o empresa detrás, se convierte en un disolvente, no en un brazo del movimiento de clase.

Estamos en un momento importantísimo de la vida de clase en el que la cuestión central es recuperar lo más básico del instrumental de lucha: la huelga y la organización en asambleas y comités electos y revocables. Las formas ya no serán solo las del proletariado hiperconcentrado en la fábrica. Tendrán entre sus tareas más importantes, que encontrar como organizar lo atomizado por la precarización. El resultado será la clave para consolidar un nuevo curso de luchas en todo el mundo.

Estamos en un momento importantísimo de la vida de clase en el que la cuestión central es recuperar la huelga y la organización en asambleas y comités electos y revocables. Pero también organizar lo atomizado por la precarización